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Archive for 21 abril 2006

Tú tienes una imagen de ti mism@. Estés más o menos pendiente de ella, la tengas más o menos presente cada vez que haces algo, muchas veces la consultas antes de actuar. Y es que tu imagen te influye en la conducta.

Este morciguillo, como cualquiera, tiene su propia auto-imagen. Rasgos que se me ocurran de ella ahora mismo, y en un intento de honestidad, serían la de una persona de abundante alegría interior, serenidad, mucho silencio, algo observador, egoísta y con el rencor propio de los capricornios, quienes suelen tener buena memoria para los daños recbidos.

La imagen de ti mism@ o auto-imagen, se va construyendo a lo largo del tiempo y de las experiencias que te ocurren, y está influenciada directamente por la opinión que los demás tienen de ti y tus propias necesidades y deseos.

Aunque te suene extraño, la opiníón que otros tienen de tu persona es o ha sido importante para ti. Si bien un adulto es capaz, en cierta medida, de independizarse del “qué dirán” y actuar siendo fiel a sí mismo dentro de un entorno adverso, un niño no puede hacerlo tn fácilmente. El niño, hasta que llega a razonar, aprende por imitación (y aún después sigue imitando modelos -¿quién no ha llenado carpetas con fotos de sus ídolos en plena adolescencia?). Busca modelos y obedece a los adultos (padres, profesores, educadores, supernanies): con ello llega a aceptar como válida la opinión que estos tengan de él. Si los mayores no hacen otra cosa más que recriminarle sus errores, el niño se hará una imagen negativa de sí mismo, por ejemplo. El adolescente que pertenece a un grupo de amigos es muy dependiente de la opinión de dicho grupo. Empieza a fumar porque “no voy a ser el rarito, me van a dejar de llamar, etc”. Tiende a actuar según lo que el grupo espera de él, el rol que haya adquirido (el gracioso, la lanzada, el divertido, la conciliadora…). Tu auto-imagen se ha podido ir formando a partir de la opinión que otros tenían de ti, sobre todo a edades tempranas.

Recuerdo una vez, a los siete u ocho años, merendaba en casa de mi tío pan con embutido. Mi tío se me quedó mirando un rato y me dijo “¿Pero no te han enseñado a masticar con la boca cerrada?”. Yo no recordaba si mis padres me lo habían dicho ya, así que respondí que no, sorprendido y algo avergonzado. Él me explicó lo lo desagradable que podría ser para quien me viera comer y me convenció. Desde entonces no he vuelto a hacerlo. Y Lo curioso es que no me imagino haciéndolo. También recuerdo cómo en mi pandilla de quinceañeros nadie esperaba que yo propusiera una idea interesante de cómo matar la tarde. Y no sólo no las proponia, sino que ni siquiera me molestaba en pensar ideas para nuestro ocio: eso era papel del “travieso” del grupo. Todos lo teníamos más o menos aceptado. Triste, pero real.

Tu auto-ímagen tiene más medios de construcción, y ninguno es excluyente. Umo de estos medios son tus necesidades y deseos. Tus necesidades son de lo más humanas: se aceptad@, ser comprendid@, ser reconocid@ por quienes te rodean (familia, amistades, compañeros de trabajo). ¿No has accedido alguna vez a salir de casa cuando te han llamado los amigos, a pesar de que su cuerpo te pedía a gritos quedarte en el sofá o irte a la cama, o de que tuvieras otros planes personales? Tus deseos de aparentar, si los hay, o de destacar por algo, también te llevan a formar una imagen de ti: “siempre he sido la más elegante/llamativa/arriesgada vistiendo/con el peinado. Soy así”. Si estas necesidades y deseos son demasiado fuertes, obsesivos, dominantes, se irán separando paulatinamente la imagen que quieres dar a los demás, “el personaje”, de quién realmente eres, “la persona”.

