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Archive for 23 agosto 2005

Marruecos: Fez

Pasamos el día en Fez. Un desastre. La visita ha durado todo el día y ha recorrido los negocios de la familia del guía local, que se llamaba Idrís y cuyo teléfono móvil no ha parado de sonar. “¿A qué primo tuyo vamos a ver ahora?”, era la broma.

Fez es una ciudad muy extensa, de casa de dos o tres pisos de color tierra, blancos, grises y ocres suaves. Además, incluye un casco antiguo muy intrincado. “9500 calles, 1000 de ellas sin salida”, repetía Idrís. Callejuelas estrechas, empedradas, forman la vieja medina, “una ciudad dentro de la ciudad”. Un laberinto agobiante donde se cruzan comerciantes, trabajadores, ciudadanos, turistas y burros (“los 4×4 de Fez”, según el guía) en menos de metro y medio de anchura.

          Recorriendo estas calles necesitamos protección. Mohamed, que tendría que quedarse en el hotel, nos acompaña “de guardaespaldas” porque un grupo numeroso de personas no puede ser defendido por un único guía. De hecho, un tercer marroquí cierra la comitiva. Parece un portero de discoteca, musculado, calvo, alto y con una presencia física intimidatoria. A éste personaje sacado de los cuentos de Mortadelo y Filemón le comprará Carlos una “china” (la de chocolate) poco antes de comer.

 

El laberinto está lleno de tiendas. Sólo he visto dos pescaderías y estaban juntas. Un local lleno de llaves hace de inmobiliaria; allí se regatea el precio de la vivienda. Por regatear, que no quede. En las mezquitas no podemos entrar, somos infieles, por lo que tomamos fotos desde la puerta. Hemos visto muchas puertas: de mezquitas, de murallas, de palacios…

Los jóvenes intentan vendernos de todo: cerámicas, orfebrería, tambores, carteras… Los niños nos siguen, pidiendo bolígrafos insistentemente. Alex compra unos chuches para irles dando pero, curiosamente, un niño que recibe una golosina  a escondidas reclama un bolígrafo a mayores. ¿Ansia por escribir al hermano que saltó a España en busca de trabajo?

Los burros circulan cargados de cajas, personas y bombonas de butano. Transitan aplastando la marea humana contra las paredes del callejón.

tráfico burros

La medina es la parte más interesante de Fez, pero un auténtica encerrona. Las paradas técnicas previstas disfrazan la necesidad comercial con la excusa cultural de conocer “los procesos productivos”. Así, hemos aprendido-comprado en un taller de orfebrería, otro de marroquinería, otro textil, una tienda de alfombras, otra de ropa y un horno de cerámica. Ha sido ésta la parte negativa de la visita “cultural”. Sin tiempo para disfrutar del laberinto saltábamos de tienda en tienda. “Los primos del guía”, que decíamos, aunque los auténticos ‘primos’ éramos nosotros, pues nos fueron enganchando la pasta a la mayoría.

Arancha y yo regateamos dos veces y compramos una. En la segunda ocasión, ella se enfadó con mi mal estilo driblando al rival y tiró el pañuelo que se iba a comprar. La primera vez lo hicimos mejor. Nos pusimos de acuerdo y llegamos a un punto de entendimiento con el vendedor, cuando ya nos íbamos dejándole las babuchas. Logramos sacarlas… pagando su precio de venta en España.

tinajas de tinte de cuero

 

El calor ha sido más soportable gracias a la sombra permanente de los callejones. Hemos visto fuentes públicas. Además, algunos vecinos dejaban bidones llenos de agua y un vaso con el que servise el sediento caminante.

La visita más interesante fue a un palacio-restaurante. Unas escaleras accedían al patio del palacio y un hombre guardaba la subida sentado en un taburete. Idrís nos hizo colocarnos  por los escalones, junto a las paredes, cuando estalló la revuelta. El hombre del taburete empezó a gritar en árabe, se levantó e increpó a Idrís, quien también le replicó en árabe. Nosotros, sorprendidos. La cosa se calentó y Mohamed y el portero de discoteca, junto a otros hombres del interior del palacio, se unieron para separar a los vocingleros. Gritos en árabe, empujones… Finalmente, el del taburete se sentó e Idrís nos pidió disculpas. Nos contó cómo se hizo el techo del palacio y recordó que podíamos tomar fotos. Más tarde seguimos nuestro camino. Nadie quiso tomar fotos.

