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Archive for 30 junio 2006

Un futuro menos

Tendría ocho años (aún no me había cortado el dedo anular de la mano izquierda) cuando una acción egoísta me apartó en cuatro segundos de un prometedor futuro.

En casa usábamos el tambor de detergente, esa caja de cartón cilíndrica y llena de dibujos blancos y rojos, que parecía no vaciarse nunca. Había que estar atento al nivel del polvo azulado para solicitarla antes de que, ya acabada, mi padre la echara a la lumbre o la reusara para guardar aperos y trapos. Un día acerté a quedarme con la tapa superior del último tambor. Era un perfecto volante de cartón que me inspiró a hacer una careta de disfraces.

Era fácil. Pinturas, dibujar unos ojos, una nariz y una boca sonriente. Luego, marcar los puntos donde debían ir los agujeros para sujetar la goma. Me faltaba encontrar unas tijeras y traspasarla. Eso lo harían al día siguiente mis padres, con mejor mano. Hasta entonces, debía esconderla. La gran casa molinera me ofrecía muchos escondrijos. Elegí el fatídico: una piedra pesebrera. Era una mole rectangular, de un metro de altura, de granito y con la concavidad donde echaban el forraje al ganado perfectamente pulida. Estaba en el corral, apoyada en vertical sobre la pared. Quise esconder la careta entre ambas y, al apartarla hacia mí con las manos, venció. No pude sujetarla: cayó sobre mis piernas y me dejó atrapado en el suelo del corral.

Durante el tiempo trancurrido entre el accidente y la llegada de mi madre, pensé varias veces que iba a morir allí sin que nadie se enterara ¡Qué se le va a pedir a un niño de ocho años! No me importó haberme manchado en la caída con el excremento de gallina que tanto abundaba por el corral. Cuando, días después, recordaba la fuerza que hizo el cuerpecillo de mi madre para levantar unos centímetros esa pesebrera para que yo sacara las piernas, me pareció un acto de lo más heróico por su parte. Supermamá. “¿Estás bien, hijo? Vamos al médico en seguida”, “Pero si no me duele…”, “Nos vamos al médico”. Sorprendentemente, no me dolían la piernas. Sólo podía presumir de un zorrostrón cerúleo en el muslo izquierdo por toda cicatriz. El médico me vio, me hizo hacer unos movimientos y nos madó para casa, sin medicinas ni recetas. “¿Qué ha dicho?”, le pregunté a mi madre cuando salimos del ambulatorio. “Que estás bien”, respondió con alivio, “y que no podrás hacer deporte de élite cuando seas mayor”.

Así pues, un futuro prometedor como, quién sabe, atleta, ciclista o futbolista, se vio truncado por una estúpida careta que quise esconder tras una enorme piedra.

ouch!

Por aquel entonces, ese futuro estaba más en mi mente que en mis posibilidades. A la vuelta de unos años, después de practicar algunos deportes federado y sin federar, me encuentro que la meta de convertirse en un deportista de élite depende de algo más que de una adecuada constitución física, una disciplina en los entrenamientos, una mentalidad ganadora y una capacidad de lucha y sufrimiento. Se necesita algo que ya Don Salvador, el practicante, y una enfermedad reumática llamada “aslo” se encargaron de enseñarme: una clara inclinación por las agujas y las jeringuillas.

Y por ahí este morciguillo no pasa más.

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El Padrenuestro

Apareció en una de esas extrañas mezclas de espiritualidad y relajación a través de asanas, a raíz de una clase de yoga. Llegó a mis manos y no lo quiero perder. Es más, quiero compartirlo. Porque considero llenas de atronadora verdad cada una de sus palabras. Se llama “El Padre Nuestro de la sinceridad”. Yo creo que es “el Padre Nuestro del tirón de orejas”. Para los que creen en el Padre.

No digas “Padre”… si no te portas como un hijo cada día.

No digas “Nuestro”… si vives aislado en tu egoísmo.

No digas “que estás en el Cielo”… si sólo piensas en cosas terrenas.

No digas “santificado se tu nombre”… si no le honras.

No digas “venga a nosotros tu Reino”… si lo confundes con el éxito material.

No digas “hágase tu voluntad”… si no la aceptas cuando es dolorosa.

No digas “danos hoy nuestro pan de cada día”… si no te preocupas por la gente con hambre, sin medicinas, sin libros, sin vivienda.

