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Archive for 21 agosto 2006

Tienes un email

En verano de 2006, Vanesa Giménez Nalón era una funcionaria más de la Consejería de Deportes. A sus 44 años, llegaba al trabajo con puntualidad y ojeras disimuladas por una base de maquillaje; despachaba los asuntos pendientes del día anterior en silencio hasta la hora del café; salía con sus compañeras al bar Tamayo, donde le esperaba un cortado con sacarina, y, como sus amigas, no dudaba en alargar el tiempo de recreo para descuartizar los rumores sobre infidelidades dentro de la Consejería de Presidencia; eficiente aunque algo despreocupada, era dialogante y sabía escuchar, cualidades que la conferían un halo de respeto pese a sus constantes quejas por el aburrimiento de la rutina. Pasaba las jornadas con melancolía contenida, impuesta por su condición de soltera; sólo las amistades más cercanas de la Consejería de Deportes eran cómplices de ese sentimiento agridulce. No sospechaba que se convertiría en el hazmerreír de la oficina con la llegada de septiembre.

Fernando de Pablos Rodríguez, ingeniero informático, había estudiado relativamente poco durante dos años para ver su sueño cumplido: obtener una plaza en la Administración Pública. El examen definitivo de la oposición, realizado en junio de 2006, fue mejor de lo esperado. Sus compañeros de estudios habían quedado perplejos por cómo lo había logrado. Suerte o enchufe, no podía ser otra cosa. “Habéis perdido el tiempo estudiando cada párrafo de esas materias. Deberíais haberos centrado en lo esencial, como he hecho yo. Lo esencial es lo que importa“, confesaba con ese típico aire de suficiencia de los ingenieros. A Fernando de Pablos le fue asignada la plaza de Co-administrador de Sistemas en el Departamento Informático de la Consejería de Deportes. En septiembre se incorporó, con nervios pero decidido, y en seguida le llegó su primera tarea. “Tenemos que sustituir las direcciones de correo electrónico de todos los empleados, que prácticamente son numéricas, por otras más fáciles de memorizar. Piensa una regla para los correos, las iniciales de los nombres o algo así, e implántalo para el viernes que viene, si es posible“. “Hay que empezar con buen pie“, se dijo Fernando. El lunes de la semana siguiente ya estaban las nuevas direcciones de correo creadas y funcionando. “He hecho lo siguiente“, comentó el informático a su jefe, “En lugar de tomar las iniciales he tomado la primera sílaba del nombre y de cada apellido, pues era más improbable que se repitieran. Los casos repetidos les he añadido un letra más. Lo esencial es lo que importa. Voy a mandar un email a los empleados para informarles y que empiecen a usar sus nuevas cuentas de correo“.

No tardó la pólvora en prender. En menos de dos días, Vanesa Giménez Nalón empezó a recibir una cantidad de correos electrónicos superior a lo habitual y procedentes de compañeros con los que no tenía el menor trato. La mayoría eran obscenos, cargados de proposiciones que a Vanesa la hacían enrojecer ante su ordenador, solicitaban citas con sorna, buscaban servicios inconfesables; todo cargado de ironías sexuales que no sorprendieron a la funcionaria; una pequeña parte de los correos, la de sus amigas íntimas, eran de sorpresa y protesta. “¿Por qué no hablas con el administrador del sistema y le pides que te cambie tu cuenta de correo?“. Pero Vanesa lo veía de otra forma. “Quizá más adelante. ¿Te has fijado cuántos capullos me quieren conocer ahora, cuántos sementales de sonrisa infantil me saludan por el pasillo…? ¿Cómo puedo aprovechar esta situación? Es posible que, pese a todo, alguno merezca la pena. Los hombres seguirán teniendo los mismos instintos a pesar de su educación, ¿no creéis?“.

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Yo no sé qué tonterías sobre la Naturaleza les enseñan a los niños en el colegio. ¡Qué presiones atmosféricas, qué corrientes marinas, qué núcleo incandescente, qué calentamiento solar, qué tectónica de placas ni qué liebre despellejada! ¿Por qué los engañan de esta manera y les ocultan la verdad?

