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Archive for 27 enero 2008

El profeta sonríe. Sonríe a todo el mundo. Es feliz. Ya desde pequeño deseaba estar del lado de su dios. Le costó años convencer a sus padres para que le ingresaran en la escuela de profetas. Si eso no te asegura el futuro, le argumentaban ellos. Va a ser tirar el dinero. Mirad, padres, respondía él, yo me siento llamado por mi dios para ser suyo, para servir a los hombres y llegar a ocupar el lugar sagrado en su seno, donde disfrute por fin de su paz tras una vida de entrega amorosa por su causa; me lo pide el corazón y no hay vuelta de hoja. Así el profeta ingresó en la escuela y destacó en los estudios durante los años de formación. Todos los compañeros hablaban maravillas de él: lo bien que hablaba, la fuerte vocación que le movía, lo claro que tenía sus objetivos, la humilde aceptación de las enseñanzas de sus maestros, las buenas obras con quien se encontraba, la santidad a la que, en definitiva, estaba llamado… Cuando se licenció hizo lo que hacían los recién licenciados, marchar al desierto para reflexionar cuál era la voluntad de su dios para él. Buscó una cueva y vivió eremita, alimentándose de bayas y saltamontes, y del agua de un pozo situado a un par de horas de distancia de su morada. Allí oraba por la mañana a su dios, dando gracias por las posibilidades que le ofrecía el nuevo día; paseaba por las dunas, buscando las sombras, observando sus huellas en la arena y recordando la vida al lado de sus padres; cuando el sol llegaba su cénit, regresaba a la cueva para almorzar; rezaba antes de alimentarse, dando gracias por el alimento necesario y escaso llegado a sus manos; luego, descansaba durante las horas de calor, hasta que el atardecer asomaba por el horizonte; entonces salía a contemplar el ocaso, y contemplaba cómo se fugaba la luz paulatinamente, degustando en silencio el paisaje que su dios había creado; de noche, antes de acostarse, meditaba largo tiempo sobre cuál era el destino para el que se había preparado y que le había llevado al desierto, el lugar desde el que ser un buen siervo, el lugar desde el que amar a su dios y ser merecedor al final de ese descanso en su cálido regazo. Al cabo de tres meses de silencio y reflexión, alcanzado el autoconocimiento y respondida la pregunta sobre su destino, regresó al pueblo de sus padres. Mi dios me ha hablado, les dijo, y quiere que yo le adore aquí mismo, en el pueblo que me vio nacer. Mañana buscaré un trabajo. Una semana más tarde, el profeta se había convertido en uno de los dependientes de la panadería. Y cada vez que voy a comprar pan, veo que el profeta me sonríe. Como sonríe a todo el mundo. Creo que es feliz.

Él se fija, lo noto, en los gestos de mi cara al entrar en la tienda. Si mis párpados están derrumbados por una noche de descanso mal aprovechada; si aprieto más o menos los labios debido a la tensión acumulada; si entro con alegría y curiosidad por los presentes, tal vez por haber recibido buenas noticias; si, por el contrario, arrastro los pies y mis hombros no soportan el peso del aire, fruto de una depresión pasajera; si entro cantando, o hablando con alguien de mi buena o mala suerte, o estoy impaciente y con el ceño clavado sobre la nariz. El profeta me ve y rápidamente se imagina cómo ha sido mi día hasta ese momento, aun sin saber qué me ha sucedido exactamente. Lo mismo hace con todos. Nos observa en un rápido vistazo y su conocimiento humano le permite dibujar unos trazos gruesos de las angustias atadas a nuestras almas. Al llegar mi turno, me atiende con diligencia y responsabilidad, dibujando una amplia sonrisa en su pálida cara, apretando los párpados hasta casi ocultar su iris de cristal de vencejo. Le interrogo sobre las barras de trigo, tumbadas como esclavas ante su ama, y me explica el origen de la harina, del amor con que las ha cocido durante la noche, qué leña ha elegido, entre las disponibles, para obtener el color magdalena de la corteza tostada, de cómo ha vigilado los tiempos de cocción, pese al sueño… todo por servir a su dios sirviendo a sus vecinos, tal y como descubrió en el desierto durante su destierro elegido. Me aconseja, según a qué vaya destinado el pan que quiero comprar, cuál deberían ser mis preferencias y con qué hogazas haré más grata la cena de mis invitados. Le doy las gracias. Él me sonríe. Me cae bien este profeta. Tal vez nos podamos conocer un poco más. Seguro que guarda experiencias interesantes de su paso por el desierto. Le quiero a preguntar si alguna tarde podría dedicarme algo de tiempo, pero él ya está atendiendo al siguiente cliente. Se fija en que aún no me he ido y se extraña: ¿Te he dado mal la vuelta? No, no, está bien, contesto. Me vuelve a sonreír. Mira el mostrador y me mira a los ojos, como pidiéndome que sea comprensivo con su situación, rogándome, sin decirlo, que me aparte y deje espacio para el siguiente cliente. Sí, debe trabajar. Me voy. Y me llevo conmigo mi noche mal aprovechada, y mi tensión acumulada, y mis buenas noticias, y mi depresión pasajera, y mi buena o mala suerte, y mi impaciencia. Me pregunto, al cruzar la puerta de la panadería, si tanta vocación, tantos éxitos en la escuela, tanta admiración de compañeros y maestros, tanta espiritualidad y profundidad esculpidas con arena del desierto, le han servido al profeta sólo para cocer pan con febril dedicación y mostrar una sonrisa a los clientes de la panadería desde el otro lado del mostrador.