No digas “perdona nuestras ofensas”… si guardas rencor a tu hermano.

No digas “no nos dejes caer en la tentación”… si tienes intención de seguir cayendo.

No digas “líbranos del mal”… si no tomas partido contra el mal.

No digas “Amén”… si no has tomado en serio las palabras del Padre Nuestro.

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666

Hoy es la fecha elegida por el Diablo para encarnarse y comenzar un reinado de sufrimiento y dolor que perdurará hasta el Día del Juicio Final. Momento histórico, pues, que sólo lo voy a vivir una vez y que no he querido dejar pasar. Me he acercado al hospital de La Paz, en Egkeland, donde esta madrugada, a las 0 horas y 33 minutos ha visto la luz el Anticristo, y le he podido realizar una entrevista gracias a unos enchufes, mediante los que he electrocutado a dos enfermeras y un celador que se cruzaron en mi camino, y a una llamada a Mingafría, quien ha movido los hilos convenientes en el BSCH para que los de seguridad me permitieran pasar (el dinero todo lo puede). Ha sido así, más o menos:

El Zorro Volador:  Buenos días y bienvenido, señor Anticristo.

Anticristo:  Muchas gracias, Zorro. Pero llámame Antic, si no te importa.

ZV:  Cómo no. Creía que los anticristos eran más espantosos, con voz parecida a una motosierra atascada en un tronco, cuernos de torbellino grisáceo, ojos amarillos aplastados y uñas a juego…

A:   (Risas) Pues ya ves que no. Sí, la iconografía humana nos ha tratado un poco mal a nivel de imagen durante estos últimos milenios pero nada que ver con la realidad. ¿Te parezco tan espantoso?   (Risas)
ZV: [Tengo delante a un hombre de metro noventa aproximadamente, luce un traje negro verdoso de Emidio Tucci, corbata azul corporativo, pelo engominado hacia atrás, perilla abundante y bien cuidada, y una permanente sonrisa de suficiencia] No, la verdad, parece usted un directivo cualquiera.

A:   ¡Ahí está la gracia, precisamente! Si es que yo siempre he sido así, por eso no me explico lo del bicho rojo ese, con cuernos y tridente. Soy mucho más sencillo. Sin embargo, yo pensaba que iba a llegar a la moda y veo que no [Me muestra la pernera del pantalón, de sorprendente campana años 60]

ZV: Salvo por ese detalle, existe mucha similitud entre su imagen y la de medio mundo que trabaja de cara al cliente.

A:   Eso parece. No sé cómo han llegado a adquirir mi estilo, la verdad (risas).

ZV: Acaba de nacer y aún así se ha dado ya una vuelta por ahí. ¿Qué ha visto?
[Se produce un silencio mientras el Anticristo piensa la respuesta. Mira por la ventana. Su gesto alegre e ilusionado se va apagando. Pienso que va a estallar, que por fin va a mostrar su auténtica cara y que mis retinas no van a soportar esa impresión. Sin embargo, esconde la cabeza entre las manos y rompe a llorar. Me ha desconcertado]

ZV:  ¿He hecho una pregunta que no debía?… ¿Quiere un pañuelo?…

A:    Perdone… perdóneme, es que… soy un tipo muy sensible y… [Se recompone y levanta la cabeza; su mirada refleja tristeza] Me he dado una vuelta por ahí y siento que se me han adelantado…  He menospreciado a los seres humanos desde el principio de los tiempos pero, ahora que veo cómo se conducen, creo que me equivocaba con ellos. Han sabido construir un infierno parecido al Seol del que provengo. No hace falta que ponga ejemplos, verdad. Por un momento pensaba que no iba a ser necesario aquí y recordándolo me ha salido la lagrimilla. Sin embargo, creo que todavía se pueden mejorar muchas cosas (eso del “desarrollo sostenible” me preocupa un poco), pero básicamente están realizando una gran labor de autodestrucción personal  y comunitaria. Lo que más me gusta es la temperatura que va ahogando el planeta, ¿no es maravilloso? ¡Me siento como en casa!

ZV: ¿Cuáles son sus planes a partir de hoy? ¿Cómo va a acabar con nosotros? ¿Seguirá alguna estrategia o inventará sobre la marcha?

