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Archive for the ‘Mirando atrás’ Category

Hace unos días volcaba aquí mi esperanza de encontrar a Migdalia en el incierto universo que es el barrio de Nueva Vida, en Ciudad Sandino (Nicaragua). Le enviaba el libro de El Camino, de Miguel Delibes, a través de Javi, un amigo y voluntario de la FISC.

Ayer escribí a Javi para preguntarle por el viaje y sus primeras impresiones sobre el proyecto de Redes, en el que está colaborando. Entre su  respuesta me decía lo siguiente:

SOBRE MIGADALIA… SIENTO TENER QUE DECIRTE…………………………………………………………………………………………………….

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QUE SI LA ENCONTRAMOS… TIENE TU MAIL, TU LIBRO Y LE HIZO MUCHA ILUSION…. RECUERDAS QUE ENRIQUE NOS CONTÓ LA ANECDOTA DE Q VINIERON UNOS ESPAÑOLES Y EN EL PRIMER DIA DE VISITA CASI SE VUELVEN PQ ALGUIEN HABIA MATADO A OTRO(QUE LUEGO RESULTÓ NO ESTAR MUERTO, PERO QUE LUEGO SIGUIERON CAMINANDO Y SE ENCONTRARON A ALGUIEN QUE LES DIJO “GRACIAS POR HABERME AYUDADO EN REDES PQ AHORA TENGO UNA BECA EN FE Y ALEGRIA Y QUIERO SER CHEF O NO SÉ QUE OTRA COSA?… PUES ERA ELLA.

TE ESCRIBIRA Y YO TE LLEVARÉ LA CARTA…

La alegría por la noticia me sigue durando hasta ahora. Es más, se ha incrementado esta mañana porque Redes tiene un blog en el que anotan las noticias más relevantes que acaecen por allá. Una de estas noticias no pdía ser otra que la llegada de Javi al proyecto. Javi me dijo que lo echara un vistazo y… ¡tachánnnnn! La noticia viene con una foto de Javi, abrazando a Migdalia y con (creo) El Camino en la mano, aún sin desenvolver. Lo he recibido como un auténtico regalo.

Migdalia no sólo está, sino que tiene claro lo que quiere. Espero recibir sus noticias y comprobar que la vida la ha tratado como ella merece. Y merece mucho y bien.

Desde aquí doy las gracias a Javi por el favor y a Enrique, director del proyecto de Redes, que ha ayudado a localizar a Migdalia.

¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

¡”BIENVENIDA”, MIGDALIA!

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Pedrajas de San Esteban. Finales de agosto de 1990. Con dieciséis años paso cuatro días en el pueblo de mi padre para vivir las fiestas patronales. La aventura se vuelve de lo más divertida: somos cinco primos de edades parecidas y con ganas de divertirnos. No pertenecemos a ninguna peña del pueblo pero ¿para qué? Vivimos en casa de mi tío, que nos mantiene el frigorífico repleto, dormimos la siesta en el salón y salimos y entramos de casa sin hora fija. Nos hemos juntado con un grupo de chicas para ir de copas y baile.  Son más jóvenes que nosotros; tendrán los catorce años, y son amigas de nuestra vecina María. Ellas sí tienen peña. Es un cuartucho, con un par de sillones desvencijados y un frigo con bebidas. Allí solemos tomar la primera de la noche, las demás, en los bares. Alicia me resultó la más interesante. Atractiva y tímida, parecía la más madura. Había dos hermanas simpáticas, María, que también era un encanto aunque parecía más niña, y Belinda, desenvuelta como pocas, espabilada, con las ideas claras y amante de la fiesta. David se enganchó a Belinda hasta que conoció a otra chica, que lloró mucho cuando las fiestas acabaron y mi primo regresó a la ciudad. María me miraba mucho pero a mí me gustaba más su hermana, que tenía mi edad y un ojo verde y otro azul. Un belleza extraña que también le atraía a Armando.

