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Archive for 28 septiembre 2010

Cardaño de Abajo

Ir a la montaña en otoño siempre es una apuesta sobre seguro para disfrutar de nuestra Madre Naturaleza. Vale, puede ser que llueva, no todo es perfecto, pero el olor que se desprende de las faldas arboladas o de las majadas tras el aguacero no se percibe desde el salón de casa. Es que uno es muy del otoño, para qué vamos a negarlo.

El caso es que pasamos este fin de semana en Cardaño de Abajo, pueblico en mitad de la Ruta de los Pantanos del norte de Palencia. El pueblo, que está a las faldas del pico Espigüete, en sí no tiene nada, salvo sus casas rurales y un parque infantil con suelo de goma de colores y césped artificial (casi ná). Las terrazas blancas entre la línea del agua y el verde del monte informan de que el pantano al que se asoma Cardaño, creo que es el de Camporredondo, ha perdido varios metros de altura debido a la sequía. La casa rural de La Tenada, donde nos alojamos, es, en realidad, un conjunto de casas agrupadas por la misma denominación, aunque cada una lleva su nombre propio y adecuado al entorno: Ciervo, Jabalí, Oso…

Los diez otoñeros que nos juntamos ocupamos la casa llamada Oso. Nos pareció muy completa y un tanto incómoda para ciertas cosas. Completa porque está preparada para quedarse aisaldo y no aburrirse: internet, tdt, tele de pantalla plana, equipo de música y de dvd, infinitud de películas y de cedés musicales, billar, mesa de pingpong, mesa de mármol con los 64 escaques del ajedrez, el cuál esté compuesto por piezas de 15 centímetros hechas a mano (los peones son bujías, las cabezas de los caballos son tuercas grandes, y así las demás), turbomix, teléfono con tarifa plana para fijos, telescopio, bicicletas, dardos, ¡kayak para el pantano!, trineos, rueca… Y un tanto incómoda para los más altos, porque las habitaciones estaban en el segundo piso y el techo estaba como a metro ochenta, más o menos; si bien eso no tenía demasiada importancia, el hecho de que 4 de las 10 plazas se encontraran en un altillo sobre la mitad del salón, sin pared que las aislase de la tele (por ejemplo) o de la conversación que abajo pudiera tener lugar, obligaba a que, o no se hiciera ruido en el salón (imposible) o se fueran todos a la cama a la vez. Pero, ¿quién quiere quedarse a ver la tele por la noche cuando te espera la montaña al día siguiente?

Pues yo me hubiera quedado, porque esta vez no andaba muy cristiano para irme de senderismo durante cinco horuelas madrugando un sábado a las 8 de la mañana. Así que me conformé con el pequeño paseo del domingo por la mañana, con los niños y sus sillas, arrasatrando mis cada vez más obsoletos abductores y mi incipiente lorza-flotador. Pero mereció la pena… No sé qué fantasma japonés me ha insuflado la siguiente idea: ver una ardilla supone tener buena suerte. Si en Occidente se considera que cruzarse con un gato negro es sinónimo de desgracia, yo pienso lo contrario con las ardillas. Irracional, sí, pero cuando ocurre, sonrío automáticamente. Y sonreír eleva la moral. El domingo me di cuenta que no sólo las ardillas me cambian el espíritu de ánimo, hay otros animalillos del Señor que, por su dificultad para verlos en su hábitat natural, también han logrado hacerme sonreír.

Jugaba yo con Samuel al lobo y al cordero (versión metafórica del pilla-pillla –y no papelinas, Mingafría-) por una de esas majadas alfombradas de plastas resecas de vaca cuando, en un “vamos a descansar, macho, que tu padre no está para estos trotes”, me agacho a respirar y observo cómo se mueve una pajita amarilla entre el césped. Cuando logro centrar la vista, compruebo que ¡¡la pajita tiene patas!!. Ya me agacho lleno de curiosidad cuando veo que una brizna de hierba se cruza entre mis ojos y la pajita con patas. Ni brizna de hierba ni pajita, ¡eran insectos palo! La primera vez que descubro este tipo de insectos en el campo. Siempre he pensado que sólo existían en los libros fotográficos de animales, en las selvas brasileñas y en documentales de David Attenborough. Pues no, en Cardaño de Abajo, dos de ellos (no sé si madre e hija o macho y hembra) intentaban zafarse de mis dedos. La sorpresa me hizo dudar breves segundos. Llamé a Samuel, que no se coscó de nada, a Roberto, el biólogo de la excursión, para que corroborase mis escasas sospechas, y a Mamen, que estaba haciendo fotografías al grupo con un “camarón” digital impresionante, para que retrara una maravilla de la Naturaleza. Yo me quedé contento y satisfecho con aquel paseo corto y plano, pese a tener el Espigüete a unos pocos kilómetros.