La verdad es…

…que el viento no sopla: son los árboles los que lo mueven. Al agitar sus ramas como el bastón de un ciego golpeando la calle, al girar sus hojas como pañuelos en la despedida, incluso al inclinar el tronco, no sin esfuerzo, cuando aún son jóvenes y flexibles, asi desplazan el aire, lo sujetan, se impulsan y lo arrojan con fuerza invisible o suavidad escuchada por oído humano. Y no sólo sus hojas bailan para mecer el viento que se enreda y arropa en las copas, también los pájaros con sus vuelos lo mantienen en movimiento batiendo las alas y empujándolo aún más lejos.

Algo parecido le ocurre al mar, que se enturbia, se calma, se encrespa, descansa, se levanta por encima del horizonte, sube por la pared del acantilado o desciende al pie de la playa en virtud de lo que los peces hagan con él. Nadan, se persiguen, juegan entre ellos, se acompañan en grandes bancadas, saltan sobre su superficie y vuelven a caer para que el mar no repose; cada día, cada noche, en cada puerto y cada lejanía, los peces lo mantienen vivo. Y los barcos que lo cortan, lo aplastan y lo siembran de redes de arrastre lo están moviendo de arriba a abajo.

¿Y qué decir de la tierra? Queda patente que son nuestros pies en su azaroso caminar los que impulsan el globo dirección este, siempre hacia la salida del sol. Y los caballos al trote, y los perros en su paseo matutino, y las culebras al volver a la madriguera, y los millones de hormigas en su cosquilleo perverso.

Es tan evidente, ¡tan evidente…!

 

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Ya hemos vuelto de nuestras vacaciones.

Hemos ido a pillar la peor semana de Agosto, la más lluviosa. No ha salido el sol en cinco días. Sólo se ha asomado en dos, el primero y el último. Precisamente, cuando teníamos que viajar. Tostados al principio, mojados en el camping y tostados al final.

A pesar de ello, ha merecido la pena. Recorrimos las Rías Baixas, desde Valença, en Portugal, hasta San Xenxo. Unas recomendaciones:

1. Valença tiene una visita, una fortaleza y un casco viejo convertido en “paseo comercial” para comprar toallas y paños. Yo tuve que agenciarme un chubasquero…

2. Tuy también merece la pena. Los órganos de la catedral son inmensos, el casco viejo son callejuelas de piedra y la zona de marcha, tiene mirador y jardines bonitos.

3. En Bayona se pueden visitar (al precio de 1 euro) las murallas del parador de turismo. Vale la pena.

4. Cangas del Morrazo tiene mucho tráfico. Nos faltó conocer el crucero de Hio y la playa nudista de… lo buscáis.

5. Pontevedra es preciosa. Su casco antiguo es piedra pura y tiene bastantes soportales.

6. La hospedería de San Juan de Poyo es un sitio tranquilo y limpio para pasar unas noches. Precios asequibles. Comida a 7 euros. El monasterio que está al lado es de visita obligada. Detrás tiene el hórreo más grande de Galicia (ancho x largo). Sobre la puerta principal de la iglesia se encuentra, supongo, San Juan, con problemas de incontinencia, al parecer.

San Juan de Poio

7. Combarro es un pueblecito con un pequeño casco antiguo de fantasía. Casas de pescadores, pasillos de piedra, royos con altar y una fuente con una tortuga de grifo. El orujo está a 5 euros la botella de 75 cl.

Plaza del casco antigua de Combarro

9. En Samieira se encuentra la ruta de los molinos. Pudimos entrar en uno que aún funcionaba y el molinero nos enseñó el engranaje. El sendero de los molinos es ma-ra-vi-llo-sí-sí-sí… como diría el padre de Julio Iglesias. Luego se pueden hacer excursiones por la montaña, entre eucaliptos. Eso sí, está fatalmente indicado.

Ruta de los molinos

10. La playa de La Lanzada tiene las olas que les faltan al resto. Y mucha sal.

11. Portonovo y San Xenxo están comunicados por un paseo marítimo con bares. Buen sitio para quedar por la noche.

12. La Toja es un lugar “pijo”. Hoteles con balneario, campo de golf, Beach Club, paddel, tenis y chalets para el bolsillo de Julio Iglesias y su padre.

Dar las gracias a Tere y Agus por enseñarnos Baiona, Nigrán, una parte de Vigo, su piso y su trastero.  Así como a Míchel y Teté por su hospitalidad y su marmitaco de atún. ¡A ver si te recuperas ese hombro, Míchel!

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Lugo: la Mariña

De nuestra semana por Galicia, antes de que los desalmados encendieran sus mecheros con el fin de arrasar el bosque de la costa atlántica, tengo gratos recuerdos.

