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Archive for 27 noviembre 2009

Era la segunda vez que visitaba París y decidí que sería la última de mi vida. Se suponía que el viaje compensaba la luna de miel que no disfrutamos completamente bajo el cielo nublado de Tenerife (así de sobrados estábamos). Fueron cinco días de un calor inaudito, un largo paseo por las afueras de los monumentos y un encuentro que mereció la pena. Por supuesto, volvimos a subir a la Torre Eiffel, ella saludó a las gárgolas de Notre-Dame y juntos nos embelesamos con las vidrieras de una iglesia frente a la catedral. Precisamente, en este monumento al sacacuartos, me pararon tras el arco de seguridad: un clip rebelde y juguetón, escondido en lo más profundo del bolsillo, hizo saltar la alarma. El crêpe de una pequeña cafetería nos supo a poco, la Sorbona a menos y nuestros destinos preferentes fueron los parques con sombra (qué descubrimiento el de las sillas públicas en lugar de bancos, y qué respeto parisino por las mismas). El Arco del Triunfo seguía de pie, recordando conquistas napoleónicas y el Sena bajaba o subía, según como uno lo mirase.

Lo mejor de aquellos días, perdido el supuesto romanticismo de la ciudad del amor, fue el conocer personalmente a la fan española número 1 de Magne Furuholmen,  María On Sea, canaria de altura noruega y tono de voz sorprendentemente suave, además de vecina de ciberespacio, junto a la que recorrimos el centro de la Ville y que nos invitó a cenar en su apartamento.

Durante esos días de calor inaudito, intenté aprender la letra de “Mad World”, perteneciente a la banda sonora de una película que me inquietó en la misma medida que me dejó encantado: Donnie Darko. Evidentemente, no hubo suerte, pero tanto repetirla fue lo que la convirtió en el matasellos de esa segunda luna de miel.

Una versión con más ritmo es la original, de Tears for Fears:

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Elige cesta navideña

El artículo de hoy propone un ejercicio de decisión, aunque también podría ser un test psicológico de una prueba de selección para acceder a una consultora.

Vas a recibir una cesta de Navidad. Este año puedes elegir una de estas tres cestas:

Cesta 1)  4 productos de alta calidad (1 botella de vino tinto, 1 chorizo ibérico, 1 salchichón artesano, 1 queso manchego)

Cesta 2)  varios productos de calidad normal (botella de vino tinto, 1 botella de vino blanco, 1 botella de cava, 1 botella de whisky 50cl, botella de aceite virgen extra, 2 turrones, 2 patés, 1 tarro de atún en aceite, 1 chorizo ibérico, 1 salchichón ibérico, 1 caja de polvorones, 1 caja de nevaditos, 1 frasco mermelada, 1 pieza de queso manchego, 1 lomo embuchado, 1 caja de trufas)

Cesta 3) varios productos de Comercio Justo: 1 tableta de cacao, 1 crema de cacao, 1 caja bombones de café, muesli, 1 paquete de café, 1 botella de vino ecológico, corazones de palmito, turrón duro ecológico, té verde, 1panetone, 1 candelero hecho a mano, la propia cesta de mimbre.

¿Con cuál te quedas?

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Personalidad evitativa

Si alguna de estas características forma parte de tu personalidad…

1) Tener dificultades para tomar las decisiones cotidianas si no se cuenta con un excesivo consejo y reafirmación por parte de los demás.

2) Necesitar que otros asuman la responsabilidad en las principales parcelas de la vida.

3) Tener dificultades para expresar el desacuerdo con los demás debido al temor a la pérdida de apoyo o aprobación.

4) Tener dificultades para iniciar proyectos o para hacer las cosas a la manera de uno (debido a la falta de confianza en su propio juicio o en sus capacidades más que a una falta de motivación o de energía).

5) Ir demasiado lejos llevado por el deseo de lograr protección y apoyo de los demás, hasta el punto de presentarse voluntario para realizar tareas desagradables.