NOTA: “camarón fotográfico digital” ni se come en tortillas virtuales ni tiene que ver con maestros del flamenco.

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Y llegó el fontanero

Desconozco en qué medida habrá afectado la crisis al sector de la fontanería, pero he podido comprobar que ese tópico de que “llámale hoy, que te dará cita para dentro de un mes” o, “¡qué difícil es pillar al fontanero!”, no se ha cumplido.

– Hola. ¿Se podría pasar mañana? – pregunta apremiante por la necesidad aunque realizada con voz resignada a que responda que no porque anda muy liado.

– Vale. A las 16:30 estoy allí – sorprendente respuesta.

– Oye, ¿y no podría ser a las 18 horas? – propuesta intencionada. Se omitió la coletilla: “Es que quiero que esté presente mi marido, a ver si aprende a no atascar más el fregadero cuando intenta quitar el tapón…”.

Y el fontanero llegó, cargado con un par de maletines (uno de ellos debería llamarse ‘maletón’) y su cara de “a ver cómo está esto”. Me recordaba como cuando el médico, de pelo cano bien peinado, con bigote y traje impoluto, visitaba la casa de un paciente, con su maletín de cuero de boca rígida (del que extraía su estetoscopio y, más tarde, la temida jeringuilla).
“¿Habéis echado desatascador químico? ¡Eso no sirve para nada! Y menos si no lleva ácido sulfúrico. Pero me voy a poner los guantes, de todas formas…”. Abre el sifón, mira los codos, “Uy qué poca caída tenéis” y, ¡tatatachánnnn!, nos descubre el truco para realizar un desatasco rápido, sencillo e indoloro para la economía doméstica (que se podrá ahorrar una nueva llamada al profesional de las cañerías), y consiste en…

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Sí, claro, aquí lo voy a contar….

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Teclas y Emociones

El día ha comenzado con un buen puñado de risas gracias a dos enlaces que aquí planto.

El primero es una síntesis del segundo. Se trata de cómo un informático puede plasmar sus propias emociones en su trabajo, generalmente, frío, lógico, destinado a la eficiencia y sin posibilidad de demostraciones poéticas (ni siquiera para elegir el color de las pantallas, por ejemplo).

El mismo programa que te permite leer estas líneas ha sido desarrollado por una persona bajo una serie de directrices (tiene que hacer esto y esto de esta manera y no de otra). El informático debe desarrollar el programa sin aportar nada personal al mismo, ningún detalle humanizador, porque los programas no están para ser humanizados, salvo en los mensajes de error, que se muestran de lo más amables con el usuario. La única aportación posible del profesional de la programación informática es su capacidad lógica para lograr que el programa funcione como le han dicho que debe funcionar.

Esa aportación, impersonal a todas luces, queda plasmada en miles de líneas de código escrito en un lenguaje de programación. Ese código está formado por dos cosas: instrucciones, que ejecuta el ordenador, y comentarios propios del programador, que explican por qué se han escrito esas instrucciones y no otras, por ejemplo. En los comentarios, el informático aclara en lenguaje natural el sentido de aquello que ha programado y que pueda resultar oscuro de comprender a simple vista. El fin es bien claro: si dentro de tres meses, por decir un tiempo, hay que editar ese programa para modificar su funcionalidad, como lo más seguro es que no recuerde entonces por qué estaban esas instrucciones ahí, en lugar de leerselas se lee el comentario, que es más entendible. O debería serlo.

Y es en ese pequeño espacio, siempre oculto (“transparente”, que dicen los picateclas) al usuario de la aplicación (tú mismo/a), donde el programador puede escribir toda la literatura que quiera sin afectar al funcionamiento del programa, pues los comentarios son eso, aclaraciones inofensivas, no son instrucciones que el ordenador deba ejecutar.

