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Archive for 31 diciembre 2010

Recomendaciones

Como no pretendo ser un crítico de nada, no me he puesto en la afanosa tarea de desarrollar una opinión argumentada sobre libros o películas que han pasado por el filtro de mis niñas. Hay excepciones, naturalmente, pero sólo son eso: excepciones. La regla ha sido la de no escribir, sólo disfrutar.

Llega un punto en el que mi memoria no abarca la lista de documentos textuales y visuales, y comienza a deshacerse de los más antiguos para dejar hueco a nuevos documentos. Tampoco me parece bien que se olviden esas sensaciones sin ningún provecho, salvo el particular y momentáneo. Como he detectado que ya he alcanzado (o, incluso, rebasado!) el máximo de mi capacidad retentiva a largo plazo, debo hacer lo que los informáticos llamamos un “core dumped”, un volcado de memoria. Así la puedo vaciar del todo sin problemas de conciencia.

LIBROS

1. “Monseñor Romero. Piezas para un retrato“, de María López Vigil.

Cuando cerró el Centro de Voluntariado Social de Valladolid, me quedé con este libro, con intención de leerlo algún día. Sin embargo, me olía demasiado a Iglesia y nunca me preocupé por él, ni siquiera para limpiar el polvo que se acumulaba sobre el canto de sus páginas. Un día de tedio decidí abrirlo, por rellenar la tarde y con intención de buscar algo más entretenido en la biblioteca al día siguiente. Descubrí que estaba formado por relatos anecdóticos breves y variados, lo cuál impulsó mi interés y mi lectura. Es más, en lugar de la típica biografía que sube a los altares al personaje desde su primera página, y con el prejuicio de que Monseñor Romero había sido un tipo fundamental en la historia de El Salvador, de los de la teología de la Liberación, encontré que las anécdotas hablaban de un obispo auxiliar sumiso a la Roma de los años 50 ó 60, impasible con el campesinado, amigable con el poder establecido y, gracias a Dios, con matices humanos, como la amistad con algún cura revolucionario. En cualquier caso, no era la imagen que yo tenía del monseñor. Roto mi prejuicio, creció mi interés. Poco a poco, la lectura de las anécdotas y recuerdos, recogidos entre las personas que lo trataron y escritos tal cuál (supongo) se expresaron, fue descubriéndome el proceso de transformación del obispo Romero, que pasó del extremo conservador al revolucionario (en el contexto eclesial). Extremo éste que, como ya es sabido, no gustó a sus antiguos y poderosos amigos. Sinceramente, es uno de los libros que más me ha impactado este año.

Se puede descargar aquí.

2. “Los objetos nos llaman“, de Juan José Millás. Delirante.

Novela autobiografiada o biografía novelada (esto es como la música: pop rock, agro-pop, flamenco pop, hip pop… todo vale para mezclar). El estilo es el que a mí me hubiera gustado desarrollar, nunca es tarde. Sencillo, ameno, la vida desde los ojos y fantasías de un niño. Altamente recomendable.

3. “Hay algo que no es como me dicen. El caso Nevenka Fernández”, del mismo autor.

Entretenido y contemporáneo. Historia ¿novelada? del proceso sobre acoso sexual de un alcalde hacia la concejala de Economía del ayuntamiento de Ponferrada, allá en 2002. En realidad, es el proceso vivido desde la experiencia de la víctima, pero con las reflexiones del escritor. Me quedé con ganas de una segunda parte… Recomendable.

4. “No mires debajo de la cama“, del mismo autor.

Cruza las visicitudes de una jueza con la de sus zapatos, los cuáles también tienen vida propia (vida que abarca buena parte de la novela). Es ingenioso en cuanto a la idea de dar espíritu a los zapatos, pero la historia que desarrolla me ha resultado muy aburrida, descoloca con algún “flashback” y, al final, cuando se juntan las historias de personajes y zapatos, retorcida. No leer.

5. “Cuentos de adulteros desorientados“, del mismo autor.

Relatos breves cuyo tema central es el adulterio: consecuencias, situaciones, reveses, sorpresas… Uno cree que sobre los cuernos se puede escribir poca cosa que sea original y me he encontrado un libro muy ameno, con varios relatos geniales, algunos desternillantes y todos narrados con ese estilo inconfundible de JJM. Altamente recomendable.

6. “Amanecer en el Desierto“, de Waris Dirie.