Aparcamos la tienda de campaña en el primer camping que encontramos junto a la costa de Lugo, a la altura de Foz. Ni siquiera era el camping previsto pero, con tanta carretera secundaria y tan poca señal orientadora, no quisimos pensarlo demasiado. “Gaivota” se llama el camping y queda sobre el acantilado frente al mar. Su publicidad exhibe reconocimientos a nivel europeo y parecen funcionar, pues la mayor parte de las pocas personas que había durante la semana no eran españoles. Lo atienden una mujer gallega tímida y muy sonriente, y un hombre corpulento y manco de ambos brazos, pero capaz de sujetar un bolígrafo entre el cúbito y el radio.

Salir del camping, cruzar la carretera y bajar por unas escaleras a la cala de arena fina y permanente bandera amarilla (a poco que el viento sople) es todo cuanto hay que hacer para darse un chapuzón en un agua fresca y con resaca poderosa. La bandera roja ya ofrece olas de tres metros y los socorristas sólo permiten el paso a los surferos. Cuando baja la marea, la cala se une a playas más extensas y puedes dar un paseo. Al final del mismo, en sentido Ribadeo, subiendo la escalera se encuentra un club de alterne de dos plantas añil vistoso. Cada cual busca sus vacaciones.

A pesar del sirimiri constante (llovió cuatro de los siete días) el agua no es tan molesta como para quedarse en casa y pudimos hacernos a la idea de la Mariña lucense.

A pocos kilómetros, los montes están cubiertos de eucaliptos delgados y frondosos, iguales a los que se están quemando por estas fechas en las Rías Bajas y Altas. Entre el mar y los montes se extiende la Mariña. Es una mezcla de carreteras de segundo orden, parcelas verdes, chalets de vivos colores y pueblos salteados. La carretera nacional corta San Cosme de Barreiros, San Miguel de Reinante, Santiago de Reinante, Chavela… y alcanza Ribadeo para seguir por Asturias. La carretera de la costa es una culebra que serpentea según le dicte el relieve costeño. Un infierno cuando llega el fin de semana y la gente acude a las playas en coche. Entre ambas, la vía del tren forma retícula con las carreteras locales en las que es mejor no cruzarse con nadie dada su estrechez. Forman un paisaje extraño. Todo es verde y parcelado en tamaños desiguales, con casas o chalets de distintos estilos y edades, ahí un bosque, allí un rebaño de vacas, allá ua obra, aquí un prado… Me recordó la imagen que me hacía de los paisajes donde Los Cinco, serie de relatos juveniles de Enid Blyton, pasaban sus vacaciones y aventuras. Y la costa como suma de acantilados y calas de arena blanca.

Anotaciones sobre lo visto:

* Foz es un pueblo grande y turístico. En el puerto ponen mercadillo los martes y se pueden comprar ricas empanadas gallegas. Una playa tranquila, adecuada para que la tercera edad tome el sol, un espigón larguísimo y un paseo empedrado recorriendo la línea de mar desde el que se pueden observar las gaviotas que habitan en un peñón próximo. Se recomienda la ración de pulpo en el restaurante El Carro, frente a la playa, y un cucurucho de dos bolas en un bar esquinero a cien metros del restaurante. Un restaurante en el que no entramos: Tangarte.

playa de Las Catedrales

* Las playas de la Mariña. Merecen la pena, sobre todo en marea baja. Se encuentran todas a pie del acantilado, tienen bandera azul, esto es, incluyen socorristas, duchas y primeros auxilios. En cualquiera de ellas el mar arrastra con cierta fuerza y, si hay olas, la tarde o la mañana se hacen muy divertidas. Es obligatoria la visita a la playa de Las Catedrales, cuyo nombre debe recogerlo de las formas que la erosión ha dejado en los acantilados: túneles, oquedades y hasta “contrafuertes de una iglesia” alfombrados por la arena en marea baja.

* Rinlo. Lo recomendaron en el camping pero no le vimos más que una iglesia de estilo anglosajón y un rincón junto a una fuente. Chocante que levanten el hórreo de dos aguas sobre la puerta del patio en alguna casa.

