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Archive for 26 mayo 2006

La princesita

Llegó tarde a cenar, dio explicaciones de su retraso interrumpiendo nuestra conversación, se sentó en el sofá, junto a su novio, miró las berenjenas horneadas con bechamel que éste había cocinado por la tarde libro en mano, hizo una mueca de desilusión, dijo “Comeré fruta. Tráeme una naranja, Rubén”, cogió el mando a distancia y cambió la televisión de canal, “¿Has visto qué chico más majo? Si es que le tengo bien enseñao”, comentó cuando el novio le trajo la pieza en un plato, cogió la naranja con la mano izquierda, se paró, pensó en voz alta que prefería descansar antes de comer, me pidió el cojín, lo colocó junto al brazo del sofá, apoyó la espalda sobre él, se descalzó y subió las piernas sobre las de su novio, “Dame un masaje en los pies, Rubén, que vengo cansada”, respiró profundo y soltó un suspiro. “Así es el amor”, me dijo con una sonrisa en la cara.

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Cuenca, es decir, su casco antiguo (que es lo único que nos llama de las ciudades), está ubicada en un monte alto y estrecho bordeado por los ríos Júcar y Huécar. Las calles son angostas, empinadas, alfombradas de escaleras de piedra y fuentes numerosas. Subes, bajas, cruzas la plaza mayor, estás en la ribera de un río, pasas a la ribera del otro, las rodillas se endurecen poco a poco…

Mingafría, a quien ya se echa de menos por aquí, este zorro y sus respectivas sufridoras pasaron un par de días conociendo los rincones ocultos de esta ciudad castellanomanchega. En nuestro largo paseo por el casco viejo hicimos descubrimientos importantes. Por ejemplo, que hay casas colgantes de una pared rocosa, en el mismo precipicio sobre el Huécar, en claro peligro de desplome e imposibles de apuntalar; por lo que dimos aviso a la Policía local, quien nos tomó los datos y nos rcomendó la compra de una guía turística pero, al ver a la espécimen de primo que gasto, nos indicaron la dirección del manicomio más próximo.

De camino a puente de San Pablo, que es como el de San Francisco pero algo más santo y menos publicitado, cruzamos por el callejón donde se encuentra colgada (todo cuelga en las paredes de esta ciudad) la cruz del Cristo del Pasadizo. Cuenta la leyenda que dos enamorados de distinta clase social se veían a escondidas bajo la cruz para rezar por su futuro. Él, un hombre pobre y honrado (¿por qué estas palabras suelen ir siempre tan próximas?), decidió alistarse a los tercios para hacer fortuna (perdiendo su honradez, si no, no hay forma) y marchó a las guerras imperiales de nuestra patria. Ella le prometió fidelidad eterna y chuletón de Ávila poco hecho a la vuelta. Dos años más tarde, cuando el enamorado había traspasado con su espada a decenas de campesinos europeos y resuelto sus problemas de liquidez, regresó presto al Cristo del Pasadizo, a la hora acostumbrada, esperando encontrar a su amada. Y, efectivamente, ella estaba allí. Pero se encontraba bien acompañada por un tal Lesmes, con el que se había casado mientras el otro acumulaba cicatrices en busca de fortuna. La pareja, naturalmente, rezaba por su futuro. El soldado despechado y despachado, viendo que ni enamorada, ni fidelidad ni chuletón le esperaban, dominado por la ira como tantas veces en los campos de batalla sacó su espada y, en dura pugna con el tal Lesmes, de un golpe perdió la vida, la fortuna y la enamorada en la misma noche. A ella, para crueldad de la leyenda, se le cruzaron los cables y se arrojó por el precipicio. O murió de tuberculosis, ya no recuerdo.

Aunque no encontramos los restos de los enamorados, sí vimos la antigua casa de otra leyenda de nuestro cancionero popular. ¿Y quién es él?, te preguntarás…

A nivel de servicios hago constar lo mal preparados que están los camareros conquenses, al menos los de la Plaza Mayor. La terraza en la que comimos estaba servida por una preciosa Nicole Kidman con el pelo castaño rizado y gafas que, aparte de limpiar la mesa tirando al suelo los titos de las aceitunas envueltos en una servilleta de papel, sufría pérdidas de memoria. Hasta cuatro veces le recordamos que sirviera una segunda cerveza. Por otro lado, y motivo de otro artículo, en el bar de enfrente hicimos un “simpa” por descuido y sin la menor intención. Nadie se dio cuenta, ¡ni siquiera nosotros! En cualquier caso, debo recomendar encarecidamente el morteruelo, un revuelto hecho a base de carne de caza o pollos soltados y perseguidos por el corral, como se prefiera.