Biografía novelada de una modelo somalí que decide regresar a Somalia para visitar a su madre, referente fundamental en su vida. Es muy interesante por dos motivos: primero, narra los rasgos culturales de las tribus nómadas en el África oriental, vividas durante su infancia hasta que huyó de la familia y mantenidas a su regreso; segundo, el estilo es poco literario, muy “tal cuál lo siento, lo escribo”, lo que acerca mucho a la persona de Waris Dirie. Esto es importante porque este libro no es una historia de ida y vuelta, de huir de la pobreza, alcanzar el éxito occidental y me vuelvo a ver a mis padres en  el desierto, sino un alegato en contra de la ablación, mutilación que ella misma sufrió. Es recomendable.

Tiene una segunda parte que estoy leyendo: “Flor del desierto“, de la misma autora. Me está resultando menos vívida que la primera, en parte porque profundiza en los aspectos culturales que ya plasmó en el primer libro y en parte porque esta vez sí ha pasado por el tamiz de una escritora profesional, que ha pulido el estilo mucho más.

7. “Autómatas programables”, de… ¡Uy, éste no!

 

PELÍCULAS

 

1. “Dersu Uzala“, de Akira Kurosawa.

Una expedición rusa de exploración encuentra a un hombre, Derzu Uzala, que es cazador y vive en el bosque desde hace 40 años. El cazador y el capitán de la expedición, el hombre más cultivado de los militares, crearán una amistad basada en el respeto mutuo, la escucha y el aprendizaje. En el bosque, Derzu es el maestro, pero también el protector de la Naturaleza, de la armonía entre los seres que lo habitan, ya sean animales, plantas o cosas. Película con alegato ecologista que resalta los valores de la amistad y del respeto. Además, está basada en hechos reales: Derzu Uzala existió, así como el capitán (Vladimir Arseniev) y su expedición. Totalmente recomendable.

2. “Cuentos de la luna pálida de agosto“, de Kenji Mizoguchi.

Dos familias campesinas sufren las consecuencias de la avaricia y del reconocimiento. Son vecinos. En una, el hombre es alfarero y gana mucho dinero vendiendo sus vasijas en la ciudad, pero le parece poco. En la otra, su hermano no tiene otra idea en la cabeza que la de ser un famoso samurai, cueste lo que cueste. Ambos tienen la oportunidad de conseguir lo que quieren, aprovechando la guerra, pero el precio que pagarán por ello no les compensará. Película en blanco y negro. Puestos a estudiar valores humanos, se podrían sacar unos cuántos de este film. Aunque está muy bien valorada, como obra maestra, a mí no me ha terminado de llenar. Puede ser que haya que verla antes que la de los Siete Samuráis, no sé. Pasable.

3. “Cometas en el cielo“, de Marc Foster.

Dos niños, de distinta categoría social, crecen juntos y entablan una gran amistad en Afganistán. Tras la llegada de los talibanes al poder, uno se queda en el país y el otro puede comenzar una nueva vida en EEUU. Un día, pasados los años, recibe una carta que le hace regresar a su país para encontrar al hijo de su viejo amigo. Me encantó. Hay que verla.

4. “Alicia en el país de las maravillas“, de Tim Burton.

¿No podía haber elegido la cara de otra actriz, una que no tuviera un limón en la boca? El peor papel de Johnny Deep que recuerde. Y mira que me gusta la imagen del mundo particular de Burton (Pesadilla antes de Navidad, La novia cadáver), pero no. Hasta mi chico se acojona viendo el cartel de la película en el videoclub. Se salva la reina de corazones, será por su locura. No merece la pena.

5. “En el valle de Elah“, con Tommy Lee Jones.

Americanada. Lo mejor es el mensaje final: “Estados Unidos es un país que necesita ayuda”. No perder el tiempo.

6. “En un lugar de África

Una familia de alemanes judíos se libra de la Alemania nazi refugiándose en una granja en Kenya, pero allí trabajan para los ingleses, que miran más lo de ser alemanes que lo de ser judíos. Interesante el contraste entre la madre, quien cree que van a regresar a Alemania, y la hija, quien cree que van a vivir siempre en África. También el proceso de los padres, un abogado que ve la oportunidad de regresar a su país tras la guerra, y su mujer, que acaba amando el polvo africano. Esto no tiene doble sentido. Pero podría. Curiosa, entretenida, la persona del mayordomo me recuerda a Dersu Uzala. Pasable.

7. “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal“, del de las gafas y las barbas.

