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Archive for 25 octubre 2010

Me gustaría saber cómo lo han descubierto…

1) Abrir Forms Builder v.10g (10.1.2.0, en mi caso)

2) Convertir el FMB a FMT:

a. Menú Archivo. Opción Convertir

b. Seleccionar Tipo: Pantalla; Dirección: Binario a Texto; Archivo: el que queremos convertir (hecho en v.10g), por ejemplo, x.FMB

c. Convertir (generamos un fichero llamado x.FMT)

3) Editar el fichero x.FMT con un editor de texto y modificarlo:

a. Dentro del código hexadecimal (párrafos formados por varias columnas, cada una con 8 caracteres alfanuméricos), buscar el patrón “0000000d”.

b. Sustituir la letra ‘d’ por la ‘c’ (minúsculas) sólo en aquellos patrones encontrados que vengan precedidos por los dígitos ’38‘ en la columna anterior, y sustituir estos dígitos por ‘31’ [NOTA: me ha
ocurrido que, en lugar de aparecer los dígitos ‘38’, aparece ‘31’
directamente. En este caso, sustituyendo sólo la letra también funciona].

i. Ejemplo.

Original: 00520002 0000000d 00000038 0000000d 00000000

Nuevo: 00520002 0000000d 00000031 0000000c 00000000

Tener en cuenta que, cuando el patrón se encuentra en la primera columna, la columna anterior es la última de la fila anterior.

ii. Ejemplo.

Original: 00520002 0000033f 00056000 00000038

0000000d 00000004 0000000c 00000000

Nuevo: 00520002 0000033f 00056000 00000031

0000000c 00000004 0000000c 00000000

4) Guardar los cambios.

5) Abrir Forms Builder v. 9i (9.0.4, en mi caso)

6) Convertir el FMT a FMB:

a. Menú Archivo. Opción Convertir

b. Seleccionar Tipo: Pantalla; Dirección: Texto a Binario; Archivo: el FMT actualizado, x.FMT

c. Convertir (generamos un fichero llamado x.FMB que compila en v. 9i)

7) Donar la voluntad a la ONG “Aduaneros Sin Fronteras”

Un post muy técnico. Que me perdonen mis lectores habituales (mamá, cactus). Espero que a quien le pueda interesar le sea de utilidad.

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Beverly Bronx

El título intenta traer a la memoria recuerdos o imágenes mezcladas de dos barrios/ciudades estadounidenses totalmente distintos (pueda ser que el Bronx haya mejorado mucho y yo, que no he pasado por allí últimamente, esté metiendo la pata; mis disculpas a los vecinos del Bronx, en ese caso). Beverly Hills es la ciudad de la jet de Hollywood, allá en Los Ángeles, con sus mansiones (no se llaman ‘casas’) llenas de glamour y de dólares; mientras que el Bronx, o lo que yo recuerdo haber visto en las películas ochenteras (uno ya tiene una edad), era el típico barrio marginal de Nueva York donde los negros y los hispanos trataban de sobrevivir como buena o malamente podían, con bandas juveniles y pobreza en sus adosados de ladrillo y pisos cargados de grafittis. El título, en base a estas premisas, intenta dejar el regusto agridulce de la paradoja, del contraste fuerte, de la unión de dos mundos opuestos en una foto difícil de componer. No he encontrado mejor metáfora para expresar ese saborcillo raro, tranquilizador e inquietante a la vez, que me ha dejado el sueño de esta noche.

Estaba yo en clase de algo, una materia que me gustaba y que requería más material que otras en las que el libro y los folios son suficientes. Acabada la clase, recogí todo ese material y salí junto con mis numerosos compañeros. Subimos al autobús y lo llenamos como si de hora punta se tratara. Era un viaje un poco agobiante, con la gente alrededor, respirándote en las orejas, las mochilas del material al hombro, sujetas con una mano, y la otra para agarrarse (naturalmente, iba de pie). Bajé en una parada, junto con X., un compañero del trabajo que en el sueño era un compañero de clase. Habíamos llegado a la parada de su barrio.

