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Archive for 26 septiembre 2006

Si algo me ha sorprendido en esta seguna visita a París han sido los cementerios. Están abiertos al público, son espacios aislados del ruido urbano, donde reina “el descanso en paz” y armonía con los árboles y el grito silencioso de las lápidas, exigiendo el recuerdo de quienes ya no están de pie. Soy amigo de estos parajes, qué duda cabe.

Más aún si el cementerio ofrece un paseo de admiración arquitectónica, un plano con la ubicación de las tumbas de personajes ilustres y las almas yacentes han sido suficientemente creativas con sus mortajas, convirtiendo la típica tabla de piedra en un mausoleo gótico, en una escultura o, incluso, en un simpático adiós pétreo.

Aquí algunos ejemplos de lo que más me ha impresionado encontrar en los camposantos de Montmatre y Pere Lachaise (perdonen los afrancesados mi carencia de acentos, para volar no necesito idiomas):

 

panorámica

Panorámica del patio de vecinos

 xlápida de Jim Morrisonxx

¿Qué hace la gente frente a la lápida de Jim Morrison?

¿Rezar una oración por su alma?

Oriental sencilla

Lápida humilde de una oriental

Oriental fastuosa

Lápida fastuosa de un oriental

 matrimonio judo-cristiano

Lápida de un matrimonio entre judío y cristiana

judos deportados

 Lápida de una familia judía,

deportada y asesinada por los nazis

árabe

Lápida de un árabe

egipcia

 Mausoleo egipcio

(no supe si el estado ruinoso del mismo era por abandono o por consonancia con el país de origen)

Oscar Wilde

 Mausoleo de Oscar Wilde

(se evidencia la espontánea decoración a base de besos con Margaret Astor y frases del estilo “Gracias por todo” o “Eres mi héroe“. Abajo, una placa advierte de que se trata de un monumento histórico y de que no se debe ensuciar)

Mausoleo rosa

Un mausoleo im-prezioante en piedra rosa y formas redondas

(el muerto salió a saludar, como bien se aprecia)

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París, el regreso

A partir del sábado 10 y hasta el martes 19, este morciguillo va a volar de nuevo sobre ese nido de cigüeñas llamado París.

 

Digo “de nuevo” porque ya paseé mi palmito por aquellas tierras, en las que me sentía de lo más perdido dado mi desconocimiento del idioma. Mis recuerdos de la aventura, un viaje de fin de curso con el instituto, son escasos pero valiosos.

 

En la habitación de al lado del albergue donde nos alojamos dormía la chica que más me gustaba de clase, pero esa pared de apenas diez centímetros de grosor era una distancia insalvable. Con el tiempo, paraece que se ha ensanchado.

 

Visitamos la Torre Eiffel, el Louvre, Notre-Dame, donde no me querían dejar pasar porque decían que no me parecía al de la foto de mi dni, el palacio de Versalles… Precisamente en éste último, los más atrevidos de mis compañeros pidieron a una preciosa y altísima modelo de pelo amarillo que posara con ellos para una foto de recuerdo. No lograron el beso ni el teléfono, pero salieron satisfechos.

 

En un museo de no recuerdo qué chorradas pude poner en práctica todos mis conocimientos de inglés hablado, para rescatar a Susana del lascivo acoso de dos belgas, bastante pasados de edad. Creo que yo quedé más contento por el “rescate” que ella.

 

Como tampoco quedó contenta Aranchi. Una de las pocas veces que mi memoria visual ha fallado le fue a tocar a la pobre mujer. Tras el diario regreso de las excursiones, en el albergue hacíamos planes para la noche. Un día, los más animados iban a acudir a una discoteca. La vuelta sería a la mañana siguiente, pues el albergue cerraba sus puertas por la noche. Muchas chicas estaban deseando salir de marcha y se arreglaron con todo detalle, pero unas fueron más rápidas que otras y se formaron dos grupos: las rápidas saldrían antes y acompañadas de quien sabía el camino hacia la discoteca. Las lentas se las tendrían que apañar o buscar otra alternativa de ocio. Aranchi deseaba baile y no dudó en dejar el maquillaje para otro momento con tal de ir con el primer grupo. “No te preocupes, yo recuerdo el camino. Podemos ir más tarde“, la dije. Se quedó para arreglarse con tranquilidad. Cuando me tocó dirigir las operaciones, todas las calles parecían iguales. “Recordaba un café como ése… o era aquél… pero esta calle no me suena…“. No llegamos ni a la boca de metro. Se hacía de noche. Acabamos en un burguer. Aún me acuerdo la desiluión dibujada en la cara de Aranchi cuando la pregunté “¿La quieres con queso?“. Cosas que pasan. Al menos, volví a practicar inglés.