Sorprendente cómo enlaza hechos reales (los cráneos deformados de momias peruanas) con fantasía extraterrestre. Aparte de eso, la historia de siempre, contada de la misma manera, pero en distinto lugar y con distinto enemigo. ¡Anda, si Indy tiene un hijo! Animalito…”De que no”.

 

Empty memory.

Please, keep waiting while system is reloading…

 

 

 

 

 

 

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Cine: Que se mueran los feos

Dado que ando con tiempo libre, ahora aprovecho para recuperar todas las sesiones de cine que no he podido disfrutar antes. Y, como ansioso por escuchar nuevas historias a través de la gran pantalla, me doy un atracón tras otro, tal vez con la idea de alcanzar los estrenos actuales para no hacer críticas de películas ya pasadas. De momento, es lo que hay.

La película que quiero recomendar “vivamente” es “Que se mueran los feos”, de Javier Cámara y Carmen Machi.

Me dio la sensación de que este film pasó sin pena ni gloria por la cartelería hispana. No estaba informado de su recaudación, número de espectadores ni trato por la crítica profesional. No había oído nada y me extrañaba: ¿un trabajo de Javier Cámara sin repercusión? Debo confesar que a mí me gusta mucho la vis cómica de este actor. Me reí mucho con él desde su aparición en la serie “7 vidas”. Luego, he oído menos de su trabajo, como que hubiera dejado de hacer cine, aunque he visto que salía en “Los girasoles ciegos”, que tengo pendiente de ver.

En principio, pensaba que “Que se mueran los feos” sería una patochada de humor superficial, aprovechando la España profunda del mundo rural. Prejuicio generado a partir del cartel. Me equivoqué, gracias a Dios.

Si es cierto que la película gira alrededor de una idea de humor superficial: un feo al que le rechazan todas las mujeres, sin embargo, ni el feo es tan feo, ni le rechazan todas las mujeres, ni la película es una secuencia de gags cuya única idea es que Eliseo, el personaje de Cámara, acabe rechazado de la manera más humillante posible. En la película se cuentan más historias,  las de sus amigos: un maestro de escuela con cuatro hijos, más centrado en escribir una novela e irse de parranda que en su familia; un mecánico “guaperas” (como han caracterizado al guaperas debe ser una ironía del guión) que se dedica a acostarse con toda la que se cruza; un cura que quiere ser misionero; una lesbiana que quiere ser madre, un padre que hace las veces de periodista, una cuñada separada que no tiene dónde ir… Y la propia historia de Eliseo es la de un chico joven, cuarentón, que siente que su vida necesita algo más que los fracasos con el género femenino y el trabajo en la granja familiar; quiere encontrar su propio destino, aquél que abandonó cuando rechazó entrar en el Conservatorio de Música para encargarse del negocio familiar porque su hermano, un vivales, se dio el piro en cuanto pudo.

Me han encantado varias cosas de esta película. En principio, la ternura con la que se cuentan estas historias. Cámara humaniza el personaje para que no sea el típico maniquí de serie de humor, para que tenga una personalidad, sensible pero decidida a salir adelante. El padre (personaje), aunque es un papel pequeño y secundario, se sale en su interpretación. María Pujalte estupenda criando cuatro hijos. La peluquera (Ingrid Rubio) y el guaperas le dan mucha frescura a la trama. Julián López, de Muchachada Nui, también borda su papel de empleado de Eliseo, deficiente y simpático, que lleva parte de la carga cómica de la película. Me ha encantado el escenario: un pueblo de montaña, donde las relaciones personales, como el agua, son más puras, más cristalinas, más fáciles de entablar y mantener.

¿Qué no me ha gustado? Principalmente la banda sonora. Vale que a una comedia no se le va a pedir que trabaje la banda sonora, pero entre el “Eres tú” y la canción que da título a la película, me han recordado más a la trama de gag superficial que a la tierna historia rural de cuatro buenos amigos.

Para verla, desde luego.

