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Archive for 11 octubre 2006

El deporte es salud

Así lo creemos en Portales de Mileto después de conocer los beneficiosos efectos que para la salud de los elegidos ha tenido el deporte realizado, a saber:

  • Tomás Chilavert pasó una semana de baja tras un pelotazo recibido en el ojo. Eso sí, paró un gol cantado y el balón pidió el cambio.
  • Tokers Beckham está convalenciente de la fractura de la falange inferior del dedo meñique del pie izquierdo, tras hacer Dios sabe qué en un partido de futbito jugado este último domingo. Probablemente le estaría quitando el polvo a los pantalones del rival, o bien ajustando el poste de la portería a patadas o le pisó una madrileña con acento inglés y zapatos de tacón de aguja, como a él le gustan. Tiene para quince días.
  • Marga McEnroe tampoco lo ve nada claro desde que el martes recibiera un pelotazo en el ojo (¿por qué atraen tanto los ojos a las pelotas?) con la última pelota dispensada por el cañón automático de una pista de tenis. No la vio venir… ni después irse. Ni nosotros hasta la semana que viene. Snif.

Tres ejemplos de cómo el deporte es beneficioso para la salud, pues te permite quedar en casa reposando, duermes más, vives con menos estrés y disfrutas de tus libr… programas de televisión favoritos.

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Le vi llegar a través del cristal del bar que el vaho no había logrado cubrir. Afuera estaba a punto de caer la tormenta del siglo pero el cielo, cargado de cojinetes de un añil violento, aún dudaba si inundar las calles de Orloffen. Llegaba sin paraguas, con la cabeza al descubierto; una bufanda verde oscuro le protegía la garganta y traía el cuello del abrigo levantado hacia arriba. Levantaba el cuello del abrigo y de las camisas desde que, en marzo del 94, visitó a unos amigos de Toulouse. Era la moda en Francia. “Como Cantoná”, explicaba refiriéndose al estilo de su jugador de fútbol preferido. La frente, arrugada de apretar las cejas para combatir el frío. Los surcos de su frente. Me hizo gracia. Caí en la cuenta de que el tiempo había pasado en un visto y no visto desde aquellos primeros años universitarios en Manglerud, de cafés, borracheras y sonidos estridentes con las guitarras. Soplaba un viento incómodo y racheado, que ululaba golpeando la puerta del bar. Magne Entró.

Esto – me dijo mientras se sentaba, entregándome un paquete. – Y un café caliente sin azúcar. Ahora vuelvo.

Se levantó como un resorte y marchó al mostrador.

Me quedé mirando el paquete sobre la mesa. Del tamaño de una cuartilla y poco grosor, era un rectángulo casi perfecto de no ser por el dobladillo del papel que lo envolvía, puesto con prisas y escasa habilidad. Especulé como me gusta especular con los envoltorios: debía ser un libro. ¿Pero de qué? Demasiado delgado para una novela, demasiado estúpido para ser de recetas de cocina. No, a Magne no le daba por la cocina. Lo dejó tras aquel incidente en Pfiatel, cuando se empeñó en preparar un postre la víspera del concierto. Se presentó en el trailer con una jugosa tarta de arándanos y frambuesa, de bizcochos y leche cortada, que provocó gastroenteritis a sus compañeros y la consecuente suspensión de la movida. Mal negocio, bronca del manager y resentimiento con los fogones. ¿De qué sería el libro? Si es que era un libro lo que se ocultaba dentro del colorido papel de regalo… No era propio de su discreción, casi timidez, un papel tan llamativo. Le miré un tanto desconcertado. Estaba hablando por el móvil mientras bebía su café sin azúcar. Me vio y levantó las cejas. No esperaba esa llamada. “Qué inoportunos”, pensé, “Con el poco tiempo que va a estar aquí, encima le entretienen. Y me tiene que decir qué carajo es esto”.

Me atreví a palpar el envoltorio, presionando suavemente con los dedos. ¿Y si fueran fotos? Fotos firmadas para regalar, era una buena alternativa. ¡Cuántas fotos habría firmado! Una vez me dijo lo poco que reconocía su firma: “Las letras parecen olas de la rapidez que me doy para firmar autógrafos”. No le importaba demasiado la caligrafía perdida, “mientras las canciones se puedan escuchar”. Garabateaba constantemente. Servilletas, manteles, hojas de papel sucio… Incluso en el papel higiénico llegó a escribir una poesía que no se atrevió a convertir en canción.

Podrían ser fotos o podría ser un libro. O una caja de pañuelos. Le di un sorbo a la infusión de rooibos. Seguía ardiendo. El bar respiraba demasiada tranquilidad para el número de clientes que lo llenaban. Se escuchaba música chill-out sonando de fondo, a bajo volumen, y alguna que otra carcajada. Por fin Magne regresó a la mesa.

Perdona la llamada: una amiga. ¿Qué tal estás? ¿Todo bien por París? ¿Sigue habiendo esa marcha por las noches en el barrio Latino?

Todo bien. No sé lo del barrio Latino, la verdad es que me decepcionó un poco, pero no iba de marcha, ya sabes.

Me di cuenta de que no se había traído el café con él. Lo había terminado de pie mientras hablaba por teléfono. Me hizo sospechar que llevaba más prisa de lo esperado.

Conocí a tu fan número uno. Como te dije por correo, una chica encantadora. No sabía que éramos amigos y no le dije nada, para ver dónde llegaba su locura por ti. Y llega hasta el salón de tu casa… Por eso te he pedido alguna cosa personal que poder regalarle de tu parte. Por eso y porque es compatriota mía, carajo. Es este paquete, ¿verdad? – le pregunté señalando el bulto.

Asintió sonriendo.

¿Y qué es, si puede saberse? – le inquirí.

No te lo voy a decir, mensajero. Porque tú no le dijiste que me conocías y ahora te quieres anotar un tanto; que sea ella quien lo abra y se sorprenda… – respondió mirando hacia la ventana – Oye, siento dejarte tirado pero me tengo que ir antes de que llueva.. No quiero acabar empapado. Voy a recoger el sintetizador y están a punto de cerrar. Te llamo esta semana, vale.

Se levantó y cruzó el bar.

¡Eh! ¡Ni se te ocurra abrirlo! – me gritó desde la puerta.

Lo del sintetizador debía ser una excusa: sólo eran las once de la mañana. Estaba como al principio, la música chill-out sonando de fondo, la infusión ardiendo, el cristal cubierto de vaho… Mis ojos volvieron sobre los coloridos dibujos del paquete que Magne me había dado.

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