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Archive for 15 diciembre 2004

Córdoba

Aprovechando que tuvimos la semana pasada de vacaciones -en mi caso, permanentes-, bajamos a conocer Córdoba y Granada.

Era mi primera visita a Andalucía y tenía muchas ganas de disfrutar de esa fama de tapeo que conoce toda España.

Córdoba me gustó bastante. El casco histórico es un laberinto no apto para encontrar aparcamiento. Calles de una sola dirección para el coche y recovecos que desorientan al mejor GPS. Pero en coche no se disfruta nada, lo mejor es aparcarlo del otro lado del puente y caminar por la judería. Pasadizos estrechos, muros de piedra marrón claro, paredes encaladas, arcos uniendo las casas en mitad de la calle, tejas de barro… Un ambiente fantástico, cálido, semejante a estar perdido en medio de una espesa niebla y no poder hacer otra cosa que seguir por donde marcan los cantos del pasaje, ¡los cantos de los cantos! ¿Cómo habrán hecho travesías tan “encantadas”? ¡Qué paciencia! Labor de chinos. Te encuentras disfrutando de las sorpresas a las que te conducen los quiebros de las esquinas: la estatua de Maimónides en un rincón, el final de un pasillo ascendente contra un gran portalón de madera, la calle de las flores cubierta de tiestos y al fondo la torre de la catedral…

La catedral que fue mezquita impresiona más por mezquita que por catedral. Frente a la estructura baja de la mezquita, soportada por columnas finas y extendida en un gran patio donde los musulmanes se arrodillaban, la catedral ha nacido en medio de ese silencio, alta, exuberante de adornos en su techo, de escasas pero anchas columnas y bancos donde los cristianos se sientan ahora. Parece una religión “un tanto cómoda”, si se me permite el chiste. Lo cierto es que en la mezcla de mezquita-catedral, pierde la mezquita y no gana la catedral. La mezquita pierde su encanto de columnas, arcos rojiblancos y sencillez; pierde los laterales convertidos en capillas cristianas y enrejados para tal fin; pierde su esencia. La catedral no gana esplendor, ni belleza. Hay que buscarla en mitad de la mezquita; se dispersa en el patio musulmán, sin paredes cercanas que la limiten. Me gustaron ambas por separado, pero la mezcla no me agrada en lo arquitectónico, en lo artístico.

Mezquita

Saltar al Alcázar es hablar de un gran jardín, de cipreses gruesos y con las puntas cortadas, de estanques de peces morados y naranjas, y naranjas, muchas naranjas, junto con algún limón, limoneros cerca d el árbol cuyas raíces sobresalen de la tierra y que sobrepasa en altura la torre del alcázar. Edificio con mosaicos romanos y columnas a nivel de nuestros pies, de pocas habitaciones; rehabilitado como museo judío un tanto mudo, pues las fotos y los nombres hebreos carecen de explicación para el profano, que sale igual que entró. Impresionan sus baños termales, cuevas desconchadas de angosto pasillo, ¿cómo llegaría el agua? Y vuelta a sus jardines, a sus estanques, a sus fuentes y sus naranjos, a sus cipreses, a sus acequias, al árbol de raíces como cabellos desordenados. Merece la pena.

Alcázar

Lástima, sin embargo, que no probé el salmorejo. Hay un bar que ofrece un menú para dos personas en el que se pueden degustar seis platos a 21 euros. Está en la judería. Buscadlo, comed y contadme, pues a él quiero ir cuando vuelva por Córdoba. Pero no montaré en las calesas junto a la mezquita. No es agradable el olor del caballo. Prefiero disfrutar a pie, y encontrar el bar del salmorejo, y la calle de las flores, y el pozo árabe de 22 metros, y el patio de alguna casa particular, que tan buena pinta tienen desde fuera.

Quizá no visite Medina Azahara. Resultó agradable el paseo por las ruinas de la ciudad administrativa. Curiosas las letrinas en forma de boca de buzón. Sorprendentes las habitaciones de los señores, la mezquita orientada hacia la Meca, los jardines altos, el horno de la cocina… Sin embargo, me llamó más la atención el monasterio que se ve encajado entre montañas según se asciende a Medina Azahara. Monasterio privado de alguna señora marquesa con minas en Venezuela. Se ve armonioso desde abajo, imponente, un pequeño Taj Mahal. Merece ser visitado también, aún saltándose el protocolo…

Volveré.

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Jasper

Este relato es un ejercicio basado en un párrafo de una receta imposible: “Eulalias a la importancia”, que dice así:
“Después, colocarlas en una cazuela, añadiendo justicia, el hombre de la capa negra machacado, ira e ímpetu a gusto y agua hasta cubrirlas”.
La idea del ejercicio era crear un relato que incluyera los elementos aparecidos en esa frase que, como la receta, se generó sustituyendo en una receta de cocina los primeras conceptos surgidos sin pensar entre varias personas.

