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Archive for 30 noviembre 2007

Locura y miedo

Don Quijote y Sancho Panza cabalgan por mitad del campo, después de salir de una venta en la que el escudero ha sido manteado como pago por el desquicio de su señor.

Ven cómo dos grandes rebaños de ovejas, en su trashumancia hacia mejores pastos, se cruzan en direcciones opuestas, lo que al caballero se le antoja una batalla entre dos ejércitos enemigos: el del cristiano Pentapolín del Arremangado Brazo y el del emperador musulmán Alifanfarón, quien está enamorado de la hija de Pentapolín y pretende hacerla suya.

Seguro de inclinar la suerte de la batalla a favor del bando por el que tome partido, don Quijote espolea a su caballo para entrar en el combate también. La escena es como sigue:

– ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

– No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.

– El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo; que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.

El miedo que tienes, Sancho, te hace que no veas las cosas como realmente son. El miedo te altera la imaginación, despierta tu angustia, sacude tus heridas, las humedece y sensibiliza; impide que percibas lo que ocurre tal y como acontece, y lo veas a través de un cristal de color rojinegro, de bordes mal recortados, afilados y cercanos al ojo, que te hace estar más atento al cristal manchado que a lo que hay detrás. El miedo te limita, te mantiene detrás del cristal, te muestra pequeño y débil al lado de un gigantesco monumento pétreo que dice “NO PUEDES, NO SABES, NO VALES”, demasiado duro para romperlo, demasiado alto para saltarlo. El miedo es “NO”, lo que te niega, Sancho, lo que te vence sin haber luchado… porque tú, tal vez, como bien dice el miedo, no puedas lograrlo, pero para llegar a saberlo tienes que intentarlo, salir de detrás del cristal rojinegro, dar el golpe, dar el salto y fracasar… o vencer… pero intentarlo al menos, porque de esa manera conocerás tus limitaciones, si las tienes, y tendrás una visión de cómo realmente eres y no la visión empequeñecida de ti que te da el miedo, que te pone la linde para que tú la aceptes sin ni siquiera tentarla. Mírame, Sancho. Yo he querido inclinar una batalla entre dos ejércitos con la sola fuerza de mi viejo brazo y las ancas de un caballo costillero y medio muerto. Yo no conozco el miedo pero sí conozco mis limitaciones, porque las he buscado más allá de aquél.

Amo, reconozco que vos conocéis vuestros límites, que son muchos a mi entender, mejor de lo que yo conozco los míos. Pero creedme si os digo que de alguna manera he logrado saltar por encima de mi propio miedo pues, ¿qué mejor prueba tenéis que el seguir recogiendo vuestra sangre y vuestros dientes tras cada pelea? ¿qué mejor prueba váis a encontrar de mi valentía que verme a vuestro lado pese a las innumerables derrotas hacia las que nos dirige vuestra locura caballeresca, de compartir, cuando no acaparar, latigazos, arañazos, golpetones, cachetazos y otras dolorosas caricias que por vos son causa? A veces creo, con cierto sentido común, que el auténtico loco soy yo, por seguir con vos sabiendo que estáis viviendo prisionero dentro de un castillo imaginado en lo profundo de vuestra cabeza, y que es allí dentro por donde desfilan los gigantes, dragones, princesas y maleantes, que véis y por los que vuestros pies espolean a ese caballo costillero y medio muerto aquí fuera, lanza al aire, y yo os sigo, desesperado, sintiendo cómo mi asno corre tras Rocinante hacia el interior de vuestra cabeza, en busca de la aventura ahí imaginada. Míreme, don Quijote. Yo he querido cuidaros a pesar de que mi cuerpo rechoncho recibe estacazos en cada encuentro. Sí, yo conozco el miedo, pero no soy consciente de mi locura.

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Mr. Gripho


Ha sido muy desagradable.

Ayer sufrí un ataque de virus catarral que se centró exclusivamente en mi fosa nasal izquierda. Fruto de ello es que hoy me ha estado picando y dejándome al borde del estornudo en varias ocasiones, aunque sin completar el empujón (las indecisiones de la nariz las llevo fatal); pero, además, la he tenido obturada por las abundantes mucosidades resultantes de la propia defensa del órgano respiratorio. Respirar por la cavidad derecha ha sido como meterse bajo el agua con un junco para coger aire, un ejercicio sonoro de autocontrol, más o menos.

