Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 24 marzo 2012

De todo lo escrito hasta ahora, lo que realmente merece la pena para mí es esta serie de entradas llamada “Las canciones de mi vida”. ¿Por qué? Porque son pedacitos de mi historia,en ellas  no hay metáforas que opaquen la verdad y porque volviendo a leerlas revivo brevemente las sensaciones de tiempos lejanos y más inocentes, vividos con más esperanza en el futuro.

Merece la pena seguir plasmando la historia recorrida a través de los sonidos que han quedado prendidos a ella, cual caramelos chupados por un niño. Hoy tocan las canciones vinculadas inexplicablemente a mis ámbitos laborales.

Era la segunda vez que trabajaba para una multinacional informática. Las ventajas consistían en una oficina diáfana y amplia, con muchas personas de edades parecidas, todas sentadas en bloques de seis y separadas por una mampara de un palmo de altura, más testimonial que efectiva. La mesa tenía forma de ola, con una parte recta desocupada y una curva hacia afuera donde se encontraba el ordenador con su pantalla. Uno se sentaba “en mitad de la ola” para poder ver el monitor en línea recta y salvar una más que probable tortícolis al segundo día; sin embargo, siempre estaba incómodo con los codos  , que no calculaban los límites de la mesa. ¡Cómo he odiado esas mesas!

Enfrente de mí se sentaba uno de las personas más brillantes que he conocido, tanto en lo laboral como en lo humano: Carlos Toquero. Entramos con 24 horas de diferencia y salimos, cinco años más tarde, con uno o dos meses de diferencia, ambas diferencias a su favor. Tokers, como le llamábamos, sabía hacer su trabajo, ayudaba en lo que podía, se llevaba bien con todo el mundo y casi siempre mantenía un ánimo y un humor envidiables, además de ser un activista en lo que a futbito de empresas se refería. Un líder al que merecía la pena seguir (había otros a los que no).  Trabajaba, como todos, enchufado a sus cascos. A veces compartíamos música por la red. No era necesario preguntar: uno accedía a la carpeta compartida del otro y se llevaba lo que le interesara. Yo probé a escuchar unas canciones de un tipo calvo y… quedé enganchado a la mayoría de ellas. Y Moby quedó enganchado a esta etapa de mi vida transcurrida en una empresa francesa con nombre de matemático griego.

Decir que, además de encontrar gente maja y divertida, mi paso junto a ellos fructificó en crónicas sociales nacidas a raíz de las cenas navideñas de empresa.  Crónicas escritas con cachondeo y reforzadas con las fotos de las peores caras que se atrevían a poner con la llegada de las copas. “El Korte de Pastilla” se llamaba mi publicación anual y es, seguro, lo primero que recordarán de mí quienes fueron mis compañeros, Tokers incluido.

En el momento de escribir estas líneas, me encuentro trabajando para otra consultora informática, en otra sala diáfana, de gente (snif!) más joven que yo, agrupados en bloques de cuatro personas, bloques formados por odiosas mesas “con forma de ola”. No tengo delante a Tokers, sino a la primera y única Melisa que conozco en mi vida. De esta empresa, de mis compañeras y de la situación con la que me he encontrado al entrar hablaré en el momento oportuno. No llevo 100 días y ya hay una canción, de reciente aparición y pegada, que se ha fundido con esta experiencia laboral. Y sólo por el nombre que, aunque creo que en el original es “delissa” (sospecho que “delicia” en portugués), Samuel no deja de cantarlo con “melisa” a todas horas.

Me sorprende que, de los tres años en SchlumbergerSema no recuerde ninguna canción. Debe ser porque me pasé el tiempo leyendo en el metro de Madrid. Qué daño hacen los libros a las autobiografías musicales…

Anuncios

Read Full Post »