Puesto que no destacaba en las relaciones sociales, ni como deportista, ni por simpático ni divertido, decidí centrar todos mis esfuerzos en los estudios. Mis esfuerzos fueron muchos y mis cursos fructificaron con relativa facilidad. No tenía problemas con los exámenes. Los padres, familiares, profesores y compañeros esperaban mis buenas notas, y eso me hacía esforzarme por mantener esa imagen de buen estudiante. Pero los estudios nunca me gustaron: encerrarse en casa, aprender de memoria textos a los que no veía utilidad, dejar de disfrutar de las tardes por hacer los deberes… Cuando vi que, ni estudiando ni dejando de estudiar, contaba mucho en mi entorno, el golpe fue tremendo. Me pasé el curso escuchando música y perdiendo el tiempo. La profesora de Lengua, un día, desesperada por las respuestas de los alumnos, quiso cortar por lo sano y me dijo “Dime tú el ejercicio 4, que tú no fallas”. Fue la primera vez que respondía “Pues no lo tengo hecho”, ante el síncope de la vieja profesora y la sonrisa de los demás. Al menos, no traté de ajustarme a mi imagen pública, a mi personaje.

Finalmente, tu auto-imagen también la formas a partir de lo que haces y te sabes capaz de hacer, de tus experiencias, de tus destrezas. Igualmente, de tu interiorización, auto-observación, reflexión sobre ti mism@, tus actitudes y conductas. Este medio de construcción de la auto-imagen es más propio de la capacidad racional del adulto, pero no por ello es el único.

¡Cuántas veces mis propias ganas de diversión y travesura me han hecho ver que sí tenía ciertas habilidades sociales! Sólo necesitaba practicarlas lo sufiente, tomarles la medida, aprender a usarlas y usarlas sin miedo. De esta manera, a pesar de mi innata timidez suelto disparates verbales o bailo cuano salimos de marcha. Eso sí, sólo canto cuando me quito los calcetines.

A raíz de estas tres vías vas contruyendo la imagen que tienes de ti. ¿Te has preguntado alguna vez cómo es esa imagen personal y cómo se ha ido formando?

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Cáceres

De nuestra visita estas navidades pasadas a tierras extremeñas, algunas imágenes fueron de lo más curioso. A saber.

1) Estos dos paisanos de Monfragüe no nos comieron vivos porque la valla nos separaba. Nos ladraban sin descanso, como si fuéramos auténticos ladrones colándose en sus dominios. Se me ocurrió tomarles una foto, demostrarles la impotencia de sus ladridos y lo estúpido que era atronar en medio del campo sin ningún motivo, acabando con la armonía de un tiempo en calma.

perros

Se quedaron sorprendidos de que no les tuviéramos miedo, de que nos acercáramos a ellos, les sonriéramos y les tomáramos la foto. Y es que no hay nadie que no se suavice cuando le hacen un poco de caso.

2) En Hervás, pueblo encantador en el que deseamos comprarnos una casa para vivir al menos un año, todos participan de la fiesta: no hay límite de edad o de motricidad.

abuelos

3) En Mérida vimos cómo los antiguos romanos socializaban hasta en los momentos más escatológicos. Las letrinas, aparte de comunales, era para llegar con tiempo, sentarse y apuntar. Y al que no meaba sentado lo mandaban al ejército. ¿Por qué si no llegaron a conquistar tan vasto imperio?

4) En Cáceres, digan lo que digan estadounidenses o japoneses, están más avanzados que en el resto del planeta. Éstas eran las luces con las que el Ayuntamiento felicitaba el nuevo año.

Ver para creer.

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¿Y cómo convences a los extremos de la cuerda para que dejen de tirar por caminos opuestos? ¿Cómo les dices que hagan el favor de no estirarse más, que se relajen, que sólo suavizando la tensión en la cuerda se puede desatar el nudo que han hecho a medio camino y alrededor de mi cuello? ¿Les amenazas con las tijeras?

A veces provoco desencuentros entre las comisuras de mis labios. Se enfandan tanto una con la otra que ambas corren a esconderse en el interior del oído. Y a mí me divierte mucho retenerlas en medio de la mejilla e impedirlas su objetivo. Luego, cuando la bronca se ha pasado, se reconcilian dándose un abrazo. Entonces te mando un beso.

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Flavio

El rubio nos habló, en un deficiente latín, de los pormenores de su captura. Era un soldado germano con un descontrolado gusto por las broncas. Había causado graves problemas en su cohorte. Fue traído a Roma para que desbocara su rabia como gladiador en el Coliseo. Tras matar al instructor de gladiadores en cuanto sintió el peso de una daga en su mano, la guardia pretoriana le encerró en el mismo calabozo donde fui arrojado ayer a la puesta del sol.

