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Archive for 19 enero 2011

para el concurso “Relatos en Cadena” que no han pasado el corte.

1. Vete y vive

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Era un secreto a voces. Aunque se esforzaba en disimularlo, hacía meses que se habían dado cuenta. En el supermercado, cuando guardaba la compra en bolsas, dejaba en el aire un azufrado olor a pólvora que molestaba a los clientes en la caja; su piel brillante era fría y suave al tacto; raras veces se oía su voz metálica; hasta su ex pregonó a los cuatro vientos que vestía blusas “Parabellum”. Harta del vacío que le acompañaba, había resuelto cambiar de ciudad. Allí se sentía observada, incómoda, a punto de explotar.

2.  Los opuestos

Todo el mundo sabía que era una mujer-bala, pero eso no importó a Bernardo: se casaría con ella. Pese a su manía de beber de los cubatas ajenos en la discoteca, acudir a fiestas de personas desconocidas, mostrar el tatuaje de su pecho izquierdo en los semáforos o presentarse voluntaria para la representación anual del Belén Viviente. Él se encontraba en las antípodas de esa acelerada personalidad: era considerado un hombre gris. Y, sin embargo, la conquistó. Al fin y al cabo, balas y grises nunca se llevaron mal.

3.  La gripe y la justicia

– “Todo el mundo sabía que era una mujer bala. A sus hijos no descuidaba …”, comenzó a leer la taquígrafa.

–  Gracias. – interrumpió el fiscal –Han sido sus declaraciones. ¿Es así, señor Fernández?

El acusado agitó furiosamente la cabeza, manchando como un aspersor en retroceso con su gotera nasal, se aflojó la bufanda y, levantándose, señaló a la taquígrafa con el pañuelo usado:

– ¡Mala! ¡Uda bujer mala! ¿Está soda, sedora? Y do “descuidaba” ¡”Do-les-cuidaba”! A bí be faltadá la dicción, pedo al benos tengo odeja ¡Aa…aa… tchis!

Asqueado al ver su toga salpicada, el juez decidió dictar sentencia, pero se detuvo al palpar el martillo mojado.

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Fruterías

La frutera era una chica joven de ojos alargados. Gastaba un aire despistado, no recordaba dónde colocaba el único cuchillo con el que rebanar los tallos de las coliflores, pero el trato era amable, aunque somnoliento. Era media mañana y yo quería comprar cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros. Atendía a una mujer (entre su turno y el mío mediaba el de un hombre extranjero) cuando entró una señora de abrigo fino y ocre, cercana a la ancianidad, toda agitada.

– Oye, perdona pero mira esto, hija… – se coló, con el beneplácito de todos los presentes- Mira qué granadas me has dado. Cuando he llegado a casa, he abierto una y mira, ¡está negra!

La chica joven de ojos alargados le recogió la bolsa, comprobó la granada partida en dos, sacó otra granada de la bolsa, buscó por enésima vez el cuchillo de rebanar coliflores, partió el fruto y se convenció. Salió del mostrador explicando que todas le habrían llegado igual, recogió la caja de granadas que tenía a la venta, volvió a la caja y devolvió a la señora casi anciana el importe de su inútil compra.

Decidí cambiar de frutería la siguiente semana.

La frutera era una mujer joven, de pelo liso recogido atrás y cara de muñeca de porcelana. Dispensaba con eficiencia pero su trato era mecánico, más parecido al de un cajero automático que al de una dependienta con frío en las manos. Era media mañana y yo quería comprar cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros. Atendía a una mujer (entre su turno y el mío mediaba el de un anciano) cuando entró una señora de chaquetón amarillento, cercana a la ancianidad, toda agitada.

– Hola, perdona, hija… – se coló, con el beneplácito de todos los presentes- ¡Me he llevado unas acelgas que no te había pedido!

La mujer joven con cara de muñeca de porcelana le recogió la bolsa, hizo un comentario de extrañeza, pues nadie le había comprado acelgas, la señora del abrigo amarillento le dijo que nunca come acelgas, que ella había pedido puerros, la frutera aceptó el error, extrajo las acelgas, metió un manojo de puerros y le dio como cambio la diferencia de precio. La mujer a la que estaba atendiendo cuando ocurrió este suceso siguió con su pedido e, influida por lo que había presenciado, solicitó unos puerros. ¿No serán acelgas?,  preguntó irónica la dependienta con su voz metálica.

