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Archive for 28 febrero 2005

Ocurrió a finales de 2004. Un lunes me enteré por un amigo de la posibilidad de solicitar una vivienda de promoción directa en la Junta de Castilla y León. El plazo terminaba el jueves siguiente.

 

Presto, me puse manos a la obra y esa misma mañana recogí la solicitud. Ésta parecía fácil: datos personales, firma, fecha y… al dar la vuelta al papel apareció una lista de certificados a entregar. Quedé asustado no sólo por la cantidad de justificantes solicitados, sino del significado de los mismos y mi ignorancia sobre dónde conseguirlos. Pero no tenía tiempo que perder. Sólo disponía de cuatro días y en horario de mañana, que es cuando atiende al público la Administración. Ya me iría enterando dónde lograr los papeles. Comenzó para mí “la procesión de San Espere”.

 

 

¿Imagina alguien que esto de las procesiones es coto cerrado de la Iglesia en Semana Santa? Yo así lo creía hasta que salí en dirección al Ayuntamiento dispuesto a ventilarme los certificados requeridos en un par de mañanas. Poco a poco fui cayendo en la cuenta de que no sólo la Iglesia organiza eventos “de fe y camino”, también la Administración Pública sabe prepararnos eventos de recorrido zapatero y cola de espera, donde la fe en lograr los papeles que precisas antes de la hora de cierre es fundamental para no acabar desesperado.

 

 

La primera parada de mi procesión de San Espere, como decía, fue en la oficina de Información del Ayuntamiento, para recoger un certificado de empadronamiento.

 

El interior del templo municipal era espacioso, en absoluto vertical y estirado como preferirían los píos catedralicios, sino más bien cuadrado y de techo llano, sin bóveda. El suelo recordaba el de las iglesias de piedra. Cuatro columnas marcaban una separación entre las capillas laterales -ocho mostradores numerados- y la nave principal, más amplia y carente de bancos, donde nos congregábamos los penitentes al entrar.

 

Los creyentes (creyentes en que saldríamos de allí con aquello que habíamos ido a buscar) esperábamos de pie, portando un ticket que mostraba el turno en que nos correspondía ser confesados por las autoridades competentes. Éstas, parapetadas tras sus mostradores, eran sólo cinco, pese a que existían otros tres confesionarios de atención al público.

 

“¿Por qué no habilitan todos los puestos?”, me pregunté tras comprobar en el crucifijo electrónico que tenía a ciento dos personas por delante de mí. El crucifijo ocupaba un lugar central y bien visible en el fondo de la estancia, por encima de nuestras cabezas. Formado por dos maderos paralelos de oscuridad electrónica, en ellos parpadeaban líneas intermitentes de clavos rojos con los turnos que correspondía confesar en cada momento.

 

 

Me rodeaban personas de distintas etnias y niveles sociales. Desde la rubia mona, de piel quemada por los rayos ultravioleta que se daba en el Solarium martes y jueves, con su bolso de marca, una gorrita rosa y un cinto que no sujetaba nada pero lucía perlas sobre el suéter blanco, hasta un gitano de gabán gris, con el cigarrillo mal sujeto entre sus labios, que se cortaba las uñas con la mayor tranquilidad; los innumerables jubilados o la pareja de árabes, velo en cabeza, al lado de tres jóvenes de algún país del Este, junto con unos cuántos jóvenes que, como yo, portaban la misma solicitud azul de vivienda, formaban parte de ese grupo de cien personas que esperaban a que el crucifijo electrónico mostrara su turno. Con el ticket en la mano, unos miraban hipnotizados hacia el marcador negro y rojo; otros, con la cabeza caída sobre el pecho, hacían sus oraciones personales, “¿Por qué no habilita los otros tres puestos, señor Alcalde?”; incluso hubo algunos que fueron más previsores y trajeron lectura para aprovechar el tiempo.

 

“Me voy a hacer fotocopias del DNI”, pensé en un arranque de lucidez, “Al paso que van, me da tiempo a volver y seguir esperando”. No contaba con la cola que debía aguantar en la copistería, pequeña ermita por la que hay que pasar obligatoriamente antes de empezar esta procesión administrativa de San Espere. Cuenta la leyenda que el santo también pasó por esta prueba, que le llevó su media hora, para darse cuenta al final de que no tenía el carné de identidad encima.

 

Cuando regresé al Ayuntamiento, mi turno lucía en el crucifijo electrónico y pude acceder rápidamente a mi certificado. Eso me permitió salir con tiempo y caminar hacia la siguiente estación: el Registro de la Propiedad.