Armando. Metro noventa. Simpatía y cachondeo a raudales. Más tímido que yo, si cabe. Madrileño. Le conocí gracias a mi primo Felipe y ese verano se incorporó a mi corta lista de amigos íntimos. Una tarde, después de deambular por las calles de Pedrajas, Felipe comentó que había visto en una placa el apellido Merino, y que le sonaba de algo. Mi tía le aclaró que por algún extremo del árbol genealógico existían lazos de sangre con la familia de la placa y Felipe, resoluto y valiente, decidió presentarse al día siguiente a dicha familia. Ese mismo día trabó amistad con Armando y David, los nietos de la dueña de la placa. Dos días más tarde, pateando otra vez las calles del pueblo mientras esperábamos que llegara la noche y abrieran la discoteca, encontramos a los hermanos Merino jugando al baloncesto en la pista deportiva de un colegio. David era tan alto como Armando. Allí nos conocimos. Nos invitaron a jugar pero yo no me atrevía a hacer el ridículo frente a semejantes torres. Quedamos al día siguiente para echar unas canastas y salir por la noche.

Fue Armando quien me descubrió, aunque fueran muy conocidos yo no les escuchaba, a El Último de la Fila. Entre canción y canción de Manolo García y Quimi Portet nos jugábamos a las cartas a la hermana de María. Así matábamos los ratos tras la cena. El chinchón era nuestra especialidad. Una partida, un día de la semana para estar con ella. Creo que gané los martes, miércoles y sábados. Éramos caballeros entre nosotros. Y nos los pasábamos en grande en aquellas noches de verano en Pedrajas. Una vez, al año siguiente, a eso de las cinco de la mañana estábamos muertos de frío esperando que abrieran una hamburguesería  donde “desayunar”. Para entrar en calor decidimos correr durante quince minutos alrededor del parque. Parecía una escena anormal: dos adolescentes en manga corta a las tantas de la noche corriendo por la acera alrededor de un parque. Otro año nos propusimos ligar en fiestas (los dos éramos más cortados que los bombones de Uña). Esa vez le gané, gracias a Juani. Pero se desquitaría él un año más tarde, ya en la mili, aprovechando su metro noventa, traje caqui y posibilidades en Madrid.

Armando, el último de la fila. Justo donde me sentaba yo en clase. Resultó que su padre y el mío habían compartido correrías juveniles también. La vida da más vueltas que una peonza.

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Era la segunda vez que visitaba París y decidí que sería la última de mi vida. Se suponía que el viaje compensaba la luna de miel que no disfrutamos completamente bajo el cielo nublado de Tenerife (así de sobrados estábamos). Fueron cinco días de un calor inaudito, un largo paseo por las afueras de los monumentos y un encuentro que mereció la pena. Por supuesto, volvimos a subir a la Torre Eiffel, ella saludó a las gárgolas de Notre-Dame y juntos nos embelesamos con las vidrieras de una iglesia frente a la catedral. Precisamente, en este monumento al sacacuartos, me pararon tras el arco de seguridad: un clip rebelde y juguetón, escondido en lo más profundo del bolsillo, hizo saltar la alarma. El crêpe de una pequeña cafetería nos supo a poco, la Sorbona a menos y nuestros destinos preferentes fueron los parques con sombra (qué descubrimiento el de las sillas públicas en lugar de bancos, y qué respeto parisino por las mismas). El Arco del Triunfo seguía de pie, recordando conquistas napoleónicas y el Sena bajaba o subía, según como uno lo mirase.

Lo mejor de aquellos días, perdido el supuesto romanticismo de la ciudad del amor, fue el conocer personalmente a la fan española número 1 de Magne Furuholmen,  María On Sea, canaria de altura noruega y tono de voz sorprendentemente suave, además de vecina de ciberespacio, junto a la que recorrimos el centro de la Ville y que nos invitó a cenar en su apartamento.

Durante esos días de calor inaudito, intenté aprender la letra de “Mad World”, perteneciente a la banda sonora de una película que me inquietó en la misma medida que me dejó encantado: Donnie Darko. Evidentemente, no hubo suerte, pero tanto repetirla fue lo que la convirtió en el matasellos de esa segunda luna de miel.