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Cine: S. Darko

Escribo esto mientras veo la supuesta segunda parte de “Donnie Darko”. Digo “supuesta” porque películas como aquella no pueden tener segundas partes… buenas. Ni malas: en mi opinión, una película de culto es única; cualquier continuación no es otra cosa que un oportunismo que aprovecha el nombre de la primera, como lo de ser “el hijo de”, aprovechando el apellido pero careciendo de habilidades.
Debo indicar que esta afirmación no es del todo cierta con “S. Darko”. Tiene la habilidad de la fotografía, de la imagen. Grandes panorámicas del cielo en movimiento. Me han encantado.
Todo lo demás… Vale, las chicas son monas (hasta me he enamorado de la mala). Van en plan “Thelma y Louise” a buscar un trabajo a un club, gran futuro, pero se quedan en un pueblo típico americano, en el típico motel dirigido por un colgado por los ovnis. Se les avería el coche. Menos mal que pasa por ahí un guaperas salido de “Love Story”, cajetilla de tabaco en la manga de la camiseta ajustada, quien las hace de cicerone durante sus cuatro días de estancia. Cuatro días que le quedan al mundo para desaparecer, según predice el fantasma de una de ellas al loco del pueblo. ¿El fantasma? Sí, es que el futuro y el presente se mezclan para desarrollar la historia, pero utilizando los mismos o parecidos efectos especiales que en la primera parte (esos gusanos espacio-temporales que salen del pecho de las personas indicando los pasos que seguirán sus cuerpos).
El pueblo tiene varios personajes “misteriosos”: el cura aprovechado, la (creo) mujer del cura que es más devota que él, el empollón que se rasca el brazo, un ex-soldado vagabundo… Una fauna hecha para despistar y mantener la baja tensión que produce la película.
Por otro lado, hay demasiado ordenador. Meteoritos, hipercubos que caen del espacio, plumas de pavo real que parecen fluorescentes, el tiempo que retrocede un par de veces…
Y ninguna canción como la de “Mad World”, de Gary Jules.
Un fiasco, vamos. Como que he dejado de prestar atención a la película para escribir mi opinión sobre la misma.

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The New Life (cap. II)

“Bueno días, caballero. ¿Cómo se encuentra?… ¿Bien?… ¿No tan bien? Claro, con esta crisis, ¿verdad? Está el mundo revolucionado. Tanto paro, tanto dolor, tanto mal… Es importante cómo vivimos lo que nos ocurre, ¿no cree? Dónde ponemos nuestras esperanzas, en qué nos apoyamos… Pero ya dice la Biblia, en elcapítulo 3 de las Lamentaciones:

Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová; Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos; Nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú nos perdonaste.

¿No le parece que la Biblia ya vaticinaba lo que está ocurriendo: ese olvido del hombre por Dios y las desgracias que ello acarrea?… ¿Oiga?… No cierre la puerta sin oír lo que Marcos, en el capítulo 4, versículo 40, nos dice:

¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?  Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?.

… ¡Señor!… ¿Oiga?… Muchas gracias por escucharme”.

Esto era, a grandes rasgos, una visita típica durante el mes que trabajé para los Testigos. En general, no éramos bien mirados ni admitidos por las personas a las que visitábamos. Éstas, en un principio, no estaban seleccionadas: “Hoy te toca la calle Parrondo, portal 78”, y debía llamar en cada piso, en cada letra, con el fin de que los inquilinos escucharan no mi mensaje, ¡el del mismísimo Jehová!, quien se hacía presente a través de su Sagrada Escritura y llevaba en sus palabras la esperanza alentadora para soportar el valle de lágrimas de nuestro vivir, así como la fuerza de espíritu, tan necesaria cuando llegan las letras de la casa y del coche, que impregnaba la adhesión a la construcción de su Reino.

Después de la primera visita, anotábamos las respuestas de los visitados en un  sencilla escala: 1) No está; 2) Está pero no quiere saber nada; 3) Nos ha atendido; 4)  Esta interesado; 5) Quiere convertirse. Aquellos cuya respuesta fuera catalogada como 3, 4 ó 5, volvían a ser visitados.

Yo logré cuatro personas con respuesta “Nos ha atendido” y una como “Está interesado”. Supuse que, para un principiante cuya ocupación y experiencia anterior habían sido los rígidos compiladores, no estaba mal. Me sentía satisfecho y eso me hacía implicarme más. Por las noches, estudiaba el Antiguo y el Nuevo Testamento antes de dormir. Me encantaban as estadísticas de las guerras filisteas, donde fallecidos, carros y caballos, se contaban por miles. Lo de Josué rozaba el límite del cine snuff, pero después de haberlo pasado:

10 Y volviendo Josué, tomó en el mismo tiempo a Hazor, y mató a espada a su rey; pues Hazor había sido antes cabeza de todos estos reinos. 11 Y mataron a espada todo cuanto en ella tenía vida, destruyéndolo por completo, sin quedar nada que respirase; y a Hazor pusieron fuego.

