Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 22 noviembre 2004

Te encontré

Nieves,

si lees estas líneas te pido que actúes de inmediato, hija mía.

En primer lugar, dale las gracias a la Providencia por jugar a mi favor. Ella habrá dirigido a Roberto, el hijo de Marta, vecina del piso de enfrente, hacia el buzón más cercano. Cuando has estado de visita no te has cruzado con él, aunque tampoco te has perdido nada. Lo más probable es que anduviera por el terraplén, arrojándose cuesta abajo sobre cajas de cartón con esa pandilla de futuros delincuentes, o en la balsa de la cementera, buscando ranas que diseccionar a pedradas, o fumando los cigarrillos que le roba a su madre. No es agradable oírla clamar al cielo cuando el canalla regresa de sus juergas juveniles, pero uno está ya tan acostumbrado al vocerío de Marta que me sorprenderé el día que no levante la voz… o no se atreva a hacerlo.

Carteros como éste no ofrecen garantías de que la carta llegue al buzón. He tenido que comprar “sus servicios” con parte del dinero que escondí cuando las cosas se pusieron feas en casa. ¡No me equivoqué, maldita sea! Lo guardaba para momentos de auténtica necesidad y, si eres tú quien lee estas líneas, Nieves, habrá sido mi mejor inversión. Si no fuera así, este zorro se lo habrá quedado a cambio de nada, tú seguirás en tu oficina alfombrada y yo me habré ganado un enemigo más. Pero uno más poco importa. Duermo junto a Satanás...

Nieves, necesito que me saques de casa cuanto antes; no importa dónde me lleves. Si en la tuya no puedes alojarme o, simplemente, no quieres, déjame en cualquier residencia, en un hostal, una pensión, lo que sea, hija, pero aléjame de esta sala de torturas o la orfandad será la primera parte de mi herencia. La situación con tu madre ha llegado a tal punto que la única solución positiva para todos depende de tu intervención.

La otra solución no es tan positiva: me he dado un plazo. Lo decidí anoche, tras sentir cómo se apodera el vacío de un ser humano. No necesité de ningún impulso valiente que me ayudara a tomar la decisión, simplemente el pasar las largas horas despierto, esposado sin misericordia a esta silla, rogando que con esto desaparezca el demonio que trasladé a tu madre hace muchos años y pidiéndote perdón por mi osadía, con los ojos inundados. Nieves, has de venir por mí antes de dos semanas días a partir mañana, fecha en que te remitirán esta carta a Bélgica, o la próxima se la escribiré al juez. No estoy dispuesto a pasar más tiempo con ella. ¡Necesito que me saques de aquí, Nieves!

No te molestes en llamar por teléfono, ni tampoco en responder por correo. No servirá de nada. Tomará tu carta del buzón, la abrirá en el portal y, si contiene alguna referencia a mi persona, no dudará en romperla y arrojarla a la primera papelera que encuentre. Este Septiembre pasado, volviendo de alguna pillería con esos fantasmas del barrio, Roberto observó cómo tu madre echaba unos papeles al contenedor de la basura. Cuando se marchó, él recogió un trozo que voló el viento antes de caer al basurero. No sé qué ángel empujaría al andóbal, pero se presentó en casa, me contó el suceso y me dio el papel como si de un botín recuperado se tratara. Era parte del remite de una carta tuya. No te puedes hacer idea de mi conmoción al verlo, casi me echo a llorar delante del chico. “¡Vete de aquí!”, le dije cerrando la puerta de un golpe. Y exploté. Lloré como si me estuvieran matando. Aullaba, martilleaba con el puño el brazo de la silla, las lágrimas no cabían en mis manos; necesité secarme con una toalla. ¡Qué espectáculo te perdiste, Nieves! Tú que te quejabas de mi falta de emociones, de mi silencio, de mis cejas tensas soportando el peso de una frente arrugada, y yo guardándome la verdad para no hacerte daño.

Esa insignificancia me confirmó que te acuerdas de mí cuando escribes. ¡Sin embargo ella lo niega! Lo viene negando desde que te marchaste a resolver Europa, tan lejos de nosotros. Pero tu madre te idolatra. Su rabia es contra mí, de ti dice maravillas: que estás en Bruselas, que diriges un comité de alimentación, que hablas idiomas, que mucha gente depende de su hija… y que no quieres saber nada de tu padre. No me lo creo, no puede ser cierto. ¡Rompió tu carta, Nieves!

