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Archive for the ‘Psicología’ Category

Sobre la actuación del psicólogo en ‘el caso Nevenka’ (consecuencia de la lectura del libro “Hay algo que no es como me cuentan”, de J. Millás), donde muestra lo que es ‘el acompañamiento’:

Ahora, la valoración que el terapeuta hace de la paciente es mucho más optimista: «Evoluciona favorablemente, el episodio no va a ser una rémora para ella y aquello está comenzando a ser historia», explica. «En los escritos que ella me envía a través de Internet trata de dar sentido a lo que le sucede para intentar tomar decisiones sobre ello, trata de responder a las preguntas que arrastra por lo que ha vivido. Lo único que yo hago es guiarla, permitirle una experiencia de autoconocimiento».

(extraído de esta crónica de El Mundo)

La última frase refleja ese acompañamiento profesional de un psicólogo, que es guiado y busca no tomar las decisiones por el paciente, sino hacer que sea él quien las tome. Buen modelo para mi gusto.

 

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Beverly Bronx

El título intenta traer a la memoria recuerdos o imágenes mezcladas de dos barrios/ciudades estadounidenses totalmente distintos (pueda ser que el Bronx haya mejorado mucho y yo, que no he pasado por allí últimamente, esté metiendo la pata; mis disculpas a los vecinos del Bronx, en ese caso). Beverly Hills es la ciudad de la jet de Hollywood, allá en Los Ángeles, con sus mansiones (no se llaman ‘casas’) llenas de glamour y de dólares; mientras que el Bronx, o lo que yo recuerdo haber visto en las películas ochenteras (uno ya tiene una edad), era el típico barrio marginal de Nueva York donde los negros y los hispanos trataban de sobrevivir como buena o malamente podían, con bandas juveniles y pobreza en sus adosados de ladrillo y pisos cargados de grafittis. El título, en base a estas premisas, intenta dejar el regusto agridulce de la paradoja, del contraste fuerte, de la unión de dos mundos opuestos en una foto difícil de componer. No he encontrado mejor metáfora para expresar ese saborcillo raro, tranquilizador e inquietante a la vez, que me ha dejado el sueño de esta noche.

Estaba yo en clase de algo, una materia que me gustaba y que requería más material que otras en las que el libro y los folios son suficientes. Acabada la clase, recogí todo ese material y salí junto con mis numerosos compañeros. Subimos al autobús y lo llenamos como si de hora punta se tratara. Era un viaje un poco agobiante, con la gente alrededor, respirándote en las orejas, las mochilas del material al hombro, sujetas con una mano, y la otra para agarrarse (naturalmente, iba de pie). Bajé en una parada, junto con X., un compañero del trabajo que en el sueño era un compañero de clase. Habíamos llegado a la parada de su barrio.