Su barrio se encontraba en el extrarradio de… bueno, en realidad no había extrarradio de nada, porque no había ciudad. La ciudad la sospecho y hablo de ella para cubrir los detalles que en el sueño no son importantes. No había ciudad, no había extrarradio, pero el autobús pasaba por allí y el autobús era de los urbanos. El barrio de X. estaba en medio del campo. Era un pueblo de casas molineras y granjas, todas ellas rehabilitadas. En tiempos, sus habitantes las abandonaron y marcharon a buscar una vida mejor (a esa ciudad artificiosa, imagino). El pueblo quedó desierto y las viviendas en ruinas con el paso del tiempo. Más tarde llegaron las gentes desahuciadas por la sociedad, mendigos, pobres, gente sin trabajo y con demasiada edad para ser contratados, enfermos que nadie quería curar, gente joven sin recursos… Ocuparon las casas, las granjas y los caseríos, y los fueron arreglando, con barro, con pizarra, con telas recicladas. Carecían de alcantarillado y las calles, irregulares, no estaban asfaltadas. Los arroyuelos corrían salvajes en medio de ellas. Acompañé a X. hasta su granja, que tenía un corral inmenso y embarrado, y un granero en forma de torre, de base ancha y paredes encaladas con barro blanco. No sabía muy bien por qué le acompañaba. Bastaba saber que era mi amigo. ¿Por qué había bajado yo en aquella parada que no era la mía? Ahora que lo pienso, ya despierto y dando paso al raciocinio, creo que bajé para iniciar esta aventura y poder contarla aquí. Porque yo tenía que ir a clase, pero no tenía que ir a ningún sitio en autobús. X. no sabía cómo despedirse. Conocía mi situación peregrina, sin destino fijo, pero no se atrevía a invitarme a pasar. Balbució alguna pregunta como “¿Hay algo que necesites?” y echó a correr corral adentro. Dudé unos momentos. “¿Entra corriendo para buscar algo para mí, un vaso de agua, un libro, o simplemente para dejar claro que ya ha terminado el paseo?”, pensé. Decidí regresar a la parada del autobús. Entonces me pude fijar un poco más en ese barrio-pueblo rehabilitado. Las casas estaban unidas unas a otras, tenían distintas alturas y el mismo barniz en las paredes: cemento con tierra arcillosa, que las daba un color ocre. Recordé vagamente la Capadocia, con sus cuevas. De una puerta estrecha y con dintel de madera oscura, apareció un hombre maduro, de unos cuarenta y cinco años, pelo negro, escaso por la frente, que le cubría la nuca como una cortinilla hecha jirones, y barba perezosa en su cara afilada. Mi miró pasar, preguntándome con sus ojos negros qué hacía yo por allí. Me inquieté. Por el cauce de la profunda cuneta que separaba las últimas casas del pueblo de la carretera bajaba una corriente intensa de agua turbia, que arrastraba heces y barro negro. Busqué un punto donde la corriente me permitiera cruzar, pero no tuve suerte. Tampoco cuando decidí saltar: pisé el agua y los excrementos. Llegué a la carretera.