De nuevo, decidí cambiar de frutería.

La próxima semana, volveré a la de la joven de ojos alargados. A fin de cuentas, ambas fruterías son franquicias de la misma cadena y en ambas pasan cosas curiosas, pero prefiero el trato agradable de una persona al automático de una muñeca de porcelana. Y venden cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros.

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Sigue buscando…

Al igual que ya ocurrió la primera vez que me designaron finalista semanal, esta segunda tampoco he resultado ganador. La diferencia es que, mientras en aquella ocasión llegamos al desempate, en ésta el ganador nos ha barrido. Me alegro, al menos, de haberle votado, como también ocurrió hace tres años.

Satisfecho por haber pasado la criba (469 microrrelatos), no me desanimo y lo seguiré intentando. Hay que tener en cuenta que uno de los finalistas de la semana pasada  era la cuarta vez que participaba… y no había ganado ninguna. Paz y Ciencia.

El audio del concurso:

Dejo aquí los dos relatos enviados. El primero es el que resultó finalista. Está inspirado en Manfred, el alemán de Camelles.

1. Las aguas verdes   – FINALISTA-

Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre, ni dónde nació, ni por qué se quedó a vivir en esa recóndita cala, al abrigo de una cueva que acabó convirtiendo en su hogar. Él cinceló las estatuas que está filmando. Esos marineros que salen del agua arrastrándose y escupiendo sal no son estatuas, ¿sabe? Son roca madre, acantilado pulido por su mano maestra. Un poco más adelante encontrará el escoplo clavado aún. Yo creo que el mar no aguantó la envidia.

2. Seis inviernos

– Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre- comentó soberbio mi padre.  Molesto, le pedí que definiera el radio de la circunferencia.

– ¡Mil! ¿Qué más da?

Mantuve su mirada. No necesitábamos el cascanueces para partir una avellana.

– No me esperéis a cenar- grité al arrancar la moto.

Yo tenía razón. Encontré una mujer en Francia que supo decir su nombre. Inmediatamente llamé a casa. “No puedo atenderle… Hable después de la señal… por favor”,  respondió la deprimida voz de mi madre.

 

MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS QUE HABÉIS ESTADO PENDIENTES!!

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Estoy hecho un flan.

Me acaba de llamar Laura (no recuerdo el apellido), de la Cadena SER, para informarme de que en el concurso “Relatos en Cadena“, en colaboración con el Escuela de Escritores, han seleccionado uno de los dos microrrelatos que envié esta semana.

Siempre ocurre algo inesperado con este concurso. Lleva funcionando desde 2008, que recuerde. Participé el primer año, a instancias de Pilar, una amiga que me lo descubrió. Lo intenté en siete ocasiones (semanas). Tomaba la frase inicial, que era obligatoria para todos los relatos, y le daba vueltas durante un día, buscando ideas. Cuando encontraba una idea, la escribía sin pensar: primer borrador. Lo releía y lo cambiaba las veces que fuera necesario. Segundo borrador. Poco antes de la hora límite de recepción de los microrrelatos, lo volvía a releer, por si mantenía el efecto que yo buscaba. Si lo mantenía, lo enviaba, si no, volvía a reescribirlo. En definitiva, trabajaba cada  pequeña aportación al concurso. Eso alimentaba mi ilusión de llegar a alguna final, pues consideraba que los textos eran buenos (porque me gustaban, claro, otra cosa es que estuvieran bien escritos). Al mes de empezar, comido por el trabajo, no tuve ni tiempo ni ganas de dedicarle tanto esfuerzo a la propuesta semanal del concurso, así que envié uno escrito a vuelapluma en cinco minutos. De hecho, no era un microrrelato sino una ocurrencia, casi un gag coloquial, válido para cualquier serie de humor por lo típico que resultaba. Apenas contaba con 43 palabras, de las 100 posibles. Era muy corto y apenas corregí un adjetivo. Pues me llamaron por ese relato.. No gané la final semanal, porque los tres relatos gustaron y hubo un triple empate. El desempate no me favoreció, pero la alegría de haber llegado hasta ahí no me la quita nadie. De hecho, está en uno de mis curricula.

