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Archive for 20 enero 2006

Ayer hizo un día delicioso en Boecillo. La crudeza habitual de las heladas y nieblas no se notó en medio del parque de empresas, rodeado de pinares. La temperatura agradable nos permitió llegar a la cafetería de Vodafone sin abrocharnos el abrigo.

Allí estábamos, tomando el amarillento pincho de tortilla diario, cuando a Antonio le empezó a sangrar la nariz espontáneamente. Plin, plin, plin. Las primeras gotas rojas quedaron en la mesa. “Ya estamos otra vez”, dijo echando mano a las servilletas. Se apañó un tapón como pudo pero tuvo que buscar los kleenex, más absorbentes para estos casos. “No os preocupéis, es normal”, nos tranquilizó. Sin embargo, la hemorragia no se cortaba y tuvo que salir disparado al baño.

Sorprendidos por la situación, pensamos que podría arreglárselas sólo así que seguimos desayunando. Pasaron los minutos. Antonio no volvía. Empezamos a mirar al baño. “¿Qué hacemos?”, preguntó alguien. “Tienes sangre en la nariz”, me dijo uno. Me palpé y noté la gota recorrer mi dedo hasta la muñeca. “¡Vaya!… Oye, ¿tú también sangras?”, le señalé. Plin, plin, plin, plin. Como surtidores de una fuente programada que despierta de su letargo, los cinco compañeros de Antonio habíamos empezado a sangrar simultáneamente. Nuestras manos eran pinceles cargados de color atardecer y dejaban vistosos brochazos allá donde tocaban. Las tortillas se tiñeron de naranja, así como el servilletero de acero, antes gris.

Como posesos, corrimos al servicio de caballeros, a desangrarnos lejos de las miradas asqueadas de los clientes. Algo hacía encallar la puerta a mitad de su recorrido. Pasamos casi de perfil, a trompicones, apretándonos las narices y sintiendo un embalse líquido y espeso con ganas de salir. Nacho tropezó, desparramando el gasoil rosado sobre su jersey y los vaqueros de Antonio. Sergio y yo buscamos desesperados el papel higiénico, pero deshilamos el rollo con tantos nervios que acabó saliendo de su eje para caer en la taza del váter. En el lavabo, Carlos, Javier y Antonio se disputaban el chorro de agua fría como buitres la carroña. Sus mangas mojadas hacían de esponja para frenar el desbordamiento nasal. Plin, plin, plin…

“¿¿Con quién os habéis zurrado??”, nos preguntaron cuando regresamos a la oficina.

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Parir por huevos

Llegado a través de un correo electrónico:

El acto de parir, ya se trate de un hijo, una idea o una obra de arte, va siempre acompañado de dolor.

Los indios huicholes piensan que la pareja de la mujer debe compartir el dolor y el placer de dar a luz: por eso, mientras ella está de parto, el marido se sienta en las vigas situadas sobre su cabeza con una cuerda atada a los testículos. Cada vez que tiene una contracción, la parturienta tira de la cuerda.

Al final, el marido siente tanta alegría por el nacimiento del niño como la mujer ¡O incluso más! Esta costumbre de compartir los dolores del parto, en la que el hombre mantiene una actitud simpática de empollamiento ante la llegada del hijo, está extendida entre muchos nativos.

Parir por huevos
Pintura sobre madera huichol, contemporánea, California, Estados Unidos.

¿Cómo cambiarían las cosas si los hombres también dieran a luz?

Comentario anónimo: “Yo tampoco sé cómo cambiaría la vida, pero sí que sé lo “retorcidillos” que somos (ellos y ellas). Al nacer, lo hacemos llorando y si no lloramos nos pegan para que lloremos. Sólo cuando el niño-a llora, los mayores de alrededor sonríen complacidos. Así somos de malas bestias: reímos ante el dolor del otro. Al morir se cambian los papeles y el que parece acabar se queda con un rictus de sonrisa (creo que se ríe de todos nosotros y, hasta puede añadir: ¡que se jodan!) y cuando en su rostro aparece ese rictus de sonrisa, nos hace llorar a los que estamos alrededor. Creo que ya tenemos bastante con ir generando vida alrededor nuestro y ésta se genera de muy variadas maneras; la cuestión es generarla. Parafraseando a Machado: “Caminante sí hay camino. !Lo que hace falta es andar!”

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Acabo de escuchar en la radio una noticia que me ha hecho pensar en propiedades matemáticas.