6) Sentirse incómodo o desamparado cuando se está solo debido a temores exagerados a ser incapaz de cuidar de uno mismo.

7) Cuando termina una relación importante, buscar urgentemente otra relación que proporcione el cuidado y el apoyo que se necesita.

8) Estar preocupado de forma no realista por el miedo al abandono.

… entonces visita esta página.

Yo cumplo algunas como la 3, la 4 y, a veces, la 1. Sin embargo, no sé cómo me he atrevido a “escribir” este artículo… lo cierto es que me he decidido rápido nada más leer la página enlazada… y me importa un pito mañanero si alguien no está de acuerdo con ello… ¡Olvidad este párrafo!

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El instituto me veía estrenar una adolescencia templada, cargada de deseos pero descargada de muestras públicas de emoción. Los horarios eran nuevos para mí: las clases por la mañana, de dos en dos, con veinte minutos de tiempo libre entre cada par, aprovechados para ir a casa a cambiar los libros, saludar a mi madre y picar pan con chorizo; acabar a las dos y media o tres de la tarde;, y regresar al hogar con el estómago por los suelos. Era irremediable: después de comer se hacía obligatoria una pequeña y reparadora siesta en lo más profundo de la casa molinera, donde el ruido de la televisión o el de los escasos coches que cruzaban la plaza no fuera capaz de acceder. Pero no me quería dormir. Sólo descansar y soñar despierto, repasando con los ojos cerrados las breves emociones vividas durante  la larga mañana: “el de Ciencias me ha preguntado, me ha puesto nervioso, pero he sabido responder correctamente”, “la rubia de Bocigas ha dicho esto de mí, no sé cómo tomármelo”, “qué divertido lel chiste  que ha contado Darío”, “a la segunda chica más atractiva del instituto le han puesto en distinta clase, qué pena”, “el viernes examen de Inglés, otra tarde que no salgo de casa”, “hemos quedado para jugar un partido contra El Sauce este miércoles”…  Así que enchufaba la radio a mínimo volumen y escuchaba,  día sí, día también, a Ofra Haza:

Instituto. Año 1. Los estudios nos iban a exigir mucho más que en el colegio pero, a cambio, ampliaríamos enormemente nuestras relaciones sociales con gente de los pueblos vecinos. Alguna de esas personas vive hoy en mi nuevo pueblo, a dos manzanas y nueve dígitos telefónicos de distancia. Ofra, en cambio, vive en el recuerdo.

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¿Post o artículo?

Las bases de datos relacionales, al menos las basadas en teconología Oracle, aparte de almacenar información en unos “cajones” virtuales llamados ‘tablas’, pueden ejecutar programas automáticamente en el momento que esa información es almacenada en las ‘tablas’.

Estos programas son muy útiles para realizar operaciones con la información que se almacena. Por ejemplo, validarla: si quiero guardar los resultados de mis exámenes y la nota que guardo es de 11 (puntos), puedo crear una validación para controlar que dicha nota no se almacene a menos que se encuentre entre unos valores determinados, por ejemplo, de 0 a 10. Aparte de para validaciones, estos programas automáticos también pueden ser utilizados para otras operaciones como la creación de una copia de seguridad, la actualización automática de información contenida en otra ‘tabla’, etc.

Pues bien, entre los compañeros de trabajo no nos ponemos de acuerdo a la hora de usar el lenguaje para pronunciar el nombre de estos programas.  Sabiendo que cada una de estas tiras de código se denomina “TRIGGER” (en inglés) y se pronuncia ‘traiya’ o ‘traiyer’, unos lo pronunciamos en castellano como ‘triguer’, mientras que las más osadas lo intentan con la lengua de Beckham (je, más quisieran…),  atreviéndose a decir ‘triyer’.  Los primeros castellanizamos la palabra pero lo hacemos mal, ya que debería ser ‘triger’, con su ‘g’ de ‘giba’, y las otras lo hacen igual de mal, pero en inglés, porque no pronuncian correctamente la ‘i’ como ‘ai’ (aparte de la terminación ‘er’, que cuya pronunciación nunca me quedó clara).

