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Archive for 30 enero 2009

En blanco y negro (VI)

¿Comer puré o ponerle una mascarilla de patatas y zanahorias en la cara?
Tanto da. Lo importante es que parte de la mascarilla llegue al estómago.
Eso sí, la sesión de belleza cuesta un babero diario más unos pantalones.
Pero el rey es el rey. Aguilucho él.

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En blanco y negro (V)

El rey duerme.

Es el momento de: sacar la basura con los pañales decorados por su majestad, fregar el parqué, recoger la plancha, reunir los peluches-sonajeros-juguetes del monarca, pedir cita en la peluquería para después de la siguiente toma real , decidir quién de los dos acude a recoger los papeles en la notaría y el paquete de Mamen en Correos (¡muchas gracias, resalá!), actualizar el programa de edición de video en el portátil, lavarse la cara para eliminar las últimas legañas de esta mañana, poner la mesa, leer los emails de ayer, mirar cuándo será el próximo examen de psicología general para planificar el único y último repaso a los pocos temas leídos, imprimir la imagen del pequeño y triste reino en Addis Abeba gobernado por el durmiente y localizado anoche  en Google Earth tras múltiples intuiciones, escribir a los compañeros de trabajo con alguna foto del aguilucho y comprar más agua embotellada en el Metadona, para evitar que la cal de esta tierra se aposente en los riñones reales.

Con todo esto pendiente, ¿qué carajo estoy haciendo aquí sentado…?

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Ahora, los días son más largos. Aunque parece que hay tiempo para hacer más cosas, casi todo se va en preparar tomas, cambiar pañales, jugar con Samuel, sacarlo de paseo mientras los padres arreglan papeles, recoger su ropa y complementos necesarios para comer (hay un babero en cada habitación de la casa), entre medias ir realizando alguna tarea de la casa (plancha, lavadora, cuentas) y, naturalmente, descansar la espalda durante la cena. De reuniones y estudios me he olvidado en estos primeros días.

Esta semana ha dado su primer paseo (embozado hasta las cejas y tapado por plástico y capota porque el clima está frío y lluvioso en la ciudad), ha conocido a su primer pediatra (lo vamos a cambiar: demasiado… vallisoletano), ha empezado con el puré de patatas y con la fruta, y ha recibido sus primeras vacunas (¡qué dolor!).

Todo esto nos ha hecho aterrizar a todos en la realidad: él debe salir del regusto por la leche para ampliar su abanico de nutrientes, así como cargarse de defensas, y nosotros armarnos de paciencia porque también llora, y no sólo para pedir comida.

Al final, todos vamos saliendo adelante con buena cara. La familia está muy volcada y los amigos deseando conocerle. Ya pronto, ya pronto.

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Notas del viaje desde Addis Ababa, con teclado ingles (no tildes, no enhe) y una conexion de Infernet a traves del telefono, que lo esta acaparando el recepcionista para hablar con su querida y no aburrirse.

Aeropuerto Madrid – Barajas.

. Dimos 2 vueltas buscando el parking de la T1-Salidas, porque estaba indicado como T1-Entradas.

. Temiamos pasarnos del peso en la facturacion del equipaje y nos recomendaron elegir a un chico antes que a una chica en el mostrador. Por lo visto, ellos no eran tan estrictos en el control del peso (no es ninguna metafora). Nos correspondio el unico chico, nuestro equipaje excedio en 3 kg el maximo permitido y no nos hizo pagar el exceso.

. En el control policial, a una mujer extranjera, vestida como una gotica y de generosas lorzas, la pidieron que abriera la maleta y mostrara un bote considerado sospechoso. Ella, aunque rumana, se hizo la sueca y se mostro reticente a abrir nada. El policia no la dejo pasar por lo que ella decidio abriri la maleta. El funcionario no tuvo mas remedio que confiscarla el bote de Nutella.

El vuelo.

. Camino de Frankfurt, rebusque en la mochila un boligrafo para tomar estas notas. Descubri una estampita de Santa Gema con la frase “Santa Gema protegenos!”. Me sorprendi, pues yo no gasto fe bajo demanda (o eso creo). No supe quien fue el o la responsable de que la santa acabara en mi mochila, pero creo que llevandola, Santa Gema protegera a la persona que me la colo de las preocupaciones derivadas de mi viaje.

. Camio de Jartum (Sudan), A. considero que la cabecera de mi respaldo estaba “desajustada” y le dio golpecitos desde abajo con intencion de subirla unos cuantos centimetros. La cabecera salio despedida hacia atras; iba a caer sobre la panza de un tipo grueso qe dormitaba pero A. logro detenerla en plena caida, tras unos aparatosos movimientos de malabares con las manos.