 

 

La iglesuca de este registro parecía más rudimentaria que el templo municipal del cual venía. Un altar cerraba el paso a los feligreses. Tras él, un curita con gafas redondas, funcionario y bonachón, sonreía y se disculpaba por la falta de medios técnicos, la lentitud de sus monagos a la hora de tramitar certificados y la carencia de bancos. Obligados a apoyarnos en las paredes para descansar los pies, nuestro mal humor iba “in crescendo” con el paso de los minutos y la llegada de más fieles que achicaban la habitación. Y acabó explotando al descubrir que, junto con el certificado de bienes patrimoniales, se nos extendía una solemne factura por los servicios prestados, montante que el funcionario bonachón suavizaba con su sonrisa y el “Así son las cosas, hijo mío. Para lampadarios y un ordenador”. Uno de los chicos con solicitud de vivienda y yo, que ya habíamos coincidido en la oficina de información del Ayuntamiento, nos mirábamos incrédulos, preguntándonos qué más sacrificios exigiría San Espere de nosotros.

Con el estómago vacío y los pies llorando, me lancé en presurosa carrera hacia la basílica del Registro Civil, última estación que podría visitar antes de que los clérigos del papel timbrado se retirasen al comedor. Por extraño que pudiera parecer, en la procesión de San Espere también se producen milagros. Si se es muy devoto, no se ofende a los distintos funcionarios que celebran su liturgia en cada oficina, se camina alegre y confiado entre institución e institución, se ayuda al prójimo a mantener los ánimos en las distintas esperas y se le rezan unas avemarías al santo, San Espere aparece en toda su gloria, investido de una luz blanca, con su carpeta de documentos que huele a flores de azahar y su bolígrafo medio gastado en el bolsillo de la camisa, y hace desaparecer la hilera de gente que aguarda su turno, para que uno llegue y bese al santo en el mismo mostrador. Eso mismo me ocurrió al entrar en la basílica del Registro Civil, lo cual me infundió una fe en mis posibilidades que antes no había sentido.

En su altar correspondiente, un monje ya mayor hacía cuentas. “Enseguida le atiendo”, me dijo sin levantar la cabeza. “Efectivamente, esto debe de ser un milagro de San Espere”, pensé. Mientras el monje repasaba sus cálculos, me fijé en la basílica. A mi lado, de pie junto a otro altar, un joven esperaba a que dos religiosas funcionarias terminaran de contarse las aventuras de sus niños el pasado fin de semana para ser atendido. Su cabeza se balanceaba con insistencia, de arriba abajo, de arriba abajo, manteniendo firme su mirada en aquella pareja de tórtolas papelarias. Al fondo de la sala, cinco religiosos se reunían alrededor de una pila de libros. El abad, bajito y con el pelo blanco, miraba satisfecho al prior, un alto joven maduro de figura estrecha y pelo rizado, mientras tres mujeres escuchaban atentas las explicaciones del primero sobre lo que iban a hacer con semejante montaña de volúmenes. Conté hasta seis personas que me podrían atender en tanto el viejo monje seguía embebido en la matemática. Sin embargo, hube de esperar a que el prelado terminara. Me enteré de ello cuando oí una voz ronca que me apremiaba, “¡A ver, qué quiere, vamos!”. Y entregué mi DNI y mi propuesta confiado en el favor que los cielos me habían hecho esa mañana. Pero el milagro de San Espere no dejó de ser mera ilusión cuando, al final, recibí un papelito con dos fechas como premio por mi paciencia:

– Vuelva dentro de dos días a recoger su certificado

– Oiga, ¿y me lo puede extender para otra persona que no puede venir porque está trabajando? Tengo aquí una autorización suya y…

– No puede ser. Tiene que venir ella y firmar de su puño y letra.

– Pero es que trabaja y con la autorización…

– Venir y firmar

Y así terminó el primero de los cuatro días de la procesión de San Espere, un santo que nació, se crió, fue educado, hizo amigos, estudió, conoció a su mujer, atendió su negocio, se jubiló y murió, todo ello, en una cola de espera auspiciada por la Administración.

 

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San Sebastián

Estuve en Donosti en Octubre del año pasado y, aunque sólo paseé por las playas, me pareció un sitio de lo más agradable.

Ciudad arregladita, con mar, montes y buenas carreteras. Los edificios antiguos son de piedra beige (no han sabido explicarme de qué tipo) y el centro parece un poco cuadriculado, pero no hablo muy alto pues sólo pateé cuatro calles.

Aquí alguna imagen de La Concha.

Playa de la Concha

Los garitos del casco antiguo son pequeños, pero sirven unos pinchos de lo más interesantes. Eso sí, el precio es alto: una ración de aceitunas negras y un bitter kas costó 3’5 euros en Casa Alcalde, un plato de ocho pinchos medianos salió por 27 euros.

Junto a la Concha, un carril-bici muy utilizado. Ondarreta y Gros son playas adyacentes, limpias y aprovechadas. El oleaje es intenso en Gros, frente al Kursaal.

La catedral es austera, muy alta, de líneas rectas y con muchas vidrieras. El colorido interior debido a las ventanas es fabuloso, ¡y los bancos incluyen reposa-rodillas almohadillados!

El puerto es pequeño y acaba en el acuario. Se pueden ver peces desde el muelle. Destaca la fachada de una iglesia (posiblemente reconvertida en hotel) en mitad del puerto. Más allá, el paseo continúa bajo la muralla de una fortaleza de piedra oscura.

Un encanto de ciudad.

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