En ambos casos, demostramos una completa pereza para usar nuestro idioma nativo como Dios y el señor Alarcos mandan. Dado que el castellano es uno de los idiomas más ricos en cuanto a expresiones que existen, y dado que la Real Academia de la Lengua Española ha traducido o asociado al término ingles de ‘trigger’ el castellano de ‘disparador’, que es más largo y aparentemente violento pero más propio, tal vez mis compañeros y yo deberíamos hacer más por defender el idioma de Cervantes que por darle patadas a su expresión fónica. Pero, claro, en el mundo de las nuevas tecnologías, quien inventa crea la tendencia y  exporta los términos, y ahí vaguemos hasta para denominar los conceptos que nos llegan de fuera. Y, si no, que se lo pregunten al parking (aparcamiento), al stop (parar o parada), al blog (bitácora), al post (artículo),  al email (correo electrónico), al gloss (?), al staff, al making-off, al piercing…

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Que yo recuerde, si mi memoria a largo plazo no me engaña, la primera canción de la que tengo constancia de haber escuchado la letra es ésta:

Tendría yo una edad en la que los cumpleaños se seguían celebrando en casa, con bocadillos de croissant, fantas y cocacolas, kilos de gusanitos, patatas fritas y cacahuetes, regalo obligatorio y tarta con velas al final del picoteo.

Me encontraba en casa de Farah Diva y celebrábamos su cumpleaños. Tal vez le estuviera devolviendo la visita, pues el día anterior había sido mi propio cumpleaños y ella estaría invitada (digo “estaría” porque no alcanzo a recordar si lo llegué a celebrar). En cualquier caso, sé que me pilló el toro con el regalo: ni siquiera había pensado en ello, y ya era tarde para pensar en algo y salir a comprarlo. Así que, en un alarde de autocontrol y creatividad, decidí que lo único que podía ofrecer en ese momento era un dibujo mío. Cuidado, un dibujo mío no era moco de pavo. Yo dibujaba bien, al menos, mejor que la media de mis compañeros de clase. Mis dibujos de guerras medievales, con sus soldadesca perfectamente equipada, castillos militares parecidos al de Coca, acción escrupulosamente repartida por toda la hoja del cuaderno, expresiones desesperadas, muertos a flechazos y algún que otro avión lanzando bombas incendiarias… perdón, esos pertenecían a la serie de dibujos inspirados en la Segunda Guerra Mundial…, en fin, mis dibujos bélicos era valorados por la sección masculina de la clase; para la femenina reservaba yo mi clásico pasisaje “Río con cascada que se precipita hacia un valle frondoso encajado entre altas montañas sobre las que luce el sol de primavera, con pueblo castellano al fondo”. En cualquier caso, me sentía seguro con mis trazos y pensé que otro paisaje, esta vez “Cervatillo entre la arboleda que da al chalet con piscina” sería más que suficiente para complacer a la homenajeada. Eso sí, en blanco y negro, pues no disponía de instrumental más cromático.

Lo último que recuerdo, asociado a la canción de Juan Pardo, es cómo dejé mi regalo para el final, esperando que Farah Diva estuviera suficientemente satisfecha con todas las cosas que le regalaron sus amigas y vecinos (un cd, pendientes, cajas para los pendientes, pañuelos…). Se lo di, lleno de vergüenza por la poca utilidad que iba obtener de mi presente (¡y sin color!), con una disculpa por no haberme acordado de comprarla algo mejor.

Por aquel entonces, tal vez tuviéramos diez u once primaveras, a mí la música me parecía “cosa de chicas” y prestaba atención a otras cosas más importantes  en cuanto oía una sola nota (eso no quitaba que me gustaran algunas canciones,  pero hacía la de Aznar con el catalán). Yo era un tío de acción. Sin embargo, “Bravo por la música” fue la primera canción que realmente escuché. Y aquí estoy: repasando mi vida a través de la música.

