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Archive for 31 diciembre 2007

León – Sajambre

Imágenes de la zona de Sajambre (León, España) en otoño. Recomiendo el hostal Peñasanta, en Soto de Sajambre: la cocina es excelente y dispone de una pequeña biblioteca.

Esta última foto es la de una casa del pueblo, ametrallada durante la Guerra Civil. Los herederos de sus dueños no han querido tapar los agujeros de las balas, para que quedara testimonio de que la maldad humana también llegó a estos parajes.

Zona de Sajambre, un paraje de empinados senderos y estrechos valles donde la Naturaleza aún lleva las de ganar.

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La madre civilización

Esto del frío invernal, acompañado como viene de nieblas intensas y pesadas, de las que parecen nubes de algodón de azúcar mojado y blancuzco, hace que uno pase más tiempo recogiendo las alas dentro de la cueva. Aprovechando la necesaria hibernación, uno va quemando los palitos de incienso que le regalaron tiempo atrás. El resultado es doble: con el humo del incienso acabo convirtiendo el interior de la cueva en un espejo de la calle tomada por la niebla y el olor a “océano”, “azafrán” o “cardamomo” penetra por las fosas nasales hasta el centro de la adenohipófisis, donde se liberan hormonas que desempolvan el pensamiento descrito a continuación.

Había oído esta tarde que a unos padres gambianos -?- les habían quitado la tutela de sus dos hijas de 6 y 13 años, debido a la sospechas que tenían los Servicios Sociales sobre los progenitores: pensaban realizar la ablación de clítoris a las pequeñas. Y me acordé de que en bastantes países africanos, esta mutilación es práctica habitual. Los países africanos andan menos desarrollados (tecnológicamente, etc) que los occidentales, así que, asociando ideas, llegué a la siguiente conclusión: “Una parte de la culpa del subdesarrollo de un país se debe a la discriminación que sufren sus mujeres, ya sea sexual o de cualquier otro tipo“.

El pensamiento me condujo a una conclusión sin haber pasado siquiera por plantear una hipótesis mínimamente digna y desarrollar una demostración, por lo que no es científicamente válido aun cuando esté cargado de sentido común. Al fin y al cabo, es fiel reflejo de su autor, quien está cargado de intuiciones pero no es capaz de realizar una demostración argumentada que avale sus conclusiones. Es el precio de la creatividad irracional.

Planteando la conclusión como hipótesis debería decir “La discriminación de la mujer es causa de un menor desarrollo de un país“. Evidentemente, si cuatro ojos ven más que dos, el hecho de discriminar a dos de ellos (los femeninos) hará que se vea menos, se lleve más batacazos y se tarde más en llegar al destino. Pero yo partía de la discriminación sexual, la ablación del clítoris. ¿Cómo demostrar que tal mutilación genital perjudica el bienestar de un país?

La pregunta es errónea y el planteamiento desde la ablación también. ¿Por qué? Porque resulta también muy evidente que el mero hecho de darse este tipo de práctica es indicativo (para mi sónar murcielaguil) de una discriminación más general de la mujer, dentro de la cuál la ablación sería una consecuencia más, como lo sería el no cobrar lo mismo en el mismo puesto laboral, no ser contratada por ser madre, no poder tomar decisiones por ser esposa o dedicarse a determinadas funciones domésticas sin poder salir de ellas. Esto llevaría automáticamente a la metáfora de los cuatro ojos en el párrafo anterior y demostraría la hipótesis.

Ya se ha apagado el incienso y el humo se ha disipado en la cueva. Mi adenohipófisis ha vuelto a su estado habitual de pasotismo orgánico y me siento muy cansado, con unas ganas de siesta y jacuzzi caliente impresionantes. Como piscinita no tengo, cerraré los ojuelos, que me sale más barato. Pero antes voy a apuntar dos notas:

Nota 1. “Observar cómo son tratadas las mujeres en culturas o países con menos desarrollo que en el que he tenido el azar de nacer. Observar también cómo son tratadas en países más avanzados.”

Nota 2. “Recordarle a Mac que me devuelva el libro ‘Amanece en el desierto’, de Waris Dirie”.

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La abeja republicana

 

Al hilo de un estupendo documental, filmado a cámara lenta, sobre el comportamiento social de las abejas, me surgió la siguiente reflexión: “un adolescente rebelde es como una abeja obrera republicana”.