* * *

Ocurrió en un pueblo mediano de Alabama llamado Jasper, en 1858.

El pueblo era conocido en el estado sureño gracias al juez Blatter. Alegremente avejentado por las canas que intentaban ascender a la cresta de su puntiaguda calva, había sido juez de Jasper desde que llegó al pueblo, treinta y dos años atrás. Se había ganado a sus convecinos mediante su sonrisa, llena de personalidad y de dientes blancos perfectamente alineados, con la que atraía la atención del interlocutor hacia su simpatía natural. Este detalle facial facilitó su aceptación entre los ciudadanos de Jasper, quienes le llamaban familiarmente “Dientesblancos”.

Se podría afirmar que la excelente reputación del juez se había extendido con inusitada velocidad por todo el territorio de Alabama gracias a dicho apodo. Pero fue su particular manera de impartir justicia lo que más gustaba comentar a los viajeros del ferrocarril que cruzaba Jasper, a los vaqueros que regresaban a Texas arreando interminables ríos de ganado, o a los señoritos que tomaban la diligencia hacia la soleada Florida. De esta manera, quienes no vivíamos en Jasper nos enteramos de que en el primer cajón de su mesita de noche, el juez Blatter guardaba los dos instrumentos que le ayudaban a reflexionar antes de dictar una sentencia: un viejo látigo de cuero, recogido en círculos perfectos, y una biblia de mano, ligera, de tapas negras y título reluciente grabado en platino.

Por lo visto, tenía por costumbre celebrar los juicios en domingo, después de la comida. Eso le infería más autoridad cuando el instrumento en el que basaba su sentencia era la biblia, a la que llamaba “la gracia divina”. Pero también cuando decidía emplear el látigo como asesor del resultado, bajo el adecuado nombre de “la cólera de Dios”. Blatter, hombre sencillo educado en el respeto a Dios y el servicio a los hombres, lo tenía claro: no era él quien impartía justicia en Jasper, sino el Todopoderoso. No le extrañaba, por tanto, que “la gracia divina” dictara sentencia únicamente en los juicios donde el acusado era una persona blanca, y “la cólera de Dios” apareciera con toda su fuerza en los litigios donde la persona acusada era de color negro.

Sucedía que en Jasper, como en el resto de Alabama, “la cólera de Dios” se hacía presente con mayor frecuencia que “la gracia divina”. Eso no era una gran noticia en los estados de la Confederación. Sí lo fue, sin embargo, lo que escupió el telégrafo aquel tercer domingo de Agosto de 1858.

Según cuentan, “Dientesblancos” se encontraba en un juicio de fácil resolución. Vestido con la correspondiente toga negra, se sentía cómodo con aquellos litigantes, el joven Morris y las señoras Kramp y Helder. Más aún cuando el inmaduro Morris defendía una causa fuera de lo común: acusaba a las buenas mujeres de envenenar a cuatro esclavos negros.

Morris, adolescente recién llegado a hombre con plenos derechos, era un ser perdido para la sociedad de Jasper. Su inclinación hacia la música le había despreocupado de la gestión de sus plantaciones de algodón. Su padre ya había estado a punto de desheredarle en un par de ocasiones, tras encontrarle cantando en los barracones en compañía de los esclavos. ¡Y todavía tenía arrestos para presentar una denuncia contra la señora Kramp y su ayudante, la señora Helder!

Alegaba el joven Morris que ambas cocineras, pertenecientes al servicio de su padre, habían cocinado un pavo cargado de potente veneno; manjar que habían regalado a Morris para que invitara a sus amigos negros, quienes aparecieron tiesos al día siguiente tras una noche de quemazón estomacal, convulsiones y vómitos, según contaron sus compañeros.

Kramp y Helder, mujeres maduras y de escuela holandesa, habían sido seleccionadas en Londres para prestar sus servicios en la hacienda de quien las acusaba. Su largo historial de discreto servicio en notables familias inglesas, sus excelentes referencias y el favorable testimonio del padre de Morris, tiraban por tierra la absurda teoría del envenenamiento. Pasada la cincuentena, la señora Helder mostraba una cara de permanente inocencia juvenil. La raya que separaba su pelo acababa en un moño rubio que había perdido brillo por los vapores de tantos guisos. Por su parte, la señora Kramp era la viva imagen de la difunta mujer del juez Blatter, con la misma mirada rígida y esos anchos brazos, acostumbrados a amasar docenas de galletas y mayordomos.