Comentario de Cosme: Antaño la gente del pueblo se dedicaba por el verano a la mar,por el invierno la cosa cambiaba ya que las embarcaciones eran pequñas,el puerto tiene mala entrada y esta en mar abierto,entonces la tierra y el ganado era su medio de vida. Por ese motivo las casas tenian dos alturas. En la planta de abajo estaban la cocina y las cuadras,y en la da arriba las habitaciones. Y si.Estaban encaladas,antes con barro y actualmente con cemento,para proteger la piedra de los temporales. En la entrada del pueblo hay una docena de casas nuevas,que no chalets.El 90% de las casas tienen mas de un siglo,incluso algunas mas de cinco.

* Ribadeo. Algo más que un pueblo grande. Semáforos, supermercados y la vista de la ría del Eo desde el puerto. Se divisa Castropol como un bello cuadro marítimo (y unos astilleros que ahora no recuerdo).

* Castropol (Asturias). Pequeño puebo de la ría del Eo pero bonito y vetusto. Se aposenta sobre una colina y las calles son largas. Parque con ermita y estupendas vistas de la ría.

* Viavélez (Asturias). El puerto fluvial aprovecha los meandros del río para proteger las barcas. Del puerto sale una ruta de senderismo de gran recorrido. Merece la pena.

playa dela porc�a (Asturias)

* La porcía (Asturias). Un calita tranquila, apartada y llena de rocas bajo unos acantilados ferruginosos. Al lado hay una piscifactoría y una marisma donde las gaviotas pasan la mañana comiendo. Se pueden ver cangrejos con marea baja. El paisaje se descubre desde un mirador. Algún conato de “catedral” en el acantilado, peñón pajarero y algas marrones a unos metros de la playa. Para mí tuvo su encanto: baño en el mar, observación de marisco vivo, entorno “encantado”… Guarda un naufragio: el Valkemburg se hundió cargado de hierro en el siglo XX.

* Mondoñedo. Aunque las casas acaban repitiéndose, merece un paseo. La Fuente Vella es una fuente con un minúsculo anfiteatro alrededor. La catedral tiene un par de órganos tan inmensos y cercanos que, si uno de ellos sonara, el otro se destartalaría y caería al suelo hecho pedazos, además de conservar unos frescos antiguos. El barrio de Los Molinos es una pieza de museo en la que se ha parado el tiempo. Tiene un bar cuyas tapas son famosas por cantidad o tamaño. Nos queda pendiente.

Tirimundi. museo de los molinos. molino brasileño

* Taramundi (Asturias). La carretera de acceso desde Galicia está en obras y es una venganza, pero merece la pena cruzarla. De aquí parten unas rutas a pie o en coche, entre montañas y robledales, que recorren la historia industrial del agua y artesana de la zona. Especial mención al museo de los molinos de Taramundi. Se represa un río truchero para canalizar el agua hacia el museo y hacer funcionar varios molinos de todas las épocas históricas con los que uno mismo puede moler, bien a mano o abriendo el caudal. También incluye molinos de Brasil, India, China y una pequeña central eléctrica que en tiempos abasteció a la comarca.

Sí, la semana de vacaciones por Galicia siempre me impacta con algo.

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Tras matar al dragón en dura pugna y casi perder la vida, el Príncipe Azul se dirigió a la Torre donde la Princesa estaba secuestrada. La Torre era tan alta como el vuelo de los patos en otoño y no tenía puerta alguna.

¡Princesa! -gritó el Príncipe- ¡Tira las trenzas por la ventana y yo escalaré hasta ti!

La Princesa se asomó a la única ventana de la Torre y el sol se reflejó en sus cabellos dorados. Recogió sus larguísimas trenzas en sus manos y dijo al Príncipe:

¡Eh! ¿Acaso no has manejado con destreza esa espada de acero para matar al dragón y te has refugiado del fuego de sus fauces tras ese pesado escudo? ¿No puedes buscar una escalera de mano o es que te has quedado manco? Además, ¿qué infiernos íbamos a hacer los dos aquí arriba?… Ya. No me digas más. Si es que todos sois iguales: por un revolcón hacéis lo que sea. Mira, te vas al Carrefour y compras una escala de 30 metros. De las de nylon no, que son muy flojas. Échale un vistazo a la publicidad, no sea que tengan alguna oferta. ¡Ah! Y de paso me traes embutido de Salamanca y una lechuga iceberg… mejor, romana, que me gustan más para ensalada. Y unos tomates terciados. ¿Me estás escuchando? Bajo la segunda piedra tienes un monedero con unos maravedíes. Si te llega, me traes champú de palma, que quiero lavarme la cabeza cuando me corte estas horribles trenzas. Ni-se-te-o-cu-rra traerme un espejo, no me quiero ni ver. Y trae jabón de lagarto, a ver si te puedo lavar esa armadura ¡Hay que ver lo que te ensucias cuando te vas al bosque a matar dragones con tus amigos! No te olvides de preguntar si les quedan alfombras, que necesito una para el tocador. Se me quedan los pies fríos cuando me peino. ¿Sabes? Después de un año encerrada aquí arriba me he empezado a encariñar de la Torre. Las vistas son estupendas y no nos alcanzan los piojos de la plebe. Vale, ya está decidido. Mañana veremos cómo traer los muebles de palacio. Ahora marcha, que te van a cerrar. Ay, qué Príncipe más cenutrio me ha tocado…