Así las cosas, la hora de la comida ha supuesto una paciente batalla de gestión del tráfico por la glotis: ahora respiro, ahora mastico y trago, ahora respiro, ahora… No se si sería el calorcillo metabólico de la digestión, el del comedor, o el de los microondas abiertos, el caso es que, mientras dialogaba con Verónica sobre tiendas de campaña, he visto relucir una gota blanca y transparente por debajo de mis ojos, en dirección a la mesa. Al bajar la mirada, ya era un pequeño y gracioso charquito a través del cual se apreciaba el color del tablero. Una explicación del epíteto: la situación ha sido desagradable para mí, pero no deja de tener su gracia cuando descubro que he perdido líquido anticatarral y ni siquiera lo he notado correr por las paredes de la nariz.

Vero, que es muy maja, no lo ha prestado atención y ha seguido con su comentario. Cualquiera que me conozca hubiera hecho lo mismo: “Acostumbrado a verle perder aceite, una gota de otro color qué lo mismo da”, pensaría.

Pero más desagradable ha sido por la tarde cuando, reunidos con los clientes para presentarles, entre otras cosas, el equipo que va a realizar pruebas en su oficina, en un momento dado, no sé si por el calor del reducido despacho, de los ordenadores funcionando o de los microondas abiertos, he visto brillar otra maldita gota blanca y transparente por debajo de mis ojos. Esta vez la mesa me quedaba lejos, así que el jersey azul oscuro ha parado el golpe y la gota se ha convertido en un incómodo lamparón sobre mi pecho. Es increíble la capacidad de transformación de las gotas anticatarrales, ora un charco ora una mancha…

Gracias a Dios, en ese preciso momento la atención de los presentes se centraba en un bolígrafo de cuatro colores que había sobre la mesa y he podido sacar el pañuelo y limpiar el desaguisado. No sé si alguien se ha dado cuenta del roto; yo sí, pero tarde.

Es por ello, que ruego a mi organismo cierre la incidencia abierta en mi fosa nasal izquierda antes de que tenga que meter una esponja por ella. Yo haré lo posible por cuidarlo.

N. del A.: Durante la realización de esta entrada, ninguna reluciente gota ha caído sobre las teclas del ordenador.

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Fornitar

La misma despreocupada peluquera que velozmente me cortó el pelo sin miramientos estéticos, por no decir que despistó mi vigilancia con su verborrea entretenida y familiar, me diagnosticó una posible psoriasis en el cuero cabelludo, “o algún tipo de dermatitis seborreica”, y se atrevió a recomendarme un champú poco comercial, casi necesitado de receta médica y para mí desconocido: champú de brea.

Como no valoré sus consejos profesionales de la misma manera que su técnica y resultados con la tijera (pasé un mes afietándola la cabeza con la imaginación, en venganza por su trabajo), pregunté a mi tía Mary, a la sazón farmacéutica, si ella vendía producto con tal nombre o si tal vez mi memoria no había recogido fielmente el viscoso apellido del champú. “Existen pero creo que los han retirado del mercado por problemas de reacción con la piel. Lo miro y, si lo encuentro, te lo traigo”, me dijo.

Y ocurrió que sí, que la pasta asfáltica para las carreteras pilosas de la cabeza existía; es de color canela, apenas hace espuma, viene envasado en un bote blanco más pequeño que el resto de champús; se compone de alquitrán en un reducido porcentaje y se llama, agárrame abuela que me cuelo por la taza del váter, “Fornitar”. El chiste es fácil, y da para la reflexión toda vez que ha sustituido al anterior jabón, el orgásmico Herbal Essence. Vamos, que me lo debo de pasar pipa acicalando la cabeza.

La jovencita “manostijeras” estaba en lo cierto y mi psoriasis o lo que fuera ha remitido, llevándose la caspa o dejándola bajo una capa de pez. Lo curioso es que, desde que lo he empezado a utilizar, el pelo me huele a cecina o salmón ahumado. Cosa bárbara…

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