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Archive for 10 julio 2006

Palabras

Tomaso Peluccino se encevicó tanto en robar las manzanas que su patrón reservaba para el almuerzo que, el mismo día en que fue descubierto, entre éste y dos carabineros llegados de Messina lo estozolaron contra una vagoneta de hierro forjado. Por la tarde lo entoñaban en su pueblo entre el desgarro de su mujer y el llanto de su padre. Tomaso estaba haciendo chamba con el diablillo que guarda la puerta del Infierno para los justos cuando su corazón de minero despertó de la paliza recibida y comenzó a bombear sangre hacia la garganta. Gritó, pero el camposanto ya estaba vacío.

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En mi opinión, si un árabe puede hacer eso con un coche Mercedes, un europeo puede hacer lo mismo con un camello. Pero el movimiento se demuestra andando:

Juan Francisco Goyanes, más conocido como “el Arquitecto”, es un vecino de Pajarillos, mi barrio, tiene veinticuatro años, abundante pelo oscuro engominado por las sienes y muchos clientes a los que distribuir papelas sin que los maderos se enteren. “¡Y que no se enteren que te la juegas!“, me advirtió la última vez que me permitió acompañarle.

Yo tenía que ir al otro extremo de la ciudad y él, que me conoce, hizo un amago de atropellarme cuando cruzaba por el paso de cebra enfrente de casa. “¡Ande vas, dormío!“, me gritó. “Si quieres t’acerco, pero no me des malavía“. Decidí subir, probar la experiencia de montar en un cochazo rojo, con los bajos salpicados de barro y conducido por Goyanes.
– ¿Desde cuándo tienes tú un Mercedes? -le inquirí.
– Desde ayer -me respondió sonriendo sin mirarme.
– Pero no te lo has comprado…

Entonces me miró a la cara con aire de soltar un “¿tú eres tonto?” a bocajarro. Pero no lo hizo, Goyanes es más sutil.
– ¿Tú sabes por qué me llaman a mí “el Arquitecto”, chaval?
– …

– Porq’hago más puentes quel alcalde, pringao.

Y con estas partimos hacia el barrio de Girón, un europeo (yo) montado en un Mercedes rojo salpicado de barro y conducido por un camello de Pajarillos (Goyanes).

Fuimos por la circunvalación, evitando cruzar el centro de la ciudad, donde más presencia policial podríamos encontrar. No nos sirvió de mucho. Antes de salida de la autovía, una sirena lejana empezó a sonar a nuestra espalda.

Es que’stos coches los denuncian enseguía cuando los pierden, joder… -dijo en el momento de acelerar a fondo.

Y fue entonces cuando descubrí, justo antes de echar la primera vomitona sobre los pantalones, cómo también aquí gozamos de la misma facilidad para controlar el vehículo mediante una conducción agresiva bajo la presión de las situaciones difíciles que te pone la vida.

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