“Bienvenido a ‘la rápida’”, me había escupido el centinela con sarcasmo cuando mis hombros frenaron contra el irregular suelo de la mazmorra, “Nadie aguanta un día aquí dentro.”

– ¿Cuál es tu historia? -preguntó al esclavo negro que se sentaba a su derecha y cuya mirada se perdía más allá del gris húmedo de las paredes. Ante la falta de respuesta por parte del asustado muchacho, el rubio se interesó por las razones de los demás compañeros. Todos fueron relatando la desventura que les había traído a este mundo de atrevidas cucarachas y telarañas cubiertas de polvo.

Al lado del germano, un adolescente negro, posiblemente nubio, sentado en el suelo, agarraba sus escuálidos tobillos y miraba por encima de nuestras cabezas con los ojos muy abiertos. Parecían luciérnagas blancas revoloteando sobre la paja de aquella jaula grisácea y silenciosa. Le temblaban los labios o quizá susurraba una oración con voz queda. A continuación, de pie, cruzado de brazos, un ladrón de corta estatura, con el pelo revuelto y una túnica hecha jirones, sonreía mientras escuchaba a los demás. “Robé la bolsa a la persona equivocada”, nos confesó, “Pero no me volverá a pasar”, y se rió despreocupado. Poco le importaba la vida a esa avispa. Sentados sobre una vieja columnata caída en el suelo, un anciano, con un golpe marcado en su cara desde el ojo izquierdo hacia el mentón, y una esclava de mediana edad, llorando bajo un vestido verde pálido desgarrado a latigazos y quién sabe qué más. Eran cristianos apresados en una redada en las catacumbas de Esquilina. Tras relatar su detención, el anciano prosiguió rezando a su dios, al que pidió favor por nosotros, lo cual fue recibido con insultos por parte del ladrón. Había un galo de barba rojiza, un romano con el brazo ensangrentado e incapaz de levantarse, un comerciante griego elegantemente vestido y otras dos o tres personas más. La rueda de confesiones fue avanzando entre mis compañeros. Se acercaba la hora sexta.

Los soldados tenían órdenes de olvidarse de nosotros; ni pan, ni agua, ni conversación, ni siquiera escuchar las últimas palabras para nuestras familias. Se jugaban a las cartas los sestercios confiscados a los detenidos, mientras bebían vino de un ánfora amarillenta; los insultos durante el juego eran constantes y alguno llegó a echar mano a su puñal, impaciente por finalizar la discusión. Malvestían su uniforme, al fin y al cabo, tampoco ellos recibían visita alguna de sus mandos superiores. Se encontraban en su reino de vicio y teas vacilantes, subterráneo, apartado y escondido a las miradas, donde el olor a orín y a humo negro se mezclaban, y donde podían hacer y deshacer a su antojo con los prisioneros. “Carne caliente que pronto se va a enfriar”, reía el decurión.

Cuando llegó el turno de relatar mi historia, el populacho comenzó a entrar en el Anfiteatro. Se oía un murmullo creciente, excitado, pisadas de numerosas alpargatas tapeteando por los pasillos, carreras sobre las gradas buscando la sombra, débiles ecos de algarabía que llegaban a mis oídos acelerándome el pulso. El infierno preparaba sus galas para recibirnos. Pero el infierno comenzó hace tiempo, cuando el senador Vestiniano contrató a un comediante para amenizar sus recepciones privadas…

“Me llamo Sérbulo. Soy cocinero en el palacio del senador Quinto Sila Vestiniano. En sus cocinas me parió mi madre y en ellas me crié, al calor de sus oscuras chimeneas, siempre encendidas, siempre abrasando toros o lechones, anchas como arcos de un acueducto, poderosas e impacientes como fauces de león. Podíamos forjar espadas sobre sus lumbres y fundirlas de nuevo con su calor. Allí me crié y me hice hombre. Un hombre del servicio de palacio, un cocinero. Era todo a lo que podía aspirar, pero tampoco deseaba más.