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El día que…

El día que casi me besó Aída Nízar fue un miércoles de enero. Nebuloso como venía siendo demasiado habitual en ese mes y frío como acostumbraba el invierno castellano, los guantes, el gorro y la braga completaban las cuatro capas de cebolla textil que me abrigaban.

Había pasado el día destacado en la oficina del cliente. Oficina, hay que decirlo, que atentaba contra la conservación de la vista, pues no permitía observar a más de diez metros de distancia sin toparse con una pared, una mampara grisácea o una persiana derrotada impidiendo la entrada de luz natural. En esa caja de zapatos estuve más tiempo de lo que me hubiera gustado. Y tenía planes. Salir a mi hora, llegar a casa, descansar cenando nueces y yogur, estudiar un par de ratos las investigaciones de Descartes sobre la conciencia humana y su defensa de la existencia del alma en un mecanismo fisiológico como el cuerpo humano, y terminar la jornada con otro cuento de Borges, con el fin de preparar la mente a su abandono onírico.

Pero la tarde se torció y de la caja de zapatos ya salí con un par de horas de retraso sobre lo planeado. La niebla amarilla y oscura seguía dominando la atmósfera y me quedaba un paseo hasta la casa de Pilar, que me había solicitado ayuda para conectarse a Internet (las tecnologías son imparables, hay que reconocerlo). Al mal tiempo, buena cara. Y nuevos planes: ya estudiaría al día siguiente.

En casa de Pilar, los infructuosos intentos de conectar con el servidor de Orange nos forzó a llamar al servicio técnico de la empresa, a ver qué pasaba. El primer técnico nos pidió los datos y que hiciéramos un par de comprobaciones. Sí, el cable está enchufado en el enchufe que no tiene la marca blanca. Cinco minutos de cháchara. Bueno, pues te paso con un técnico superior. Bla, bla, bla. Los mismos cinco minutos con el técnico superior para pedirnos los datos y hacer el mismo par de comprobaciones. Que sí, carallo, que el está en el enchufe que NO tiene la marca blanca. Ya se lo dije a tu compañero. Le enviaremos a un técnico; espere que le doy el número de incidencia. Otros tres minutos para redactar la incidencia. Desesperante y costosa instalación de un par de cables en un enchufe sin marca blanca. Cuando te venga el técnico, me llamas, Pilar. De acuerdo; llévate este libro para Arancha y muchas gracias. No me las des: no he logrado nada. Un abrazo.

Así que me dan las nueve y media en la estación de autobuses. La estación, dicen, ha perdido mucho. Antes era un lugar de tránsito. Desde que la arreglaron se ha convertido en un lugar de ‘estacionamiento’ para indigentes. Caras tristes, calladas, con los labios apretados, barba de medio pelo, cargando bolsas con sabe Dios qué ni de dónde, abrigos ajados, cartones en la puerta de entrada, cargando bultos como caracoles… También hay drogodependientes rebuscando metal por las cabinas de teléfono, con aires vivos e inquietos, y trencas abiertas de quien no siente el frío de estas fechas. Faltaba media hora hasta el próximo gusano articulado en dirección al pueblo. Me dio tiempo a empezar “El niño con pijama de rayas”, de no se qué irlandés finalista en muchos premios literarios.

