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Archive for 16 febrero 2006

Reservado

Cada día es más difícil aparcar en mi barrio.

Ha subido el nivel económico de las familias, los hijos no se han ido de casa pero sí se han comprado un coche para moverse por la ciudad… Matrimonios jóvenes que consiguen comprar un piso de segunda mano gracias al trabajo de ambos, cada uno en una empresa, cada empresa en un polígono, cada uno con su utilitario achatado y raspón, o también de segunda mano… Se han ido abriendo pequeños comercios a lo largo de estos años, fruterías, panaderías, ferreterías, venta de electrodomésticos o de muebles de cocina, y sus dueños, cómo no, necesitan de las furgonetas para portes y repartos…

Mi barrio, de calles estrechas y unidireccionales, se ha convertido en un reino de vehículos que compiten por encontrar un hueco donde pasar la noche al abrigo de la helada. O de los cacos. O, simplemente, de pasar la noche.

Lo triste de esta historia es que, con el aumento del número de coches y la disminución de aparcamientos, la gente está perdiendo el civismo y la buena educación.

Anoche mismo, salí tarde de trabajar y regresé a una hora imprudente. Había anochecido dos horas antes. Los obreros cenaban tranquilamente viendo la televisión mientras yo suspiraba por encontrar una plaza en la que abandonar el carro. Como este morciguillo, otros pobres rezagados recorrían las angostas callejuelas malhumorados. Una vuelta, otra vuelta. No quería dejarlo en doble fila, para evitar multas, y eso aumentaba el esfuerzo y tiempo de la búsqueda. Al cabo de veinte minutos, en una calle apareció.

Entre una fila de vehículos perfectamente alineados, un espacio vacío suavizaba mi cabreo. Era amplio, como si un monovolumen familiar lo hubiera ocupado antes de dejármelo a mí, y una señora de mediana edad y el pelo recortado a cazuela ocupaba el centro del hueco, mientras sujetaba la correa que su pequinés trataba de estirar sin éxito.

– Señora, ¿puede subir a la acera, que voy a aparcar? -le dije tras bajar la ventanilla. Sentí cómo se perdía el calor del interior del vehículo.

– Se lo estoy guardando a mi hijo, que viene ahora.

– Pero señora, ¡que he llegado yo primero y la calle es de todos!

– Yo no me voy a quitar. Busca otro sitio.

Diez minutos más tarde, entraba por la puerta de casa quejándome del egoísmo primario que mueve a los seres humanos a apropiarse de los espacios públicos que todos tenemos derecho a disfrutar.
Afuera, un pequinés corría por la acera nervioso y libre, arrastrando una correa con él.

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Alias

Alberto Gutiérrez Martín, alias “El Brujo”, alias “El jíbaro”, alias “Pociones”, alias “Diablo”, llamado “Cachorro” por su padre, “Bola” por su novia, con el mote “Tuercas” en su pueblo natal, alias “Cirujano” en el taller de motocicletas, conocido como “Tinieblas” en la barrio de La Marquesa, alias “Fermento”, alias “El mongol”, apodado “El rodillo” por los compañeros de la banda, con el sobrenombre de “El cura negro”, llamado “McCain”, “Culebra” y “El mago” por la policía, y conocido como “Vampiro” en el módulo 3 de la cárcel de Gerona, era una buena persona.

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Ayer nevó

Ayer nevó. Estábamos en horario de tutoría, estudiando bajo la distraída mirada de doña Mercedes, cuando los cristales de las ventanas,

en silencio, empezaron a cubrirse de blanco. No nos dimos cuenta hasta que Tomás dio un grito que nos despertó de golpe: “¡Nieva en el patio!“. Instantáneamente, nos agolpamos en las ventanas, entre gritos de histeria y emoción. No veíamos caer copos desde hacía seis años, cuando la guerra. Habíamos hablado tanto de aquella nevada…

Como un enjambre de abejas excitadas corrimos a ponernos los abrigos y salimos al patio, ante el desconcierto de doña Mercedes, quien sólo alcanzó a retener a Tomás agarrándolo del jersey de lana. El griterío en los pasillos del colegio rompió la acostumbrada paz del edificio. Fuera, apenas se notaba el frío y, sin embargo, las copas de los árboles y los bancos de madera ya se encontraban ocultos bajo un palmo de nieve. Con la cara todavía caliente y el abrigo mal ajustado, a tres de mis compañeros les impactaron varios bolazos repentinos. Procedían de los chicos del curso superior. Pertrechados tras los cipreses, habían salido antes que nosotros y preparado la emboscada con tiempo. Nos rehicimos enseguida, acudiendo a los viejos bancos de madera, que nos proveían de refugio adecuado a nuestra altura y munición de sobra. La guerra blanca empezó a las once y media.

Como una orquesta de antiaéreos llenamos el cielo de proyectiles sobre los cipreses. La histeria nubló nuestras cabezas y sólo dejaba vivo un pensamiento claro: acabar con los mayores. Nos afanábamos en recoger la nieve a puñados, endurecerla en nuestras manos y disparar sin definir un objetivo. Allí están los árboles, allí están ellos, allí bombardeamos. Catapultas mecánicas que no sentían el frío; más bien, el calor nos volvía ágiles y atrevidos. Con los bancos limpios de su carga mortífera decidimos avanzar sobre el enemigo, quién aún se defendía tímidamente. Fuimos arañando la nieve del suelo, con prisas, sin mirar si arrastrábamos piedras o metíamos las manos entre el hielo de los charcos cortándonos los dedos, insensibles a la sangre que pintaba el suelo en gotitas perdidas. Arrojamos de todo, embrutecidos y desesperados por estar al descubierto. Sonaban “clocs” en los troncos de los cipreses, oíamos gritos, las sombras se movían entre la blanda tormenta de nieve y el aire nos traicionaba, escupiendo copos sobre nuestras caras. “¡Disparad! ¡Disparad!”, repetía Herminio, y las ametralladoras mantenían sus incansables y ciegas descargas. Avanzamos sobre los árboles, los superamos y no sentimos resistencias. Sólo el viento en golpeando el rostro y la furia de la venganza. “¡Seguid disparando!”, ordenaban…Cuando dejó de nevar, un reguero de cadáveres manchaba el patio del colegio. Doña Mercedes nos miraba desencajada a través de la ventana, mientras apretaba la cabeza del mocoso de Tomás contra su vientre.

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