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Archive for 26 julio 2005

Vimos Sagunto y al Pez Luna, una extraña joya de la naturaleza, protegida en el Oceanográfico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

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Cuatro excusas

Conocí al que algún día será mi editor en un curso de formación para una gran empresa. Como muchos físicos recién licenciados, empezó su vida laboral desarrollando programas informáticos que no le llenaban el alma y depurando su técnica quirúrgica con los boquerones grises, contenido del segundo plato en el menú que los martes ofrecía la cafetería de la empresa. No sé si algún día querrá abrir una clínica privada para mejorar la estética de estos pobres bichos pero, ante las expectativas que esta idea le pudiera generar -recuerdo su fabulosa habilidad para desespinar el pescado sin que éste se quejara-, llevo tiempo ofreciéndole una salida más aceptada socialmente: ser editor.

Él lo tiene fácill.  Lee diariamente en el viaje de ida y vuelta a la oficina. ¿He dicho “lee”? ¡Devora! Le he visto días de empacharse con las letras y hasta salir del metro en carrera para vomitar en el andén páginas y páginas de novela romántica mal digerida. Dedica buena parte de su tiempo libre a perderse por las recónditas librerías del casco antiguo de Egkeland. Allí compra algún saldo de bolsillo o encarga el ensayo más extraño oído jamás. Luego, me envía una crítica de la última rareza encontrada. Tal autor, tal año de primera edición,  los personajes eran de cierta época, estas eran sus circunstancias, el estilo era equis, reinaba María Eugenia, buscaré más obras del mismo autor… Y yo le bromeo, “Cuándo vas a lanzarte al mundo editorial? Sabes que no me pondré en serio a escribir hasta que me publiques el primer cuento”, a lo que responde, “Tú vete aprendiendo el oficio, que tengo unos boquerones en la sala de espera y no puedo atenderte ahora”. Pero luego me deja libros que me recomienda leer. “Creo que te gustará”, es la frase habitual. Aunque tengo demasiados pájaros que criar en la azotea, logro sacar ratos para leerme sus recomendaciones. La última vez me dejó cuatro de una sentada. No son cuatro libros para leer. Son cuatro excusas para volver a vernos.

Excusa Nº 1: El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro. Un libro didáctico, ameno y de lectura sencilla y fácil para todos. Los que crean que la política mundial tiene una explicación económica y piensen que por ahí no vamos bien, deberían tenerlo en la mesilla de noche. globalización sí, pero no por donde diga Mr. Money.

En consecuencia, mientras para los grupos globalizadores el objetivo supremo y absoluto es lograr las máximas ganancias (lo demás serán resultados colaterales), los objetores de esa recortada concepción de la existencia quieren dar sentido humano a todos los aspectos de la vida, orientándolos hacia el perfeccionamiento integral de la persona. (pp. 97 y 98)

Excusa nº 2: Las aventuras del Barón de Münchhaussen, de G.A. Bürger. Disparatada colección de anécdotas contadas por un personaje real, el mismo barón, pero recopiladas y aumentadas con el paso de los años. Sorprende la imaginación para resolver situaciones inverosímiles; ejemplo de ello es el dibujo de la portada: el barón sale de un estanque en el que ha caído montado a caballo gracias a que agarra su coleta y tira de sí hacia arriba, levantando con la fuerza de su brazo a jinete y cabalgadura a la vez. Enfrentamientos con los osos, cacerías de patos, el séquito de personajes extraños que salva de morir ahogados… Con altibajos pero divertido.

Durante dos días había perseguido a una liebre. Mi perra la levantaba una y otra vez, pero yo nunca conseguía tenerla a tiro… […] Por fin la liebre se me acercó tanto que pude alcanzarla de un disparo. Rodó por tierra y ¿qué creéis que descubrí? Mi liebre tenía cuatro patas bajo el vientre y otras cuatro en la espalda. Cuando se le cansaban los dos pares inferiores, se daba la vuelta como un nadador hábil que nada de vientre y de espaldas y volvía a correr, con velocidad renovada, utilizando los dos pares de patas de refresco. (p. 40)

Excusa nº 3: El país de los ciegos, de H.G. Wells. Un cuento imaginativo cuyo inicio me ha parecido muy malo para mejorar según avanza la trama. ¿Es posible que en un pueblo de ciegos un hombre de vista normal sea un completo inútil? En sesentaiséis páginas Wells nos desvela por qué.

“Tiene el cerebro afectado”, dijo el médico ciego. Los ancianos emitieron murmullos de aprobación. “¿Y qué es lo que le afecta? ¡Esto!”, dijo el médico, respondiendo a su propia pregunta, “Esas cosas extrañas llamadas ojos, que existen para causar una cavidad suave y agradable en la cara, están enfermas en el caso de Bogotá hasta el punto de afectarle el cerebro. Los tiene muy distendidos, tiene pestañas y los párpados se le mueven, de forma que tiene el cerebro en un estado de constante irritación y destrucción”. (pp. 56 y 57)

Excusa nº 4: La puerta en el muro, de H.G. Wells. otro cuento de Wells, mucho más logrado que el anterior -al menos para mi gusto-. Un hombre narra a otro cómo dejó pasar la oportunidad de vivir en un fantástico jardín de felicidad -lo que podríamos considerar como el Cielo- por varias veces a lo largo de su vida. Las prisas, los apremios por aquello que consideramos importante, el olvido de la infancia, el desarrollo en la sociedad, las ocasiones para cambiar de vida, cómo los adultos nos olvidamos del camino que un día, siendo niños, recorrimos hacia la auténtica felicidad. Una imagen muy potente de un idílico lugar se graba en la mente del protagonista desde que, un día, de crío cruzó una puerta verde. Pasará los años echando de menos ese tiempo que estuvo tras la puerta verde, sin embargo, cuando el azar le lleva a ella de nuevo algún motivo le impide cruzarla. Fabuloso.

Se inclinó sobre la mesa y me dijo con infinita pena en su voz: “He tenido tres oportunidades… ¡tres! Si la puerta se me vuelve a aparecer, lo juro, la cruzaré para huir de este desengaño, de este falso oropel de vanidad, de penosa futilidad. Entraré y jamás regresaré. Esta vez me quedaré… lo juré, preo cuando se presentó la ocasión… no entré.” (pp. 42 y 43)

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