Una versión con más ritmo es la original, de Tears for Fears:

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El instituto me veía estrenar una adolescencia templada, cargada de deseos pero descargada de muestras públicas de emoción. Los horarios eran nuevos para mí: las clases por la mañana, de dos en dos, con veinte minutos de tiempo libre entre cada par, aprovechados para ir a casa a cambiar los libros, saludar a mi madre y picar pan con chorizo; acabar a las dos y media o tres de la tarde;, y regresar al hogar con el estómago por los suelos. Era irremediable: después de comer se hacía obligatoria una pequeña y reparadora siesta en lo más profundo de la casa molinera, donde el ruido de la televisión o el de los escasos coches que cruzaban la plaza no fuera capaz de acceder. Pero no me quería dormir. Sólo descansar y soñar despierto, repasando con los ojos cerrados las breves emociones vividas durante  la larga mañana: “el de Ciencias me ha preguntado, me ha puesto nervioso, pero he sabido responder correctamente”, “la rubia de Bocigas ha dicho esto de mí, no sé cómo tomármelo”, “qué divertido lel chiste  que ha contado Darío”, “a la segunda chica más atractiva del instituto le han puesto en distinta clase, qué pena”, “el viernes examen de Inglés, otra tarde que no salgo de casa”, “hemos quedado para jugar un partido contra El Sauce este miércoles”…  Así que enchufaba la radio a mínimo volumen y escuchaba,  día sí, día también, a Ofra Haza:

Instituto. Año 1. Los estudios nos iban a exigir mucho más que en el colegio pero, a cambio, ampliaríamos enormemente nuestras relaciones sociales con gente de los pueblos vecinos. Alguna de esas personas vive hoy en mi nuevo pueblo, a dos manzanas y nueve dígitos telefónicos de distancia. Ofra, en cambio, vive en el recuerdo.

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Que yo recuerde, si mi memoria a largo plazo no me engaña, la primera canción de la que tengo constancia de haber escuchado la letra es ésta:

Tendría yo una edad en la que los cumpleaños se seguían celebrando en casa, con bocadillos de croissant, fantas y cocacolas, kilos de gusanitos, patatas fritas y cacahuetes, regalo obligatorio y tarta con velas al final del picoteo.

Me encontraba en casa de Farah Diva y celebrábamos su cumpleaños. Tal vez le estuviera devolviendo la visita, pues el día anterior había sido mi propio cumpleaños y ella estaría invitada (digo “estaría” porque no alcanzo a recordar si lo llegué a celebrar). En cualquier caso, sé que me pilló el toro con el regalo: ni siquiera había pensado en ello, y ya era tarde para pensar en algo y salir a comprarlo. Así que, en un alarde de autocontrol y creatividad, decidí que lo único que podía ofrecer en ese momento era un dibujo mío. Cuidado, un dibujo mío no era moco de pavo. Yo dibujaba bien, al menos, mejor que la media de mis compañeros de clase. Mis dibujos de guerras medievales, con sus soldadesca perfectamente equipada, castillos militares parecidos al de Coca, acción escrupulosamente repartida por toda la hoja del cuaderno, expresiones desesperadas, muertos a flechazos y algún que otro avión lanzando bombas incendiarias… perdón, esos pertenecían a la serie de dibujos inspirados en la Segunda Guerra Mundial…, en fin, mis dibujos bélicos era valorados por la sección masculina de la clase; para la femenina reservaba yo mi clásico pasisaje “Río con cascada que se precipita hacia un valle frondoso encajado entre altas montañas sobre las que luce el sol de primavera, con pueblo castellano al fondo”. En cualquier caso, me sentía seguro con mis trazos y pensé que otro paisaje, esta vez “Cervatillo entre la arboleda que da al chalet con piscina” sería más que suficiente para complacer a la homenajeada. Eso sí, en blanco y negro, pues no disponía de instrumental más cromático.

Lo último que recuerdo, asociado a la canción de Juan Pardo, es cómo dejé mi regalo para el final, esperando que Farah Diva estuviera suficientemente satisfecha con todas las cosas que le regalaron sus amigas y vecinos (un cd, pendientes, cajas para los pendientes, pañuelos…). Se lo di, lleno de vergüenza por la poca utilidad que iba obtener de mi presente (¡y sin color!), con una disculpa por no haberme acordado de comprarla algo mejor.

Por aquel entonces, tal vez tuviéramos diez u once primaveras, a mí la música me parecía “cosa de chicas” y prestaba atención a otras cosas más importantes  en cuanto oía una sola nota (eso no quitaba que me gustaran algunas canciones,  pero hacía la de Aznar con el catalán). Yo era un tío de acción. Sin embargo, “Bravo por la música” fue la primera canción que realmente escuché. Y aquí estoy: repasando mi vida a través de la música.