Comentando la jugada con los demás, salieron dos versiones: la ficticia y la real. La ficticia achacaba a que al hombre del taburete le molestó que una chica pisara el interior del patio. “Es que no puede pisar”, dicen que dijo. Pero ¡había dentro una pareja de turistas!. Luego apareció la auténtica. Nuestro guía local iba a o amenazó con recomendarnos que no compráramos nada en ese lugar, lo cual no gustó en exceso al guardián de la escalera, que nos vetó personalmente el acceso. Entonces empezó la refriega verbal, “Tú no eres quién para impedirnos el acceso”, etc. En cualquier caso, mejor para nosotros: ha salido más barato.

Hoy se fueron las tres chicas catalanas y llegaron otras tres personas para hacer el mismo circuito con nosotros: un matrimonio de Sevilla, Guillermo y Nuria, y Carlos, un valiente navarrico que viaja solo.

El hotel donde nos alojamos incluye una piscina que hemos explotado sabiamente por la tarde. Nos enteramos de que Alex no sabe nadar. Él y Mila han adoptado a una niña china;  Guillermo y Nuria también iban a adoptar, tras tres años buscando el churumbel, pero lo encontraron después de conseguir entrar en las listas de adopción. Silvia y Tomás tienen una gata a la que Tomás “ponía cachonda”. Por su parte, Arancha ha perdido y encontrado un pendiente en mitad del césped oscuro, ya anochecida la tarde. Mildred dirige una agencia de viajes con su hermano, donde emplean a cuatro personas y Tita, su madre, tiene cierto miedo a subir en camello debido a su hipertensión. De estas cosas se entera uno tomando un té antes de acostarse.

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Paramos en Casablanca para ver la gran mezquita de Hasán II. Construida en un 80% sobre el mar, más que centro religioso es un ostentoso palacio de dimensiones titánicas pagado por el pueblo marroquí y construido por un arquitecto francés. He disfrutado de la piedad y el silencio, la paz y la brisa húmeda llegada del mar, bálsamos relajantes con los que me he cubierto mientras descansaba sentado a la sombra. Bajo este clima de meditación, me he acordado de Loredi y su viaje a la India con heridas en el pie, de mi familia y sus accidentes, de la comunidad cristiana y la boda de septiembre.

 

mezquita Hasán II

Antes de partir de Casablanca, esperando en el bus se han ido rompiendo los hielos entre nosotros. He conocido a nuestro conductor, Khalil, que me ha saludado muy amistosamente con un juego de manos como si me conociera de toda la vida. Me cuenta que su hermana vive en Morata de Tajuña, está casada por lo cristiano y tiene dos hijos. Espero que no quiera que le llevemos ningún paquete para entregárselo en España. Cualquiera sabe.

Una de las cosas más curiosas de Casablanca es la invasión de antenas parabólicas en azoteas y balcones. Da la impresión de estar ocupados por camadas de enormes “micky-mouse” blancos.

Es importante descansar mientras el microbús come kilómetros y el paisaje se repite. Arancha duerme, a pesar de la música, Yo también he logrado descansar y reducir las molestias del estreñimiento que se han instalado en mis cañerías. Aprovecho que viajamos de nuevo por autopista para anotar dos cosas. Mohamed llama “escañones” a los escaños políticos y “jodíos” a los judíos, lo cual ha provocado unas risas discretas entre nosotros; al chico vitoriano le han llamado la atención por tumbarse a la sombra de la gran mezquita. Un policía le recordó que era un lugar sagrado, como si a Dios le molestara que sus hijos descansen frente a un edificio donde no está encerrado.

Tras visitar un mausoleo en Rabat, nos llevan a un café, “el mejor de la ciudad”, donde pasar diez minutos dejando más dinero al primo del guía quien, por cierto, es nuevo y nos ha enseñado la ciudad. Allí nos informan de que no llegaremos a tiempo a Meknés, lo cual nos molesta sobremanera: para el café sí tenemos tiempo, para conocer nuevos sitios, no. Decidimos no tomar el café, pasear por los jardines de la Kasbah y dejar sin propina al nuevo guía, entre otras cosas, por su monótona explicación.

De camino a Fez, Mohamed ha tocado el problema del Sahara. Los catalanes, republicanos de izquierdas, han apretado las tuercas con la actitud de Marruecos en este asunto. Mohamed ha intentado defenderse desviando el tema hacia el problema de independencia vasco y catalán. En estos momentos, el microbús es un pequeño parlamento donde se debate de política española. Mientras, las salvadoreñas tratan de dormir.

En Meknés encontramos unos neumáticos ardiendo y oscureciendo el atardecer con un humo negro que se eleva junto a la muralla de adobe. Hay mucha vida nocturna, pero no la vamos a disfrutar, debemos continuar hasta Fez.

antenas

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Marruecos: Marrakech

          Desde el avión he visto el pequeño salto que es el Estrecho de Gibraltar, con barcos ¿pateras? Cruzando hacia la península y dejando una estela blanca tras de sí. España y Marruecos se veían planos y marrones, sobresaliendo el brazo de mar en un azul impoluto, como en un atlas geográfico.

