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Archive for 13 febrero 2007

Mi primo y yo

Roberto entró a trabajar en mi empresa debido a un pico de trabajo hace cosa de un año. Estuvo durante dos meses, en lo que terminamos la entrega para el cliente, y luego decidió emprender una nueva aventura por otras latitudes. Es así, o al menos, era, cuando le conocí: autónomo, inquieto, libre y decidido a ser feliz sin sueldo antes que esclavo de una nómina fácil. En una palabra, un aventurero laboral.

En cuanto nos presentaron, a los dos nos asaltó la misma pregunta: ¿De qué me suena tu cara? No llegamos a obtener respuesta inmediata, pero ya nos caimos bien por cuestión de afinidad. “le conozco de algo…¿pero de qué?” era nuestra inquietud subyacente cuando hablábamos. Hicimos buenas migas, hasta el punto que aceptó ser denominado como “mi primo” por la coincidencia de nuestros apellidos.

Tomamos cafés, echamos horas arreglando errores en el tajo, nos reímos bastante… También nos preguntábamos por los amigos, a ver si alguno era común y de eso nos sonaba los caretos, sin suerte. Me contó que en un tiempo fue autónomo de verdad, con su propia empresa, y eso me hizo valorarlo más. Admiro a los que se arriesgan y toman responsabilidades sobre su presente y futuro. Pero tampoco le conocía de eso.

En su traqueteo laboral, acabó sacando una plaza de funcionario hace tres meses. La semana pasada nos invitó en un bar, y nos juntamos personajes de todas las especies conocidas: ligones de la capital, becarios de la administración, exjugadores de rugby, compañeros gastronómicos… Felicitándole por el fin del aventurismo en el trabajo, le comenté que yo también había intentado lograr una plaza de funcionario, sin éxito, como profesor.

Yo también quise ser profe – me dijo.

Yo me examiné en Burgos – le comenté.

¡Como yo! Pusieron unas ferias al lado del colegio donde nos examinamos y no había forma de concentrarse para hacer el examen – se sorprendió.

¡Anda, pues hicimos la misma oposición!.

Sí, y estaríamos en el mismo aula, por nuestros apellidos. ¿Te acuerdas que el tema se elegía al azar? Pues a mí me tocó bajar a sacar la bolita…¡y saqué la bola del único tema que me había estudiado! Luego no aprobé por hacer mal los ejercicios, pero la teoría me salió redonda.

¡Es verdad! Ahora te recuerdo. Subiste riéndote y nadie entendía de qué. De eso nos conocemos entonces. Me acuerdo de ti tan claramente como me acordé de tu familia ese día: yo no me había estudiado el tema que sacaste…

Suspendí, efectivamente, pero también conocí a “mi primo” sin saberlo.

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5 verdades

El webcino más Sencillo del barrio anda un poco susceptible conmigo. Aún no sé la razón. Quizá porque le comenté que contar tus verdades en público, cuando las verdades son del calibre “a los 8 años lloré cuando se me cayó un diente” me parecía un fraude (si es que la pérdida del diente no te ha dejado ninguna secuela) o tal vez porque le he dicho esta mañana lo reluciente que estaba su camisa rosa a cuadros. Vaya uno a saber. Para compensar mi arañazo a su sensibilidad voy a contar 5 verdades sobre mis alas. De esta forma, respondo a la invitación que me hizo para continuar la “meme”(z) que él. a su vez, siguió y desbarro un poco sobre mi propia vida. Pero, eso sí, si se admiten verdades anacrónicas que ahora son anécdotas, aplicaré mi derecho a utilizarlas. Faltaría más.