. A la izquierda del pasillo viajaron dos rubias de muy buen ver. De hecho, no pararon de recibir visitas de tipos con pintas de ser del Este de Europa, sonrientes, bebedores, bonachones y con pinta de porteros de discoteca. Uno de ellos se cambio de sitio para estar en la misma fila que una de las chicas, otro se sento directmente a su lado, la dio vino para llenar las bodegas de Arzuaga y la llego a rodear con el brazo derecho. Otro, un armario de casi rozaba el techo del avion, pronuncio dos palabras inteligibles entre sus vocablos eslavos: “Felipe Tomelloso”. Desconocemos quien es, pero investigaremos en infernet, a ver si es algun famosete de saraos y mafias rusas.

. Tras Jartum conocimos a Andrea, una ninha griega con 24 primaveras. Viajaba mitad en la cuna, mitad en brazos de su madre. Esta parece derrengada de cansancio. Parece estar maquillada para una pelicula de zombies pero no: son sus ojeras ocres y su cara blanca de verdad. “La que nos espera…”, pesamos al unisono aunque los pensamientos no suenen.

. Ya en Addis, W. nos saludo, se presento y nos pidio un favor: “Podeis volver a entrar al aeropuerto y comprar dos botellas de Gordon y otras dos de White Horse? Es para una fiesta con los amigos y a mi no me dejan entrar”. Ha comenzado la Navidad en Etiopia.

. Addis de noche huele a gasolina y muestra su escasa iluminacion callejera, aun asi, la gente pasea a oscuras. Las tiendas estan abiertas y venden de todo. Hay manzanas de casas de chapa de uralita seguidas de manzanas bordeadas por tapias de hormigon (tras ellas, los cuatro edificios de pocas plantas). El hotel parece perdido en mitad de la nada. La habitacion es espaciosa. Manhana la cambiamos. Hay mas espanholes con sus bebes etiopes. Casi como en casa.

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Era el último día en España y esperaba pasarlo relajando los nervios, con pocas tareas pendientes y sesteando en el sofá lo más posible. Estúpido…

Tras finiquitar la limpieza de la casa, sacar la basura, afeitado (que lleva su tiempo con los relieves faciales recibidos en suerte) y ducha, cerrar los penúltimos flecos de la maleta, escuchar cómo la lotería de “El Niño” se decidía erróneamente por los pares ¡con lo simbólicos que son los números acabados en 3!, coger las pilas recargables y comprobar que las viejas botas de Nicaragua habían cumplido su ciclo (adios, amigas, estimadas compañeras de paseos y escaladas), acudimos a casa de la familia política para despedirnos y deleitarnos con el tradicional roscón.

Entonces surgieron las dudas. “¿No habré cogido poca ropa de abrigo? Estos pantalones de El Corte Gitán son muy finos… ¿Cómo hará en el aeropuerto de Frankfurt? ¿Nos habremos pasado de peso? En ese caso, ¿qué dejaría en tierra? Lo de la maleta pequeña es imprescindible: pañales, tecnología, lecturas, muda, juguetes, dinero… ¿Y qué pasa con la huelga encubierta de controladores aéreos? ¿Nos afectará para viajar con Lufthansa? Dicen que es en la Terminal 4, no en la 1 desde donde partimos. Pero si se nos retrasa o cancela el vuelo, ¿a quién vamos a llamar a las seis de la mañana?”.  Mi cabeza, que es más lista que yo, me dijo “Mira, Zorro, a estas alturas de la película, ‘alea jacta est’ y a tirar para adelante”. Por toda respuesta me pregunté  si había metido el pasaporte en la cartera.

Una cartera nueva, de piel de vaca o chota brava, con diecinueve mil compartimentos y uno especialmente dedicado a lucir la foto de Samuel, fue lo que los Reyes Magos me dejaron debajo del árbol de Navidad. Como árbol no gasto, lo dejaron sobre la mesa. Fue todo un detalle pues este año, lo reconozco, con este trajín etíope, no les había escrito. Habría que instaurar la tradición a partir de ahora. Me lo quise tomar como una señal del futuro inmediato: “aaahooorraaa…”

Era el día de Reyes. Había soñado y, bendito fuera el Cielo, recordado el sueño. Pasadas unas horas, los escenarios mágicos, caras, situaciones y emociones del cuento onírico acabaron desdibujándose, pero el sentido esencial quedó en mi mente. Participaba en una competición de coches a través de una ciudad. La competición era por parejas: padre e hijo. Los coches, a veces eran utilitarios y otras veces eran juguetitos teledirigidos. En el transcurso de la carrera, me fijé en que los participantes realizábamos numerosas trampas con tal de avanzar un puesto. No sabía cuál era el premio, pero no importaba. Había que llegar antes que el de delante.  Precisamente con él me “había picado”. Tras hacer extrañas colas de espera y pasar por distintas e incongruentes dependencias, justo antes de finalizar la carrera, en una de las paradas nuestros respectivos hijos decidieron cambiar de coche: el suyo se vino conmigo y el mío se fue con él. Acabé satisfecho de la carrera y extrañado del movimiento de los críos.