En los enlaces que añado, los programadores ha aprovechado los comentarios para volcar, con elegancia unos, con vulgaridad otros, las emociones que sentían en el momento de escribir el código del programa. Aseguro que esas emociones son compartidas por el 99% de los informáticos.

No tengo un preferido porque me gustan casi todos.

Una advertencia: están en inglés.

Primer enlace (síntesis)

Segundo enlace

En otra entrada, mediante estos comentarios explicaré algunas realidades del mundo de la programación.

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Sassandra

Hay un río en Costa de Marfil que nace de la unión de otros dos ríos, recorre la parte oeste del país de Norte a Sur, desemboca en el océano Atlántico y sus aguas dulces alcanzan, pese a las corrientes ecuatorianas y tropicales, las orillas de Olmedo. Ahí es nada.

El río que riega los campos del país africano se llama Sassandra. Al llegar a las costas olmedanas, el Sassandra se conviertió, allá en 2006, en un grupo de percusión y baile africanos. En él están entrañables y valiosos amigos de la infancia de este morcego como Mary y Javi. De hecho, la idea de formar el grupo, si me enteré de lo que me dijo, partió del polifacético Javi, alias “Mandinga” (macho, con este apodo como para no fundar un grupo de baile africano). ¡Y qué bien lo hacen los jodíos!

En la televisión de Castilla y León les hicieron un reportaje que aquí inserto (gracias Mari!):

Tengo noticia de que otro grupo se quiere formar en Tudela de Duero. A él se han apuntado, Juanjo y Yoli, una pareja de Valladolid, también amigos. Como estoy en medio, voy a ver si les puedo poner en contacto.

Y es que no hay nada más satisfactorio que facilitar las cosas a la gente para que sus planes salgan bien. Sobre todo si acercan un poco más ese pedazo de continente tan maltratado que es África.

¡FENOMENAL, SASSANDRA!

A ver cuándo os tenemos por Laguna de Duero!

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Estiramienting

Es que somos la leche. No sé si nos gusta pasar por cultos, demostrando que hemos estado en London comprando una camiseta en Harrods, o es que somos de un vago redomado y no nos molestamos en buscar una traducción al idioma patrio (me disculpen los que disfruten de lenguas cooficiales); el caso es que, ahora, a los estiramientos de toda la vida se los denomina “stretching”. ¡ES-TI-RA-MIEN-TOS, carajo!

De las actividades del gimnasio al que algún día me apuntaré, el stretching me ha llamado la atención desde el principio. Al ver el nombre, mi primera imagen fue la de un hombre intentando entrar en un vagón de metro de la línea 6 de Madrid un lunes de febrero a primera hora de la mañana, en hora punta. Recordé cómo en Japón hay “agentes”, con su uniforme y gorra de serenos, y guantes blancos de Mickey Mouse, encargados de empujar a las masas hacia el interior del vagón o, más correctamente, encargados de apretarlas para que quepan o quepan. “Algún japonés espabilado ha desarrollado una técnica para respirar mientras se encuentra enlatado de camino al trabajo. El stretching será una técnica de relajación o algo parecido”, se me ocurrió pensar. Tuve que preguntar a la persona de información quien, muy amablemente, me explicó que es una actividad de estiramiento, ni japonés, ni línea 6, ni Mickey Mouse. “Pues no sabe cómo me alegro”, estuve a punto de contestarla, “porque desde hace meses me duelen los abductores en cuanto abro un poco el compás”. Hombre, no es que antes lograra hacer el espagat, pero al menos los aductores no me recordaban su existencia. En fin, trataremos de recuperar los extensores de la pierna, desempolvar las hernias discales y alargar los húmeros con un poco de stret…iramientos.

A raíz de mi búsqueda de información sobre esta alargante actividad, he encontrado una buena página sobre estiramientos, en la que hay tablas de ejercicios para todos los deportes y músculos, y hasta te puedes hacer la tuya personalizada.

No me despido sin indicar que otra actividad que me ha llamado la atención es el “Cycling indoor” o, como su propio nombre anglosajón indica y traducido al católico, “Bicicleta” (que sí, que no es la traducción literal, pero viene a ser eso con monitor marcando el ejercicio; y perdónenme resto de creyentes o ateos).