 

1ª. A los 8 años ni se me cayó un diente ni lloré. Ni lloré a los nueve, ni a los diez… Recordar las veces que he llorado me exige un esfuerzo de memoria cercano a la meditación. Es una de las cosas que más me extraña de mí: lo poco que he llorado a lo largo de mi vida. Una vez me enviaron a comprar media docena de pasteles. Fue un día de verano sobre las once de la mañana. De vuelta, traía la bandeja como un paquetito que goteara, sujeta con los dedos por los lazos que la pastelera había puesto. Un chico delgaducho, mayor y más alto me paró en mitad de una calle secundaria y vacía, y me empujó contra una pared. Se echó la mano derecha al bolsillo trasero de sus vaqueros y me dijo: “Si no me das un pastel saco una navaja“. Me asusté de algo que no había visto. Recuerdo que pensé en echarme a correr, pero el miedo me tenía paralizado. Me quitó la bandeja, rompió el papel en un extremo y sacó un pastel. Esto no lo vi porque yo estaba llorando y pidiéndole los pasteles, totalmente a-co-jo-na-do de una navaja cuya existencia no estaba demostrada. Pero recuerdo nítidamente que lloraba. Y desde entonces, las veces que he visto lágrimas por mi cara se pueden contar con los dedos de la oreja de una lombriz. ¿No he tenido razones para llorar porque la vida ha sido suficientemente benévola? ¿He sabido racionalizar mis problemas? ¿Los cables de sensibilidad no están conectados dentro del cerebro? Se me humedecen los ojos cuando tengo sueño, pero no admito pulpo como animal de compañía.

 

2ª.  El peor regalo que se me puede hacer es ropa. La ropa es cosa mía, sí o sí. No porque tenga un gusto exquisito vistiendo ni capacidad para distinguir el poliéster del algodón, sino porque es un pequeño territorio que he conquistado y no voy a ceder tan fácilmente. Cualquiera que se arriesgue a adentrarse en él, regalándome un jersey, o una camisa, por ejemplo, corre el peligro de no ver nunca su regalo colgado en esta percha que Dios me ha dado. Habrá tirado el dinero, sencillamente. Hay excepciones a la regla, como el llamativo anorak amarillo que me ha regalado mi hermano por mi cumpleaños-día de reyes, aun sabiendo que no es mi color favorito. Me siento un murciélago-anuncio con él, pero me está viniendo de perlas este invierno. Mi madre ha intentado algo parecido con un pijama y lo ha tenido que devolver. Un libro es más seguro, mamá.

 

3ª. Me gusta contemplar. Esto implica observar y disfrutar de lo que se ve, sin juzgarlo. Durante la contemplación, sobra el ruido, sobra la conversación, sobra la música. Contemplar es un ejercicio de silencio y de empatía con aquello que se observa, ya sea una piedra o un niño. Por ende, me gusta el silencio. Paso más del 80% del día en silencio.
 
4ª.  Tengo buen recuerdo de mis amigos de la infancia, aquellos con los que fui pasando curso tras curso, hasta que la universidad nos separó por distintos caminos. Y, sin embargo, también tengo la sensación de no haber disfrutado de ellos ni haber logrado que ellos conocieran a la persona que realmente era. Tal vez, mediatizado por la presión de los estudios, me convertí en un “serio, casi enfadado” zorro volador, aunque uno fuera capaz de llevar una fiesta dentro de su corazón. Mi timidez fue una gran losa. Me gustaría empezar de nuevo con todos y con lo que ahora soy, volver al aula, si así lo permitiera la ley de la existencia. Es un deseo imposible pero que me hace sonreír. Y sonreír es maravilloso.
 
5ª. Lucía me ha dicho que en Nicaragua se puede adoptar de nuevo. Quiero volver allí por tercera vez, pero ésta para traerme un churumbel, nada de campos de trabajo. Y, de paso, darles un abrazo a Angélica y un besazo a Alondra, su hija.
 
Y no paso el testigo a nadie. Que cada bloguero haga lo que en conciencia crea conveniente. De hecho, tener un blog y contar cosas ya es hablar de uno, de lo que los demás desconocen de uno. Así que, por favor, ¡no más meme-ces!

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