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Archive for 29 marzo 2006

Prioridades

Él: Cariño, ¿te importa si esta noche hacemos el amor en el sofá en lugar de en la cama?

Ella: ¡Hombre, por fin algo distinto!

Él: Es que comienza la segunda temporada de “House”, a las diez y cuarto.

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Las amistades

Los amigos de Martina Olmos orbitaban a su alrededor como planetas rodeando una estrella. Comparaba su amistad con un pequeño sistema solar cuyo centro lo ocupaba ella, mientras los demás se encontraban en círculos concéntricos, girando a distinta velocidad. Astros de un universo fortuito y mecánico, las amistades de Martina goteaban melaza en el interminable hueco que el divorcio de sus padres le había dejado. Impresionada por los negros cielos estrellados, hacia donde gustaba desviar sus sentidos constantemente, Martina espejaba en las diminutas luces blancas los rostros de sus amigos.

Por épocas, algunos se le acercaban más dando señales de vida, para alejarse al cabo de un tiempo y perderse en el olvido de la materia oscura. Era el caso de José Manuel, a quien veía llegadas las vacaciones de verano. Refrescaban los finos lazos de la amistad con cervezas heladas y recuerdos de escuela. Unos cafés, unos bailes en los pubs del centro, él acababa ligando con alguna joven aventurera y no le volvía a ver hasta su despedida, cuando regresaba a su ciudad con un “ya te contaré por teléfono“, para desaparecer durante diez meses de silencio. Decía Martina que Jose Manuel tenía una órbita oval y muy descentrada, dejándola a ella en uno de sus extremos, que recorría el muchacho fugazmente cuando finalizaban los cursos de enseñanza.

La idea de profundizar más en el concepto de amistad le dejaba confusa. Le hubiera gustado tener una amiga a la que confesar verdades escondidas, hablar sin tapujos de su matrimonio, de sus inquietudes frustradas o bien con la que emplear un lenguaje relajado y extraordinario para una mujer, el cual hubiera extrañado fuera de ese círculo íntimo. Por momentos, deseaba que una fuerza de atracción gravitara entre ella y María, o Verónica, o Carmen, sus más cercanas confesoras, acercándolas hasta proyectarse mutuamente la sombra de sus horizontes, y girar juntas como lunas gemelas. Sin embargo, se sentía muy cómoda manteniendo la distancia. Lo veía como una necesidad de independencia frente al cariño ajeno, una línea defensiva ante la posibilidad de compartir el que ella guardaba para sí misma. Nunca lo tuvo claro. La falta de memoria para fechas que sus amigas consideraban importantes, su aceptado egocentrismo y un poderoso silencio interior, capaz de borrarle las palabras de una lengua más bien perezosa, facilitaban esa distancia y evitaban el choque planetario.

María, Carmen y Verónica eran los astros con las órbitas más próximas, aunque cada una en distintas épocas de su vida.

Verónica llegó el primer año de universidad, justo cuando tenía más necesidad de una compañera de estudios. Fueron pareja en las prácticas de todas las asignaturas y acabaron el mismo año con notas muy parecidas. Incluso, coincidieron trabajando para Cosméticos Gland durante unos meses. Verónica era más hermética, más analítica y mejor parecida. Sobresalía su personalidad sin imponerla, acaparando miradas por el hecho de destacar en altura o belleza. Martina pasó el mal trago de la universidad apoyándose en su, por entonces, amiga más cercana, su satélite particular. Se sintió acompañada, animada a superarse y a trabajar por finalizar aquel infierno cuyas quemaduras tardarían años en desaparecer.

Tras el salto al mundo laboral, los intereses individuales y las perspectivas de futuro separaron a Vero del camino de Martina. Pero la órbita vacía fue ocupada en seguida, para sorpresa de la estrella, con la llegada de Carmen….

Y así, en este devenir planetario, hay épocas en que otros astros amigos entran en nuestro campo gravitatorio, permanecen y se acaban yendo a órbitas más alejadas, desde las que la interacción se mantiene con menos intensidad. A veces, se alejan tanto que acaban perdiéndose en lo profundo del cosmos. Otras veces se mantienen a nuestro lado, como fieles satélites lunares que acompañan e iluminan nuestras peores noches. Pero siempre retenemos, en una suerte de círculos concéntricos más próximos o distanciados según la confianza lograda, a aquellas amistades que brillaron alguna vez para nosotros.

