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Archive for 16 enero 2007

Compañero de trabajo y amigo con una historia detrás (compartimos piso siendo estudiantes universitarios), Endang es un guineano pausado y risueño al que me gusta escuchar cuantas anécdotas guarda en el bolsillo del pantalón. Las guarda como quien guarda un poco de calderilla con la que poco puede hacer, salvo tomarse un café barato de máquina o un chatillo de vino. Sin embargo, cuando las remueve del bolsillo de su memoria y las hace sonar, me resultan increíbles. Miento, son totalmente creíbles. Pero me provocan la sensación de un viaje al pasado de la historia española, la que no he conocido, la que me han contado mis padres y me contaron mis abuelos, la de la dictadura. Tal vez por eso sienta por Guinea y sus guineanos una extraña empatía. Empatía por poder decir “aquí ya se pasó por lo que ahora vivís” y extraña porque yo no tuve la desgracia de vivirlo. Lo cierto es que, cuando Ino cuenta una de sus anécdotas, hace sonar una calderilla que me produce mucho ruido interior.

Hablando del último partido de futbito o de algún tipo de té, de pronto Endang regresa mentalmente a su país y enlaza el tema con tirabuzones para dar una clase de historia. La que nos dio el jueves decía algo así (no son palabras literales):

“Tendríamos quince o dieciséis años. Estábamos en el instituto, en clase de tal profesor, y el grupo de amigos nos aburríamos mucho. A Abengono se le ocurrió sacar una hoja y dijo que iba a escribir los cargos para un gobierno alternativo. Era una tontería fruto del aburrimiento. Podía haber hecho el once titular de la selección nacional de Guinea, pero le dio por los Ministeros. Naturalmente, él se puso como presidente del gobierno; luego, empezó a nombrarnos ministros a cada uno de los amigos del grupo. A mí me tocó ser Ministro de Educación, Nguela de Economía, Andume de Cultura y Turismo… Alguno ni se enteró de que había recibido un cargo del gobierno. Al finalizar la clase nos echamos unas risas con la chorrada y nos fuimos a jugar.

Volvimos del recreo y seguimos la mañana con las clases, con toda normalidad. Al cabo de un par de horas, vimos por la ventana una fila de coches de policía y furgones antidisturbios que llegaban por la calle con las luces encendidas. ¿Qué habrá pasado?, nos preguntamos. Vimos que aparcaban a la puerta del instituto y entraban soldados armados. ¿Se habrá metido en líos algún profesor?. En seguida abrieron la puerta de nuestra clase y entraron. ¿Cómo va a estar este profesor en ningún sindicato clandestino?, me pregunté. Sacaron una lista y empezaron a nombrar a mis amigos. El primero fue Abengono, el que había escrito en un papel el gobierno alternativo. Me dije ¿acaso serán sus padres activistas? Nombraron a Nguela, a Andume, a … ¡Estos! Si nunca han dicho nada de nada... Y el último era yo. Queremos hablar con vosotros., dijeron, y nos subieron al furgón policial. Chavales de quince años.

Estuvimos en la Comisaría unos días, no recuerdo, no fue mucho tiempo. Nos preguntaron si nuestros padres querían dar un golpe de Estado. Nosotros no entendíamos. Nos enseñaron la lista que había escrito Abengono. ¿Algún profesor ha movido esto? ¿Vuestros primos o tíos están involucrados? Nos golpearon ¿Alguno ha comentado que quiera derrocar a Obiang? Eso era lo peor que podían decir de ti o de tus padres: que habías querido derrocar a Obiang. El peor insulto, la marca por la que te señalan, por la que te dejan de hablar.

Lo nuestro había sido una broma, pero pasamos varios días encerrados. Lo peor fue el no poder comunicarnos con nuestros padres durante el encarcelamiento. Al final, se aclaró todo.

Lo paradójico era que, mientras Endang lo contaba, nosotros veíamos el lado sorprendente de la anécdota y nos partíamos de risa. Repartirse los cargos del gobierno por la mañana, llegar la policía a la clase y detenerte por eso, la magnitud a la que había llegado un momento de aburrimiento, los presuntos implicados, las pesquisas policiales… Endang lo expresaba con un tono normal, ni afectado ni entristecido ni divertido; nos daba información sobre un hecho más de su vida, hacía sonar la calderilla de su bolsillo, y los oyentes rozábamos la frivolización más impune.

Reconsiderándolo, agradecí a Endang que nos hablara de su país. Le pedí que escribiera ésa aventura y otras más de las que ha vivido. No te creas que es todo así, eh, me dice, Eso era antes, cuando era más joven. Ahora se puede hablar de que no te gusta el Gobierno y hasta quejarte por haber votado a la oposición cuando en tu mesa electoral dan el 100% a Teodoro…

Será un paso adelante.

Nota del Zorro Volador: Salvo el del presidente de Guinea, todos los nombres de este relato son falsos por razones de seguridad.

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Javier Capa

De paso por el pueblo para felicitar a mi madre, paseando por el centro ya desierto, me encuentro con Javier Capa, un tío admirable.