Decidí seguir el camino que traía el autobús, carretera abajo. No tenía destino. Por una de estas extrañas conexiones que se dan en los sueños, o quizá sea una laguna de memoria, como lo de la ciudad, me encontré pedaleando junto con Y. en bicicletas de paseo. Nos divertíamos. Contemplábamos el campo a la velocidad serena de las pedaladas. En un momento dado, bajando una cuesta en mitad de la nada, nos fijamos en un par de chalets idénticos, pequeños pero impresionantes. Las paredes estaban cubiertas por baldosas lacadas con distintos colores, al estilo Ágatha Ruiz de la Braga, como si los dueños se hubieran querido dar un ostentoso capricho para que sus viviendas fueran más una obra artística que una morada de fin de semana. Las tejas eran de barro cocido reflectante, el porche, el jardín, la pequeña piscina… todo decía que allí había dinero invertido. A Y. y a mí nos entró la curiosidad de conocer uno de esos chalets por dentro, así que dejamos las bicis y, no sin temor por el allanamiento, accedimos a través de la puerta trasera sin necesidad de llave. Como si nos esperaran. Recorrimos el salón, enmoquetado, con muebles de madera de calidad, dominado por las líneas rectas, el silencio y la limpieza. El interior era acogedor pero pequeño. Íbamos a salir por la puerta principal cuando, al abrirla, Y. se encontró de cara con una anciana alta, delgada, perfectamente vestida y peinada, que parecía saber que saldríamos por esa puerta pues nos esperaba con una sonrisa acartonada. Y. cerró la puerta rápidamente, tomó la bici (que ahora se encontraba dentro del chalet) y huyó de la vivienda ante mi atónita mirada. Yo, que me supe descubierto aunque la anciana no me hubiera visto, decidí salir por la puerta principal. “Total, si no está gritando ‘¡ladrones, policía!’ y luce una sonrisa, será que no nos quiere denunciar”, pensé. Al abrir la puerta de par en par, encontré que la anciana estirada ocupaba el centro de un comité de bienvenida formado por todas las vecinas de ese lujoso barrio (que luego descubriría), también perfectamente vestidas, peinadas y con una sonrisa de oreja a oreja. “Algo raro pasa aquí”, me dije, pero me dejé llevar por las nuevas circunstancias. Resultó que todos los vecinos, principalmente mujeres y niños pequeños, celebraban una barbacoa en una plaza cercana. De camino a ella, comprobé que el barrio era residencial. Estaba salpicado por chalets individuales muy personalizados, para nada esos que se construyen en base a un modelo copiado infinidad de veces. Unos parecían el castillo de Walt Disney, otros relucían por todas sus caras, otros mezclaban líneas metálicas con hormigón pulido, minimalistas y modernos. Todo se traducía en una frase: había pasta a espuertas en cada casa. En la plaza, la fiesta llegaba a su apogeo. Niños correteando, mujeres hablando entre ellas, mujeres jugando con niños… yo era un invitado más. De repente, alguién gritó. Todos miramos hacia la parrilla. Jugando, una mujer y un chico habían caido abrazados sobre ella. La mujer estaba en contacto con la parrilla pero el chico no, pues quedó encima. Ella no podía incorporarse debido al peso del chaval. Hasta que éste bajó, ella permaneció tumbada. Después se levantó, estiró los brazos hacia el cielo y pudimos comprobar el daño: desde los talones hasta la nuca, todo su cuerpo estaba negro, achicharrado. Pese a la quemazón, no se desprendía ningún olor a carne chamuscada. Luego lo entendí: en ese barrio, todo era pulcro, aséptico, ideal. Los accidentes podrían ocurrir, pero no producían ni el dolor ni la angustia lógicas. Sospeché que las emociones también eran asépticas. La sonrisa de la anciana y de sus vecinas, acartonada, era falsa: ninguna de ellas desprendía emoción alguna. Sonreían y actuaban, como máquinas ejecutando un programa. Y. al menos disfrutaba con el paseo en bicicleta, el allanamiento del chalet y su decoración, se ilusionaba por todo, también tuvo miedo y huyó. Como nadie se interesó por la mujer quemada y a mí me gustó la arquitectura del barrio, decidí recorrerlo dejando la fiesta (en paz).

Evito describir lo que vi, pues era más de lo mismo. Una urbanización diametralmente opuesta al pueblo rehabilitado donde vivía X., tanto en arquitectura como en habitantes. Entré en otro chalet que me gustó (al fin y al cabo, sus moradores estarían alrededor de la parrilla) y, ¡eh violá!, allí encontré a mi hermano. Nos sentamos a ver la televisión en un cómodo sofá, sin otra cosa en la que perder el tiempo, salvo esperar la muerte por vejez. Alguien llamó a la puerta trasera. Mi hermano salió a atender la llamada. Eran de nuevo las ancianas almidonadas. No sé qué querían, si se llevaron a mi hermano con ellas o éste entró porque preguntaban por mí. Lo que sentí fue que la historia se volvía a repetir.