Ale, a ver si dejo de vender la moto y me apunto ya.

¿He dicho ya que hoy me compro el chándal…?

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Hace unos días volcaba aquí mi esperanza de encontrar a Migdalia en el incierto universo que es el barrio de Nueva Vida, en Ciudad Sandino (Nicaragua). Le enviaba el libro de El Camino, de Miguel Delibes, a través de Javi, un amigo y voluntario de la FISC.

Ayer escribí a Javi para preguntarle por el viaje y sus primeras impresiones sobre el proyecto de Redes, en el que está colaborando. Entre su  respuesta me decía lo siguiente:

SOBRE MIGADALIA… SIENTO TENER QUE DECIRTE…………………………………………………………………………………………………….

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QUE SI LA ENCONTRAMOS… TIENE TU MAIL, TU LIBRO Y LE HIZO MUCHA ILUSION…. RECUERDAS QUE ENRIQUE NOS CONTÓ LA ANECDOTA DE Q VINIERON UNOS ESPAÑOLES Y EN EL PRIMER DIA DE VISITA CASI SE VUELVEN PQ ALGUIEN HABIA MATADO A OTRO(QUE LUEGO RESULTÓ NO ESTAR MUERTO, PERO QUE LUEGO SIGUIERON CAMINANDO Y SE ENCONTRARON A ALGUIEN QUE LES DIJO “GRACIAS POR HABERME AYUDADO EN REDES PQ AHORA TENGO UNA BECA EN FE Y ALEGRIA Y QUIERO SER CHEF O NO SÉ QUE OTRA COSA?… PUES ERA ELLA.

TE ESCRIBIRA Y YO TE LLEVARÉ LA CARTA…

La alegría por la noticia me sigue durando hasta ahora. Es más, se ha incrementado esta mañana porque Redes tiene un blog en el que anotan las noticias más relevantes que acaecen por allá. Una de estas noticias no pdía ser otra que la llegada de Javi al proyecto. Javi me dijo que lo echara un vistazo y… ¡tachánnnnn! La noticia viene con una foto de Javi, abrazando a Migdalia y con (creo) El Camino en la mano, aún sin desenvolver. Lo he recibido como un auténtico regalo.

Migdalia no sólo está, sino que tiene claro lo que quiere. Espero recibir sus noticias y comprobar que la vida la ha tratado como ella merece. Y merece mucho y bien.

Desde aquí doy las gracias a Javi por el favor y a Enrique, director del proyecto de Redes, que ha ayudado a localizar a Migdalia.

¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

¡”BIENVENIDA”, MIGDALIA!

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Cada vez que lo pienso me acuerdo de . Y no es que vaya a salir en televisión, pero voy a necesitar calentadores. O mejor, algo de ropa y calzado deportivo, pues los actuales quedaron para vestir santos y no se casaron con ninguna actividad física distinta a la de limpiar la casa (los playeros ni para eso).

Vamos, que este año estamos decididos a apuntarnos en familia al gimnasio. La idea era de Arancha, que quería hacer pilates. Preguntando en los distintos gimnasios de la localidad, que son tres, ayer dimos con el que nos gustaba, por su abanico de actividades y precio.

Por lo visto, aparte del uso de las distintas máquinas y la orientación de un monitor en aquellos aspectos que uno quiera entrenar (estiramiento de orejas, levantamiento de párpados, ejercicios aeróbicos para el dedo pulgar, etc… lo que es un gimnasio), por el mismo precio podemos empezar una actividad y, si nos produce hernia discal, pasar a otra. Eso nos ha gustado.

Así que ya me veo yo compartiendo información y experiencias con Amara, la auténtica profesional en esto de ponerse en forma en un gimnasio: ayer empecé la clase de stretching y rompí las enaguas, ¿qué tal con el body-pump-fiction?, pues el barbeching es lo más, tienes que probar el bull-kontact que te prepara para los sanfermines, el monitor de cardio está cañón, pues mira que la profesora de soga-tira, ahora me entero que el GAP no es lo que echas cuando escupes…

Cuando llegue el verano, la tableta de chocolate de CR9 va a parecer un pegote de mantequilla a mi lado.

Claro que, antes tenemos que apuntarnos.

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