Si es que no hay como plantar semillas…

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Segovia, ciudad para mis escasos conocimientos “de segunda división” en la geografía nacional, se convirtió, en el transcurso de una semana de verano, en el sitio donde yo quería jubilarme; escribir libros sobre héroes medievales y montañas embrujadas;  y senderear plácidamente por los silenciosos pinares, buscando inútilmente setas de temporada, alimentando a los gamos del palacio de Riofrío y disfrutando del sol de primavera mientras me llegaba la hora. Qué romántica puede ser la imaginación de un adolescente.

En cualquier caso, durante la semana de vacaciones que pasé junto con mi primo Ramón, autodenominado Mingafría (sí, el visitante que más letras ha escrito en este bitácora, después de su autor), la visión de esa ciudad “de segunda” pasó a ser algo así como “el Olimpo de la Bohemia”. Calles retorcidas y cubiertas de piedra milenaria; el acueducto cruzando la ciudad, reflejo de la apuesta ganada al diablo por una pobra aldeana, que ofreció su alma a cambio de poder llevar el agua hasta la casa de su amo; el magnífico Alcázar dominando el precipicio sobre el río ¿Eresma? (¡cuántos lances y duelos a espada entre caballeros habrán visto los álamos de su ribera!); la Catedral escondiendo la piedra de la suerte, la más pequeña de las que componen su piso… ahora no recuerdo si era “de la suerte” o “de la boda”: quien la pisara se casaría en la catedral…; la Mujer Muerta, perfil montañoso de Guadarrama cuya leyenda me relató Fernando y también he olvidado, aunque apuntaba a cuento de terror becqueriano; los alrededores de la ciudad, con el palacio de Riofrío y los gamos que comían sandía casi de tu mano (aunque estuvieran a 300 metros); los Asientos y la Boca del Asno, subiendo a Navacerrada, escenarios de una película de Conan; los jardines del palacio de La Granja y su encantador laberinto…

Envuelto por este mágico escenario, un año leíamos cómics del Capitán Trueno, o  jugábamos con el barco de los Clics de Playmobil Ramón y yo, mientras cantábamos esta ya olvidada canción:

Gamberros como éramos, el estribillo que cantábamos decía: “Orzowei, cara de buey, cara de buey…”. Creo que gracias a a esta serie mis gustos musicales se ampliaron a la música coral.

Por aquella época, mi prima Patri no paraba de cantar esta canción que, si bien no es de las que suela tararear, también ha quedado asociada a la memoria de la ciudad del acueducto:

Otro año, recuerdo, Ramón me invitó a la fiesta de su instituto. Allí conocí a Rosa, su entonces novia y ahora esposa, y ella me invitó a un gofre. En la discoteca bailamos caribeñas pasando por debajo de un listón, pecho arriba. Pero no fue la música latina sino la tecno la que me marcó en esa etapa de mi vida, gracias a que el primísimo fundía las pletinas de la cadena con OMD:

Siempre me imaginé a ese jinete medieval llegando al Alcázar cual Príncipe Azul entrando en el castilllo de Disneylandia para rescatar a la princesa de las garras de la Bestia. Y el rey Arturo por ahí, Excálibur por allá…

De regreso a las tierras llanas, el gusanillo de la ensoñación producida por la tecno me derivó a Depeche Mode. Asociados a una revista de compra de música por correo, tipo “Círculo de Lectores” pero con discos, mi hermano y yo pedimos a mi madre un vinilo llamado “Violator”. Ella puso cara de incredulidad rayando el susto, pero nos lo compró. Así, escuchando DM,  perdí yo muchas tardes sin hacer los deberes:

Para finalizar, en cierta sintonía con la música anterior (aunque ésta más elevada a mi melódico entender) la canción que más me hizo soñar hasta mi encuentro con Franco Battiato: “It’s a wonderful life”, de Black. Por favor, apaguen luces, cierren los ojos y déjense llevar…

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