Mientras “Dientesblancos”, con los ojos cerrados, acariciaba su biblia de título reluciente, esperando que Dios le confirmara el veredicto de inocencia para esas mujeres asustadas por un presuntuoso engreído, en las afueras del juzgado se habían ido reuniendo esclavos procedentes de todas las plantaciones de Jasper. Se mantenían en silencio, con los ojos muy atentos y el corazón nervioso, esperando ver salir al señorito Morris gritando desde la puerta “¡Justicia!”. Ese jóven, amante de las canciones con que sus padres, y los padres de sus padres, lloraron la salida de África, representaba sus esperanzas de libertad. Ya habían oído de hermanos suyos en estados del Norte, donde los negros eran liberados y disfrutaban de los mismos derechos que los blancos. Y compartían la ansiedad de la espera, del poder sobrevivir hasta que esa liberación llegara a Jasper. El joven Morris, con su denuncia de asesinato contra las cocineras blancas, estaba luchando no sólo por la memoria de los cuatro hermanos envenenados, también estaba en juego el reconocimiento de todos ellos como personas, con derecho a un salario por su trabajo y a “la gracia divina” en sus sentencias.

¡Justicia! –se oyó gritar al cabo de un tenso rato. Pero no era Morris quien había salido por la puerta sino su padre. Una gran frustración se extendió entre el centenar de esclavos en la calle. Cayeron los hombros, las miradas, las cabezas, las lágrimas de las mujeres, cayeron de rodillas los más ancianos, temblaron los labios, desaparecieron las esperanzas dejando un poso de rabia como único consuelo, las mandíbulas se aplastaron una contra otra, se abrieron de par en par las fosas nasales, se endurecieron los músculos, los puños se apretaron hasta convertirse en piedras, se hincharon los pulmones, resoplaron los toros negros y un grito descomunal movilizó a aquel iracundo ejército oscuro hacia el interior del juzgado, ahogando con sus manos las gargantas que se cruzaron a su paso. Los blancos que salían tardaron en darse cuenta de lo que estaba pasando. Los de la primera fila exigían paso a los esclavos antes de ser inmovilizados, engullidos y arrojados al suelo; los de la segunda fila exclamaban “¡Qué significa esto!” mientras eran agarrados; los de la tercera intentaban huir hacia adentro, pero se topaban con los que querían salir empujándoles hacia afuera, ajenos a la embestida. Cuando sintieron el sudor, los golpes y el repentino calor que acompañaba a aquella sangrante marabunta, ya era tarde; corrieron hacia las ventanas posteriores, mientras los esclavos acababan con los bancos de madera, los retratos de anteriores jueces, las cortinas azules y los cristales, y avanzaban por el pasillo vociferando “¡Que la cólera de Dios caiga sobre el hombre de la capa negra!”.

Parecer ser que se oyó restallar un látigo acompañado de gritos de victoria. Que, al cabo de media hora, se fueron apagando los gritos y sólo quedó en el aire un silbido seco y constante, monótono, mientras caras negras miraban la calle a través de las ventanas. Cuentan que, cuando el cuero se cansó de bailar, los esclavos montaron en un carro a dos mujeres maduras, atadas por la cintura a sendos barriles de roble. Y que se les vio llenar los barriles de piedras y partir en dirección al lago, pero eso son hechos que aún no han sido confirmados.

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Granada

o me extraña que llorara Boabdil, ¿a quién se le ocurre perder semejante belleza?

Granada se disfruta a pie, pisando los cantos de las calles, rozando las paredes encaladas, preguntándose qué recoveco aparecerá a la vuelta de cada esquina, que cuesta empedrada, qué fuente, qué puerta mudéjar, qué carmen, qué vista de la ciudad podrán disfrutar los ojos… Sin entrar en explicaciones, solamente contemplando las cosas desde fuera, la visita a Granada ya es merecida. Si encima te lo explican, cuentan su historia, sus costumbres, la vida que quedó en ruinas, entonces se comprende mejor y llena más. En nuestro caso, el pateo por sus calles ha sido del primer tipo, con los ojos del ignorante que se conforma con lo que ve.

Y lo que ve es un centro de calles estrechas, lleno de tiendas y gente entrando y saliendo, caminando, charlando, tomándose la cerveza en el bar, como un hormiguero alterado. Por ese centro se encuentra la plaza Bibarrambla, donde los puestos de flores han instalado su campamento y los pájaros vigilan a centenares desde los árboles, ¡qué jolgorio montan!.

Desde Bibarrambla se accede a la Alcaicería, barrio cuadriculado de bazares árabes y tiendas de souvenirs, lo más parecido a un viaje a unas galerías turcas. Ahí se pueden hacer las compras de regalos para los familiares que no vinieron a Granada.

Después, es preciso entrar en la catedral, parándose un instante en el pequeño patio que hay al final del pasillo de entrada. Contrastad ese espacio acogedor y entrañable con la inmensa altura de la iglesia, sus baldosas frías, sus paredes de blanco nuclear y los pies de esta gigante, las columnas, capaces de resistir cualquier terremoto. ¡Qué sensación de nevera en invierno! La luz entra abrillantándolo todo, resbalando por esas paredes casi transparentes, rebotando hasta cegar.