La segunda visita era para profundizar en el interés. De los cuatro que me habían atendido en el número 78 de la calle Parrondo, ninguno estaba en casa cuando llamé a su puerta, a pesar de que el portal lo abrió uno de ellos desde el portero electrónico y de que, a través de la puerta de otro, se oía la televisión y a unos niños jugando al Tragabolas. Suspiré aliviado y di gracias a Jehová cuando la única persona que se había mostrado interesada me abrió la puerta de su piso.

Era una mujer, de edad indeterminada pero cercana a los cincuenta, pelo rubio de bote, media melena, labios pintados (cosa que, a las cinco de la tarde,  me chocó un poco), una sudadera gris holgada y unas mallas de lycra, ajustadas, del mismo color. Delgada, de hombros finos y barriguilla vencida, su cara aguileña no ocultaba las arrugas en ojos y comisuras, y su sonrisa me decía que seguía interesada. Lo cierto es que no sé por qué, yendo a explicarle la apasionante vida y milagros de Josué, me fijé con tanta precisión en sus rasgos. En cualquier caso me hizo pasar.

En esto, los Testigos somos agradecidos a la par que cautos. Agradecidos porque es muy duro pasar toda la tarde de pie, recibiendo negativas y caras de acreedor, y ver cómo un alma caritativa te invita a pasar a su salón, a sentarse en un sofá y te ofrece un vaso de agua. Abre su intimidad a la Buena Noticia, que es nuestro objetivo. Sin embargo, nunca sabemos qué quiere en realidad esa persona. Hay mucho loco suelto. Para reforzar nuestra evangelización y para ayudarnos en caso de que alguien nos busque mal (el Diablo nunca duerme), siempre vamos en parejas. Sin embargo, yo estaba sólo. Es algo que debería haber reclamado a mi empresa, aunque, a la vista de los acontecimientos posteriores, no tengo intención de hacerlo.

Lourdes, así se llamaba, me hizo sentarme en su sofá y ella se sentó a mi lado, cruzando su pierna izquierda por debajo de la derecha. Hice un breve comentario sobre el buen gusto que mostraba la decoración de su salón, para romper el hielo, y pasé a hablarle de Josué, de sus hazañas bélicas, de cómo él confió en Jehová y alcanzó grandes éxitos para su pueblo. No me recreé en relatar el número de degollados, ni de esclavos, ni de pueblos abrasados por la furia exterminadora de su brazo, pues eran detalles secundarios que desviarían su atención de la esencia del mensaje. Ella parecía extasiada con mi explicación, según decían sus ojos chispeantes. Yo proseguía haciendo hermenéutica: “Josué nos habla de la confianza del hombre en Jehová, en abandonarse a Él, en cómo la vida cambia cuando Él es el centro, no nosotros, y le escuchamos, y le seguimos, y le obedecemos…”. Lourdes, que se había acercado (motivada por el interés en el relato de Josué, sin duda), miraba fijamente la Biblia que sostenía sobre mis piernas. “…Al confiar en Él ya no tenemos miedo de nuestros enemigos, de nuestros problemas, de esta crisis o de cualquier crisis, del futuro incierto que nos espera, pues Él nos da un futuro seguro, el futuro del éxito en nuestras empresas, como le ocurrió a Josué…”. Por el rabillo del ojo observé que Lourdes alargaba la mano. Pensé que, embelesada por mi relato como estaba, cogería la Biblia para continuar ella con la lectura del libro de Josué. La levanté de mi regazo para ofrecérsela cuando su mano se posó sobre mi… No puedo narrar aquí lo que ocurrió en ese momento.  Baste decir que vi a Josué en el fragor de la batalla, espada en mano, gritando a las hordas de israelíes y transpirando adrenalina por los cuatro costados. Los enemigos caían por docenas, los caballos relinchaban, se oían silbidos de saetas cortando el aire, olía a  sudor, incienso y humo, y el fuego petrificaba las piernas del guerrero. ¡Qué batalla!

Cuando me desperté, ya era de noche. Lourdes roncaba a mi lado . Desplacé su cabeza sin que se despertara. Me levanté, busqué mi ropa en la  alfombra del salón, palpando la oscuridad, me medio vestí como pude y salí de su piso sin recoger la Biblia. “Mañana volveré a recuperarla”, me dije.


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Diversificando

Me dedico esta mañana a crear distintos curricula para distintos tipos de empresa, recogiendo mi experiencia general en esta vida medio vivida, y hete aquí mi sorpresa cuando me encuentro con cuatro documentos donde antes sólo había uno: uno con perfil técnico, otro con perfil para “educación”, otro con perfil para “ONG” y el cuarto con perfil “otros”, que resalta lo minimizado en los anteriores.

