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Archive for 25 marzo 2005

Getsemaní

Esta noche rezas en Getsemaní, esperando la llegada de quienes te van a detener, torturar y crucificar. Esta noche tienes miedo, te asustas, le pides al Padre que no te haga pasar por esto; lloras tu suerte y renuncias a ella. Pero rápidamente te rehaces y te pones en sus manos. “Hágase tu voluntad, no la mía”.

Vuelves a buscar a tus amigos y les encuentras vencidos por el sueño de la noche, la pesadez de la cena, la lógica del momento.
“¡Qué hacéis! ¡Vigilad! Velad esta noche y rogad por mí, pues el fin ya se acerca.” Sin embargo, volverán a dormirse de nuevo.

Te quedas sólo. Sólo en Getsemaní. Sólo con tu sufrimiento. Ya te duelen los latigazos y tu espalda se endurece, ya sientes tu sangre enfriándose en las manos, se anuda tu garganta ante el impulso del clavo cortando la carne… Y todavía no han llegado a tocarte. ¡Qué dura es la espera! Qué tensión aplastándote el alma hasta exprimirla, hasta hacerla llorar lágrimas de miedo, hasta hacerla renunciar a la misión por la que ha luchado durante estos años, dejando en ellos tu próspero futuro de carpintero, tu imagen de persona respetable, tu vida nueva. Se te quiebran la fe y la esperanza. “Aparta de mí este cáliz”.

Has llegado hasta aquí, cumpliendo los planes del Padre y así ha de seguir siendo. Para que la gente coma pan, la espiga debe perder los granos de trigo que tanto la embellecen. Y morir. Para que la gente beba vino, la uva debe ser arrancada de la vid y pisoteada. “Adelante, Señor, con tus planes. No sea yo freno para ellos, sino instrumento con el que llevarlos a cabo.”

Y tus amigos duermen.

¡Velad! Estad atentos, pues el tiempo se acerca. Ya se acercan los segadores a cortar la espiga. Y la espiga sufre en la noche más larga, viendo como la luz de la luna proyecta las sombras de los planes de Dios.

Todo es gracia.

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