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Archive for 24 noviembre 2010

Sobre la actuación del psicólogo en ‘el caso Nevenka’ (consecuencia de la lectura del libro “Hay algo que no es como me cuentan”, de J. Millás), donde muestra lo que es ‘el acompañamiento’:

Ahora, la valoración que el terapeuta hace de la paciente es mucho más optimista: «Evoluciona favorablemente, el episodio no va a ser una rémora para ella y aquello está comenzando a ser historia», explica. «En los escritos que ella me envía a través de Internet trata de dar sentido a lo que le sucede para intentar tomar decisiones sobre ello, trata de responder a las preguntas que arrastra por lo que ha vivido. Lo único que yo hago es guiarla, permitirle una experiencia de autoconocimiento».

(extraído de esta crónica de El Mundo)

La última frase refleja ese acompañamiento profesional de un psicólogo, que es guiado y busca no tomar las decisiones por el paciente, sino hacer que sea él quien las tome. Buen modelo para mi gusto.

 

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Semana negra

Esta semana que acaba de empezar la voy a marcar en el calendario como la semana negra del año. Motivos:

1) Pese al estiramienting al que me somete Natalia (ciertas posturas me hacen dudar de la eficacia del ejercicio, como la de agachar el tronco hacia el suelo mientras estoy sentado con las piernas abiertas y extendidas todo lo que mis atrofiados abductores permiten), esta máquina de mecanismos químicos y fisiológicos llamada ‘cuerpo’ está pidiendo descanso no en la cama, ¡en un ataud!. Paso de relatar la lista de desperfectos y síntomas hipocondríacos que se empieza a acumular, baste decir que el médico ya me ha visto el pelo y quiere que otros médicos me lo vean también, especialmente para curarse en salud. Es mejor que un médico se cure en salud a que se cure de espanto pues, ¿cómo lo habría visto en ese caso?

2) Si así está el físico, la mente, no digamos. Esta es la semana negra del año porque llevo tiempo dándole vueltas al coco, “adelantando acontecimientos que aún no han ocurrido”, malgastando energía en preocupaciones. El viernes, tal vez, se me atragante la cena con los compañeros de empresa y decida no tomar el postre. O tal vez sea la cena que cambie el color de esta semana.

3) Otra cuestión es planificar mi formación de cara a los seis próximos meses: ¿en qué aprovecho este tiempo: en profundizar en conocimientos de lo que hoy en día trabajo o abrir el abanico de mi formación hacia algo distinto? En este segundo caso, ¿qué puede tener más futuro laboral: las energías renovables, la electricidad o la automatización industrial? Pregunta a la que no puedo responder, así que debo plantearla con más realismo: dada mi inexperiencia en estos tres campos, ¿en cuál de ellos me podría reciclar con más éxito a corto plazo? Yo apostaba por el tema eléctrico, pese a mis dos manos izquierdas, aunque parece que la cosa no es tan fácil si no hay práctica de por medio. He pedido consejo a los expertos y, para mi desgracia, entre ellos discrepan. Así que me quedo como estoy, jugando a apostar. El corazón me pide energía renovable, la cabeza, automatización industrial o electricidad. Cuando me encuentre el hígado, le preguntaré a ver si desempata.

4) El viernes, tal vez el lunes, tendré una depresión de uricato. Hasta entonces, he decidido dejar la lectura de “No mires debajo de la cama”, de Juanjo Millás (su realismo mágico basado en la vida autónoma de los zapatos es interesante, pero la obra se me ha vuelto aburrida) y he comenzado, con más alegría y gusto, “Hay algo que no es como me dicen”, del mismo autor, sobre el caso Nevenka, que me despierta el interés por ser un hecho contemporáneo y cercano en kilómetros.

Veremos si la guillotina acaba cayendo sobre nuestros cuellos.

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El dispensador de servilletas

En el servicio hay un dispensador de papel para secarse las manos. Este dispensador contiene unas servilletas de papel, aparentemente reciclado, que son bastante absorbentes.

Me encontraba lavándome los dientes cuando, de uno de los excusados, sale un hombre trajeado y cierra la puerta dejando la luz encendida. Se lava las manos, toma una, dos, tres y cuatro servilletas de papel absorbente del dispensador, y forma una pelota de papel mientras se seca sus extremidades. Pelota que después arroja a la papelera. Se despide y sale del servicio.