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Me llamo Hirashi Kumatsu. Soy un arquitecto de reconocida fama mundial. Tengo mi propia empresa de diseño. En ella doy empleo a doscientas sesenta y dos personas motivadas, entre ingenieros, arquitectos, aparejadores y diseñadores. La mayor parte de nuestra labor se centra en Japón. Amo Japón. Es aquí donde empecé a construir y donde levantaré mi última obra, antes de que las catenarias descuelguen su lazo y me lleven ante el Gran Arquitecto. Los aeropuertos, los puentes, los edificios públicos que construimos en Qatar, Sidney, Nueva York, Marsella, Nápoles, fueron muy elogiados por la prensa especializada. ¡Magníficas obras! Brillantes, gloriosas… Espuma. Son espuma blanca que se desvanece con los rayos de sol. Espuma que se empequeñece rápidamente en mi memoria cuando paseo por las aceras de los barrios obreros de Miyazaki, de Nagano, de Fujisawa. En ellos se erigen, blanqueados, pesados bloques de hormigón, estrechos e incómodos, donde mis compatriotas viven su silenciosa, resignada y digna existencia. Los llaman “las colmenas”, por su claustrofóbico espacio y la laboriosidad de quienes los habitan. Son mi orgullo como arquitecto, ¡mi auténtico éxito! Un lugar, un rincón, un hueco para llorar, para recordar, para curar las heridas. Lo predijo la vendedora de amapolas cuando todavía era un niño de doce años. “Perderás una, pero ganarás muchas“. Ni mi padre, que me llevaba a la Escuela Superior de Dibujo Técnico de Saporo , ni yo la entendímos. Hay mensajes que no se pueden comprender hasta que pasan unos años y muchas cosas. Estudié mucho, me hice arquitecto y empecé a construir. Luego llegó la guerra. Yo hablaba por teléfono con mi hermana desde mi oficina de Saporo. Oí las sirenas y un ruido ronco, como si un armario cargado de libros se hubiera caido al suelo, y después el silencio. Dicen que en mi ciudad natal, Nagasaki, todos los edificios que yo diseñé se mantuvieron en pie… Pura casualidad… Cuando volvió el orden tras la humillación de la derrota, empezaron a llegarme ofertas de todo Japón para que diseñara casas. Pisos económicos para compatriotas hambrientos y desorientados. Ellos levantarán Japón otra vez desde sus firmes escondrijos. Y volveré a oír la voz de mi hermana al otro lado del teléfono.

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Tazas

De la palabra “camellos” puedo recitar hasta tres acepciones, a saber: (primera) los que son capaces de cruzar el desierto, pese a estar jorobados, andar a cuatro patas y sin apenas repostar; (segunda) los que venden papelinas de muerte blanca en los baños de las discotecas o a las puertas de los colegios. Esas dos categorías sirven para referenciar a distinto tipo de animales. La tercera categoría de “camellos” se aplica a los seres humanos, aunque se basa en la más digna de las dos anteriores, la de los cuadrúpedos. En esta clasificación caemos las personas que, por misterios metabólicos, no echamos en falta el beber los dos litros diarios de agua recomendados: sólo en días de extremo calor nos acordamos de que la garganta también se seca y sufre en silencio, o bien tras apretarnos con el deporte o tras ingerir una buena cantidad de chocolate.

Pese a seguir siendo un “camello” sin joroba ni papela ni sed habitual, desde que me pasé a la inmóvil vida laboral decidí obligarme a tragar esos dos litros de combustible que mi cuerpo dicen que necesita. No es que pretenda evitar la deshidratación por desarrollo de programas (eso se dará en Guayaquil o Sierra Leona), la razón es otra. Fue “un truco” que me dio Joserra, un amigo fisioterapeuta, para no pasar demasiado tiempo sentado delante del monitor: “tú vete bebiendo, que ya te dirá la vejiga cuándo te debes levantar. De esta forma, cambias de postura, estiras las piernas, favoreces la circulación sanguínea, te das un paseo, descansas la vista…“.