Trabajaba a destajo, pero eso no me impedía disfrutar de ciertas alegrías. Como aquella vez en que el senador entró a las cocinas para conocer al creador de la salsa que tanto había entusiasmado a sus comensales, en la celebración de los idus de Julio. Llegó ebrio, como solía terminar las veladas, y al día siguiente la resaca le impedía recordar. Pero no me importó. Siempre podía salir al mercado y gastar importantes cantidades de sestercios, ¡yo! ¡un esclavo! Los mercaderes me hacían regalos para que comprara en sus puestos, me preguntaban por los chismes de palacio, agachaban su cabeza agradeciendo mis visitas. “Respetan tu dinero, Sérbulo. No lo olvides”, me repetía Flavio, realista.

Acepté el destino que los dioses decidieron para mí a los diez años, la mañana que mi madre consagró dos gallos en el templo de Minerva, uno en honor de la diosa y otro en el de las tres Moiras. Entre nubes de incienso amargo, la sacerdotisa encontró enseguida la palabra de las divinidades reflejada en la sangre caliente de los plumados. Mi madre se alegró visiblemente. Esa misma tarde, inició mi instrucción culinaria explicándome las hierbas y raíces necesarias para enriquecer salsas de benjemón. Apliqué mi atención a su labor, a los utensilios, las mazas, paletas, cucharones y morteros, escudillas, a los aceites, las hortalizas, a los huesos que recuperaba para potenciar los caldos. Todo me pareció nuevo ese día, pese a haber crecido correteando entre tinajas de arroz y lentejas, jugando con Flavio alrededor de las altas mesas de acacia, rebosantes de perdices por desplumar y tripas secas de cerdo, y asustando a mi madre cuando nos veía luchar con los cuchillos de acero manchado de adobo, tocino y coles, como inexpertos gladiadores de un circo cualquiera.

Con doce años ya elaboraba postres con frutas en agua de azúcar que degustaba convencido el senador. Me sentía muy honrado por ello. Dediqué mi juventud a investigar sabores sin ningún tipo de escrúpulo. Mezclaba la menta seca con miel y vinagre, el jugo de coco con fresas y pétalos, miga de pan cocido en leche de oveja con eneldo… A veces encontraba un caldo que sorprendía a los cocineros y lo añadían al menú. Entonces Flavio me colocaba una rama de tomillo en la oreja; “Serás emperador”, me decía. Yo reía y empezaba a dar órdenes a los compañeros. ¡Qué buenos ratos aquellos!

Luego pasé a preparar pescados y carnes, tanta era la necesidad en las cocinas de palacio. Fue a causa de las fiestas, cada vez más frecuentes, con que Quinto Sila Vestiniano honraba a los generales del ejército que debían partir hacia alguna contienda en las fronteras del Imperio. Era su política, sutil, inteligente, con la que mantenía a salvo privilegios ante quien pudiera regresar convertido en césar. Los agasajaba con una despedida que no olvidaran con facilidad. Música, bailes exóticos, concubinas sumisas a los placeres e imaginaciones del guerrero, vino ligero, carne asada con especias aromáticas, cómicos, arúspices que veían gloriosas victorias en los buches de las palomas y un escuadrón de aduladores que hacían las veces de invitados. De ahí que las recepciones de Vestiniano sean conocidas allende las siete colinas que protegen Roma.

Flavio. Mi amigo, mi hermano, mi descanso. Crecimos juntos, aprendimos los secretos de la mezcla de sabores, a dominar las bocas ardientes de las chimeneas, donde calentamos aceites de palma, quemamos bueyes recios, forjamos espadas y las volvimos a fundir bajo el sudor de nuestros músculos. Flavio, Flavio… Si acepté el destino dispuesto por Minerva para mí fue gracias a la compañía de Flavio. ¿Quién hubiera soportado el horno angustioso en que se volvían los preparativos de cada festejo? ¿Quién consentiría trabajar desde la aurora hasta la aparición de los luceros de la diosa Diana sin la compañía de Flavio? ¿Qué sentido tendría vivir sin libertad, de no ser el cuidado y veneración de mi amigo? ¿Qué mayor alegría podía encontrar entre los vapores que no fuera solazarme sobre el pecho del esclavo que me dominaba y al que quería como a mi propia madre?… ¿Por qué el Olimpo lo reclamó tan pronto? ¿Qué mal hizo para acabar aplastado como una vil araña?

Apareció un viejo cómico, Celedonio, contratado para devolver el jolgorio que iban perdiendo las celebraciones de Vestiniano, lo cual tenía inquieto al senador. Y cumplió su labor. Con la profesionalidad cosechada sobre la carreta, tras veinte años viajando con su compañía por los escenarios de la Galia, levantó el decaído ambiente de voluptuosa diversión, asegurando a Vestiniano tiempos más tranquilos.