          El imperio alauita, a vista de pájaro, es una extensión de cuadrados secos monocromático y carreteras de largos kilómetros rectos, como arañazos negros entre campos de barbecho. Lo he presentido árido; por eso me ha chocado el comentario de Mustafá, nuestro guía en este primer día, sobre la gran cantidad de agua del país, sus sesenta pantanos, “¡Más que en Francia!”, y su ausencia de sequía.

          Al salir del aeropuerto el calor no me ha parecido excesivo pero el horizonte me ha defraudado. Es aburrido. Al rato de recorrer las calles de Marrakech no veo más que edificios marrones de media altura. La ciudad emana un olor a gasolina quemada, al igual que ocurría en Managua, y se vuelve monótona con sus avenidas trazadas con tiralíneas y sus edificios de color desierto, del color ocre del olivar, del ocre de los campos de naranjos.

           Quien no ha resultado aburrido ha sido Mustafá. Un hombre encorvado, de barba canosa y mirada cansada, nos ha deleitado con sus ironías históricas y su franqueza. Sociólogo de estudios, fue expulsado de la universidad cuando era profesor. “Por rebelde”, dice. Huyó a Libia y volvió a los tres años, calmadas las cosas, para convertirse en guía útil, divertido y escéptico. Su origen bereber le ha hecho enganchar rápidamente con una de las chicas del cuarteto que le seguía, procedente de San Sebastián. “Tú eres rebelde”, le repetía. “A ti te han dicho que en Marruecos las mujeres llevan pañuelo en la cabeza y por eso te lo pones”.

          De su mano hemos visitado los jardines de la Menara, un  olivar extenso donde los campesinos acudían en familia a comer a la sombra de los árboles. “Pero lo ha comprado  una multinacional francesa y, llegada una hora, viene la policía a echarlos”, comenta. “Aquí se produce mucho vino. Cuando la cosecha es mala en España, lo compran aquí y lo embotellan como Rioja. Yo he sido traductor en esos negocios.”

           

tumbas saadianas

          Descubrimos que “riad” es “jardín con fuente”, que incluye un par de habitaciones a cada lado, donde alojar a las esposas de un rico musulmán, y que “bahía” significa “bella”. Es un palacio el de Bahía rico en artesonados de cedro, compuesto por varios “riad”, donde el rey alojaba a sus múltiples esposas y concubinas. “Cuando una tribu le ofrecía una muchacha en matrimonio, no podía rechazarla. Así se emparentaba con esa tribu y no le guerreaban. Los teólogos han justificado la poligamia con un verso coránico. En realidad lo hicieron para que el país no se llenara de viudas jóvenes –que caerían en la prostitución-, pues sus maridos solían morir en las guerras. Sin embargo, el rey disponía de una sala privada donde las bailarinas ofrecían el baile de los siete velos, mientras una orquesta de músicos ciegos amenizaba la fiesta. Si al rey le gustaba una, había una cama. Eso estaba prohibido por la ley, de ahí que la habitación se cerrara y los músicos fueran
ciegos”. Ciegos sí, ¿pero tontos?

 

palacio de Baha

         Antes de visitar la plaza del mercado, donde nos tomamos un zumo natural por 30 cts y Mustafá nos explica los engaños de pitonisas y vendedores, recorremos callejuelas estrechas y empedradas de una zona antigua y muy comercial. Me sorprende gratamente lo aprovechado que está el espacio. Pequeños, estrechos y profundos locales se transforman en talleres de tejidos, joyerías, tiendas de ultramarinos, reparación de motos, cose-todo o barberías de dudosa higiene. Compruebo que hay muchos hombres cosiendo, árabes, tres o cuatro en cada mercería o tienda de ropa. Tres mendigos, los únicos que he visto, levantan la mano al turista.

 Mustafá nos lleva a una farmacia. Allí nos hacen pasar a una sala, cierran la puerta y el farmacéutico, en buen español, nos hace una presentación tipo “tupperware” de sus hierbas, mezclas y jabones. Nos restriega los brazos con perfume, nos hace inspirar unas semillas negras “contra los ronquidos” e, incluso, hace pasar a una chica para que dé un masaje con ungüento a la colombiana. Naturalmente, compramos perfume, té y hasta postales. Primer sablazo.

 Son las doce de la noche. A las 6 nos levantamos y a las 7 salimos para Fez, vía Casablanca y Rabat. 500 kilómetros o más nos esperan. Un grupo de jóvenes ríe a mandíbula batiente en la calle. Me voy a la cama.

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