 

Hasta entonces nunca había visto un grupo de música, con sus flautas y sus micrófonos, actuar en plena calle y vender sus cintas. Eran Atahualpa Yupanqui y su música andina me cautivó un largo rato. 40 francos me costó una cinta de penoso sonido.

 

Los viajes, las personas, los inicios, suelen quedar asociados a una canción. Aquel viaje a París me vuelve a la memoria cada vez que escucho la balada “Winds of change” de Scorpions. Hubiera sido impactante haberme enamorado en ese nido de cigüeñas, pero mi intuición carecía de luces largas. Pese a que me gustaba la chica de la habitación de al lado, por entonces me inclinaba más por otra monada, posiblemente la más atractiva del instituto. La única vez que hablamos tuvimos una conversación sincera. Ella se me acercó de buenas a primeras y me pidió que la explicara cómo funcionaba la Bolsa; yo le solté un rollo sin saber a ciencia cierta lo que estaba diciendo, sólo pretendía retenerla a mi lado. Acabamos hablando de idiomas: mientras ella defendía que el francés era una lengua muy romántica yo abogaba por el inglés como lengua más práctica y fácil de aprender. Evidentemente, yo era un imbécil más pendiente de soltarme con el idioma que de flirtear con las chicas que me gustaban.

 

Pero el recuerdo más sorprendente de todos me lleva a Ángel. Ángel fue el padre de unos vecinos míos en el pueblo. De pequeños nos llevábamos muy bien, a pesar de las bromas pesadas que me gastaban, del estilo “¡Javi! Saca el hacha que ya le tengo agarrado“. A Ángel, un hombre correcto a mis ojos, se le murió la mujer de cáncer. Los hijos se hicieron mayores y encontraron sus trabajos. Se quedó sólo o, más bien, acompañado de una cabeza traicionera. Para mí fue una auténtica sorpresa encontrármelo en el mismo albergue donde estábamos alojados, justo al abrirse la puerta del ascensor. “Estoy por aquí, resolviendo unas cuestiones…“, “Dale recuerdos a Nacho“. El diálogo no dio para más. A poco de volver de París me llegó la noticia de que Ángel se había suicidado. ¡Qué extraña y sorprendente es la vida!

 

Las expectativas que llevo para esta nueva visita a la capital francesa son sencillas: que Arancha se lo pase mejor que nunca y conocer a María on Sea , webcina de Blog-City, que se ha trasladado a MySpace, quien me podrá dar una perspectiva nueva de París, de A-Ha, de los diseños de moda y de lo que se la ocurra.

 

Allons enfants de la patrie…

 

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El gesto

Me acerqué a preguntarle una duda que me bailaba el cráneo. En ese momento, ella estaba sacando monedas de su cartera para irse a tomar un café.

Para ti – me dijo, dándome una pieza de cinco céntimos de Luxemburgo.

¿No las coleccionas? – le pregunté, con la intención de devolvérsela, por si se hubiera equivocado y prefiriera darme una más común.

No.

Pues para la FISC – me dije en voz baja.

¿Cómo? ¿la qué…? 

La FISC, la ongd para la que os vendo lotería en Navidad. Es que yo voy guardando en una hucha estas monedas de 1, 2 y 5 céntimos, las que caen en las vueltas de la compra. Al final del año, las sacaré, haré paquetes e iré al banco para ingresarlas en la cuenta corriente de la ongd. una forma casera de colaborar en la financiación de sus proyectos en Tercer Mundo.

Espera – me dijo. Abrió la balda superior de su cajonera, extrajo un vaso de plástico y me lo dio – Para la FISC también.

Miré el vaso. Contenía un pequeño número de monedas de color cobre de 1, 2 y 5 céntimos.

No es la cantidad lo que importa, sino el gesto espontáneo y sincero. MUCHAS GRACIAS, MARGA.

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