-¿Cuál es tu precio? –debió preguntarle mi senador.

– Aquél –debió responder el comediante, pensando más en darse la satisfacción que se le negaba tras sus actuaciones que en llenar la bolsa. ¿Por qué, dioses, no se dejó vencer por el mayor ejército de todos cuantos dominaron la tierra? ¿Acaso dormía la codicia en aposento ajeno a su corazón? Mi amo podría haberle entregado todo el oro que él hubiera querido. Pero no buscaba ases el asqueroso cebón. Su cuerpo, rechoncho y mal afeitado, pretendía la espalda de Flavio, agarrarlo del pelo con fuerza, respirar su aliento. Deseaba compartir la dicha de las orgías palaciegas a las que no tenía ningún acceso.

¡Ay, Flavio!… Luchaste contra tu rebajada condición de esclavo, suplicaste al senador y te negaste a entregar a sudores extraños lo que era mío. Nadie oyó tu resistencia a saldar el pago; nadie te pudo valer frente a la furia de Celedonio por sus deseos insatisfechos.

Cuando, al día siguiente, encontré un charco de sangre oscura que se colaba entre los toneles de cerveza, mi espíritu huyó por la nuca para evitarme el sufrimiento. A vista de águila, contemplé cómo mis brazos apartaban barrica tras barrica, estrellándolas contra la pared, recogían el cuerpo de Flavio envuelto en frío y silencio, y abrazaban su rostro blanco contra mi cara. Lloré acariciando su cabellera negra e inerte. En ese momento, el águila descendío de nuevo y entró en mí, y volví a ser yo, muerto también y preso de la ira, jurando la venganza más cruel contra Celedonio.

Ese día acabó ahí. El siguiente pasó sin darme cuenta y así fue durante semanas. Mis compañeros se encargaban de voltear los terneros bajo las chimeneas, desescamar los barbos y mantener los cocidos. ¿Qué podía hacer un triste esclavo, condenado a no conocer más estancias de palacio que aquella en la que me parieron? De haber bajado Celedonio a oler las ollas de chorizo, hubiera acabado dentro de ellas, cubierto en su propia manteca. Me volqué de nuevo en la combinación de sabores, para distraer así la impotencia que sacudía mis entrañas. Pero Minerva vino en mi ayuda en forma de rumor.


Una noche, una de las bailarinas contó que Sila Vestiniano quería a Celedonio cerca, para facilitarle el trato con las más altas instancias, y que lo había nombrado su catador personal. El sapo había aceptado, sin apenas reticencias, pues era privilegio de tal cargo la asistencia a las libertinas fiestas comunales que los invitados de honor disfrutaban junto al senador y sus meretrices. Como ya dije, no era el oro lo que le hacía saltar. Al escuchar a la bailarina, vi los cielos abiertos y a Minerva sonriéndome desde el Olimpo. Mi desquite por la muerte de Flavio sería posible desde mi jaula de pucheros.


Dos días quedaban para la celebración del siguiente festejo, las calendas de septiembre. La actividad en mi feudo de barro y pucheros se volvía intensa. Solicité encargarme de los postres de la fiesta, dados mis anteriores éxitos con los gustos del senador, así Celedonio se situaba en el camino de mis frutas almibaradas. Cualquier ponzoña se puede disimular entre el agua y el azúcar, salvo la del tallo de la acedera, que enrojece el almíbar avisando del peligro, o la de la mostaza negra, cuyo desagradable olor no lo encubre una medida del mejor caramelo. Mi madre me instruyó con abnegación, para lo bueno y para lo malo. No permitió que su dignidad quedara esclavizada con ella; pensaba que desde el servicio más humilde también se puede tumbar el cedro más alto, aunque sus raíces se le clavaran a uno y lo arrastraran al infierno. Y tenía razón. Un intento de envenenamiento del senador se castiga con la muerte, pero a mí eso ya no me importaba. Los días sin Flavio estaban envueltos en una pesada bruma blanca que el sol no era capaz de deshilar. Mi compañeros lo sabían. Celedonio también.