 

Me gustó la paradoja de que una abeja obrera, en posesión de conciencia, se sintiera republicana. La abeja no aceptaría la autoridad de su reina y, dado que siendo obrera no podría salir de la colmena para crear su propio enjambre, no le quedaría más remedio que quedarse donde estuviera fastidiando todo lo posible.

Lo de fastidiar a la reina lo enlacé con un suceso que yo desconocía sobre estos insectos. Me imaginaba que todos tenían claro el papel que debían desempeñar dentro de la colmena: la reina, pariendo como una coneja; las obreras, volando a por néctar y cuidando de las larvas; y los zánganos, viviendo como funcionarios pero con mejor vida sexual. Todas sonrientes, realizando su función como autómatas. Sin embargo, descubrí que hay una clase de “abeja policía” encargada de mantener el orden entre los panales. Eso rompía mi idílica visión de estas comunidades aladas: ¿era necesario poner orden entre disciplinadas obreras? Por lo visto sí. Hay alguna que, como Iznogud, quiere ser reina en lugar de la reina, y la lista pare larvas propias, las deja en una celdilla y espera que las compañeras las alimenten, como a las princesitas. Esta acción reproductora invade las competencias de la reina quien, como medida disuasoria, tiene una fuerza policial que se encarga de merendar a la larva bastarda y propinar una paliza a la adúltera obrera. La pobre sigue dependiendo de la colmena para subsistir, así que debe aprender la lección. Curiosamente, al zángano que preñó a la obrera no le buscan las vueltas (cantinela machista muy humana)…

Al final, volviendo a la metáfora inicial, la reina puede estar tranquila: siempre tendrá una guardia pretoriana que le ayuda a mantener los destinos de la colmena libres de abejas republicanas con pretenciosas ambiciones. Lo cuál no ocurre en casa de la señora María, donde la hija mayor, además de adolescente, también se ha vuelto reinona y no hay abeja policía que la meta en vereda.

 

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Lucio y 100 agostos

La semana pasada Lucio alcanzó la difícil cota de los 100 años. Acudí, un día más tarde del centenario, para darle un abrazo cariñoso y sentido. En su casa-cochera, junto a su cocina bilbaína plastificada de cenizas y aceite, compartimos unas lajas de jamón que se empeñó en cortar para que cenara. Él no las puede masticar por la falta de dientes. Ese natural inconveniente lo había previsto y le llevé una quesada artesanal. La próxima vez que vuelvas, me dijo, te traes otra de éstas. Un logro acertar con el regalo. Hace dos años, se encontró un jersey verde de cuello alto y media cremallera, que se puso por mí. Desde entonces, nunca más lo he vuelto a ver bajo su raída chaqueta de gitano elegante.

Ayer vino un periodista, me comentó. ¿Y qué le contaste?, le pregunté. ¡Yo le contesté a todo lo que me preguntaba!. Leí la entrevista en el ejemplar de El Norte de Castilla del jueves, 13 de diciembre, en la sección “En 3 minutos”. En una columna de medio folio repasó sus inicios de molinero en Peñafiel, donde aprendió cantes con los gitanos que iban a moler trigo; su oficio de albañil de pies descalzos en tiempos de la República; cómo durante la mili vio morir a dos compañeros en el arsenal de Palenzuela por un derrumbe; sólo él lo pudo detener gracias a su “inventiva” constructora (en la vida no se puede estar sin inventiva, me dijo una vez, es lo más importante); cómo sobrevivió a la lluvia de bombas y aviones en el frente de Guadalajara durante la Guerra Civil; cómo se casó una y dos veces, y cómo se enamoró de una amiga de la adolescencia, que le mantuvo con sus bailes y sus clientes; cómo volvió a Tudela y levantó la plaza de toros… Y no contó ni la mitad de sus aventuras: sus escapadas juveniles a Barcelona sin dinero (eran otros tiempos y todavía se podía comer de la misericordia), los providenciales encuentros que le salvaron el estómago y el transporte varias veces, su suerte como hijo adoptado por unos ricos feriantes, sus obras con los ladrillos y bajo el sexo de todas las mujeres que le desearon…

Todas me han querido mucho. He tenido mucha suerte. Yo las he querido y ellas a mí, recuerda a todo el que le pregunta por las mujeres. Me lo creo a medias, pero debo admitir que es un tío apuesto incluso detrás de las arrugas, y si no, a los hechos me remito: hace pocos meses que se ha echado una novia. Me quiere… Uuy, cómo me quiere. Y agachó la cabeza y se quedó pensando unos segundos, para levantarla y añadir seguro de sí mismo, Creo que mañana le voy a pedir que se case conmigo. Ella no querrá, pero yo se lo digo. Ahí es nada.