A 30 kms de Cuenca se “encuenca” la belleza incomparable de ese mar de edificios de piedra que es la Ciudad Encantada. Cuesta 3 euros pero merece la pena por el entorno, las formaciones rocosas que dan lugar a lo que la imaginación sugiera: portaaviones, perros, cabezas, hongos, teatros, elefantes, hongos, focas, toboganes, hongos, cocodrilos, amantes, peonzas, hongos, tortugas y algún que otro hongo. Además, allí se rodó una escena de Conan el Bárbaro y dicen que entre las hoquedades aún se pueden encontrar botecillos de esteroides de Schwarzenegger. Fuera del recinto se puede comer en un par de restaurantes y disfrutar de un día de campo en medio del monte.

Sin duda, Cuenca merece una visita. Para otro viaje conoceremos la serranía.

Algunas imágenes curiosas de nuestro vuelo por allí:

El obispo Palafox se preocupó por las vocaciones religiosas y fundó una escuela para niños y otra para niñas, nada de mezclar géneros. El resultado, como se aprecia más abajo, no ha sido el esperado…

En la placa dice “Seminario Conciliar”. Parece que estaban “tirando la casa por la ventana” o bien reconvirtiéndolo en casa de turismo rural.

 

 No es una foto de inmobiliaria anunciando un chalet de superlujo. Es la imagen real de los baños del camping Cuenca, (apréciese el WC en letras doradas sobre la puerta). A quien le guste ir de campings le encantará éste recinto: parcelas de césped, en medio de un pinar, pistas deportivas de todo tipo, baños que empalidecerían a la Preysler (o casi), buen precio…

 

Un ejemplo de los hongos de la Ciudad Encantada. Todo un espectáculo natural. Aconsejable visitarla en primavera.

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Bajo el agua caliente de la ducha todos los campings me parecen muy buenos. Sin embargo, los baños del camping de Sacedón, pueblo de la provincia de Guadalajara (España), le devuelven a uno a la penosa realidad. Pero no importa. Disfruto del calor y la limpieza bajo la alcachofa blanca de la ducha mientras recuerdo la ruta que hemos hecho una hora antes.

Recomiendo encarecidamente una visita a la pequeña población de Buendía, vecina de Sacedón, situada en la provincia de Cuenca. Eso sí, debe ser en primavera. Todavía el calor no arrasa la nuca, el sol es misericordioso y reluce el campo de tonos verdes difícilmente imaginados en tierras tan áridas.

Buendía está escondido en una comarcal que rodea el embalse del mismo nombre. En sí es un núcleo de casas que parecen acercarse unas a otras para hablar en voz baja. Las calles son suficientes para la anchura de un coche y  suben hacia la plaza mayor, una placita demasiado reducida para admitir a los pocos habitantes del lugar, pero de auténtico lujo medieval. Suelo empedrado de cantos, como en el Sacromonte de Granada; soportales en dosde sus cuatro laterales, como manda Castilla; el Ayuntamiento y la imponente iglesia enfrente uno de la otra, como vestigio de las autoridades que dominaron el mundo rural hasta hace dos días; todo de piedra, lo que a mí me pierde… Oculta bodegas en el interior y un campo de olivos y cereal allende las afueras. Precisamente, a cinco kilómetros por camino blanco y pedregoso se encuentra la Ruta de las Caras.

la monja

El coche se deja en un par de explanadas, a pie de los pinos silvestres o, si hay suerte, bajo el gran olivo. De ahí se parte a pie por un recorrido corto pero memorable. Mitad por el pinar, mitad por la orilla del embalse, siguiendo las flechas se van descubriendo las obras pétreas que un par de generosos escultores dejaron para beneficio turístico de Buendía en 2000 y 2001. Caras, figuras, imágenes de dos y de cuatro metros por dos, aprovechando la forma de las piedras, los salientes caprichosos, la pared plana a modo de acantilado… Caras de duendes, de vírgenes, de personajes desconocidos, de dioses, de la muerte y de la vida por nacer, cruces, espirales…

la calavera

Las caras, una ruta, un paseo, un pinar que huele a romero, un par de hoquedades en la pared a modo de refugios cóncavos para pastores o escultores cansados, un huerto de olivos, el embalse a dos pasos, trigo joven, una presa antigua, otra ruta pr hacer hacia la ermita de la Virgen de no-recuerdo entre montes de la serranía de Cuenca, una casa de turismo llamada “de las médicas”, José Vicente sonriendo y parándose a explicar y dar a conocer su pueblo sin límite de tiempo (muchas gracias, José), el paisaje reverdeciendo y dos días por delante aún para disfrutar de Cuenca. Muchos pensamientos agradables mientras me ducho y pienso lo bueno que es el camping de Sacedón.

Casi toda la información sobre lo que hay que ver está en el enlace de  la Ruta de las Caras .

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