Su barrio se encontraba en el extrarradio de… bueno, en realidad no había extrarradio de nada, porque no había ciudad. La ciudad la sospecho y hablo de ella para cubrir los detalles que en el sueño no son importantes. No había ciudad, no había extrarradio, pero el autobús pasaba por allí y el autobús era de los urbanos. El barrio de X. estaba en medio del campo. Era un pueblo de casas molineras y granjas, todas ellas rehabilitadas. En tiempos, sus habitantes las abandonaron y marcharon a buscar una vida mejor (a esa ciudad artificiosa, imagino). El pueblo quedó desierto y las viviendas en ruinas con el paso del tiempo. Más tarde llegaron las gentes desahuciadas por la sociedad, mendigos, pobres, gente sin trabajo y con demasiada edad para ser contratados, enfermos que nadie quería curar, gente joven sin recursos… Ocuparon las casas, las granjas y los caseríos, y los fueron arreglando, con barro, con pizarra, con telas recicladas. Carecían de alcantarillado y las calles, irregulares, no estaban asfaltadas. Los arroyuelos corrían salvajes en medio de ellas. Acompañé a X. hasta su granja, que tenía un corral inmenso y embarrado, y un granero en forma de torre, de base ancha y paredes encaladas con barro blanco. No sabía muy bien por qué le acompañaba. Bastaba saber que era mi amigo. ¿Por qué había bajado yo en aquella parada que no era la mía? Ahora que lo pienso, ya despierto y dando paso al raciocinio, creo que bajé para iniciar esta aventura y poder contarla aquí. Porque yo tenía que ir a clase, pero no tenía que ir a ningún sitio en autobús. X. no sabía cómo despedirse. Conocía mi situación peregrina, sin destino fijo, pero no se atrevía a invitarme a pasar. Balbució alguna pregunta como “¿Hay algo que necesites?” y echó a correr corral adentro. Dudé unos momentos. “¿Entra corriendo para buscar algo para mí, un vaso de agua, un libro, o simplemente para dejar claro que ya ha terminado el paseo?”, pensé. Decidí regresar a la parada del autobús. Entonces me pude fijar un poco más en ese barrio-pueblo rehabilitado. Las casas estaban unidas unas a otras, tenían distintas alturas y el mismo barniz en las paredes: cemento con tierra arcillosa, que las daba un color ocre. Recordé vagamente la Capadocia, con sus cuevas. De una puerta estrecha y con dintel de madera oscura, apareció un hombre maduro, de unos cuarenta y cinco años, pelo negro, escaso por la frente, que le cubría la nuca como una cortinilla hecha jirones, y barba perezosa en su cara afilada. Mi miró pasar, preguntándome con sus ojos negros qué hacía yo por allí. Me inquieté. Por el cauce de la profunda cuneta que separaba las últimas casas del pueblo de la carretera bajaba una corriente intensa de agua turbia, que arrastraba heces y barro negro. Busqué un punto donde la corriente me permitiera cruzar, pero no tuve suerte. Tampoco cuando decidí saltar: pisé el agua y los excrementos. Llegué a la carretera.

Decidí seguir el camino que traía el autobús, carretera abajo. No tenía destino. Por una de estas extrañas conexiones que se dan en los sueños, o quizá sea una laguna de memoria, como lo de la ciudad, me encontré pedaleando junto con Y. en bicicletas de paseo. Nos divertíamos. Contemplábamos el campo a la velocidad serena de las pedaladas. En un momento dado, bajando una cuesta en mitad de la nada, nos fijamos en un par de chalets idénticos, pequeños pero impresionantes. Las paredes estaban cubiertas por baldosas lacadas con distintos colores, al estilo Ágatha Ruiz de la Braga, como si los dueños se hubieran querido dar un ostentoso capricho para que sus viviendas fueran más una obra artística que una morada de fin de semana. Las tejas eran de barro cocido reflectante, el porche, el jardín, la pequeña piscina… todo decía que allí había dinero invertido. A Y. y a mí nos entró la curiosidad de conocer uno de esos chalets por dentro, así que dejamos las bicis y, no sin temor por el allanamiento, accedimos a través de la puerta trasera sin necesidad de llave. Como si nos esperaran. Recorrimos el salón, enmoquetado, con muebles de madera de calidad, dominado por las líneas rectas, el silencio y la limpieza. El interior era acogedor pero pequeño. Íbamos a salir por la puerta principal cuando, al abrirla, Y. se encontró de cara con una anciana alta, delgada, perfectamente vestida y peinada, que parecía saber que saldríamos por esa puerta pues nos esperaba con una sonrisa acartonada. Y. cerró la puerta rápidamente, tomó la bici (que ahora se encontraba dentro del chalet) y huyó de la vivienda ante mi atónita mirada. Yo, que me supe descubierto aunque la anciana no me hubiera visto, decidí salir por la puerta principal. “Total, si no está gritando ‘¡ladrones, policía!’ y luce una sonrisa, será que no nos quiere denunciar”, pensé. Al abrir la puerta de par en par, encontré que la anciana estirada ocupaba el centro de un comité de bienvenida formado por todas las vecinas de ese lujoso barrio (que luego descubriría), también perfectamente vestidas, peinadas y con una sonrisa de oreja a oreja. “Algo raro pasa aquí”, me dije, pero me dejé llevar por las nuevas circunstancias. Resultó que todos los vecinos, principalmente mujeres y niños pequeños, celebraban una barbacoa en una plaza cercana. De camino a ella, comprobé que el barrio era residencial. Estaba salpicado por chalets individuales muy personalizados, para nada esos que se construyen en base a un modelo copiado infinidad de veces. Unos parecían el castillo de Walt Disney, otros relucían por todas sus caras, otros mezclaban líneas metálicas con hormigón pulido, minimalistas y modernos. Todo se traducía en una frase: había pasta a espuertas en cada casa. En la plaza, la fiesta llegaba a su apogeo. Niños correteando, mujeres hablando entre ellas, mujeres jugando con niños… yo era un invitado más. De repente, alguién gritó. Todos miramos hacia la parrilla. Jugando, una mujer y un chico habían caido abrazados sobre ella. La mujer estaba en contacto con la parrilla pero el chico no, pues quedó encima. Ella no podía incorporarse debido al peso del chaval. Hasta que éste bajó, ella permaneció tumbada. Después se levantó, estiró los brazos hacia el cielo y pudimos comprobar el daño: desde los talones hasta la nuca, todo su cuerpo estaba negro, achicharrado. Pese a la quemazón, no se desprendía ningún olor a carne chamuscada. Luego lo entendí: en ese barrio, todo era pulcro, aséptico, ideal. Los accidentes podrían ocurrir, pero no producían ni el dolor ni la angustia lógicas. Sospeché que las emociones también eran asépticas. La sonrisa de la anciana y de sus vecinas, acartonada, era falsa: ninguna de ellas desprendía emoción alguna. Sonreían y actuaban, como máquinas ejecutando un programa. Y. al menos disfrutaba con el paseo en bicicleta, el allanamiento del chalet y su decoración, se ilusionaba por todo, también tuvo miedo y huyó. Como nadie se interesó por la mujer quemada y a mí me gustó la arquitectura del barrio, decidí recorrerlo dejando la fiesta (en paz).