Me desperté.

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El 17 (capítulo I)

El 17 era el número favorito de mi maestro en la escuela. Cada vez que había un cumpleaños, celebrábamos un sorteo para repartir los caramelos. El que cumplía años tenía el privilegio de elegir un número entre el 1 y el 30. Si acertaba el número que el maestro tenía en la cabeza, se llevaba un caramelo. No fallaba nunca: el número que debía decir era el 17.

A las 23:15 he comenzado a dar de alta mi curriculum vitae en Infojobs.

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¿Trabajo o actitud?

Este jueves recibía la siguiente pregunta: En tu experiencia cristiana ¿qué entiendes por llamada, vocación?
Responder a esto me resultó difícil, en primer lugar, porque la pregunta no diferencia entre llamada y vocación, ambos términos incluidos en la cuestión como un listado de sinónimos. ¿Es que son lo mismo?

Como siempre, cuando no sé por dónde empezar, comencé analizando el significado de las palabras. ¿Qué era para mí llamada y qué vocación?

Recordé que, siempre que estoy quemado, aburrido, o descontento con mi trabajo, me digo ¡Cuántas ganas tengo de encontrar mi auténtica vocación!. Es decir, cuántas ganas tengo de dedicarme a un trabajo en el que realice una actividad que me motive más que ninguna otra. Desde pequeño he envidiado sanamente a aquellas personas que decían yo ya sé qué es lo que quiero ser de mayor, o yo quiero ser y añadían una profesión.

El mejor ejemplo era el de Ana Rodríguez, Anita. En clase la llamábamos, creo que malintencionadamente (yo me encontré ya el mote), la machaquita, apodo exagerado a todas luces. Se lo ganó por realizar innumerables preguntas en clase a todos los profesores, en busca de resolver dudas sobre las materias explicadas, algunas de ellas (las dudas) fundadas y otras, “sin funda”, por decirlo suavemente. En realidad, nunca tuve claro si lo de “la machaquita” venía porque “machacaba” a los profesores con su bombardeo de rueda de prensa o porque machacaba la paciencia de los compañeros que, veían en tanta pregunta, más un afán de protagonismo que una necesidad de conocimientos. Una vez, finalizando el bachillerato, la oí comentar que ella tenía claro que quería ser periodista. Desde luego, nos había demostrado ampliamente su vocación durante cuatro años. Con el paso a la universidad, perdí su pista. Hace un año, aproximadamente, leyendo algún medio de información, descubrí que Anita pasaba a ocupar la delegación de Europa Press en Castilla y León (1). Y era noticia noticiable, es decir, salía en los medios, lo cuál demostraba la importancia del cargo.

Éste es el ejemplo de lo que yo entendía por “vocación”. Alguien se sabe llamado a algo ya desde muy jóven y mueve Roma con Santiago hasta conseguir convertirse en lo que quiere.

Siguiendo esa idea, puedo afirmar que, a lo largo de mi vida, no he descubierto ni encontrado mi vocación. Mi paso por el mundo laboral ha alternado la pedagogía con la programación, decantándose por ésta última, pero en ninguna de las dos me he sentido completamente satisfecho realizando la actividad. Es más, soy de los que “trabajan para vivir”, para posibilitarme mis otros planes, los que me llenan más: una familia, un hogar… y envidio a quienes dicen que “les pagan por hacer lo que más les gusta”.

Debido a esta pequeña frustración, preparando el encuentro del pasado jueves de mi comunidad cristiana, llegué a la conclusión de que el término ‘vocación’ debía contener o expresar una definición muy diferente a la meramente laboral. Una definición que fuera válida para decir “yo también vivo mi vocación”, mi llamada personal en esta vida.

Y la encontré. No sé si será aceptado por la RAE y tres cajones que me importa, pero acerca el vocablo a mis circunstancias y eso me deja psicológicamente más tranquilo (es decir, me ahorra el gastar energía quejándome del trabajo porque no me realiza). Aquí va:

Vocación (versión EZV).- Actitud o actitudes con las que estoy llamado a vivir la vida.