Si es que no hay como plantar semillas…

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Segovia, ciudad para mis escasos conocimientos “de segunda división” en la geografía nacional, se convirtió, en el transcurso de una semana de verano, en el sitio donde yo quería jubilarme; escribir libros sobre héroes medievales y montañas embrujadas;  y senderear plácidamente por los silenciosos pinares, buscando inútilmente setas de temporada, alimentando a los gamos del palacio de Riofrío y disfrutando del sol de primavera mientras me llegaba la hora. Qué romántica puede ser la imaginación de un adolescente.

En cualquier caso, durante la semana de vacaciones que pasé junto con mi primo Ramón, autodenominado Mingafría (sí, el visitante que más letras ha escrito en este bitácora, después de su autor), la visión de esa ciudad “de segunda” pasó a ser algo así como “el Olimpo de la Bohemia”. Calles retorcidas y cubiertas de piedra milenaria; el acueducto cruzando la ciudad, reflejo de la apuesta ganada al diablo por una pobra aldeana, que ofreció su alma a cambio de poder llevar el agua hasta la casa de su amo; el magnífico Alcázar dominando el precipicio sobre el río ¿Eresma? (¡cuántos lances y duelos a espada entre caballeros habrán visto los álamos de su ribera!); la Catedral escondiendo la piedra de la suerte, la más pequeña de las que componen su piso… ahora no recuerdo si era “de la suerte” o “de la boda”: quien la pisara se casaría en la catedral…; la Mujer Muerta, perfil montañoso de Guadarrama cuya leyenda me relató Fernando y también he olvidado, aunque apuntaba a cuento de terror becqueriano; los alrededores de la ciudad, con el palacio de Riofrío y los gamos que comían sandía casi de tu mano (aunque estuvieran a 300 metros); los Asientos y la Boca del Asno, subiendo a Navacerrada, escenarios de una película de Conan; los jardines del palacio de La Granja y su encantador laberinto…

Envuelto por este mágico escenario, un año leíamos cómics del Capitán Trueno, o  jugábamos con el barco de los Clics de Playmobil Ramón y yo, mientras cantábamos esta ya olvidada canción:

Gamberros como éramos, el estribillo que cantábamos decía: “Orzowei, cara de buey, cara de buey…”. Creo que gracias a a esta serie mis gustos musicales se ampliaron a la música coral.

Por aquella época, mi prima Patri no paraba de cantar esta canción que, si bien no es de las que suela tararear, también ha quedado asociada a la memoria de la ciudad del acueducto:

Otro año, recuerdo, Ramón me invitó a la fiesta de su instituto. Allí conocí a Rosa, su entonces novia y ahora esposa, y ella me invitó a un gofre. En la discoteca bailamos caribeñas pasando por debajo de un listón, pecho arriba. Pero no fue la música latina sino la tecno la que me marcó en esa etapa de mi vida, gracias a que el primísimo fundía las pletinas de la cadena con OMD:

Siempre me imaginé a ese jinete medieval llegando al Alcázar cual Príncipe Azul entrando en el castilllo de Disneylandia para rescatar a la princesa de las garras de la Bestia. Y el rey Arturo por ahí, Excálibur por allá…

De regreso a las tierras llanas, el gusanillo de la ensoñación producida por la tecno me derivó a Depeche Mode. Asociados a una revista de compra de música por correo, tipo “Círculo de Lectores” pero con discos, mi hermano y yo pedimos a mi madre un vinilo llamado “Violator”. Ella puso cara de incredulidad rayando el susto, pero nos lo compró. Así, escuchando DM,  perdí yo muchas tardes sin hacer los deberes:

Para finalizar, en cierta sintonía con la música anterior (aunque ésta más elevada a mi melódico entender) la canción que más me hizo soñar hasta mi encuentro con Franco Battiato: “It’s a wonderful life”, de Black. Por favor, apaguen luces, cierren los ojos y déjense llevar…

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A veces, las menos, uno puede trabajar cabeza abajo (como estamos los murciélagos) escuchando música a través de los cascos. Hoy es uno de esos días en los que puedo dedicar parte de mi atención al inglés que no entiendo y a la melodía que me alegra el ánimo, mientras la atención restante se centra en salvar este país de la crisis.  En su reproducción aleatoria, el Windows Media ha encontrado una canción que escuché por primera vez en París, hace ya… no quiero calcular los años. Fue tan profunda la experiencia, sin necesidad de ningún hecho espectacular o fuera de lo normal, que la siguiente canción quedó asociada para siempre (o hasta que el alzehimer lo arrase de mis neuronas) a este viaje de fin de curso.