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La semana pasada enterramos al tío Félix. Fue un “hasta luego”, como suelen ser estos adioses realistas y cristianos. Eutiquio, su cuñado, ofició la despedida realizando un esfuerzo por contener las lágrimas. “Me decía alguien en el tanatorio que los curas estamos hechos de otra pasta. Yo creo que no; que estamos hechos de la misma pasta que el resto de los mortales. Así que me váis a perdonar si me emociono en algún momento…”, comenzó diciendo a los presentes. Nos recordó que el tío Félix, cuyo cuerpecillo semejaba el de un adolescente de catorce años aunque cargado de arrugas y apoyado en un bastón, vivió “una vida con sentido”, no una vida cualquiera.

Vida sólo hay una. Son las formas de pasar por ella lo que la configuran. Están la vida centrada y la descentrada. La primera camina hacia un punto concreto del horizonte, sabiendo en dónde centrar las fuerzas y buscando referencias que le permitan mantener el rumbo hacia su destino. Su destino puede cambiar, pero la forma de perseguir nuevas metas sigue siendo la misma. La segunda no ha determinado aún sus objetivos, revolotea de flor en flor como abeja indecisa, camina en círculos muchas veces y deja que el tiempo pase. Está la vida centrada en el deseo, que busca dar satisfacción inmediata a los impulsos naturales -hambre, sed, sexo, agresividad, descanso, seguridad, afectividad…- y tiende al egoísmo. Está la vida que busca construir, mejorando las condiciones propias y de los que la rodean. Está la vida que se niega, encerrada entre miedos e inseguridades; la vida que se disfruta a pesar de las circunstancias; la vida compartida, la que se llena de relaciones…

La de mi tío era una vida en la sombra, escondida, de las que no se notan a simple vista, como apartada en un callejón de contenedores verdes o sentada en el sillón de una sala desbordada por la ropa, los papeles publicitarios y los adornos de resina. Desde su asiento partía el pan sobre un tazón blanco de colacao y se quejaba de cualquier cosa. Un caniche feroz, de pura raza, paulatinamente reducido al ostracismo por los años y un chasis endeble. “¿Has oído el telediario, Jaimen?”, me decía llamándome por el nombre de mi hermano, “El Gobierno quieren que paguemos cada vez más, ¡con la pensión que nos dan!”. Luego te das cuenta, abrazando a su viuda, mi tía, cómo la aparente insignificancia de su presencia menuda ha dejado un hueco inmenso, imposible de llenar por nadie, de años de brega sacando adelante una familia de cuatro retoños, algunos más imposibilitados que él, de años de compañía en las duras y en las maduras, siendo aquéllas las más habituales para un único sueldo y las que perfilan una vida profunda, manteniendo la esperanza y el consuelo ante el filo de las dificultades económicas, junto a las comunidades de Fe y Luz, o de Vida Ascendente, de donde él recibió acogida y mi tía respaldo en estos momentos. Una vida vivida con sentido, desde su sillón partiendo migas de pan, pero llenando el tazón blanco de su mujer y de sus hijos.

Llevaba años sin verle. Cuando me enteré de que se encontraba en el hospital ya llevaba una semana convaleciente. Fui dos veces y las dos llegó a  despertarse y reconocerme. Le di de cenar un viernes. “¿Qué tal está el puré, tío?”. “Bueno. Aquí lo hacen bien”. Le encantaban. El miércoles siguiente, después de comer, decidió que ya eran suficientes.

Un abrazo, tío Félix.

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Consejos del trepa

Hay dos palabras que te abrirán todas las puertas:

TIRAR

y

EMPUJAR

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