Lo controla todo, lo lee todo, lo alcanza todo antes de que mi silla de ruedas pueda maniobrar. Me he convertido en una marioneta de ojos nublados y cabeza pesada, esperando que la tiren de los hilos, inerte, sin esperanza, acobardada. Hay hechos que te darán la medida de la transformación de tu madre después de mi accidente. Te voy a contar alguno, para que conozcas el calvario por el que está pasando esta marioneta, imagines el estado en que se encuentra y le llegues a perdonar algún día.

 

Hace tres meses se secó la última gota de aceite del eje de la silla, y empezó a protestar con un chillido al girar la rueda. Le pedí grasa a tu madre. ¡Idiota de mí! Se dio cuenta de que el soniquete agudo advertía mis movimientos por las habitaciones y que me podría controlar gracias a él. “Recoge la que no te comas, desgraciao”, fue toda su respuesta. ¡La que no te comas, dijo! Maldita sea su maldita estampa. ¡Si me diera de comer al menos! Pero tampoco te lo habrá contado.

Antes comíamos juntos en la mesa de la cocina. La comida de bote ya me parecía una dejadez por su parte pero no podía quejarme: yo no puedo cocinar. Tu madre comía callada, mirando el plato y dándole vueltas cosas que no me contaba. No respondía a mis preguntas. Un día se quedó mirándome y empezó a reírse. Me dijo “¿Te acuerdas de cuando éramos niños?”, y volvió a sumergirse en sus secretos pensamientos. Al día siguiente, me sirvió la comida sin calentar. “Nuevas normas”, dijo. Mis protestas sirvieron para que hiciera el ademán de tirarme la sopa por el fregadero. Me costó esfuerzo sacar el plato caliente del microondas, manché la camisa y casi me abraso la cara, pero ella no movió ni un músculo. Fui a cambiarme de ropa. Al volver, la sopa ya estaba fría otra vez. Comprendí que iba a ser muy difícil hacerlo sólo. Mis súplicas rebotaban contra su insatisfecha sonrisa. Durante la semana reinó el silencio en la mesa. Pensé que ahí quedaría su maldad pero me equivoqué. Primero desapareció la servilleta; otro día me encontré con el bote de fabada abierto junto a los cubiertos; más adelante, estos fueron sustituidos por el abrelatas y el bote cerrado. La veía disfrutar con la situación, cavilando el siguiente golpe. Mis súplicas se convirtieron en amenazas cuando me encontré el microondas encima del frigorífico. “Te vas a morir”, me decía alargando la ‘i’ con un tono infantil mientras sonreía. Pero eso tú no lo sabes, Nieves.

Un día antes de que vinieras a verme, el aparato ya se encontraba en su sitio original y yo aguantaba sus coacciones para callar o morirme de hambre. Lo que viste el fin de semana de tu visita no refleja la vida de tu padre. Mi silencio no se debía a una depresión por perder las piernas, como te hizo creer ella. Yo perdí mucho más esa noche: con mis piernas se fue mi persona, y en el coche quedó un molesto animal que necesitaba muchos cuidados domésticos.

La conciencia de tu madre ha saltado todas la barreras y no va a regresar nunca. Te explico el porqué más abajo, al final, para que comprendas su cambio. No me creas si no quieres, estás en tu derecho de defender a la mujer que te dio la vida, aunque a mí me la esté quitando poco a poco y desconozcas su trato actual conmigo. Sólo te pido que cojas un avión y me lleves contigo, ¡piérdeme en alguna calle de tu Bruselas! Incluso así me sentiré menos abandonado que con este pozo de venganza interminable. ¿Sabes cuál es el empujón que me ha acercado al borde del acantilado?

El microondas sigue funcionando sobre el frigorífico. Últimamente calienta cenas para desconocidos. En un principio, eran esporádicos los fines de semana que no venía a dormir. Encajé el golpe con vergonzosa calma: nuestra relación cambió radicalmente tras mi accidente y, al fin y al cabo, para acostarse con un paralítico se necesita un diálogo que no tenemos. Al darse cuenta de mi resignación, cambió de estrategia. El jueves pasado se compró un vestido negro ajustado, invisible por la espalda y con un escote abierto en canal, que más parece una falda oscura con tirantes sobre los pechos que un atuendo de noche. Ayer sábado, por la noche encontré la mesa puesta en el salón. Doble plato, una vela alta en el centro, botella de tinto, copas en vez de vasos, todo preparado por ella y su vestido escotado, sin dar explicaciones. Me di cuenta de que no llevaba sujetador cuando se dirigió hacia mí y giró la silla. Cuando me desperté no podía respirar por la boca. Mis manos estaban fuertemente atadas a los brazos de la silla y no veía nada. El olor de los ajos me hizo pensar que estaba en la despensa. ¡Qué vejación la mía! Oí una conversación y chocar de cubiertos, risas estridentes, una voz masculina, gritos de diversión, algo de cristal que se cayó al suelo, el silencio, sus gemidos amplificados para que no perdiera detalle, jadeos, más gritos, ¡qué explícita y qué ruín! No tuvo ni un asomo de piedad conmigo. Sonreía esta mañana mientras me desataba.