Reconsiderándolo, tiempo después, creo que este viaje resultó inolvidable por los siguientes  motivos:

1. Fue el primero que hacía al extranjero, cuando salir allende las fronteras parecía algo al alcance de los más pudientes o formados en idiomas;

2.  Iba a París, “la ciudad del amor”, y yo con 18 primaveras y sin zagala que me mirase con ojos tiernos;

3. En la residencia donde nos alojamos encontré a un vecino del pueblo al abrir el ascensor. No sabía que era la última vez que volveríamos a encontrarnos en esta vida;

4. Ayudé a la chica más atractiva del instituto a buscar su lentilla; posteriormente, la chica más atractiva del instituto, durante un traslado a pie por La Defense, se me acercó para preguntarme cómo funcionaba la Bolsa del Mercado de Valores. Esto me dejó perplejo. Mi primera reacción fue explicarla lo que yo creía saber del asunto. No tuve coraje para pasar de mi primera reacción. Imbécil de mí.

5. La segunda chica más atractiva del instituto (a mis ojos, por supuesto) se alojaba en la habitación contigüa a la mía. De hecho, las literas de ambas habitaciones estaban separadas por una pared. Esos quince centímetros de ladrillo y aislante evitaron que la segunda chica más atractiva del instituto cayera en mis brazos. Bueno… eso y la timidez que me invadía cada vez que se cruzaba conmigo… y tal vez la suya también, por qué no.

6. Tras muchos años de estudio y academias, logré, por fin, poner en práctica mis habilidades idiomáticas con la lengua de Shakespeare. Fue en el museo Pompidou y creo que los belgas que intentaban ligar con Susana no me entendieron del todo. Me dijo: “Mira a ver qué quieren, que no me cosco de nada” . Acabamos hablando ellos y yo en inglés, mientras ella escurría el bulto. Hábil estrategia femenina. A mí me sirvió para darme cuenta de que mis años de estudio y ejercicios sobre el papel no servían de nada si uno no sale de su terruño.

7. Decidí tirar la casa por la ventana y compré una cinta de Atahualpa Yupanqui por 40 francos. Salió cara, pero los peruanos sonaban tan bien en directo… (ahora que lo he buscado en Wikipedia descubro que el tal grupo peruano debía usar ese nombre en la carátula de la cinta, porque en realidad es el nombre artístico de un famoso cantante folclórico argentino)

8. En el viaje de vuelta en autobús, aparte de tararear mentalmente la canción de Scorpions, recogía en mi retina la belleza verde de Francia. Llegando a la frontera de Irún, a las seis o siete de la mañana, la carretera mojada por la lluvia fina y los compañeros y profesores dormidos con la cabeza de lado, el conductor perdió la conciencia durante dos segundos y el autobús estuvo a punto de salirse de la calzada en dirección a un enorme poste de hormigón; gracias a Dios, su golpe de sueño le hizo reaccionar y dar un volantazo que nos salvó de ser noticia en el telediario. Una profesora y yo fuimos testigos mudos de nuestra buena suerte.

Hay más cosas que ahora no recuerdo del todo, como cuando quise llevar a algunas amigas a la discoteca,  seguro de acordarme del trayecto en metro realizado por la tarde, y acabamos en una hamburguesería, ellas con un cabreo del siete; o como cuando echaron la bronca a las pijas, por eso de correr por los pasillos a las tantas de la mañana y meterse en habitaciones de sorprendidos huéspedes alemanes… ¿Subimos a la Torre Eiffel? Y quién lo recordaría después de haber tenido a las dos chicas más atractivas del instituto más tan cerca que… Subiríamos, digo yo.

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