Mis frascos de mortal mejunje esperaban sobre la alacena, separados del resto para seguridad de todos. Dibujé una marca en la tela de cierre y eso fue mi perdición cuando invadieron la cocina los soldados de la guardia personal de Quinto Sila Vestiniano. Se había declarado la alerta en palacio; los soldados se encontraban muy nerviosos y no dejaban de insultar mientras nos empujaban hacia la puerta. Fuimos sacados al patio a punta de espada, bajo amenaza de ser atravesados ahí mismo en caso de desobediencia. Nos pusieron en fila; la confusión y el temor nos dominaban. Yo no entendía nada. Era la víspera de las calendas de septiembre y mis pócimas aguardaban al día siguiente. Suponía que ninguno de mis compañeros me había traicionado, entonces, ¿a qué esta revolució

– ¡Cocineros! El catador de Quinto Sila Vestiniano está muerto –tronó el jefe de guardia empuñando su espada corta contra nosotros- ¡Ha sido envenenado!

Un murmullo de sorpresa fingida y auténtica desesperación recorrió la fila. Nos mirábamos ceñudos, con la frente tensa y la boca abierta de terror ante las consecuencias de esa noticia.

– Esta mañana -prosiguió con voz rugiente-, tras probar el desayuno del senador, Celedonio se ha retorcido en el suelo como un rabo de lagartija, se ha arrancado los cabellos, su rostro se ha desfigurado, se ha sacudido el estómago con los puños, ha intentado vomitar, ha escupido varias veces delante del senador, ha rodado sobre sí mismo sin que nadie pudiera detenerlo, ha clamado a los dioses, ¡ha meado su túnica! y ha señalado la puerta antes de terminar con la boca llena de babas sobre el mármol de palacio.

Las aves parecían haber desaparecido en el patio.

– Si no decís quién ha sido, moriréis todos vosotros.

Mis compañeros bajaron la cabeza angustiados. Esperaban por mí, pero yo no había sido. Los más cercanos me miraron de reojo.

– ¡Arqueros!

En ese momento salió un soldado de la cocina portando uno de los apartados frascos de dormidera azul. Indicó a su jefe que él conocía ese tipo de brebajes y señaló una marca sobre la tela. El decurión, tras escuchar las explicaciones, pareció más aliviado. No le gustaba la idea de acabar con todos los cocineros del senador…”
– ¡Vamos! ¡Las fieras están hambrientas! –interrumpió una voz rota y sonora. La puerta del maloliente calabozo se abrió con un agudo chirrido arrastrando la paja del suelo. Entró un grupo de soldados embrutecidos, nos levantaron a la fuerza y nos sacaron a empujones por un pasadizo, hacia una intensa luz. Mis ojos quedaron cegados; los apreté con las manos para suavizar la punzada. Una estruendosa confusión de chillidos nos dio la bienvenida. Miles de personas enloquecieron al vernos aparecer sobre la arena. A tientas busqué la pared; estaba caliente. Mi nariz reconoció el polvo seco y el olor a sangre reciente que traía el viento. Las piedras del Coliseo retumbaron con el sonido de las trompetas. Cuando los aullidos e increpaciones del gentío se fueron apagando, por encima de mi cabeza distinguí una voz conocida que me atravesó la espalda con la violencia de un rayo:


– ¡Sérbulo! ¡Sérbulo! No sabes cómo te envidio, ¡tuviste a Flavio y ahora a todo este público! ¡Dale recuerdos míos!


Mientras subían la reja del túnel donde esperaban impacientes las fieras, la mujer cristiana se desmayaba y yo maldecía a los cómicos apoyado en la pared.

 

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Lasaña

Por segunda vez he campado a mi antojo por la cocina.

El resultado ha sido: 2 cebolletas, un diente de ajo, tres zanahorias, tres tomates, un calabacín, un pimiento rojo, medio puerro, medio kilo de carne picada, una gota de tomate frito, dieciocho láminas de pasta, una cucharada de harina, cuarto de litro de leche semidesnatada, un cuchillo de cocina, dos paletas de madera, una olla exprés con escurridor de verdura, dos cazuelas espaciosas, dos sartenes de gran diámetro, tres platos de porcelana, una fuente antiadherente, treinta minutos de horno, una especie de lasaña, una sonrisa de cortesía y pizza de chorizzo con mucho queso rallado.

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