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Archive for 13 abril 2005

El fin de semana pasado estuvimos en Asturias. Fuimos a parar a un albergue de un pueblo pequeño, situado junto a la autovía que va a Oviedo y cuyo único acceso, en este momento, es a través de otro pueblo llamado Pola de Lena. Columbiello se llama el escondrijo donde aparcamos los coches.

Temblando por el tiempo que hacía, tanto por el frío como porque veíamos el fin de semana perdido dentro del albergue, al final resultó un clima agradable para caminar y ver monte, en contra de nuestras peores expectativas. El sábado lloviznaba y el cielo era de un gris marengo que asustaba. El viento “fresco” no dejaba de rachear y cortar la circulación de tobillos, muñecas, cuello y espalda. El domingo el viento se redujo a su mínima expresión y el cielo era de un azul intenso en el que se podían ver perfectamente los aviones que sobrevolaban a kilómetros de altura. Era “el milagrito” de turno.

Pudimos visitar una iglesia románica o prerrománica, muy pequeña, casi privada para los reyes que gobernaban las tierras en tiempos lejanos. Sin embargo, era acogedora -la piedra da una sensación de protección embargante- y un tanto especial. Nunca había visto una iglesia con dos alturas tan diferenciadas: lo que es la parte del altar quedaba a un metro de altura sobre los bancos y estaba protegida por columnas con arcos, como si fuera una habitación distinta. Lo más chocante fue la silla-confesionario: sobre su brazo derecho cruzaba en vertical una pequeña tabla agujereada como un queso gruyere (¿dónde va la tilde?), no sé para qué, pues no ocultaba gran cosa del confesante. Otra grata sorpresa fue la guardesa. Para ver la iglesia por dentro había que llamar a la guardesa por teléfono. Lo hicimos y al momento aparece una vecina del pueblo, abre y empieza a explicar cantidad de cosas sobre la historia del lugar y el arte del edificio, al punto que algunos nos perdemos por falta de conocimientos. Esperaba una explicación más liviana por parte de la vecina pero no, lo hizo como una auténtica guía profesional. Nos contó una frase que se decía por allí: “Después de Dios, Bernardo Quirós” (un señor que debía tener cantidad de tierras “de aquí a Madrid”). Chapeau, señora.

silla confesionario

Volviendo a casa descubrimos la estación de tren de La Cobertoria. Un edificio antiguo, a la usanza de los colegios de ladrillo, teja y ventanales verdes, en los que algunos habrán tenido la suerte de pasar sus primeros años escolares -yo, por ejemplo-. De su pared colgaba un enorme reloj redondo de gruesas manecillas negras, y llegaron ami memoria imágenes de alguna película ambientada en las montañas del norte, en la que una niña toma un tren cuando cae la noche para ir a otro pueblo en el que es de día, a vivir durante doce horas en otra casa, con otra familia de la que es también es hija, y luego, al llegar la noche ahí, regresar al primer pueblo, a vivir como hija de otra familia durante otras doce horas. Están majaras estos guionistas.

En Columbiello el acento es un tanto cerrado; “En la casa sin chimenea no. Yo os dejo el hachu pa cortar la leña“, con ese tono de niño que parece decir “¡Pos claro!”. Son simpáticos los “lugareñus”. Parece que hay un familiar del Rey enterrado, una tal Borbón. Comparte nicho con un vecino de apellido curioso: Castañón Castañón, que nos dejó la duda de si tenía castaños grandes en la huerta o le daba al anís.

Por la noche, algunos quedaron en casa jugando a un juego de mesa sobre colonizaciones que deben desarrollarse y expandirse, ganando comercio o terrenos. Otros nos fuimos a la fiesta de la espicha, en Pola de Lena. La espicha es la primera sidra que se obtiene y se toma sin más, sin escanciar siquiera. Una asociación de vecinos montó un bar temporal y cenamos a base de pinchos de bacalao, de chorizo a la sidra y de tortilla. Todo regado con espicha, claro. ¿Suena muy mal?

El domingo hizo un sol espléndido y salimos a caminar. Subimos monte hasta que el camino se embarró por sus siete costados y las botas prefirieron no darse el baño. Las vistas eran preciosas, con esa mezcla de verde primavera y blanco nieve invernal (la foto es del sábado, por eso no se ve el cielo azul)…

valle

En definitiva, un finde de lo más interesante. También tuvo su cara b, como todo. Para una vez que me arranco a cantar (un estribillo de villancico y a una niña), el músico del grupo hizo el siguiente comentario: “Anda, déjalo, que tu idiosincrasia cultural no da para estas cosas“. En estas situaciones de campo y amigos, los comentarios negativos no son más que bromas que debemos tomarnos a bien y reírnos con ellas. Y así debería haberlo hecho, pero me dolió la falta de pedagogía del experto: ¿así se anima a una persona a mejorar sus cualidades en algo que no domnia, tirándole abajo a las primeras de cambio con comentarios graciosos? Me callé pensando que lo estaba sacando de quicio: no era más que una broma. Esa tarde, sin embargo de Hacienda, mientras este “ruiseñor” (reconozco que no valgo para cantar) fregaba los vasos del café en la cocina acompañado de tres amigas, el músico entró a preguntar personalmente a cada una de ellas si querían jugar al juego de colonizaciones. Tras recoger sus respuestas se salió de la cocina. Entonces descubrí que mi idiosincrasia cultural, además de no dar para cantar, también me hace invisible a los músicos. En fin.

Como dijo la niña comiendo al día siguiente: “Estás loco“; frase que, pronunciada en boca de la pequeña, con la que me llevo estupendamente y juego mucho cada vez que nos vemos, nunca olvidaré. ¿De quién la habrá oído?, me sigo preguntando.

A pesar de estos detalles, el fin de semana mereció la pena.

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