Dicho y hecho. Como el agua, la mejor bebida de este planeta, me resulta aburrido de tragar sin motivo, decidí desembarcar en Portales Demileto con una taza de porcelana azul, un paquete de infusiones de manzanilla y anís, otro de menta-poleo y un tercero de azúcar morena. Infusiones con su toque dulce, que a los galgos nos apasiona.

Han pasado cuatro meses desde entonces y el resultado es el siguiente:

– La manzanilla y la menta-poleo se han agotado. Llegaron el té de mango y de frutas del bosque en su auxilio. Hace dos días, arribó un cargamento de palo de regaliz molido para abrir horizontes a mi paladar. Eso sí, al precio que está el regaliz voy a tener que pedirlo de extraperlo o bien, como ya conté una vez en la comida, bajar al cementerio a cortar raíces, aunque se remuevan los ataúdes.

– Me estoy convirtiendo en “el chico pegado a la taza”, pues dicen que siempre que me ven mariposeando por la oficina mi taza azul de porcelana me acompaña.

– No sé si esto último ha creado escuela o me estoy vanagloriando demasiado, pero creo haber contribuido a la publicidad directa sobre el uso y costumbres de la taza, cuyo empleo se está extendiendo entre mis compañeros de faena. Antonio, por ejemplo, ya se ha traido la suya con el careto de Bart Simpson por triplicado.

– Con la extensión de las tazas florece el comercio del té y las infusiones. Antonio y este morciguillo, en auténtica sociedad, intercambiamos “hierbas” exóticas de variados colores y gustos curiosos. El té al que me ha invitado sabía a caramelo de fresa. Y ya estamos pensando en dejar el azúcar, con sus impurezas de fabricación, y sustituirlo por miel, más sana y natural.

Tazas

Ahora que la industria del té se ha puesto en marcha en nuestro pequeño mundo laboral llega el momento de personalizar un poco la vieja taza azul de porcelana y buscar alguna con un estampado adecuado. A ver si dejan de confundirme con Pepe Navarro…

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– Aquí Raúl Vélez desde el observatorio espacial de Oaxaca, ¿me reciben? Cambio… ¿Me reciben? Cambio…

– Jefferson Harp desde el observatorio espacial de Toronto. Le recibo. ¿Qué ocurre? Cambio…

– Buenos días, Jeff. ¿Qué tal la guardia? Necesito una confirmación urgente. Cambio…

– Buenos días, Véles. Sin noticias de Dios, hasta ahora. Dame coordenadas y muevo el ojo. Cambio…

– Muy gracioso, gringo. Apunta: constelación Espín, 127,89º longitud celeste y 11,32º latitud celeste, coordenadas de la eclíptica. Cambio…

– Recibido… Dame un segundo en lo que cambio el trasto… Por cierto, soy canadiense, no gringo o yankee, como les llaméis vosotros. Cambio…

– Gringo, yanqui, canadiense, qué más da. Nuestras hijas os friegan los platos y ni siquiera dejáis buenas propinas en los hoteles cuando venís a emborracharos a Veracruz o Baja California. Cambio…

– Creo que has tomado demasiado tequila, Véles. Aquí no se ve nada. Cambio…

– ¿Nada? Cambio…

– Nada de nada. Lo único que te puedo confirmar son las coordenadas: constelación Espín, 127,89º longitud y 11,32º latitud respecto de la eclíptica. Cambio…

– Dime que ves algo, Harp. Cambio…

– Te digo que veo 125.000 años-luz de espacio profundo en color negro, pedazo de mula. Cambio…

– Negro, eh… ¡Entonces es cierto! ¡Muchas gracias, Jeff, me acabas de hacer el mejicano más feliz del mundo! Cambio…

– No entiendo. Cambio… ¿Véles? ¿Estás ahí? Cambio…

– Estoy. Escucha. Lo que estás viendo o, mejor dicho, lo que no ves porque no puedes ver es un aguejro negro. El más grande descubierto hasta ahora. Vengo siguiendo su pista desde hace tres meses. Tiene una atracción insoportable, la mayor que he visto en esta parte del hemisferio. Amplia en un grado el ángulo de enfoque. Cambio…

– Ok… Ya está. Veo una estrella de gran tamaño en el borde de la pantalla. Se trata de CT-338B. ¿Y bien? Cambio…