El capítulo y medio que me dio tiempo a leer, interrumpido cada poco por mirar nerviosamente el reloj de la estación para no perder el autobús, me hizo simpatizar con Bruno, el niño que se veía expulsado bruscamente de su pequeño gran mundo porque su familia se trasladaba de casa y de barrio en Berlín. No llegué a datar la época pero sospecho que sería finalizando la Segunda Guerra Mundial. Alcanzaba el final del segundo capítulo cuando oigo gritos a mi espalda. Venían del fondo de la estación, de donde está la cafetería. Una mujer le daba indicaciones a un niño de lo que iban a hacer más adelante. Está hablando con su hijo, pensé. Más bien, está diciendo a todos los presentes en la sala de espera de la estación lo que van a hacer su hijo y ella, puntualicé ante el volumen del huracán que se aproximaba por mi espalda. Las quejas de Bruno por su cambio de residencia en Berlín perdieron mi atención ante el trueno, o circo con altavoces, que recorría el pasillo. Oye… si esa voz me suena… ¿No será…? Efectivamente. No necesité girarme para darme cuenta de que Aída Nízar, estandarte del efímero famoseo televisivo surgido a raíz del programa “Gran Hermano”, natural o residente en una de las ciudades con más aves del corral patrio, se había parado a hablar detrás del banco donde yo me encontraba. Pues qué gracia me ha hecho cuando nos han confundido en la discoteca, le decía a la que pudiera ser su hermana. ¡Es que es verdad que nos parecemos mucho!, resonaban sus palabras como por un megáfono en toda la sala. ¿Qué tal tus bolos, tu single, tu…?, le vino a preguntar un hombre con el que se había encontrado y causante de que se parase a hablar detrás de mi. Pues bien, le contestó. El single bla bla bla bla… Sorprendentemente ¡había bajado la voz al nivel del susurro! Eso ya no nos interesaba a los indigentes, drogadictos, lectores y viajeros que esperábamos nuestro autocar. Y el niño queriendo saber cosas de lo que iban a hacer después. Y ella pasando del crío para susurrar sobre su single. Hasta que a la tercera ya le hizo caso y le explicó al niño que en ese momento estaba conversando con el amigo y que después hablarían de las cosas pendientes que se traían entre manos, que tuviera paciencia. Un punto para Aída por ese gesto tan maternal y educativo. No esperaba esto de ella, pensé, pero, claro, tampoco se conoce a la gente del todo por lo que muestren por televisión..

Era un miércoles de enero y Aída Nízar se encontraba a menos de tres metros de mi. Ese día pudo haberme besado, haberme soltado un par de gritos, haberme preguntado la hora o de qué iba el libro que me estaba leyendo. Casi pudo hacerlo, pero no le di oportunidad. Me pareció que llegaba mi autobús y me levanté para salir al andén. Eso sí, miré de reojo al grupo donde un hombre, un niño, una Aída Nízar (LA Aída Nízar) y una muchacha que me pareció preciosa seguían hablando de un single con voz queda. Qué pena, sonreí ya sentado en el autobús, podía haberla pedido que me firmara el libro y habérselo entregado a Pilar. El guantazo que me esperaba se iba a oír en toda la provincia…

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Alice Gould es una brillante y arriesgada detective, capaz de ingresar en un manicomio engañando a médicos y falsificando papeles con tal de realizar una investigación para descubrir a un asesino. Fascinante mujer, segura de sí misma, racional y observadora a más no poder, de nivel intelectual superior, elegante en el vestir y en las formas sociales, además de esposa de un ludópata al que ama y a la vez miente para tenerlo ajeno a su aventura. Sin embargo, ¿tiene motivos Alice Gould para permanecer encerrada en el manicomio después de finalizar su misión?