A:   No, bueno, yo traía unos bocetos con los maniqueos, cizañas y mentiras que iba a lanzar en fases progresivas [me enseña un abultado maletín plateado] pero, viendo lo visto, me lo voy a tomar con más calma e intentaré disfrutar más de mi trabajo. La estrategia será la de supervisar que las personas tengan suficientes necesidades superfluas por cubrir para que, como hasta ahora, se preocupen más por ellas que por el vecino.

ZV: No le costará mucho. ¿Puedo hacerle una pregunta personal sin que se lleve mi alma?

A:   Adelante, adelante. Total, para lo poco que se puede aprovechar de ella lo mismo se la dejo y todo.

ZV: Usted es “anticristo”, ¿qué tal se lleva con Jesús de Nazareth?

A:   ¡Chuchi! Buen tío, sí señor. Aunque no tenemos mucho contacto desde que le tenté en el desierto, me parece un señor como la copa de una higuera . Muy agarrado a las faldas de papá, eso sí, pero con un par de huevos bien puestos (“no sólo de pan vive el hombre”, me decía el muy cabrón). Con esa frase me dio una idea atinada para tentar al resto de los humanos: darles panes -necesidad constante de supervivencia, de seguridad… ya me entiendes- a 2×1 aunque se encuentren saciados y ¡no veas qué bien se malea la gente!

ZV: Estos animales de dos patas caen con facilidad en cuantas tentaciones se cruzan en su camino. ¿Cuál es su secreto?

A: ¡Pero si acabo de llegar! No me ha dado tiempo a empezar mi obra y casi ya está terminada. Imagino que la condición humana es frágil para la observación introspectiva y el desarrollo interior. Fíjese, resulta un juego de niños lograr convencer a muchos de que son capaces de convertir las piedras en pan; luego, se pasan la vida intentándolo, acumulando frustraciones, tiempo dedicado al estudio de la morfología de los minerales, de la ciencia de los procesos químicos, abandonando amistades y familiares por cerrarse a estudiar algo para lo que han creido haber nacido. Si se miraran un poco más por dentro, con más calma, sin miedo, descubrirían que no pueden cambiar las piedras y, además, sabrían más sobre sí mismos, pero…

ZV: Un tipo como usted debe tener más tentaciones preparadas.

A: Sí. El viejo truco del “tírate desde aquí arriba, que los ángeles bajarán a parar tu caída y te posarán en el suelo con la suavidad de una pluma”. Sigue funcionando con los narcisistas. Los hay a patadas.

ZV: ¿No me va a decir nada de entregar los reinos de la Tierra a cambio de que le adoren?

A:  ¿Le parece poco la crisis del petróleo? Un ejemplo demasiado fácil. ¿Ve a esa enfermera que ha entrado en el quirófano? Se llama María Luisa Gómez y aspira al puesto de enfermera-jefe de este hospital. Se ha divorciado de su marido y se ha quedado con el piso que habían comprado ambos. Está un poco ahogada con la hipoteca ahora que recae toda sobre ella y hace lo posible por ser nombrada jefa de enfermeras con antelación. Por ejemplo, ante los médicos pone a caldo a su superiora cuando no está presente; “qué mal organizado está el cuadro esta semana”, “no se da cuenta de las asignaciones que ha hecho”, “no aguanta bien la presión”…

ZV: Entiendo. Dos preguntas para terminar. ¿Por qué decide nacer en La Paz precisamente?

A:  (Risas) Ha sido una ironía. Me parecía divertido. ¿La última?

ZV: ¿Qué tiene el número 666 que tanto le atrae?

A:  Nada de particular. De hecho, hubo un error al traducir el Apocalipsis de San Juan del griego al latín y les ha llegado esa cifra, pero es incorrecta. El verdadero número del Diablo es otro.

ZV: ¿Y cuál es?

A:   Ésa es la tercera pregunta, joven. Si me disculpa, quisiera cenar antes de empezar el currele. Con Dios, amigo, lo va a necesitar (Risas).