Acabo de frotar las muelas con el cepillo y me enjuago la boca, tomando el agua con ambas manos. Saco una servilleta del dispensador y, eh violá, logro secar las dos manos con un solo papel.

Me pregunto: ¿vestir traje conlleva licencia para consumir más recursos de los necesarios? Si es así, ¿no podrían ser estos, recursos de educación ecológica o de economía sostenible…?

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Juventud, divino tesoro

Comentaban ayer, la profesora de estiramienting y una de las alumnas, cuándo denominar chico o señor a un hombre. No se ponían de acuerdo en qué criterios debían regir tal decisión, dejando ésta en manos de las sensaciones que despertaban en cada una la visión del sujeto (incluso, llegaron a elegir un hombre de prueba, que hacía marcha sueca en la sala del gimnasio, que tampoco les puso de acuerdo). Como yo era el único hombre.chico-señor de la clase, comenzaron por valorarme a mí:

– Por ejemplo, ¿tú cuántos años tienes?

– Tantos.

– Pues con tantos yo te llamaría chico.

Dibujé mentalmente una sonrisa irónica y la expresé en un arqueo de cejas. No me veía reflejado con ninguna de las referencias que manejaban.

Señor no. Imposible. Ni por físico ni por forma de vestir. Tal vez por actitud, algunas veces. Los más pequeños sí me encuentran así. Recuerdo unos niños de 7 u 8 años, que jugaban con el balón en la calle. Al pasar a su lado, uno paró el balón y me dijo: Señor, ¿tiene hora?. Con la misma educación que me preguntó le di la respuesta y continué mi camino con cierto regusto agridulce, agrio por el comprobar que ya me empezaban a ver mayor las novísimas generaciones, y dulce al encontrarme críos tan respetuosos. Sin embargo, salvo ese hecho puntual, creo que lo de Señor está aún alejado de mi imagen, ni qué decir de mi mente.

Chico es más cercano, pero ya no tanto. Al menos, para mí, que asocio chico a ser humano masculino menor de 30 años (lo de 30 años tampoco es un criterio objetivo y puede cambiar según la apariencia de la persona evidentemente, para referirme a un desconocido, no le pregunto la edad para saber cómo nombrarle-). El caso es que chico empieza a estar alejado de mi sustancia, especialmente estos últimos meses en los que el cuerpo ha dado muestras de ¿pérdida de juventud?. A ver:

1) Antes tenía las canas agrupadas en una zona del pelo, donde marcaba la raya. Formaban un mechón curioso. Ahora han aparecido, tímidas, escondidas, disgregadas, en el lateral derecho (debe ser el que más trabaja), sobre la oreja. Yo creo que es una invasión silenciosa.

2) Antes era capaz de relajar tensiones musculares aplicando un poco de reiki casero antes de acostarme. Ahora mis manos han perdido su energía o las tensiones son mayores y no les vale la misma cantidad de reiki. Por cierto, ¿qué es el reiki?

3) Creo que mis neuronas están perdiendo la mielina de sus conexiones: pensamiento más lento (¿será la falta de sueño?); aumento del parkinson de mis manos de porcelana, que es imperceptible, pero que existe como temblor. Ahora bien, y me disculpen los enfermos de Parkinson, yo no lo padezco, pero ilustra, salvando las diferencias, ese tembleque instalado en mis manos desde siempre, que tendrá un origen nervioso; falta de interés en el estudio, como si ahora me costara un esfuerzo y antes no (aunque es más la motivación, entiendo)

4) Ahora la visión se vuelve borrosa a partir del café de la mañana. Esto tiene varias posibles causas: la claridad que entra por la ventana y estorba a mi retina derecha, el sueño, el descafinado de máquina, los conservantes del croissant, los edulcorantes de la mermelada… O que me hago mayor, pues antes no tenía problemas centrando la imagen.

5) La vida sedentaria ha acabado con la (de por sí, escasa) flexibilidad en mis abductores. Y el estiramienting no la recupera.

6) Respirar durante un esfuerzo prolongado, por ejemplo, abrir la puerta de casa, es más frecuente que en los tiempos pretéritos, donde podía aguantar el esfuerzo sin recurrir tanto al oxígeno como ahora.

7) Mi centro de gravedad comienza a caer peligrosamente hacia el almacén de lorzas, aún no manifestadas.

El caso es que envejecer no me preocupa: es ley de vida. Lo que me fastidia es que no tenga un botón “Deshacer”, como todas las aplicaciones que se precien. Será que soy una versión beta…

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