Nieves, ya no puedo seguir reventándome más, no me queda nada. Sólo tú y ese granuja al que intentaré pasar esta carta por el tendedero, como si de un calcetín mojado se tratara. Pensarás que todo es mentira y que ésa no es tu madre, pero te aseguro que me ha despellejado vivo y ahora me está cocinando a fuego lento. Vivir me resulta indiferente. Quizá me lo merezca, tampoco lo descarto, pero no es ella quien me ha de juzgar. Actúa como un animal herido, como un perro revuelto al recibir un palo, y se ha acomodado en la venganza.

Te decía que su conciencia no iba a regresar nunca. Ya es tarde. Yo mismo debí fastidiarla hace mucho tiempo, cuando era un crío más joven aún que Roberto. De niños, tu madre y yo éramos vecinos. Vivíamos en plazuelas contiguas, y nos veíamos por la calle a menudo. Pese a ello, no éramos amigos. Yo era un chaval muy travieso, capaz de salirse con la suya cuando algo se me metía entre ceja y ceja, sin pensar si estaba bien o mal, no distinguía. Sólo quería soltar mi genio, divertirme. Tu madre era una niña menor que yo, morena de pelo rizado, más delgada y con la piel siempre pálida. Su mirada tristona y perdida me atraía poderosamente la atención. Ojos negros sobre piel decolorada, ¡cuánto brillaban al llorar!

Íbamos al mismo colegio, un edificio de ladrillo, con ventanas altísimas y un gran patio de arena. Ese patio era lo mejor que había. En clase me aburría escuchando y cantando canciones. Estar quieto, sentado, sin campo para correr, sin juegos, con los brazos cruzados, me cargaba de nervios y no veía la hora de salir al recreo. Y cuando ocurría, ¡qué rápido pasaba el tiempo! Primero tenía que buscar a esa delicada vecinita mía entre la algarabía de críos corriendo, de vestidos de colores y de montañas de tierra. Solía estar con otra niña haciendo dibujos en la arena o jugando a las tabas con cantos, y siempre en el mismo rincón del patio. Ya empezaba a quejarse cuando me veía llegar, estremecía su cara y buscaba a su hermana con la mirada. La pobre no se movía de donde estaba, paralizada por el lo que la venía encima. “Hombre, ya te encontré”, solía decirle. Yo tenía poco tiempo antes de que su hermana se presentara. Agarrándola del brazo, la obligaba a sentarse frente a mí. Recuerdo que su muñeca era muy liviana. Entonces, yo empezaba a poner caras extravagantes, a amenazarla con mis dedos en garra, a mostrarla los dientes, a decirle un buen puñado de salvajadas, “te vas a morir, ¿sabes?”, mientras ella escondía las manos entre sus rodillas, apretadas una contra la otra. Agachaba su cara inocente para desviar la mirada pero yo la obligaba a mirarme. Quería ver sus primeros gimoteos. No sé por qué, pero disfrutaba haciendo llorar a esa niña tan asustadiza. Tampoco sé por qué su hermana no me ponía en mi sitio de un guantazo, pese a mayor edad y altura. Sólo sé que me encantaba ver el desamparo reflejado en sus ojos negros. Años después, me casé con ella.

Sembré miedo en una niña y ahora lo estoy cosechando. La cosecha es abundante, Nieves, pero no puedo cargar con ese peso. Si no te llega esta carta o me tomas como un maníaco perseguido y no vienes, al menos perdóname por irme sin decirte adiós.

Tu padre que te espera.

 

Read Full Post »

No he conocido otro hogar que el molino de los Olivé. Allí he trabajado desde pequeño. Decía mi amo que cuando llegó el señor Tomás, no había ningún molino en el pueblo. El más cercano, el Camuñer, estaba a media jornada de distancia a caballo. Sólo unos pocos, los más ricos, podían enviar el trigo tan lejos. Los demás tenían que machacarlo en casa, en morteros de piedra. Mi amo decía muchas cosas. No paraba de hablar cuando bajábamos a recoger la carga a Brañosera.

Tardábamos un buen rato en llegar al pueblo. El señor Tomás se instaló a media altura del monte que protege las primeras casas, donde el arroyo ya viene crecido y el agua cae con más fuerza por la pendiente. Un molino es así, no se puede levantar en cualquier sitio; la tierra decide dónde hay que construirlo. Mi primer trabajo fue subir piedras para que el señor Tomás levantara el molino con sus propias manos.

