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Archive for 27 enero 2005

Sería injusto describir el entorno de Llánaves de la Reina con mi bagaje de adjetivos calificativos. Lo ideal es mostrarlo en imágenes, el pueblo, las montañas, la comarca, los ríos, los pinares y bosques… Mal favor voy a hacer a este paraje pero más vale que lo conozcáis.

Llánaves de la Reina, en la provincia de León, son doce casas de piedra repartidas a ambos lados de la carretera que cruza el puerto de San Glorio, camino de Santander, justo antes de alcanzar la cumbre del pico.

paisaje1  El acceso a través de la Tierra de la Reina es precioso (nótese mi limitación descriptiva), sobre todo en otoño. Los pueblos se mezclan en el valle con los campos de cultivo, los álamos en las riberas de los arroyos de montaña y los bosques en las laderas, ofreciendo un salpicón de colores muy entrañable a la vista.
paisaje2 Típico pueblo encajado entre montañas, no ha desaparecido del mapa porque tiene un hotel-restaurante, un servicio de gasolinera y picos como el Coriscao y Peña Prieta a tiro de paseo. Por descontado, tiene un albergue en el que hemos pasado un par de fines de semana disfrutando del paraje. También, anda cerca el refugio de Montaña del valle del Naranco. Y un poco más lejos está Boca de Huérgano y la zona de Riaño.
paisaje3  Llánaves mantiene una pequeña iglesia que se abre cada quince días. Por su parte derecha según se llega desde el sur, discurre el río Yuso ambientando el pueblo con la humedad del agua fría. Las casas están bien cuidadas, con gusto y confortabilidad.

paisaje4  Cruzando el río comienzan las rutas y los caminos. Uno de ellos asciende en seguida, hacia un recodo que forman dos picos y por el que un arroyo cea en cascada. Se puede llegar a ella, pero no hay ascensor. Otro camino, más largo y con pendiente pequeña y constante, se dirige al refugio de montaña por el valle del Naranco, lo pasa y asciende bruscamente hacia un pico a 5 kilómetros del pueblo. El recorrido es muy bonito, por cuanto se puede disfrutar del paisaje, del valle, de las vacas que pastan, de rebecos que cruzan los arroyos y, si hay suerte, se puede sorprender a algun zorro despistado.

El albergue de Llánaves tiene una capacidad para 16 personas y se puede alquilar en el siguiente teléfono 659 024565, o bien por e-mail: albergue@eresmas.com.

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Acabo de terminar la biografía -“bibliografía” le dije a Santi- del padre Arrupe, escrita por Pedro Miguel Lamet. Es un librito de más de 500 páginas y una portada entre alegre y draculina, según la cara del sonriente jesuíta.

 

El libro se subtitula “Un profeta para el siglo XXI”. Creo que el subtítulo es acertado. La imagen que se me ha quedado de este hombre, después de leer esta biografía, es la de una persona que ha sabido ser persona, por encima de los conflictos con los que se ha encontrado a lo largo de su vida. Por un lado, una bomba atómica, por otro, una cultural, por otro, una religiosa. Y lo que es más importante, una persona que se ha puesto en las manos de Dios y se ha dejado llevar por él, confiado.

 

Persona fuertemente inquieta es aquella que logra un premio extraordinario en Medicina, por delante de D. Severo Ochoa, y acto seguido abandona los estudios para entrar como novicio en la Compañía de Jesús.

 

Persona confiada en la voluntad de Dios es aquella que le pide ser misionero en la desconocida nación de Japón, por aquel entonces, y tiene la paciencia de esperar diez años hasta lograrlo. Eso sí, con sus altibajos como buen humano.

 

Persona inteligente y abierta es aquella que, pese a ser vasco y tener un importante vínculo con su cultura natal, se olvida de sí mismo y de su aprendizaje para empezar de cero a conocer la cultura japonesa en un proceso que él llama “inculturización”. Y aprende el idioma, el zen, la ceremonia del té, el tiro con arco, la psicología japonesa…

 

Persona misionera es aquella que, encontrándose en segunda línea de tiro en el momento de la explosión de la bomba atómica, no huye de Hiroshima sino que se queda a curar a los supervivientes.

 

Persona de referencia es aquella que es elegida para gobernar una de las principales ramas de la Iglesia Católica, como es la Compañía de Jesús.

 

Persona obediente con sus votos es aquella que acepta la voluntad de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, pese a que no la llegue a compartir del todo y sufra por ellas.