Evito describir lo que vi, pues era más de lo mismo. Una urbanización diametralmente opuesta al pueblo rehabilitado donde vivía X., tanto en arquitectura como en habitantes. Entré en otro chalet que me gustó (al fin y al cabo, sus moradores estarían alrededor de la parrilla) y, ¡eh violá!, allí encontré a mi hermano. Nos sentamos a ver la televisión en un cómodo sofá, sin otra cosa en la que perder el tiempo, salvo esperar la muerte por vejez. Alguien llamó a la puerta trasera. Mi hermano salió a atender la llamada. Eran de nuevo las ancianas almidonadas. No sé qué querían, si se llevaron a mi hermano con ellas o éste entró porque preguntaban por mí. Lo que sentí fue que la historia se volvía a repetir.

Me desperté.

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Personalidad evitativa

Si alguna de estas características forma parte de tu personalidad…

1) Tener dificultades para tomar las decisiones cotidianas si no se cuenta con un excesivo consejo y reafirmación por parte de los demás.

2) Necesitar que otros asuman la responsabilidad en las principales parcelas de la vida.

3) Tener dificultades para expresar el desacuerdo con los demás debido al temor a la pérdida de apoyo o aprobación.

4) Tener dificultades para iniciar proyectos o para hacer las cosas a la manera de uno (debido a la falta de confianza en su propio juicio o en sus capacidades más que a una falta de motivación o de energía).

5) Ir demasiado lejos llevado por el deseo de lograr protección y apoyo de los demás, hasta el punto de presentarse voluntario para realizar tareas desagradables.

6) Sentirse incómodo o desamparado cuando se está solo debido a temores exagerados a ser incapaz de cuidar de uno mismo.

7) Cuando termina una relación importante, buscar urgentemente otra relación que proporcione el cuidado y el apoyo que se necesita.

8) Estar preocupado de forma no realista por el miedo al abandono.

… entonces visita esta página.