En cada uno se destaca lo que a dicho perfil le es más conveniente, y se reduce el resto. Porque, eso sí, en todos se dice lo mismo, solo que en distinta posición y con distinto desarrollo ¡No estoy como para desechar experiencias!
Cada uno irá apoyado por una carta de presentación específica, resaltando las virtudes del perfil en cuestión. Eso se lo encargaré a los redactores de cierta revista satírica que conozco.

Quisiera ver la cara de los selectores de personal de las empresas que reciban el curriculum de perfil “otros”… Es de donde no espero encontrar respuesta, pero pagaría por verles la cara cuando lo leyeran, carta de presentación incluida.

La idea ha sido de Infojobs. A ver si resulta.

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(Comencé escribiendo el comentario para responderte, pero alcanzaba tal cantidad de palabras, más de doscientas, que le he dado categoría de entrada).

¿”Vender un futuro inapelable”?
Pues en honor a ese futuro te voy a regalar no uno sino dos, dos relatos de menos de doscientas “inapalabras”, por eso de que tengo tiempo (más o menos) y porque necesitas material y no quieres rebuscar en los contenedores, que están a rebosar de material que la gente desecha, cosa que no entiendo muy bien (debe ser por el consumismo). Por ejemplo, el otro día,  cuando arrojo la bolsa de envases al contenedor de la basura de envases, me salpica en plena cara una extraordinaria historia de amor y celos entre una rata gris y un frasco de perfume Annaïs Annaïs (no sé si es con una o dos enes). La rata, por lo visto, tocaba el saxofón dentro de ese contenedor los jueves por la noche, saxofón que no era otra cosa que la parte superior de un bote de Pato WC, que alguien había cortado a la mitad antes de arrojarlo. La rata, dicen, probando nuevas alternativas alimenticias, chupó el detergente residual de la boquilla del bote y le gustó tanto que ya no lo soltó. El frasco de perfume, por su parte, aún conservaba dieciocho gotitas de aroma cuando la rata lo descubrió. El flechazo de ésta fue inmediato. A tal punto llegó su pasión por la tal Annaïs que se ofreció como saxofonista de detergente para animar la espera de las bolsas del contenedor hasta que llegara el camión de la basura, a eso de las cinco de la madrugada. El contenedor le ofreció actuación los jueves por la noche y allí acudía la rata todas las semanas, esperando que el perfume se fijara en ella y le regalara alguna de sus valiosas gotitas. Sin embargo, parece que el dosificador de Annaïs palpitaba por un cartón de Panetone que, evidentemente, habían arrojado al contenedor de envases por error, estando el de papeles al lado. Y ya se sabe lo que ocurre con los que son diferentes, los que destacan por algo: siempre se llevan la admiración y la envidia de los autóctonos a partes iguales. Lo del perfume era admiración, como demuestra que derramara ¡hasta cinco gotas! de su líquido sobre el cartón de Panetone. Eso irritó sobremanera a la rata gris, la hirió en lo más sensible de su corazón de rata. Dolida por el amor no correspondido, dejó de acudir al contenedor de envases durante semanas. Un día, ni siquiera era jueves, regresó.

En fin, que en cuanto me ponga con esos microrrelatos te los hago llegar para que lo deseches o cuelgues, como bien te plazca. Me parece de lo más interesante tu nuevo blog, ahora que puedo no dudaré en participar ni tampoco en recomendarlo en esta cueva… cuando tenga contenido.

Un abrazo

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The New Life (cap. I)

Después madrugar durante cinco años para una empresa dedicada a las tecnologías de la información, un buen día me encontré en la calle, despedido, debido a un reajuste de plantilla. El año había sido malo en lo económico y las previsiones a medio plazo eran peores de lo esperado. Cuando la empresa, a principios de año, despidió a los primeros compañeros, comprendí que tarde o temprano me llegaría el turno. Sin embargo, el hecho de pertenecer a un interesante proyecto cuya continuidad se suponía para doce meses más, y que tenía confirmados cuatro puestos de trabajo, entre ellos el mío, me hacía albergar esperanzas. A finales de año, justo cuando se acercaban las Navidades (esos momentos entrañables en familia, al calor de la chimenea o del radiador), un proceso de reducción de plantilla tuvo dramáticas consecuencias para catorce empleados de la empresa. Yo fui de los últimos en recibir el finiquito. Hasta ese momento, aún creía que me podría salvar. Fue un pequeño palo en lo anímico que se convertiría una cosquilla con el paso del tiempo.