Esta definición no se centra en el QUÉ, en la actividad desarrollada que a uno le gusta, sino en el CÓMO, en la manera de llevar a cabo cualquier actividad, sea o no del gusto de uno. No sólo me permite reflejar mi inclinación en aquellas cosas que más me atraen (escribir un bitácora personal en el que comparto mis reflexiones, por ejemplo), sino que también incluye mi forma de actuar, de estar, en mi actividad laboral. Mi vocación en la vida me permite responder a preguntas como éstas dentro de la labor profesional: ¿soy honrado con mi trabajo y trato de hacerlo lo mejor posible o pajareo lo que puedo porque el trabajo no me motiva? ¿soy egoísta o un buen compañero? ¿atiendo a mis colegas cuando me vienen con problemas o me los quito de encima? ¿busco las medallas -“la culpa es de otros, no mía, pero el mérito es mío, no de otros”- o reconozco mis errores y los méritos de los demás? ¿hablo mal de los compañeros ausentes o no entro a enjuiciarlos? ¿contribuyo a un buen ambiente o me limito a cumplir con mis obligaciones contractuales? Etc.

Entonces, ¿cómo estoy llamado a vivir mi vida, a realizar mi vocación?

Descubro o, más bien, hago consciente que esa vocación mía se traduce en dos tipos de actitudes: las “generales”, que están presentes en todos los momentos y son fáciles de mantener, ya que se basan en cualidades personales como apertura, tolerancia (¿demasiada?), silencio, dignidad, permitir que el otro se exprese, que hable, que sea él mismo…; y las actitudes “particulares” que se ponen en juego en cada decisión tomada, por pequeña que ésta sea, como pensar en el bien común antes que en el bien propio, decidir desde el punto de vista del servicio al otro… Sí, sí, muy bonitas pero éstas no son tan fáciles de mantener como las anteriores, pues han sido educadas y es imposible que estén presentes ante cualquier decisión, en cualquier situación o con cualquier persona. Circunstancias personales como el estado físico (más cansado o más descansado), el anímico (quiero irme a casa o dime, que tengo tiempo de escucharte), las afinidades personales (pídeme lo que quieras o mira qué sonrisa te pongo pero no esperes más de mí), la confianza (creo que lo puedo hacer o mejor que lo haga Perico y se equivoque él), etc. afectan a esas actitudes instantáneas que se ponen en juego en la toma de decisiones.

Dejo claro que las actitudes negativas o egoístas no son parte de la vocación personal de este morcego. Es decir, tenerlas las tiene, pero no son algo a lo que se sienta llamado a vivir.

En fin, para aclarar el entuerto lingüístico que presenta la pregunta del inicio de esta entrada, sólo me queda añadir mi propia definición del término “Llamada”: señal interior (basada en la propia sensibilidad, un hecho vivido, una mediación) que te orienta hacia la vocación. Aquello que te dice “hazlo con esta actitud, no con la otra”. Cuesta estar atento a las llamadas interiores. Ya lo dije antes, este mundo quiere resultados inmediatos, vivimos con prisas, y eso es contraproducente para escucharse a uno mismo, para oír señales que nos aconsejan positivamente las actitudes a emplear en cada momento. Por ejemplo, si no fuera por el ruido de las teclas y las ganas de enviar al bitácora esta entrada, que comencé el viernes pasado y he ido escribiendo a ratillos, podría oír una llamada que me dice “Vete a la cama, que ya es tarde. Has tenido tu primera sesión de estiramienting y tu espalda necesita descanso. Cuanto más descansado te levantes mañana, más disfrutarás del día y mejor rendirás en el trabajo”.

Pues oye… bien pensado… Creo que lo voy a dejar aquí. Otro día comento el momento “Eva Nasarre” de hoy.

(1) Ana Rodríguez, como delegada de Europa Press en Castilla y León, formó parte del jurado de Premios de Periodismo de la diputación de Valladolid: http://www.europapress.es/castilla-y-leon/noticia-entregados-premios-periodismo-diputacion-reconocen-trabajos-valores-valladolid-20100413160153.html

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