Yo cumplo algunas como la 3, la 4 y, a veces, la 1. Sin embargo, no sé cómo me he atrevido a “escribir” este artículo… lo cierto es que me he decidido rápido nada más leer la página enlazada… y me importa un pito mañanero si alguien no está de acuerdo con ello… ¡Olvidad este párrafo!

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Mi Tikur Amora, mi aguilucho, el Marqués de Babillas o Samuel, como preferirá que lo llamen cuando tenga uso de la palabra y defensa con la misma, anticipa lo que le va a llegar gracias a la canción que suene de pronto en la radio de su padre. Beneficios del condicionamiento clásico demostradopor Pavlov.

Por la mañana, para despertarle, Candeal le ayuda a regresar de los brazos de Morfeo. “Levántate, morenita” no es cualquier canción. Es la melodía que Toño logró clavar en mi conciencia durante una excursión a la montaña palentina, en épocas mozas. Años más tarde, en Villalar me enteré de que es la propuesta popular para el himno de Castilla-León. Independientemente del uso que se le quiera dar a la canción, su melodía y letra son preciosas. Y anuncian el despertar…

(siento el monotema de la bandera, es la música lo que me interesa y la versión más completa que he encontrado)

Por la noche, antes de la cena, mi Tikur Amora acude a su cita casi diaria con el baño. Y digo acude porque, después de asociarle la siguiente canción al momento acuático del día, es él quien empuja su sillita hasta el baño casi con alegría (lo de “empujar su sillita” es verídico):

Efectivamente, la canción fue elegida a propósito del momento por el que iba a pasar, pero esto sólo lo sabrá cuando vea la película.

Finalmente, para anunciarle que el tiempo de lectura post-cena ha finalizado y que es la hora de abrazar las sábanas, nos decantamos por un clásico infantil:  “Canción de cuna” de Brahms. Poco original pero altamente efectivo, como comprobamos:

Por si fuera poco, su tío abuelo Eutiquio le regaló una cajita musical que reproducía esta misma melodía, versión metálica, con lo que las gargantaas de sus padres pudieron relajarse.

Así como Samuel dispone ya de canciones asociadas a determinados momentos del día, su padre tiene también canciones asociadas a determinados momentos de su vida. Pero eso es tema de otras entradas.

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Psicología General I

Esto es un llamamiento a todos los nuevos alumnos de la carrera de Psicología (Plan 2000) cursada por la UNED:

Si vais a matricularos de todas las asignaturas (es que tenéis tiempo libre), empezad estudiando  Psicología General I.

Si váis a matricularos en algunas asignaturas, elegid de entrada Psicología General I.

¿La razón?

Es mi tercer año de carrera. Siguiendo un sencillo plan de estudios y conciliación de la vida estudiantil, laboral y familiar, me matriculo de dos asignaturas cada año. He aprobado cuatro asignaturas en dos años y una me la han convalidado. Este año, me matriculo de la que me queda: Psicología General. En la parte final del primer capítulo, el de introducción a la psicología, se incluye una guía explicativa de los cursos y asignaturas de esta carrera en la Uned (lo que no encuentras en la web de la facultad te lo encuentras aquí…): en Primero hay estas asignaturas, que son de este tipo, y cada una de ellas estudia tal contenido; además, el capítulo sirve para dar una perspectiva general de los enfoques psicológicos y el método de la psicología científica, y la guía del final los relaciona (más o menos) con las restantes asignaturas del curso (Diseños, Fundamentos Biológicos, Análisis de Datos, Historia, Evolutiva). Así que, en lugar de empezar estudiando las asignaturas por su grado de dificultad o mejor sonido del título, obteniendo la impresión de que son contenidos independientes y con poca relación, la asignatura de Psicología General I da sentido a todas las demás. De haberlo sabido, en lugar de haber luchado con Fundamentos el primer año y General el tercero, hubiera cambiado el orden y habría estudiado ambas con más sentido común.

De todas formas, ahora que va a entrar el plan europeo de Bolonia, todo va a dar un vuelco, y no sé qué carajo pasará con esta asignatura. Mientras tanto, aprovechad el consejo.