[El Anticristo se levantó, me dio la mano con fuerza y, sin perder su amplia sonrisa, salió al pasillo saludando a todo el mundo por su nombre]

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Daniel

Le acompaño a la estación de autobuses. Debe cambiar su billete de regreso. Cuando sacó los billetes en Madrid, le dieron ida y vuelta hasta Villacastañas, donde nosotros estábamos de visita. Allí le recogimos el sábado. Le dijimos que pidiera la ida hasta el pueblo y la vuelta desde la ciudad, pero no se supo explicar ante el taquillero, ni éste sabría inglés, seguramente. Al final, como le suele ocurrir, sus planes quedan determinados por la paciencia del español con quien trata, que le caiga mejor o peor su color oscuro, el dinero arrugado que lleva en el bolsillo, la gorra bajo la que oculta sus rizos o su papurreo del idioma. También es culpa suya el no molestarse seriamente en aprender español. Está vendido. Esa misma noche regresamos a la ciudad, llevándole a él junto con el pase de vuelta desde Villacastañas. Así que esta mañana le acompaño a cambiar ese pase:  queremos uno que le permita regresar desde la ciudad. O eso o le llevamos en coche a Villacastañas antes de la hora en que llegue el autobús al pueblo. No nos compensa a nadie.

En ventanilla nos atiende una señorita joven, amable y servicial, mejorando la habitual cara pública de la empresa. Le dejo hablar, a ver cómo se defiende con el castellano. Estoy un tanto harto del inglés, todo hay que decirlo, de olvidar la gramática o mezclar tiempos verbales, aunque en el fondo no me importe, pues nos entendemos relativamente bien. Le da el billete.

Cambio… a Madrid… a Madrid…

La mujer coge el billete, lo lee y frunce el ceño – Sí, es a Madrid, para esta tarde, a las 18 horas.

Sí, sí. A Madrid… Cambio…

A través del cristal lleno de horarios, ella me pide explicaciones con la mirada. Yo le miro a él. Es casi mediodía y, aunque la estación parece un mercado por la noche, llegan personas a hacer cola a nuestra espalda. Se acabaron las prácticas de castellano.

Verá, queríamos saber si era posible cambiar este billete, con origen en Villacastañas, para que pudiera regresar desde aquí.

Ah. Sí. Tengo que anular su billete y hacer uno nuevo, y pagan la diferencia, claro.

De acuerdo.

Un momento… – la señorita no gasta prisa. Es de agradecer, afuera abrasa Lorenzo. – Firme la anulación, por favor.

Daniel lo hace con una caligrafía despreocupada. Ella vuelve a teclear datos en el ordenador mientras suena el móvil de Daniel. Debe ser un compatriota. Hablan en un dialecto extraño, muy alto y sonoro para mis oídos. Parece importante. En la ventanilla de al lado ya han acabado de atender a una pareja que empezó al mismo tiempo que nosotros. Por fin chirría la impresora. Dani me hace gestos con la mano libre, como si quisiea pintar.

Papel, papel…

La empleada con cara amable saca el nuevo billete y una hoja con la diferencia de precios y el importe que debe pagar.

Son tres euros con ochenta.

Pero Daniel coge el bolígrafo y aprovecha la hoja para escribir unas letrsa en mayúsculas, LWHT5, mientras despide al amigo del móvil. La chica y yo esperamos. Han atendido a un hombre mayor en la otra ventanilla. Tras colgar, me dice en inglés que su primo, que le espera en Madrid, le ha sacado un billete de vuelta desde la ciudad con el número de localizador que ha escrito. Se lo explico a la buena mujer. Ella lo comprueba en su ordenador.

–  ¿Daniel Mugabe o Muvabe? – le pregunta tras comprobar el localizador.

Sí.

Efectivamente, está reservado. Este billete es para las 17 horas de hoy.

¿Se puede anular? – la pregunto.

No, debe hacerlo la persona que lo reservó.

Mientras la cola aumenta, le explico la situación al nigeriano. Anular el billete que habíamos cambiado y regresar a Madrid a las 17 horas o no anular ese billete y regresar sesenta minutos más tarde, habiendo pagado dos billetes para un sólo viaje. Esto me lleva un tiempo. Por la otra ventanilla siguen desfilando los afortunados hispanohablantes y la señorita se empieza a impacientar. A Daniel no le importa. Dedica unos segundos a sopesar esa hora a mayores con nosotros, el coste del billete, la llamada de su primo… Quisiera quedarse. Su primo le ha sacado un billete porque estaba preocupado de que él no supiera hacerlo. No sabían lo de la ida y vuelta. Se le ha adelantado. El dinero de los suyos, inmigrantes como él, es importante como para andar desperdiciándolo. Nuevamente, está vendido. Sus planes resbalan como agua entre sus dedos. No ha podido controlar ni desde dónde volver al nido ni a qué hora regresar. Alguien lo ha hecho por él. Todo por no espabilar con el castellano después de un año.

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