Reaccioné bien. Previo a mi despido, y sospechando mi eliminación, me apunté a un curso de Sistemas de Gestión del Conocimiento (en caso de acabar en la calle, al menos tendría tiempo de estudiar algo distinto a lo que venía ocupando mis madrugones). Por otro lado, no tardé demasiado en enviar curricula a las empresas que más me interesaban: las cristalerías. Además, mi hermana me informó de una empresa asiática recientemente instalada en la ciudad, que aún contrataba personal. Al parecer, un amigo suyo, estudiante del Conservatorio y solvente violinista, llevaba un par de semanas en ella y decía estar contento con el trato y las condiciones. Era cuestión de tiempo el regresar a la situación de empleado. Mientras tanto, debía arreglar papeles con el INEM. A los dos días de mi salida laboral, pasé por la oficina de empleo que me correspondía (un lugar perfectamente organizado). Esa mañana, viajé en autobús, por eso de empezar a ahorrar durante el tiempo de vacas flacas. De vuelta, después de ceder el asiento en el autobús a una señora, que más tarde se bajaría en la parada anterior a la mía, me enteré de que a uno de los ex-compañeros de empresa le correspondía la misma sucursal del INEM y había sellado su tarjeta de demandante de empleo el mismo día que yo. Casualidades.

Antes de Navidades ya hice mi primera entrevista de trabajo. Una cristalería del polígono de Argales se había fijado en mi dilataba experiencia como miope y quería contratarme. El sueldo era inferior al de mileurista pues, como era de esperar, debía comenzar realizando el trabajo más sencillo y pero pagado: cortador de cristal. La jornada laboral se extendía hasta las 19:30 horas de la tarde y dispondría de dos horas para comer. Las condiciones eran peores de las que había disfrutado en la empresa que me despidió pero no importaba: ya no miraba por mí sino por la familia y la hipoteca. Iba a fimar el contrato cuando oí un comentario que me despejó la única duda que tenía: ¿por qué una cristalería quiere contratarme por mi experiencia como miope? “Sus gafas, señor Volador. A su edad es normal llevar gafas, pero no es tan normal el hecho que las lleve desde los tres años. ¿Se da cuenta? Usted conoce perfectamente los límites de los cristales de las gafas; le ha dado tiempo observarlos detenidamente, a apreciar la finura de sus cortes, la suavidad de su curvas, casi su composición capa a capa ¡y eso que son transparentes!. Otras personas que hemos entrevistado se han limitado a ver a través de ellos, cosa del todo normal, porque apenas llevan diez o quince años utilizando gafas, pero usted… Es la persona que necesitamos. Acabamos de firmar un acuerdo con la Federación de Ópticos para servir los cristales de todas las monturas de las ópticas federadas de esta región, y nadie mejor que usted para cortar en poco tiempo esos cristales. Se los conoce al dedillo”. Detuve mi mano antes de que el bolígrafo dibujara mi firma sobre el papel. Me imaginé junto a una máquina de corte, las luces de la cristalería apagadas salvo el fluorescente que pendía sobre mi puesto de trabajo, reflejando su pálida luz azul entre los miles de cristales redondos que, apilados, formaban un voluminoso montón a mi lado. Les di las gracias por la confianza y salí lo más rápido que pude del despacho.

Pasarían un par de meses antes de que me llamaran para una segunda entrevista. Me dio tiempo a terminar con éxito el curso de Sistemas de Gestión del Conocimiento. No me pareció muy motivador, pero me abría el abanico laboral. De hecho, mi segunda entrevista vino como consecuencia de haber incluido este curso en mi curriculum. Se trataba de un colegio concertado, el San Rafael Benítez. Buscaban un informático para crear un sitio web de acceso restringido. Dicho sitio debería informar al público general de las características del centro educativo y, además, permitir el acceso a sus alumnos a la parte más novedosa del sistema: una gran base de datos con toda la información de las asignaturas impartidas en los cursos del centro (fórmulas matemáticas, fechas históricas, técnicas deportivas, anatomía animal y de las plantas, reglas sintácticas, vocabulario de inglés y francés, etc), visible a través de una wiki particular que, a mayores, permitiera realizar exámenes por Internet controlados por el tiempo de conexión y calculara las notas, estableciera los aprobados y suspensos, generase informes gráficos con caracter periodico (y configurable) para la Dirección del centro, llevara un control de las prácticas de los alumnos, de su absentismo e informase automáticamente a los padres de cualquier evento significativo derivado de la actividad intelectual de sus hijos, bien notas de exámenes, bien faltas de asistencia a clase. En una segunda fase, se pretendía incorporar a la wiki una red de cámaras web, distribuida por las aulas, pasillos y patio del centro, para permitir que los padres pudiera seguir en directo la vida diaria del colegio. El salario ofrecido era de 12.500 euros brutos y el proyecto debía implementarse a lo largo de los nueve meses del curso escolar, dejando la parte de las webcams para el verano, cuando se instalaran las cámaras, durante las vacaciones. Me negué.