Nuestra primera parada técnica, tras el roscón de nata, fue el pueblo de mis padres. Allí encontramos un enorme puff negro, regalo de la familia, para completar el salón del piso. “Será un excelente gimnasio para Samu”, les dije. Quisimos echar la primera duermevela de la larga noche, hasta la hora de partida a la una y media de la madrugada. La visita de mi tío A. , justo cuando acabábamos de cenar, no logró torcer nuestros planes.

No pude escribir más. Esperaría a llegar al hotel en Addis Ababa para volver a conectarme y relatar la travesía: Madrid, Frankfurt, Jartum, Addis… Eso, tras superar la emoción de encontrarme con Samuel.

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Era el día anterior a Reyes y el último de trabajo para mi. La mañana había pasado de largo, discreta, sin molestar.

Quedaban algunas llamadas pendientes a las instituciones para arreglar papeles a la vuelta del viaje y el seguro médico. Tanto en el INSS como en Insánitas el teléfono era un 90x, en los que la llamada se paga a medias. Decidí buscar los correspondientes números fijos a través de la página web nomasnumeros900, a ver si había suerte. La hubo. La hubo a medias, en realidad. En el INSS respondieron y pasaron la primera llamada a una extensión, pero saltó un contestador. “Si desea dejar un mensaje…”. “No, hombre. Deseo que me descuelgues y me des información”. Las dos veces posteriores desviaron a otra extensión distinta y me mantuvo en espera, recordándome cada diez segundos que “enseguida le atendemos”. Con los del seguro médico pasó algo parecido, cambiando de mensaje:  “nuestras líneas están saturadas”. “Claro, todo el mundo debe estar llamando a la Insánitas un 5 de enero, preguntando por juguetes”, ironicé. Me olvidé de los papeles y de la cobertura médica en el extranjero. “Como no me va a pasar nada malo…”, sonreí ante la incertidumbre.

Obedeciendo a los genes hispanos, esperé hasta quince minutos antes  de salir para cerrar mis líneas de trabajo abiertas. “Ok, pues sube las pantallas a VSS, primero las de cuotas y luego las de facturación, y deja los zip en el directorio del proyecto”, me dijo M. Además, pensé que mejor sería dejar hecho los partes de trabajo de enero y febrero para mi jefe, dado que no regresaría en mes y medio. Me encontraba centrado en rendir el 80% de toda la jornada en sólo 10 minutos cuando T. se acercó a despedirme.

Pareció un gag de serie de televisión: pensé que me iba a dar el típico abrazo de despedida, en plan “se encamina usted a una muerte segura y le estamos muy agradecidos por su sacrificio, camarada Zorrosky, ¡venga ese abrazo!”, y abrí los brazos en el mismo momento que me tendió la mano derecha. Mi mano dibujó una parábola en el aire como el vuelo frustrado de una perdiz que acaban de cazar en pleno despegue. La situación quedó en un medio abrazo y un apretón de manos. Menos mal que lo que contaba era la intención y sabía que la de T. es de las más sinceras. Tras él llegó E., después JL., SS. y M. Cuando nos despedimos, pedí una prórroga a “mi chófer navideño” para poder cerrar definitivamente las tareas.

Mi “chófer navideño” fue R., más conocido por vivir en un convento de monjes  mudos, o eso se deduce de su blog. Aparte de la tranquilidad que transmite su ritmo pausado de conversación, le sobran temas para llenar los diez kilómetros hasta el pueblo. Creo que su próxima entrada en la cueva digital va a tratar sobre la lucha por los productos en hora punta de las rebajas de enero, y que va a estar fielmente documentada porque lo vivirá en directo. Ya nos enteraremos.  Lo de “chófer” es una frivolité personal. Le agradecí en su momento que me acercara a casa en su flameante Renault  Modus (se quemó el asiento del copiloto tras una noche de borrachera) y lo hago público para que tengáis presente lo buen tío que es.

La tarde se presentó aburrida. Con la maleta ya hecha, la única adrenalina logré generarla limpiando la casa. Esto no sólo es incierto sino que seguramente es improbable. Realmente imposible. Limpié la casa y recordé pequeños flecos que no había tenido en cuenta para reventar la maleta (unas zapatillas, el libro-mordedor de Samuel, más papeles…). Decidí dejarlo para la mañana siguiente, a ver si entonces era capaz de generar adrenalina antes de ir a comer ‘goscón de gueyes’ con mis suegros.

Me dieron las once y media escribiendo estas notas. Era hora de cenar.

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“Jesús nació en el portal de Belén el 25 de diciembre”.
Samuel “nació” en el portal de Birhan el 29 de diciembre.

“Una estrella guió a los Reyes Magos hasta el portal, y lo celebramos la noche del 5 de enero.”
Un avión, como una estrella surcando el cielo, nos llevará hasta el Birhan la noche del 6 de enero, madrugada del 7. Ni qué decir tiene que nos sentimos como auténticos reyes magos, pero no por llevar simbólicos presentes, sino por recibir el regalo más grande.

Podría haber más analogías pero no quiero parecer exagerado. Lo importante es que Jesús, María, José y Samuel y nosotros compartimos la Navidad.

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