Torcuato Luca de Tena, periodista monárquico, escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, desarrolla en “Los renglones torcidos de Dios” una trama que me ha secuestrado la atención y el interés durante las dos semanas que llevo sin encender la tele. Dosificando los capítulos, he arañado tiempo dedicado a preparar los exámenes de Psicología evolutiva e Historia de la Psicología para poder seguir los desmanes psico-carcelarios de la tal Alice, de cómo se enternece con los pobres críos dementes, cómo enamora a médicos y enfermos, cómo socializa con todos y llega a decidir los destinos del manicomio desde una posición sin poder real, la del atendido… Dios me perdone el haber torcido ligeramente el renglón de los estudios (al fin y al cabo, sólo había escrito la mitad).

Lo más apasionante de esta novela no es la enorme riqueza lingüística del autor, que parece haber tirado del diccionario de sinónimos para escribirla (orate, soflama, concomitancia, zalema, subrepticiamente… y unas cuántas más que no están en mi registro particular); ni la descripción de tan variadas personalidades tan bien perfiladas (“el hombre árbol”, “el albaricoque”, “el hortelano”, “la duquesa de pitiminí”, “el gnomo”, “la mujer percha”, etc); ni el sentido del humor que a veces salpica las páginas (“…alegando que estaba acostumbrada a ser violada por los hombres que ella escogiera, no por los que la escogieran a ella…”; el guiño al Quijote con el capítulo de la salida al campo y el cruce con el rebaño de ovejas); ni siquiera las explicaciones de los tipos de enfermedades psicológicas que Alice Gould se encuentra y trata de entender (fobia, neurosis, psicosis, oligofrenia, etc).

Lo apasionante de verdad está en el prólogo del famoso psiquiatra Vallejo-Nágera, quien introduce la novela explicando cómo Torcuato, tal vez con su ayuda, había seguido los mismos pasos de su protagonista y había logrado internarse en un manicomio durante un par de semanas para poder ambientar la novela con todo el realismo posible ¡Eso es documentarse! Leer el prólogo dos veces, una al principio de la lectura del libro y otra al final de la misma, ayuda a comprender todo su significado.

En fin, un libro altamente recomendable.

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Toño, en su felicitación de Año Nuevo, me envió un enlace a este video de Youtube. Toño sabe cantar; no envía cualquier villancico grabado en midi con un sintetizador.

Creo que del millón largo de repeticiones que lleva en su contador, la mitad son mías. Para aquellos que piensen que lo más importante de las personas es lo que no se ve.

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He empezado un tratamiento de choque para superar mi teledependencia. La televisión ha sido, desde que era un morciguillo chillón, la forma de entretenimiento que antes captaba mi atención. Los juegos, los deportes, los bares… Sí, eran otros, pero no con el poder de la caja tonta (no es tan tonta: transmite su tontería a los que tiene delante y, sin que ellos se den cuenta, los va transformando). A tal punto me tuvo fascinado la condenada droga que, una vez vinieron los amigos a buscarme para salir por ahí (yo era quien vivía más lejos),y les dije que no salía porque “quería ver una película”.  Entonces me pareció una elección. Al paso de los años, daría de bofetadas al imbécil que cerró la puerta a su pandilla. Igualmente, al paso de los años, con el nacimiento del poco espíritu crítico que he logrado desarrollar, aprecio la televisión de otra manera. Ya no es fascinante, ya no entretiene, ya no genera una motivación tan fuerte que llegue a cerrar la puerta a ningún mortal. Ahora “sólo” me sirve para desenchufar la mente tras un día plano, lleno de sacrificio y sensación de haber tirado más horas de mi vida por el retrete. Un día cualquiera casi, casi. Ceno con ella y no me acuesto con ella por las protestas que pudiera generar, pero casi pido que ensanchen la cama. En definitiva: sigue siendo una droga.

Así que, cuando mi señora me propuso el reto de no encender ese nido de rayos catódicos durante una semana, acepté el reto como si el doctor House me hubiera prescrito un tratamiento de desintoxicación: Si no apaga la televisión, se va a morir.

Han pasado cinco días sin un sólo telediario, un sólo anuncio, e incluso, sin el inicio de la 4ª temporada de mi médico favorito (a eso le llamo fuerza de voluntad). He leído bastante de una de las asignaturas a las que me enfrento a principios de febrero, sobre la evolución de la especie humana (¿así que no os ponéis de acuerdo en si vuestros bebés nacen con capacidades biológicas orientadas a la comunicación y desarrollo del lenguaje o si, por el contrario, es un logro de la interacción social y física con su entorno? Pues váis listos); he descubierto a Torcuato Luca de Tena, de quien hablaré en una próxima entrada y he llegado a proponer que, si concluimos la semana sin echar de menos el canal de documentales Odissea o los varios de películas que disfrutamos, el tratamiento continúe una semana más. ¡P’a güevos los míos!