Ah, si me permitís otro: los que ya tengáis un título universitario, aunque sea en Fútbol-Chapas, convalidadlo cuanto antes. De esta forma, podréis evitaros el esfuerzo de estudiar (y de pagar) por asignaturas de primer curso que os convaliden.

Son “diemil” 😉

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Quiero ser psicólogo

¿Cómo cambia un psicólogo una bombilla?

Si ella no quiere…

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Repasando los apuntes antes de entrar a realizar el examen de Historia de la Psicología, tuve el fogonazo interior que originó estas líneas. Releía a Hobbes, filósofo inglés de finales del siglo XVI, autor del contrato social. Por lo visto, vivió una época histórica revuelta y violenta, con guerras internas en la isla de Su Graciosa Majestad de las que extrajo conclusiones sobre la naturaleza humana (cómo las encontraría que las plasmó en un libro titulado Leviatán) y su necesidad de gobierno. Aquí reproduzco lo extraído de la Wiki:

Escribió Leviatán, un manual sobre la naturaleza humana y como se organiza la sociedad. Partiendo de la definición de hombre y de sus características explica la aparición del Derecho y de los distintos tipos de gobierno que son necesarios para la convivencia en la sociedad. Considera al Estado como un acuerdo natural entre los poderosos o gobernantes y los súbditos que beneficia a ambos.

Su visión del estado de naturaleza anterior a la organización social es la “guerra de todos contra todos“, la vida en ese estado es solitaria, pobre, brutal y breve. Habla del derecho de naturaleza, como la libertad de utilizar el poder que cada uno tiene para garantizar la auto conservación. Cuando el hombre se da cuenta de que no puede seguir viviendo en un estado de guerra civil continua surge la ley de naturaleza, que limita al hombre a no realizar ningún acto que atente contra su vida o la de los otros. De esto se deriva la segunda ley de naturaleza, en la cual cada hombre renuncia o transfiere su derecho a un poder absoluto que le garantice el estado de paz.

Mis apuntes lo resumían más o menos así: “Todos los hombres nacen con parecidas capacidades mentales y físicas, y tienden hacia sus propios intereses cuando no tienen control (guerra civil), incluso atacando a sus semejantes. Pueden defender sus intereses e igualdades mediante el control impuesto por un gobierno, lo que les hace perder libertades (“tener tanta libertad como esté dispuesto a dar”). El mejor gobierno es el despotismo absoluto en el que existe un contrato entre individuos y una autoridad (rey o parlamento) que garantice su seguridad. Pero, si no le protege, tendrían derecho a derrocarlo.”

Es decir, el déspota (persona o institución) firma un contrato con el ciudadano para garantizarle seguridad a cambio de parte de su libertad.

Curiosamente, ayer tarde escuchaba por las ondas una parte de una de los múltiples debates-discusiones en torno al quehacer de uno de los partidos políticos que aspiran a despotizarnos durante cuatro años, y su representante en la animada tertulia presentaba el programa electoral de su partido como “un contrato con el votante”.

La relación de ese comentario radiofónico con la lectura de Hobbes se mostró en mi cabeza durante un breve instante, como una imagen de un cuadro costumbrista: la eterna “guerra” político-civil entre dos Españas aparentemente opuestas, soliviantadas durante estos últimos semanas de campaña electoral, luchando por sus propios intereses desde televisiones y actos públicos, con ejércitos de leviatanes gritando como trompetas ruidosas y desafinadas: “Éste es nuestro contrato contigo. Si lo firmas, te garantizamos tu seguridad“, pero callando la coletilla “… a costa de parte de tu libertad“; mientras, al fondo, un Hobbes cruzado de brazos me mira sonriente, y esa sonrisa me recuerda que su influencia sobre la historia, la psicología, las elecciones del 9-M y la madre que nos parió a todos es más actual de lo que yo sospechaba. Así que seguí mi repaso con el siguiente filósofo mientras trataba de apartar de mi mente interferencias hobbesianas innecesarias para el estudio, como lo de ese documento que quieren hacer firmar a los inmigrantes para que aprendan a cortar el jamón ibérico.

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