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Archive for 21 octubre 2005

La anéccdota del bar París no fue la última ni la primera de aquella noche de sábado, primavera en Valladolid.

Transcurría nuestro primer año en la universidad, nos sentábamos en la última fila de la clase e intercambiámos apuntes y dudas, como si de un rito diario se tratara. Éramos unos críos de diecinueve años, con ganas de descubrir las andanzas que prometía la nueva etapa de estudios. Decidimos dar una vuelta por el excitante ambiente juvenil de la noche pucelana. La ciudad vivía el desahogo de las clases con una alegría nocturna que llenaba los bares y garitos de las distintas zonas de marcha.

Nuestro territorio favorito era “La Antigua”, asi llamada por la iglesia medieval de piedra caliza, la cual soportaba en sus muros el caudaloso orín de los impacientes. Allí se concentraban pubs estrechos con música de los 70, cafés de ambiente relajado, locales que machacaban música a niveles ilegales, tabernas estrechas, chupiterías de licores exóticos y promesas de ligue, y un enjambre de estudiantes dispuestos a beber toda la cerveza que se hubiera importado de Alemania.

En el Taj Mahal, pese a su espaciosa pista de baile, la carencia de perchas obligaba a los clientes a tirar sus abrigos -aún soplaba el viento del norte- sobre una zona del mostrador, donde éste perdía altura. El mío era una ligera y aburrida chaqueta gris; Eduardo no gastaba. Preferí conservarla de la mano, pues era evidente que no iba a bailar con dos pies izquierdos. Consumido el tiempo, antes de marchar, Eduardo se agenció un abrigo de entre el montón abandonado a su suerte sobre el mostrador negro. Tuvo tiempo de seleccionar, “Éste es de chica… éste es blanco… ¡éste!”, mientras yo le miraba perplejo, sin dar crédito a lo que efectivamente hizo: llevárselo puesto.

– ¡Pero cómo lo vas a robar!

– ¿No hace frío? Ya lo dejaré mañana en “Objetos Perdidos”. Seguro que irán a buscalo allí.

La discusión duró algunas calles. Empecé a plantearme quién era Eduardo, hasta qué punto le conocía y si su desconcertante compañía sería realmente afín a mi tranquilizada forma de pensar. Este hecho me dejó preocupado: esa falta de ética no me gustó en absoluto. Pero con todo y eso, seguimos caminando hasta dar con el bar París.

Tras la sonora cazada del camarero, yo quise ir a casa, pero Eduardo me rebatió:

– Sí que quedaba bote, aunque no como para pagar dos cubatas. Venga, vamos a tomar la última.

Obedecí, esperando que la pesadilla hubiera terminado. Entramos en un bar ajeno a la fiesta juvenil universitaria. La gente era de la edad de nuestros padres, la música sonaba en un tono agradable y el camarero vestía de blanco con pajarita negra. “Dos chatos de mosto”. Algo barato, para fundir existencias. Fui al servicio. Al volver, Eduardo me explicó la situación:

– Mira, queda bote, pero sólo 50 pesetas. Con esto no alcanzamos a pagar más que uno de los mostos…

La opción del “sinpa” no era viable. Poca gente en el local, había que subir cuatro peldaños para salir de ahí y, lo que menos me gustaba, el camarero lucía una cara de árbitro de fútbol cabreado. Nuevamente, triunfó la verdad, pero esta vez la explicó él, sin babilla goteando. Aún no se me ha olvidado la mirada de soplete que nos ganamos. Todavía veo sus ojos negros parándose en mi cara.

– No pasa nada. Invita la casa.

Y su amabilidad seca me supo a latigazo, delante de varias sonrisas a medias apoyadas en el mostrador. Juré no volver a salir de marcha sólo con Eduardo.

 

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El bar París

El segundo día de clase decidí salir con los alumnos a tomar un café en el descanso. Me llevaron al bar París. A pesar del rapado al cero y de un físico que sustentaba unos kilos más de los deseables, reconocí al camarero. 

En aquel tiempo, era un chico delgado, fibroso, coronado por un cabello negro de raya sumisa, con el nervio vivo y el ojo atento a mil cosas. Se diría que era capaz de cumplir con las tareas inagotables de su puesto: escuchaba los pedidos de los clientes mientras fregaba vasos y, seguramente, pensaba en los cafés que debía preparar. Esa noche el local bullía de humanidad -era un sábado de primavera-. “¿Cómo me va a oír, con mi voz ahogada y el ruido de este gallinero?”. Desde tercera o cuarta fila pedí dos cubatas. Fue una concesión que le hice a Eduardo, por terminar de romper la noche con algo de alcohol. No iba a perder nada a esas alturas. Presto, el chico plantó en el mostrador dos tubos de licor marrón con hielos flotando, pero no alcanzábamos a los vasos, demasiada gente por medio. El camarero fregaba y atendía, casi sin levantar la cabeza. Ya había servido otra ronda a los fanáticos de primera línea cuando Eduardo me comentó lo último que quería oír:

– No queda bote. ¿Qué hacemos?

– ¿Cómo que no queda bote? ¿¡Y lo dices ahora!?

– ¿Nos vamos…?

Fue la primera vez que hice un “sinpa”. Entre la marea de gente que entraba y salía del bar, pasamos la puerta y nos fuimos “sin pa”gar. El Pepito Grillo de mi cabeza me  repetía lo poco cuidadosos que habíamos sido en esa ocasión, pero me sentí aliviado de respirar el aire cómplice de la noche. “Eso no ha estado bien”, le dije. “Pero si sólo es un cubata”, me respondió. Tras la frustrada consumición di por finalizada, esa noche, la aventura de salir de copas con Eduardo. Era hora de recogerse.

Apenas dos manzanas del bar París, caminando por el asfalto dormido, una voz que se echaba encima nos hizo parar.

– ¡Oye! ¡Que no me habéis pagado los cubatas! -nos advertía el camarero fibroso y con el ojo atento a mil cosas. Comprobé que vestía un mandilón blanco a la cintura. Nos quedamos impresionados sin saber qué decir. Con el barullo y la cantidad de clientes necesitados de sedienta atención, el chico de raya sumisa había notado la falta de dos consumidores y salido corriendo detrás nuestro en busca de lo que le pertenecía. No lo esperábamos. Me sentí como un fugitivo rodeado de policías. Mientras Eduardo se apoyaba en un coche frotándose la cara, dejando caer algo de babilla y preguntándome, con  pastosas palabras, qué había pasado, yo le expliqué nuestras empobrecidas circunstancias, la poca atención “de este borracho que me acompaña” en la gestión del dinero y que me dijera cuánto debíamos por los cubata, con intención de pasar al día siguiente  por el bar a hacer justicia y, con ello, tranquilizar mi conciencia.

– Nada, nada -nos dijo- Ya veo. ¿Qué son dos cubatas para un bar?

Y se fue.

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