– Que antes había dos estrellas y ahora sólo una. He observado ese agujero negro y durante estos meses ha consumido una estrella el doble de Urano. Te aseguro que CT-338B no tardará más de 200 o 300 años en ser engullida por ese gigante oscuro. ¡La fuerza de atracción que produce es descomunal! Cambio…

– Habrá que seguir la evolución de esa estrella. Ya me has dado qué hacer durante los próximos meses. Si estás en lo cierto, seré el primero en felicitarte, Véles. Sin embargo, es un poco raro, no te parece. Cambio…

– ¿Qué es raro, Jeff? Cambio…

– Todo. Si lo que dices es cierto, el tamaño de esa maravilla debe ser como la Luna. Fíjate la cantidad de espacio vacío a su alrededor. Al menos hay 8º entre las dos estrellas más cercanas a él. ¡Cabe una galaxia ahí dentro! Si se la ha merendado tu agujero, ¿cómo es que nadie se ha dado cuenta antes? Alguien tiene que haberlo visto. ¿Has confirmado con otros observatorios, Véles? Cambio…

– Negativo. Eres el primero. Cambio…

– Pues ya lo estás haciendo. Espín es una constelación muy observada en este hemisferio. Su nebulosa es tan espectacular como interesante. ¡A nadie se le habrá escapado un aguejro de tal magnitud! Cambio…

– No puedo, Jeff. Me tomarán por un loco cuando les cuente lo que falta. Sólo necesito que tú me lo confirmes. Cambio…

–  ¿Quieres hacer un descubrimiento saltándote los protocolos? ¿Qué es lo que falta, Véles? Cambio…

– Este… Te vas a reír, Jeff… A la semana de estar investigando ese enorme embudo galáctico empecé a recibir pulsos procedentes de su centro. El sónar registró tonos… Eran pausados pero constantes. También aleatorios. Hay días que los recibo, días que no. Lo más curioso es que el monitor sufre interferencias, unas veces son rectas y horizontales, otras ondulan en vertical. Me tiene extrañado. Es como si ese indeciso astro quisiera guardar en secreto su posición real. Cambio…

–  Definitivamente te has vuelto loco. Cambio…

– Lo juro por la Virgen de Rosario. Que me muera si no es cierto. Toc, toc, toc, toc, toc ¡Retumbaba mi mesa al enchufar el altavoz! Cambio…

– Vamos, hombre. Cualquier físico recién licenciado se da cuenta al observar a Espín que, salvo esa capa de gas tan vistosa y colorida, no tiene más misterio que el del silencio. Entre las constelaciones autistas, ésta se lleva la palma. Puede dar gracias a su nebulosa; si no, no saldría en los mapas estelares. ¡Un agujero negro que emite tonos! No me hagas reír, Véles. Cambio…

– Te digo que aquí hay ángeles escondidos, canadiense tocapelotas. Cambio…

– Además de encontrar un fabuloso sumidero espacial, pretendes añadir vida inteligente que se ha puesto en contacto contigo. ¿Quieres perder el puesto de trabajo? Cambio.

– Sólo quiero que me confirmes dentro de seis meses que CT-338B se ha desplazado hacia el epicentro de ese hueco, ¿ok? Lo demás es cosa mía. Hay mucha gravedad ahí arriba. Cambio…

– Ok. Tú sabrás lo que haces. Cambio…

– Gracias, Jeff. Ah, Y ni una palabra a la Asociación Internacional de Astronomía, ¿entendido? Cambio…

– Me vas a meter en un lío, cabrón. Cambio…

– Te enviaré una piruleta por tu cumpleaños. Cambio y corto.

– Que tenga forma de corazón. La voy a necesitar. Cambio y corto.

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Ironía

Pregunta el Fiscal:

– ¿Es cierto que usted el dia de los hechos se cagó en los muertos del denunciante, en toda su puta familia, en la perra cara de su madre y en el hijo de puta de su padre, al igual que en toda la corte celestial?

Respuesta del Acusado:

-No, es falso… Yo estaba tranquilamente trabajando en la fundición y entonces le dije “Antonio, por Dios, no te das cuenta de que me has echado todo el acero fundido por la espalda y que es una sensacion muy desagradable?”

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