Al menos, así lo recuerdo yo de nuestros tiempos de quintos. Tal vez, después de 15 años, el chico haya cambiado y sea una persona normal y corriente, pero me extraña. Tenía madera de gran persona y eso no suele cambiar con el paso del tiempo. Mucho le habría tenido que putear la vida para haber estropeado su natural tranquilidad, sano juicio y capacidad de superación de adversidades gratuitas. No. Creció de buena cepa, aunque silenciosa, y a la hora de dar uvas seguro que serán abundantes y sustancia de buen vino. Quede clara mi admiración por Javi.

Éramos casi vecinos pero él jugaba al fútbol con el equipo del “Arrabal” y yo con el de “San Juan”. Nos fundieron a derrotas cierto verano entre él, Diego y René. Eran un trío temible. Josemaría y yo no podíamos con su velocidad y a ‘Chapu’ se las colaban por donde querían. Sólo les ganamos una vez, con ayuda de los primos franceses de Miguel, quienes jugaban mejor que todos nosotros y, además, eran mayores. Pero Capa, que así le llamábamos a Javi, era una garantia física y técnica para el “Arrabal” en esa competición no oficial de barrios del pueblo.

Tuve la suerte de coincidir con él en el equipo de balonmano del colegio. No he conocido mejor central que el metro ochenta (por entonces) de Capa. De esas pocas personas capaces de jugar en equipo, mirando antes la posición del compañero que buscar anotarse un tanto. Recuerdo nuestro último partido contra un equipo de Medina del Campo. Habíamos dejado de jugar al balonmano un año atrás y nos dedicábamos a otos deportes como el baloncesto y el fútbol, pero a nuestro entrenador se le ocurrió la feliz idea de reunir al equipo para jugar un único partido. Ibamos sin entrenar, sin recordar sistemas tácticos, sin nada. En la primera parte,quisimos repetir un doble cruce que nos salía muy bien cuando competíamos en las ligas escolares, pero lo hicimos fatal. Nuestro ataque era embarullado. Yo, tirando para adelante, decía que siguiéramos la jugada como fuera y él, más consciente de la tontería que estámos haciendo, nos hizo recular unos metros y volver a realizar el doble cruce como Dios mandaba. No marcamos gol, pero empezamos a sentirnos un equipo de balonmano.

Mucho deporte. Capa era el único portento físico capaz de frenar a nuestro gran deportista de la generación, que entonces era Chuchi. Ambos se adaptaban estupendamente a todo tipo de reglas y de fundamentos deportivos, y gozaban de suficiente habilidad para ser las estrellas del pueblo, si es que el pueblo hubiera dado estrellas al deporte español. Eso le hacía atractivo a Capa a ojos de las chicas. Aunque yo creo que su nobleza atraía más a las chicas que sus ojos azules y su metro ochenta. Un tipo silencioso, serio, de olvidar la jarana y centrarse en lo que debía, sin buscar ser el centro de atención. Luego me corrergirán sus amigos más cercanos, y me explicarán que se iban de borracheras todos los fines de semana o que Javi decía alguna que otra bestialidad para partirse el eje. Tal vez fuera así, pero no lo vieron mis ojos. Sí escuché que, mientras casi todos los demás disfrutábamos de nuestros tres meses de vacaciones de verano, Capa se ponía a trabajar para sacar dinero. Eso ya le otorgaba un grado de madurez por encima de la media.

Lo que nunca se me olvidará fue de la vez que le acompañé a su casita esquinera del Arrabal. Su madre vestía un delantal oscuro y manchado por alguna verdura que estaba partiendo. Su padre no estaba. “Ahora la dirá que venimos a buscar el balón…”, pensé. Y mi extrañeza me hizo abrir los ojos cuando Capa empezó a gesticular con las manos ante su madre. Ella, por toda respuesta, también hizo una serie de ademanes, acompañados de gemidos tibios, como avergonzados de salir por la garganta. “A ver si no va a tener lengua”, me sorprendí. Toda la conversación fue en silencio, las palabras se expresaron con gestos en el aire mientras yo no daba crédito a lo que veía. No comprendía lo que era una persona muda. Lo entendí más tarde, en casa, cuando pedí explicaciones a mi madre sobre la madre de Capa. “Su padre también es mudo”, concluyó. Desde entonces, mi admiración por él fue la que hoy intento expresar recordando lo poco que he compartido, desgraciadamente, con esta gran persona, curtida por adversidades gratuitas desde pequeño.

Hoy nos cruzamos por la calle. Él tiraba de un cochecito y su hija, rubita de ojos azules, miraba curiosa desde su interior. Una conversación simple, desinformada, del “estás bien, trabajando, todo bien”. Me ha dado la sensación de haber sido demasiado superficial, demasiado rápido siguiendo mi camino, sin preguntarle por estos quince años de desconocimiento mutuo. Escribo para mantener mis recuerdos de Javier Capa. De esta forma, vaciado ya de nuestra pobre historia común, cuando nos volvamos a ver, me obligaré a indagar más en la persona que llegué a admirar. Para que vuelva a haber más recuerdos que escribir.

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