 

Persona extraña es aquella que duerme cuatro horas diaria, habla japonés, alemán, francés, inglés, trabaja desde que se levanta hasta que se acuesta, pone por encima a las personas sobre las normas, acepta a la gente tal y como es y sonríe, sonríe mucho.

 

Profeta, en suma, es quien se abandona a los destinos de Dios y convierte su vida en ejemplo para los demás.

 

Y la biografía de Lamet transpira todo eso, a pesar de que el libro refleje una descarada “parcialidad” hacia el protagonista, como si hubiera sido escrito por su mejor amigo, o que ciertas partes se encuentren un tanto noveladas, como el primer capítulo, o sean demasiado cansinas, como la sucesión de actos del padre Arrupe como General de los jesuítas. Gracias a las anécdotas finales, que lo suavizan para terminar.

 

Pero lo importante es la imagen global que transmite sobre Pedro Arrupe. Y sólo por eso merece la pena.

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La visita

Un ejercicio sobre la construcción de la escena. Se basa en la repetción de palabras clave que recuerden al lector lo que el protagonista está viendo.


 

Nunca me gustó Guillermina. Me molestaban esos lazos azules tan largos y vistosos que le ponía su madre para sujetar las coletas; su aburrido pelo amarillo, que se iluminaba más en unas zonas que en otras cuando le daba la luz de lleno, como si no le bastara con brillar como la paja en verano; me reía de sus vestidos blancos, llenos de volantes, encajes, flores y estúpidas cintas en los costados; pero lo que menos soportaba era su cara, aparentemente dulce, dominada por un rubor mal apagado, mofletuda, salpicada de pecas en ambas mejillas y en la nariz, como gotas de aceite que se han quedado sin recoger y terminan quemando la piel.

Guillermina era un diablo de diez años, dos menos que yo, a quien tenía la mala suerte de ver con frecuencia por mi calle. Hija de la señora Mercedes, acompañaba a su madre cada vez que ésta salía de casa, fuera donde fuera, ya a la tienda a por pinzas, ya al médico o incluso a la oficina de correos, situada en el extremo más alejado del pueblo.

La señora Mercedes, vecina nuestra dos casas más arriba, me recordaba a un cuco sacado de un reloj. Su imponente nariz curvada atraía hacia sí el centro de los labios finos y maquillados, dejando las comisuras colgadas como si de un bigote se tratara; curioso era ver cómo sus cejas arquedas convergían hacia aquella nariz, una a cada lado, semejando las alas de un pájaro en vuelo de regreso a su nido; éste se encontraba en lo alto de la cabeza, disfrazado de voluminoso peinado que se recogía sobre sí mismo en un moño perfecto. Cuando sonaban las horas en el carrillón, con esos ‘dong’ tan poderosos, me imaginaba a la señora Mercedes inclinando la nidada hasta alcanzar el suelo con el pico de su nariz. ¡Pobrecilla! A raíz de la muerte de su marido, se hizo gran amiga de mi madre. Por lo visto cayó en una depresión y mi madre fue a verla todos los días. Yo creo que se entristeció mucho de quedarse sola con una cría como Guillermina. Sea como fuere, a mitad de primavera la señora Mercedes se sintió recuperada del mal trago y empezó a devolver las visitas que había recibido.

El primer domingo de abril, después de la misa de doce, mi madre, la señora Mercedes, Guillermina y yo, que no había podido escapar, nos sentamos alrededor de la camilla de la sala chica, donde mi madre recibía a sus amigas, en torno a una bandeja de hojaldres de crema y una botella de mistela.

Sobra decir que yo prefería estar jugando con los demás chavales en los lavaderos, donde solíamos juntarnos tras la eucaristía para llenar globos con agua y lanzarlos al aire. ¡Eso sí era divertido! Pero esta vez no podía ser. Me sentía amarrado a las patas de la camilla por invisibles cadenas de bronce ocultas bajo las faldas, como un reo encadenado a una pared delante de su verdugo, pues Guillermina se sentaba enfrente de mí. Sonriente, tranquila, miraba agradecida a mi madre con sus ojos claros y las manos escondidas debajo de la mesa.

– Puedes coger los que quieras –le dijo mi madre.

– Muchas gracias –contestó.

Y empezó la batalla.

 

Mi madre, sentada a mi izquierda, levantó la botella de mistela y sirvió primero a la señora Mercedes. A través del cristal rosado de la botella pude ver cómo se desfiguraba la cara de mi contraria. En el vidrio, sus facciones se alargaron rápidamente desde las orejas, aplanando su figura en una imagen que me resultó graciosa. El placer duró un instante. La copa de la señora Mercedes quedó generosamente inundada de alcohol y la botella viajó a llenar la de mi madre, perdiendo Guillermina su cara deformada. Aprovechó entonces para alargar el brazo y dar su primer zarpazo a la bandeja de hojaldres. ¡Se me había adelantado! Y en mi propia casa. No estaba dispuesto a dejar que esa pequeña se sintiera cómoda delante de mis narices.