Del INEM nunca me avisaron para trabajar, cosa que me pareció extraña al principio, pero luego me acostumbré y casi lo preferí. Empezaba a desesperar cuando, de la manera más sorprendente, me llegó la gran oportunidad. Una mañana de marzo, después de pasar la aspiradora en casa y de revisar, por enésima vez las ofertas de Infojobs, bajé a comprar el pan en el Obrador Castellano de Prado Boyal. ¿Por qué ahí y no en la panadería de Laura que, a la sazón, me quedaba más cerca? A saber. Tal vez porque hacía sol y me apetecía aprovecharlo, pese al ligero viento del norte que persistía en mantenernos abrigados (nostalgia invernal). En la misma puerta del obrador dejé salir a una señora que portaba una bolsa con dos barras; me disponía a entrar cuando ésta mujer se volvió y me reconoció. “Tú no te acordarás de mi”, me dijo”, “pero yo sí recuerdo la cara de quien llevaba esa misma trenca amarilla hace unos meses: era un chico jóven, con cara triste. Estaba sentado junto a la puerta de salida y se levantó para ofrecerme su asiento en el autobús. Le quise dar las gracias pero recibió una llamada de teléfono. No sé cómo te llamas pero no se me ha olvidado tu cara, aunque mi memoria ya está muy perjudicada…”. Le tuve que pedir más datos, fecha, en qué línea de autobús coincidimos, hora… porque me costó recordar ese detalle. Al final caí: fue regresando a casa el día que me acerqué a la ciudad para obtener la tarjeta de demandante de empleo en el INEM. Aún así no recordaba su cara (a su edad, la mayoría de las mujeres se hacen la permanente, son bajitas, han engordado un poco y visten un chaquetón de lo más discreto). Me dio las gracias de nuevo por aquella cesión y nos presentamos. Le conté mi situación, no con el fin de darle lástima sino porque no tenía una realidad distinta que relatar, era la mía y en ese momento. Se mostró interesada. Antes de despedirse, me escribió un teléfono en un papel. “Si quieres, llama aquí y diles que te lo ha dado Elvira”. Elvira era ella. Entré en la panadería mirando el papel con total incredulidad. “¿Y qué me pueden ofrecer aquí?”, me pregunté.

Intrigado, llamé al volver a casa. Al fin y al cabo, sólo podía perder el tiempo. Al oír el nombre de Elvira, me citaron en un bar del pueblo para hablarme del trabajo que se me ofrecía “Y, ¿no me lo puedes decir por teléfono?”, repliqué. “Es mejor hablarlo en persona, te lo aseguro”, me contestó la voz de la interlocutora. “¿A qué hora?”, le dije. Esa misma tarde, me encontré sentado en la mesa de una cafetería frente a dos mujeres perfectamente vestidas. La mayor de ellas rondaría los cincuenta años, mientras que la otra no llegaría a los treinta. Ésta permanecía callada ante las explicaciones de su compañera. Y, para qué negarlo, estaba “cañón”. No fue por el estupendo físico de la muda, pese a lucir un vestido más propio de mi madre que de una veinteañera, ni por la jornada parcial altamente remunerada, ni por las dos pagas extra al año, ni por los veinticuatro días de vacaciones, ni por el seguro médico, ni por el no necesitar quemarme las pestañas delante de un ordenador… yo creo que firmé el contrato antes de salir de la cafetería por el aroma del perfume de esa mujer que me hablaba, y que me iba relajando como si de un buen porro se tratara. Cuando, ya lejos de los efluvios embriagadores de la paisana, he releido mi copia del contrato, me he dado cuenta de que había hipotecado los domingos por un perfume. No me ha importado demasiado: el resto de condiciones eran excelentes. Tendré que renovar un poco el vestuario y practicar una sonrisa de labios prietos y ojos abiertos. El jueves comenzaré a ejercer como testigo de Jehová.

 

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