Llegó Sixto y trajo a Antonio, el párroco brasileño, que venía a conocer al longevo vecino. Cenamos la quesada y un vino, hasta que Sixto le dio la vara y logró arrancarle por soleares. Tengo la voz ronca, pero… Y enganchó un fandango con una seguidilla, de las miles que todavía recuerda. Lucio tiene una copla adecuada al momento.

Felicidades Lucio. Como declaraste al periódico, hasta los 110 por lo menos. Y yo te digo lo que decían los juguetes en su historia: ¡Hasta el infinito o más allá! Eres un regalo nacido hace cien años.

 

 

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Las voces

Si dijera algo así como que “las voces me han ordenado hacer esto”, el común de los mortales pensaría que estoy loco. Vale, el común de los mortales ya lo piensa sin que yo haya dicho tal frase, pero aseguro que podría decirla algún día y no por ello haber pasado la frontera de la locura. El caso es que oigo voces, y me encantan.

Son voces sugerentes, tranquilizadoras, hipnotizadoras, relajadas, que transmiten paz y positivismo, si es que se puede transmitir vía cuerda vocal, educadas, jóvenes, con una pronunciación cuidada, líquida, transparente… Son voces que da gusto oír, la verdad. Las oigo todas las mañanas y, aunque no dicen nada personal ni interesante para el asunto que me ocupa, agradezco el placer de escuchar la misma sinfonía de preguntas que llegan del otro lado de la mesa:

Buenos días. Soy Violeta, del departamento de calidad de la empresa Tal. Pregunto por Serafín Gutiérrez, ¿se puede poner, por favor?… Sí, cómo no… ¿El señor Gutiérrez? Hola, buenos días. Soy Violeta, del departamento de calidad de Tal. Creo que nuestra empresa se encarga de la limpieza de su colegio y no sé si del comedor también. Le llamaba para preguntarle por su nivel de satisfacción con nuestro servicio durante este año, con el fin de saber si ha tenido algún problema con nuestros empleados, con su trabajo o, por el contrario, si ha mejorado su satisfacción respecto a lo que nos comentó el año pasado… Sí… Sí… Me alegro… Entonces todo bien… Si quiere, puedo hacer llegar a Fulanita su felicitación… Estupendo… Muy bien, señor Gutiérrez, no le molesto más. Feliz Navidad. Buenos días. Adiós.

Esto es sólo el contenido y, como dije, lo menos interesante. Lo increíble es lo armonioso que suena cuando pronuncian cada sílaba, comas incluidas. Una sonoridad encantadora y tan peligrosa como la música del flautista de Hamelin. Escuchándolas, yo soy capaz de transformarme en rata y dejarme llevar donde ellas, las voces, quieran. Si me piden que me tire al río, no opondré resistencia. Ese tono me convence con sólo oírlo. Ahora entiendo lo que sentían esos roedores que plagaron el pueblo del cuento, ¡qué desprotegidos se encontraban! Como Ulises al pasar junto a las sirenas. Lo de atarle al mástil era el mejor remedio, aparte de taparle los oídos.

¿Qué tiene la voz, la sugerencia de la voz? No había descubierto tanto poder en ella como hasta estos días, al lado de las teleoperadoras del departamento de calidad. Es calidad vocálica, desde luego, y un arma poderosa para convencer. Imagino que el amigo Luis Muíño sabría explicarme por qué sería capaz de dejarme convencer casi irracionalmente por lo que me dijera una de estas voces. Algún efecto balsámico, tal vez terapéutico, tendrá oír ciertos sonidos, que logre desmontar las defensas del pensamiento racional, o que evoque tiempos donde nos hayamos sentido más protegidos y confiados, o que simplemente atendamos en nuestra cabeza por amor a la belleza sonora… No lo sé. Sólo sé que oigo voces, y me tienen encantado.