 Catedral

Salid de la catedral y dirigios a la derecha, al barrio de Realejo. Buscad allí la calle Navas y tomad un primer refrigerio en cualquiera de sus bares. Entonces, llamadme por teléfono para indicarme si la tapa es de las que dan fama a la ciudad. No tuve el gusto de averiguadlo, pero no importa. Al final de la calle, tras la plaza Campos, hay unos jardines que tienen un paseo. Subid por la Cuesta del Pescado, disfrutando de las casas y su dejadez, hasta la plaza Campo del Príncipe. Allá hay un restaurante llamado “la Ninfa” de pared decorada con ¿cerámica? de colores, un estilo a la Casa de las Conchas, de Salamanca. Buscad las calles más pequeñas y retorcidas, seguidlas mientras ascendéis. Encontraréis sorpresas como esa casa de artesonado árabe, vigas rústicas y puerta ovalada, que quizá siga en venta, junto a la iglesia de ¿San Andrés?

Podéis seguir ascendiendo y encontraréis “Cármenes” a derecha e izquierda. Tampoco tuvimos el gusto de entrar en ninguno, pero con ganas nos quedamos. Casas con patio ajardinado, algunas lo tienen con espacio suficiente para unos árboles, otras tendrán una fuente, o un pozo. Cándida nos recomendó el Carmen de los Mártires, al lado de la Alhambra, pero nuestros pies no llegaron tan lejos.

Alhambra

Si en vuestra subida llegáis al hostal “Alhambra Palace” y lo dejáis atrás, estáis a un paso del auténtico palacio de la Alhambra. ¿No quedan entradas? La próxima vez reservadlas por Internet o en cualquier sucursal del BBV. Eso sí, llevad la información de los que tiene la fortaleza, o bien alquilad un audífono en la entrada, pues dentro sólo hay carteles indicativos de lo que cada cosa es y lo que los guías cuentan a sus grupos. Conviene dejar la visita a los Palacios Nazaríes para el final. No puedo describir lo que tiene la Alhambra. Los jardines, la Alcazaba o zona militar, el palacio de Carlos V, los Palacios Nazaríes ¡qué palacios!, el Generalife… Eso se ve, no se cuenta.

Generalife

Cuando salgáis de semejante espectáculo, bajad por la Cuesta de los Chinos observando la salida del agua desde las murallas, a la izquierda, y las chumberas a la derecha. “Dios es amor” rezan los azulejos que alguien puso por allí.

Subid de nuevo por la Cuesta del Chopiz y pasad a la derecha, al Sacromonte. Es un barrio de origen gitano, de cuevas reconvertidas en restaurantes y tablaos flamencos. En ninguno entramos, queda para la segunda visita.

Volved al centro cruzando el barrio del Albaicín. Bien podéis ir por la izquierda, alcanzando el mirador de San Nicolás, desde donde se toman las fotos de la fachada de la Alhambra. Entrad al jardín de la mezquita árabe que se encuentra en el mirador, ojead el interior de la mequita. Quizá encontréis gente arrodillada, rezando, sobre el suelo alfombrado de rojo.

Bajad por cualquier calle, perdeos si es posible. Bajad, subid, volved y seguid disfrutando del canto en el suelo, de la pared encalada, de la puerta árabe que aparece de pronto. Alcanzad la calle Calderería Nueva, recorredla hacia abajo parándoos en cada tienda, respirando el ambiente de las teterías, comprando té de mil olores dulces… subid por Calderería Vieja, y comprad pasteles en la pastelería morisca. Tienen una especialidad cuyo nombre no recuerdo. Es una empanada dulce de agradable sabor a carne, vegetales y pan ligero. Imperdonable no probarlo. Y los pasteles de dátiles, y los triángulos, y el “Bruk”…

Recorred la calle  Elvira. Hay un bar llamado “Marrakech” donde el pollo con cuscus merece la pena, y el falafel, y la sopa harira es espesa y caliente, óptima para un invierno. Al final de la calle os toparéis con la impresionante puerta árabe de Elvira. ¡Qué farallón! Por ahí caben edificios de cuatro pisos.

Subid por la derecha, callejead más. Abajo, encontraréis pintadas que rezan “Apadrina una casa”. Recorred la muralla de Albaicín desde una cierta distancia, para disfrutarla bien. A media altura de la calle os cruzaréis con la calle “Zenete”, donde alguien pintó con spray una bandera rojinegra. Si seguís ascendiendo alcanzaréis el mirador de San Cristóbal, con otra maravillosa vista de Granada. Buscad la Plaza Larga y perdeos por el barrio, perdeos.

Perdeos en Granada, es mi mejor consejo.

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