Resulta que un ciudadano del austriaco ha sufrido un golpe de viento y sus dos únicas neuronas alojadas en su cabeza han chocado una contra otra. Debe haber sido una experiencia llena de sensaciones para el andóval, pues nunca antes debía haber gozado de  semejante conexión interna. Era de imaginar que, dado el inmenso tamaño de un cerebro en comparación con las microscópicas células neuronales, éstas no se hayan encontrado a través de los procesos naturales que conlleva el pensamiento, y sólo “cataclismos externos” como la racha aérea fueran capaces de obrar el milagro.

Lo triste del milagro es que ha liberado tanta energía por centímetro cuadrado en tan poco tiempo que el schwarzenegger se ha visto sorprendido y no ha sabido gestionarla, ha matado a sus cuatro hijas y después se ha quitado la vida.

Si bien no es nada valiente asesinar a unas niñas que no pasan de los 10 años y encima son tus hijas (los lazos afectivos han servido de poco), me parece una mayor cobardía el quitarse de en medio para no apechugar con las consecuencias y tener, si la hay, una posibilidad de ser perdonado.

Pensando estaba en lo cobardes que son los asesinos-suicidas (problemas psicológicos aparte) cuando me di cuenta de que una clase de matemáticas no les vendría nada mal. Concretamente, aquella que explica que “el orden de los factores no altera el producto”.

“Señor Gutiérrez, antes de cargarse a su señora y luego volarse la tapa del váter, tenga en cuenta que el orden de los factores no altera el resultado de sus acciones. Por lo tanto, hágale un favor a la propiedad conmutativa: péguese un tiro primero y luego ahorque a su señora o al perro de la vecina. Así quedan contentos ambos, créame.”

Parece una frivolidad convencer a un imbécil de semejante mentira matemática pero no hay que perder la esperanza pues, si es capaz de matar a sus seres más cercanos es que no goza de excesiva iluminación en la azotea.

Si algún psicópata de este calaje hace como que lee estas líneas, aquí va mi despedida: Ya que eres un cobarde, al menos altera el orden de los factores y empieza la carnicería contigo. Los que te sufren ahora hablarán a tu favor el día del Juicio Final.

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Había quedado con Marian para devolverle un libro que me prestó. Mientras tomábamos un café en el Doctorado descubrí una de esas insospechadas relaciones causa-efecto que ligan acontecimientos aparentemente independientes.

Recordaba Marian cómo, a raiz de la muerte de su padre, volvió a recuperar el trato con personas del entorno de su progenitor. Una de estas personas era Inés, sonriente anciana encargada de gestionar una asociación de ayuda al inmigrante llamada San Vicente de Paúl. Inés comentó a Marian que necesitaban una persona para cubrir un puesto de educador. Marian ya trabajaba, por lo que pasó la información a Ana. Ana pensó en este murciélago, que no tenía empleo, y el bicho dejó el curriculum. Al día siguiente, lo llamaron.

Estuve un mes y medio disfrutando de la experiencia de enseñar español a marroquíes. Ellos no sabían dos palabras cuando empezaron y yo me apoyaba en lo que fuera para hacerme comprender. Apuntaba cómo se pronunciaban en árabe ciertas palabras de uso frecuente, así las podía referenciar como ejemplos rápidos y la clase avanzaba un poco mejor. Al menos, ver que el profesor se interesaba por su idioma les hacía, repcíprocamente, intersarase por el idioma del profesor. Era otro elemento motivador.

Estando en esta tesitura, en cuanto me enteré de que en el Centro Cívico de mi barrio iba a empezar un curso de árabe, decidí apuntarme.  Arancha, quién también enseñaba español a extranjeros en otra asociación, se quedó con las ganas de acompañarme en las clases (ya tenía sus compromisos a la misma hora). Pero tan contento me vio llegar los viernes y sábados de la cátedra de árabe que acabó apuntándose también. Asalamo aleicom.

Fue hablando con Marian en el café cuando vi esa escalera de fichas de dominó que caen y golpean a otras, haciéndolas caer empujando a las siguientes: la muerte de su padre ha posibilitado que Arancha se encuentre aprendiendo árabe en estos momentos.

Alguien dijo que el batir de alas de una mariposa en China podía ser la causa de que uno estornudara en las antípodas. Y no andaba desencaminado.

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Todos valen

Viendo que los pastores habían hecho lumbre y asado un cordero tierno para que la familia cenara caliente, que engalanados reyes extranjeros habían traído regalos costosos y deslumbrantes, y que hasta los ángeles se habían hecho presentes y cantaban alegrías tintineantes, aprovechando que el bebé volvía a llorar de frío, el buey le preguntó a la burra, con un mugido ahogado en vergüenza, qué pintaban ellos en aquel establo.

Él ha venido a nuetra casa -rebuznó la penca, sin saber que pasaban a formar parte del Misterio.

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