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Archive for 9 febrero 2010

Cuento enviado por un padre con hijas adoptadas en China a otro padre con hijo adoptado en Etiopía.

– o –

Había una vez una granja, en la que las gallinas eran tan felices que ponían siempre los huevos perfectos. Por las mañanas el granjero, que también era muy feliz, recogía los huevos, y estos acababan siempre en un pequeño colmado, donde una amable señora los vendía.

Una mañana, como siempre, el granjero llegó y recogió los huevos poniéndolos en una caja. Cuando acabó subió la caja a su coche y se dirigió al colmado, en el que le esperaba la amable señora.

–         Buenos días – dijo él saludando

–         Buenos días – contestó ella -¿Cómo están hoy?

–         Estupendos, tienen una pinta fantástica.

Abriendo la puerta de atrás del coche, levantaron la tapa de la caja y al ver la señora que de verdad todos parecían fantásticos pagó al granjero, que le ayudo a descargar la caja en la parte trasera de la tienda.

Como todos los días, la señora se preparó para poner los huevos en las hueveras, pues los vendía de seis en seis. Como habían muchos huevos blancos, y muchos de color tostado, empezó a repartirlos de forma que en cada huevera hubiera o bien seis huevos blancos o seis de color tostado, para que no estuvieran mezclados, pero tras hacer el reparto, cuando sólo le quedaban seis huevos, se dio cuenta de que 5 eran blancos y el otro no, y como no podía hacer otra cosa puso los 6 huevos juntos en una huevera.

Ya os he dicho que ese pequeño colmado vendía los mejores huevos de la ciudad, y como siempre las ventas fueron estupendas. Aún no era medio día cuando una señora compró la última media docena, la que tenía los cinco huevos blancos y uno tostado.

–         Mamá, mamá !! – Le gritó su hijo – Estos huevos están mal, hay uno de diferente color

–         No hijo, es igual que los huevos sean de un color o de otro. Todos están igual de buenos

–         No mamá, yo sólo quiero huevos blancos

Como todos los niños, cuando se les mete una cosa en la cabeza ya no hay quien se la saque.

–         Haremos una cosa – dijo su madre después de discutir – Hoy en casa todos comeremos dos huevos,  papá, tú y yo. Si aciertas quien se come el huevo tostado jamás volveré a comprar huevos de ese color.
El niño, aunque enfadado y refunfuñando no tuvo otro remedio que aceptar, convencido de que encontraría una forma de diferenciarlos.

Al llegar a casa se puso a observar los huevos para ver si el tostado era de diferente tamaño y así distinguirlo en el plato,  pero … vaya, todos parecían igual de grandes. La primera parte de su plan le había fallado.

Cuando llegó la hora de la cena, se sentó en la mesa rápidamente para ver llegar a su madre con los platos. Un plato con dos huevos perfectos fue a parar delante de su padre. “Este no debe de ser, porque son idénticos”, pensó. En su plato también dos huevos perfectos, idénticos a los de su padre. “Ajá … así que los tiene mamá”. Pero cuando su madre puso su plato sobre la mesa su teoría se desmontó. También parecían iguales. Con la mirada empezó a recorrer los tres platos esperando encontrar una pequeña diferencia .

–         Come que se van a enfriar – Le dijo su padre

Entonces tuvo una idea.

–         Un momento, ¿ Me dejáis probar vuestros huevos ?

Su padre puso cara de perplejidad, mientras su madre sonreía.

Comenzó con su plato. Los dos huevos estaban muy buenos, y no pudo encontrar diferencia en el sabor. A continuación probó los de su padre, que le observaba asombrado por no saber lo que sucedía. Tampoco encontró diferencia. “Lógico, se los ha puesto ella para que yo no los probara”. Decidido tomó el tenedor y probó uno de los huevos. Estaba tan bueno como los demás.

–         He probado todos los huevos y sabían todos igual, así que este – dijo señalando al huevo que faltaba – es el huevo de color tostado

–         ¿Y porque no lo pruebas ?

Reticente lo probó, esperando encontrar algo en el sabor que no le gustara pero … Sabía exactamente igual !!

–         No lo entiendo ¿Dónde está el huevo tostado?

–         En tu plato, quería que lo probarás.

–         Pero si el huevo era diferente, entonces …

–         Hijo, lo que te comes es el interior del huevo, ya ves que no te has de fijar en el color de la cáscara porque lo que importa es el sabor

Entonces el niño lo entendió y dijo :

–         Mama ¿Por qué no mezclan siempre los colores?

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Acabo de terminar el libro cuyo título da pie a esta entrada. Es un libro mediano en cuanto a volumen, unas 240 páginas, de relatos breves fantásticos. Son fantásticos porque el autor tira de fantasía en la mayoría de ellos, fantasía para convertir una anécdota, una experiencia cotidiana, en una especie de sueño en el que todo es posible, desde que un maniqui sude, hasta que tu madre compre un pollo en la carnicería  para enterrarlo en una jardinera de casa. Un libro delirante porque sus relatos parecen delirios de un enfermo con la fiebre por las nubes. Y todo salpicado de un humor sencillo, de frases muy naturales, sin grandilocuencias. Se vuelve divertido pensar que al autor le han pasado esas cosas que relata, imaginárselo en cada situación. Narra sus “experiencias” de forma amena y con humor. Naturalmente, hay algunos relatos más aburridos, o de sonrisa más difícil de lograr, pero son los menos.

Yo lo recomiendo, especialmente para cuando no se dispone de mucho tiempo para leer o para seguir una trama. Te lees dos, tres, cuatro relatos y florece la sonrisa.

Acabo de descubrir a Juan José Millás como escritor (a veces le he oído en radio) y repetiré con “El mundo”, que creo es su biografía.

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