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Water food

Mi hermana me regala un abeto, del tamaño de un ambientador de coche, con un sobre plateado con un pequeño texto que reza “Water food”. Es curioso, me dice encogiendo un hombro y arqueando las cejas. Pienso que no le parece tampoco ninguna maravilla y que lo tendré que tirar pronto. Le pones el agua y lo dejas seis horas. Cuando llego a casa ya es tarde: casi rozan las doce de la noche, así que desenvuelvo el abeto-ambientador, lo planto en la base cuadrada de corcho blanco y vierto en ella el water food, pensando que seguramente querían haber puesto “water for fools”. Mañana veré qué de especial tiene este invento.

A las 7 a.m. suena el despertador. Me levanto de mala gana, me visto y despejo mi cara con agua tibia. Eso me recuerda que ayer planté un abeto encima de la mesa del salón, así que me acerco a verlo antes de pasar por la cocina a desayunar. Ya sólo me resta escribir un libro en A3 y tener un hijo por correspondencia, rumio para mis adentros. ¡Violá! ¡Al arbolito se le han escarchado las hojas! Impresionante. Eso no estaba ahí anoche: como anémonas blancas electrizadas, de cada uno de los vértices del abeto cuelgan… no sé qué son, cristales de cuarzo finísimos, como hechos de azúcar. Lo que inventan…, me digo. Y me voy a desayunar y luego a la oficina.

Regreso por la tarde, ya oscuro el cielo y alumbrado el pueblo. Voy directo a la mesa del salón, a contemplar la nieve surgida del abeto como por arte de magia. Se ha ido acumulando. Ha superado los vértices de la figura y se extiende por todas sus caras, cubriéndolo tanto que no se aprecia el color verde botella de la planta artificial. Fenómeno. Mañana habrá más. Ceno y me acuesto, cansado.

Otra mañana ojeroso y con los ojos negándose a abrir las puertas. Me acerco al salón a ver mi jardín botánico particular y me despierto de golpe: no está. ¿Por qué lo habrá quitado?, me pregunto, Estará en la basura. Me doy media vuelta dispuesto a buscar en el cubo de basura cuando siento una gota fría en la nariz. ¡No podemos tener goteras tan pronto!, me alarmo, ¡si acabamos de comprar el piso! Miro al techo peroy no veo nada, sólo legañas y la penumbra. Doy la luz. Una mancha. A fastidiarse! No. Espera… ¿Es verde? Tiene aristas y le cuelga algo blanco. No me lo puedo creer: es el abeto clavado en el techo con la base de corcho a punto de desprenderse. Me ha caído una gota del “water food”, razono. Y centro un poco la vista cuando observo multitud de brillos, luciérnagas minúsculas y vivaces, en la escayola del techo, cerca de la punta del abeto. Es una especie de estrella de mar. Blanca. Hecha de diamantes. Sus ocho patas se curvan, se bambolean, se agitan hasta que el plástico verde del abeto se desprende y cae al suelo produciendo un ruido seco. Vuelvo a mirar a la estrella de mar. Medirá cuatro palmos de mi mano. Sigue “de pie” boca abajo, desafiando a la gravedad. En un parpadeo, echa a correr por el techo con la agilidad de una araña, hasta esconderse tras la librería…

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El dado de cinco caras

Hace un año, aproximadamente, descubrí la emoción de jugar una partida de parchís. Siempre consideré aburrido el tirar un dado y mover una ficha u otra, que te comieran la pieza (típica frase de doble sentido propia de los que hemos crecido cerca de Mingafría) o alcanzar el ansiado pasillo de color que emboca en el centro del tablero. Prefería el juego de “La Oca”, adosado en el otro lado de la tabla, aunque tampoco era de mis preferidos.