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De pie en la parada

Esperando el autobús que me llevara a casa, me fijé en tres mujeres que aguardaban conmigo embutidas en sus abrigos. Hacía frío y no era cuestión de hacer la estatua, así que todos nos movíamos de un lado a otro, impacientes y manteniendo el calor corporal. Observé sus zapatos, observé sus caras. Dos de ellas pasaban los cincuenta, eran bajitas, un poco arrugadas de cara, una tiraba de gafas y la otra de cintura. Sus zapatos eran cómodos y sin tacón. La tercera rondaría los cuarenta y dos, por ejemplo, lucía un pelo largo y cuidado por manos peluqueras, rubio mentiroso, de cara ligeramente pintada y marcada por los primeros pliegues a ambos lados de la boca. Sus zapatos eran negros y de tacón cuadrado de los que levantan tres dedos del suelo.

Me pregunté si la fertilidad femenina estaría relacionada con la altura del tacón que una gasta. Me explico. La tercera mujer era más atractiva que las dos señoronas. Éstas no tendrían nada que hacer en caso de que soltaran al gallo en el corral. La rubia mentirosa tendría muchas opciones. Me imaginé que, para mejorar esas opciones a la hora de gustar, usaría un tacón que le diera más altura, en silenciosa competencia con otras mujeres que estuvieran en su fértil situación. No, es una bobada mía, pensé. Pero luego me acordé de que las mujeres por las que los humanos establecen los cánones de belleza, las modelos de pasarela y fotografía, no pueden salir a comprar una barra de pan si no van repintadas y con un tacón de aguja que ni la calceta de mi abuela. Es una exageración, pero creo que me doy a entender. A más deseo de gustar, más altura hay que ganar. Las cincuentonas, por su lado, ya no buscarán gustar a los gallos sueltos en el corral: sus prioridades pasarán por cuidar de los pollitos que pían en casa.

Disquisiciones estúpidas en espera del autobús, qué le voy a hacer.

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Egkeland Law

Esto sólo se puede hacer en Egkeland si es día laboral pero no se acude al trabajo:

  • Visitar el Deustche Bank y contar delante del cajero monedas de distintos formatos por valor de 44 euros .
  • Visitar la única sede del banco ING y estar a punto de discutir con un agresivo listillo por el turno en la cola.
  • Entrar en una juguetería de tres pisos y comprar regalos para los sobrinos en un abrir y cerrar de ojos.
  • Echar una quiniela “a pachas”, marcando un triunfo para el equipo rico de la ciudad en campo contrario.
  • Entrar en un bazar y sacar de extraperlo unas tarjetillas en el bolsillo.
  • Sacar dinero de un cajero automático sin recordar la contraseña de la tarjeta de crédito.
  • Intentar liberar el móvil por 15 euros en la calle Alcalá.
  • Ir al Ikea a comprar un par de mesillas para el dormitorio y salir con dos lámparas, dos bombillas de bajo consumo, un macetero de corcho, 6 copas de vino, 12 vasos grandes, 3 tuppers medianos, una planta grande, 6 cactus, rollos de papel de regalo, dos lámparas de papel blanco, dos ramos de flores artificiales, meloncillos espinosos de adorno para macetas, 20 sobres de felicitación, un portafotos de forja, tierra decorativa para tiestos y no sé cuánto más. De las mesillas, ni la sombra.
  • Comer en el VIP y escuchar a un padre despotricar delante de sus hijos por la forma de hacer las cosas en España, tratar a la camarera con arrogancia y soberbia y exigir que los espaguetti llegaran “blancos y punto”.
  • Llegar a casa, plantar los cactus y tirarse en el sofá. O ir a casa de algún amigo a instalar un programilla en su ordenador.
  • Levantarse del sofá y recorrer las calles de Egkeland para ver la iluminación navideña, destacando los coloristas corazones de Ágatha Erre de la Pe, los brillantes gusanitos y burbujas de la Castellana, y una pirámide luminosa con el tema del famoso Comecocos.
  • Patear el centro, tomar un bocata de calamares junto a la Plaza Mayor y un chocolate en San Ginés, al lado de todos los raperos encapuchados del país, que se habían concentrado en la sala Joy Eslava por el concierto de Violadores del Verso.

…porque si vives en Egkeland y trabajas, lo más que llegas a hacer al salir de la empresa es tomar unas cañas con los amigos y comprar un par de zapatos que te hacían falta.

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