– Para vosotros sólo un poco, eh, que os puede hacer daño –dijo mi madre mientras nos servía apenas un dedo de alcohol en las copas- Bueno, cuéntame Mercedes, ¿qué te ha parecido lo que ha dicho el cura?…

Por encima de nuestras cabezas empezaba una conversación que ya habíamos oído muchas veces. Nos desentendimos de ella. Nuestras miradas descendieron hasta la bandeja plateada con los dulces. Quedaban cinco presas por capturar, después de la osadía inicial de esa repelente niña rubia.

Atrapé el hojaldre más cercano con un rápido movimiento y lo mordí. La crema estaba deliciosa; el sabor del azúcar me relajó. Antes de tragar, abrí la boca todo lo que pude y enseñé a Guillermina el hojaldre masticado. Ésta arrugó la nariz y, echando mano de su copilla, escondió la cara tras la mistela. Cuando terminó de beber y bajó el cristal, yo seguía mostrando mis fauces abiertas. Obligada por el asco, bajó la cabeza para evitar el espectáculo. Yo había vencido. Cerré los ojos. Ayudado por el calor de las faldas de la camilla sobre mis piernas, pensé en cómo sería el mundo sin Guillermina, mientras disfrutaba del pastel.

Pero una patada seca apuntaló mi rodilla y me hizo despertar de golpe. Automáticamente puse la mano sobre el hueso y froté con insistencia, apretando los dientes. Las mujeres seguían despreocupadas de nosotros. Hablaban de alguien que no había ido a misa. Junto a la botella rosa de mistela, la bandeja mostraba un vacío desolador: un hojaldre reinaba sobre un manto de migas y azúcar. Mi madre y la señora Mercedes tomaban el suyo. Guillermina se había atrevido a repetir y me sonreía descaradamente, hojaldre en mano. Fue una jugada muy inteligente por su parte, ¡diablo de niña!. Seguramente, mi madre y la suya picaron dos de la bandeja, entonces ella se arriesgó a tomar otro y dejar el último hojaldre. La suerte le favorecía descaradamente pues, así como las buenas costumbres indican no mostrarse glotón en casa ajena, a lo que Guillermina se expuso, también advierten de la atención para con el invitado, a quien se ha de reservar la última pieza del convite en deferencia por su visita. ¡Estaba atrapado! Guillermina se había comido dos pasteles en mi casa, el doble que su anfitrión.

Tenía miedo del reproche que me pudiera caer si limpiaba la bandeja. No, delante de Guillermina no. Eso sería una humillación difícil de olvidar. Permanecí en silencio, con los codos sobre la camilla, cuyas faldas me estaban abrasando las piernas, esperando que mi madre ofreciera el botín a esa espantosa criatura o bien que la señora Mercedes diera por concluida la visita. Nada de eso sucedió. Nuestras madres repasaron todos los detalles de ese acontecimiento social que era la celebración de la eucaristía; quiénes fueron, a quiénes no vieron, cómo vestía ésta, qué dijo aquél… Una segunda ronda de mistela contribuyó a alargar mi lenta agonía. Esta vez, sólo para las mayores. El pelo amarillo de mi enemiga parecía relucir por momentos, a pesar de que la sala chica estaba poco iluminada. Acabado su hojaldre, seguía con atención el diálogo. Risas. Me encontraba molesto conmigo mismo. Imaginé a la señora Mercedes agachando su nariz de cuco y picoteando las migas de la bandeja, a la vez que Guillermina gritaba victoriosa “¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!” y se hacía con el último pastel. Le hubiera dado con la botella de mistela en la cabeza, sin miramientos, hasta dejarla tan aplanada como la vi en el cristal.

– El de la vergüenza, para los niños –dijo resuelta la señora Mercedes. Y con sus manos partió el hojaldre en dos- Como hizo Salomón. ¡Hala! Así no discutís.

Guillermina y yo nos miramos indiferentes. Ya no era necesario comer más hojaldres, la guerra entre nosotros había terminado hacía un buen rato. Ni siquiera lo dudamos.

– Yo no quiero más. Gracias –dijo ella.

– Yo tampoco –declaré.

La señora Mercedes tomó una mitad y se la ofreció a mi madre.

– Qué majos son estos chicos, verdad.

– Y que lo digas, Mercedes.

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