Hace un año, no recuerdo si por estas fechas, en las que se junta la familia hasta altas horas de la noche y necesita algún tipo de pasatiempo antes de acostarse, o bien una tarde cualquiera en la que no había nada que hacer, con idea de matar el lento aburrimiento que se iba colando bajo nuestros párpados, sacamos el parchís y decidimos echar una partida a tres bandas. Fue entonces cuando aprendí las reglas del juego, aquello que le da cierto sabor, junto con la estrategia y el azar de ese cubo numerado llamado dado. Fue la emoción hasta casi llegar al éxtasis: o ganaba o hacía ganar a alguien, que al final fue lo que pasó.

Cuentan los ancianos de Vinuesa que una maldición me abraza desde mi primer vuelo:  en los juegos nunca me acompañará la suerte. Así es, hasta la fecha. Por eso, debo encontrar la emoción de ganar en lograr que gane la partida quien yo decida. Cuando mis opciones de victoria se esfuman, mis fuerzas se centran en aconsejar a mi elegido la mejor vía para llegar al triunfo. Eso suscita controversia entre los participantes, tensión, desequilibrio… Son alianzas no permitidas por la ética del juego individual, casi antideportivas. “Mueve esta ficha, bloquea en esta celda, avanza con aquélla”. Es el precio que le cobro a la maldición del juego. Y resulta divertido, la verdad.

Estas Navidades volvimos a jugar una partida de parchís, esta vez a cuatro bandas. Partida larga y llena de alternativas. Evidentemente, no gané. Ni la primera ni la segunda que jugamos. Pero observé cómo la maldición trabajaba, cómo me concedía la derrota. Y fue sorprendente.

En principio, para quien desconozca las reglas del parchís, es necesario ir sacando del rincón las cuatro fichas del color con el que juegas mediante un 5 del dado, uno por cada pieza. Una vez la ficha está fuera, ya puede avanzar por las casillas del tablero. En mi caso, en aquella partida de Navidad contra tres rivales, vi cómo cada uno de ellos sacaba hasta tres fichas y avanzaba con ellas, pasando por delante del rincón donde se mantenían las mías. ¿Hay mayor desesperación que tirar un dado cincuenta y cuatro veces sin obtener un triste 5 con el que empezar el juego? Parecía que jugara con un dado de cinco caras al que le faltaba precisamente el número cinco. Cuando logré sacar la primera ficha, con la motivación por los suelos y la mentalidad más inclinada a decidir a quién ayudar que a luchar por la partida, algunas fichas rivales habían dado la vuelta al tablero y se encontraban cerca de la mía. Mal fario. Tan malo que, en el siguiente turno, apenas se movió dos casillas y fue comida. Vuelta al rincón. Hicelo único que podía hacer: organicé una conferencia para que la única ficha que había logrado sacar del rincón explicara a las otras tres cómo era el tablero más allá de los confortables muros del hogar.

Otros cinco minutos mientras veía cómo más piezas rivales desfilaban ante mi ventana, compadeciéndose, hasta obtener otro 5. Saqué la misma ficha y tampoco llegó a doblar la esquina. Algunos rivales ya habían alcanzado el centro del tablero. Con las cuatro piezas en el rincón, saqué tres seises seguidos. Según se mire, esto no es bueno, pues la pieza que los obtenga debe regresar a casa, como si la hubieran comido. Pero era una buena tirada con la mala fortuna de no poder aprovecharla. Al rato logré sacar dos fichas a jugar. Avanzaron despacio, una casilla, dos, otra… Con cada turno de tirada, como un adolescente que sale de la pubertad, mi dado ¡perdía los puntos negros! No sabía si debía contar 2 o tal vez eran 3 porque se había borrado el punto central. “¿Es un 4 o un 5? Mira que si es un 5 saco otra pieza…”. “Con tu mala suerte es un 4, no lo dudes”. Era un 5, saqué otra ficha, empecé a comer rivales, a avanzar, hice un bloqueo que retrasó mucho a quien mejor iba, alcancé el centro del tablero, ¡me puse por delante de todos tras una remontada épica, digna de ser radiada por el mejor Matías Prats! Me faltaba muy poco para terminar, alcanzar con la última ficha el pasillo de color que se extiende como una alfombra hasta el final de la partida; era cuestión de tiempo y tiradas tranquilas. Ya me había olvidado de que estaba maldito cuando llamaron a la puerta. Son los tíos, que vienen hoy a felicitarnos el año, dijo mi madre. Hala, recoged el parchís que voy a poner unos dulces…

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