Pasé dos años y medio sin participar. El año pasado, el amigo Peri Lope decidió abrir un blog de microrrelatos: www.sintramanifinal.blogspot.com, que os recomiendo a los que os gusten las historias entretenidas, cortas y que espabilen la imaginación. Me pidió que le enviara uno. ¿Uno?, le dije, ¡Dos! Se merece dos y muchos más. Ya puestos a volver a escribir microrrelato, ¿por qué no enviarlo a concursos? Y decidí retomar el de la Cadena SER, a ver si había suerte. Esto fue la semana pasada. El jueves leí la frase obligatoria para comenzar  el relatillo, pensé ideas durante unas horas y parí un primer texto. El viernes ya tenía otra idea y parí otro texto. El primer texto trata de las relaciones padre-hijo, el segundo, de un escultor de acantilados. Hete aquí que hoy me llaman porque uno de los dos ha sido finalista… y no sé cuál.

Me enteraré mañana, a partir de las 10:30 en el programa “Hoy poy hoy” de la Cadena SER.

Ojalá haya más suerte que hace tres años y… encuentre trabajo 🙂

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Se me han pasado dos películas por recomendar.

 

1. “Los 400 golpes“, de Truffaut.

Cine en blanco y negro (el que te ayuda a desengrasar la mente de tanto aceite reusado como echan en las películas comerciales), es decir, más relajante y con poso de valores positivos, aunque pierda en banda sonora y ambiente. Perdonen los puristas la generalización. Además, cine francés, que a mí me gusta. Un adolescente sufre el distanciamiento entre sus padres y el rechazo de su madre.  Su rebeldía aparecerá en el colegio e irá a más, iniciándose en la delincuencia hasta escaparse del mundo en el que sobre-vive, para llegar a ver el mar, todo ello, narrado desde la sensibilidad del chaval, que vive la hostilidad del mundo de los adultos (profesor, madre, ratero…). El actor protagonista se repetirá en siguientes películas de Truffaut. Indica Wikipedia que es autobiográfica. A mí me resultó conmovedora. Me sigue sorprendiendo la humanidad que se desprende de sus personajes, jueguen el papel que jueguen (un ladrón negociando con dos niños!!?), matiz que he observado más en películas en blanco y negro que en actuales, donde el malo no es malo sino peor. Lo que menos me gustó fue el ambiente musical y dejar la historia demasiado abierta. Totalmente recomendable.

 

2. “Irina Palm“, de Sam Garbarski (como si le conociera).

Me sonaba el título pero no el argumento. Cuando pasó la introducción y la protagonista se da un paseo por el Soho londinense, caí en el tema. Aunque es una comedia, no está contada como tal (“tragicomedia”, según el director). La historia de una familia inglesa cuyo hijo padece una rara enfermedad que sólo un especialista puede tratar… en Australia. Deben viajar allá durante una temporada pero, claro, no hay dinero. La abuela del niño, que no posee ni la casa que habita, ni pensión ni experiencia laboral, está dispuesta a ayudar en la recuperación de su nieto. Todas las empresas la rechazan, menos una: un sex shop (y más). Pese a su fuertes reticencias para aceptar el empleo, la abuela acaba viviendo allí una segunda juventud, ya que se convierte en “la mejor mano derecha de Londres”, pese a sufrir “codo de pajillera” por su actividad. Lo mejor, el contraste de la historia, la interpretación de los protagonistas y el ritmo de la película, basado en la edad de la protagonista. Lo peor, el ritmo de la película (yo no tengo la edad de la protagonista…), la interpretación de la nuera y la falta de explicaciones para justificar el empleo ante su hijo (demasiado artificial, aunque tal vez encaja en la cultura anglosajona). Merece la pena ver esta película. ¿Llegaríamos a tanto por un familiar que se muere?

 

 

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