¡Cuántas veces habré hecho el mismo camino! La sombra de unas viejas encinas protegían del calor cerca de la molienda. El resto transcurría por la falda pelada del monte, salpicada de matorrales que se resistían a desaparecer y algún pino despistado. Se hacía largo el recorrido hasta Brañosera. Largo y aburrido.

Muy distinto era para mi amo. Cuesta abajo su lengua caminaba más deprisa que mis pobres patas. “Esas gentes son tontas, animal. ¿Sabes por qué les tienen miedo a los lobos? ¿Eh? ¿Lo sabes? ¡Porque no los conocen! ¡No los han visto en su vida! Aparece una oveja muerta y la culpa es de los lobos, ¡idiotas!. Ni siquiera saben defenderse. Si aparece un lobo sólo hay que echar a correr… ¡Mira uno! ¡Corre, animal, que viene! ¡Arre, arre!”, y el amo Antonio golpeaba excitado mis cuartos traseros con la vara de avellano que su padre le regaló a los doce años. ¡Cómo conozco esa vara! Cada una de sus hebras está marcada en mi piel, impulsándome en estúpidas carreras para escapar monte abajo de lobos imaginarios, o de inexistentes águilas que raptaban molineros o de bandoleros ávidos de sangre. ¿Qué interés iban a encontrar todos ellos en una colina tan asolada? Él se lo encontraba. Llegando a Brañosera mi amo se calmaba y ponía pie a tierra. Le gustaba entrar en el pueblo llevándome de la rienda.

Antonio Olivé era el hijo del molinero. Nunca estudió, pues el cereal daba mucho trabajo y la escuela quedaba lejos, allá en el pueblo. El señor Tomás le enseñó lo que sabía a guantazo limpio. Muchas noches, tras la lección, se refugiaba en la cuadra, acurrucado en el rincón más oscuro del establo, apretando las piernas contra su pecho y llorando hasta que su madre le venía a buscar. Le costó pero aprendió bien, demasiado bien. Lo mismo descargaba los pesados costales que cambiaba las muelas, arreglaba el eje de la noria o recomponía el tejado.

El mismo día que su padre le regaló una vara de avellano me hizo ver con todas sus fuerzas quién era el nuevo amo. A partir de entonces, el señor Tomás confió en Antonio para subir el trigo hasta el molino.

Los pocos modales que tenía mi amo se los enseñó su madre, además de los números y el uso de la balanza. Tenía buen ojo para las medidas, no se le escapaba una onza. Antes de recoger el costal con el grano, lo pesaba con cuidado, calculaba con bastante precisión los panes que saldrían de él, anotaba la cantidad y la casa donde debíamos llevarlos y, finalmente, lo echaba al cesto de mimbre sobre mi lomo. Su madre le instruyó con dulzura. De haberlo hecho el señor Tomás, no tendría yo ahora las ancas peladas. Sólo recuerdo una vez en que mi amo se equivocara pesando el costal: la mañana que recogimos la cosecha del mesonero.

Esa mañana, tras otra vertiginosa carrera hacia el pueblo, perseguidos por invisibles duendes del bosque, llegamos al cortijo del mesonero bastante fatigados. La hacienda tenía una posada por la parte delantera, con un letrero de madera colgado de una gruesa flecha negra y un par de ventanas enrejadas. Del mesón salían tapias blancas que escondían un gran corralón en la parte posterior.

Mi amo no se debió fijar en la cantidad de gallinas que escarbaban el barro entre los toneles, ni percibir el fuerte olor a vino ni el alboroto que llegaba de la taberna. Pronto perdió los sentidos.

– ¿La has visto? ¡Es preciosa! -dijo en voz baja.

– ¿Eres tú el molinero? -exclamó una jovencita parada en mitad de las escaleras que accedían al segundo piso. Mi amo no contestó. Parecía no atreverse a dar un paso, plantado en mitad del corralón con la gorra apretada contra su pecho– Aquí están los sacos.

– Los sacos… –repitió Antonio. De pronto recobró la consciencia; se giró y quiso sacar la balanza del cesto con tanta rapidez que ésta se enganchó y cayó al suelo con estrépito. La muchacha se echó a reír.

– Pareces tonto, molinero.

– Sí… bueno, no… A ver esos sacos –exigió Antonio visiblemente avergonzado y nervioso.

La mujercita tendría un par de años menos que él. Su largo cabello caía suelto sobre su pecho, hinchado por el corpiño escondido bajo el vestido de telas verdes. Éste no llegaba a cubrir por entero las pantorrillas, advirtiendo el andar gracioso y ágil de sus pies.

– ¿Cuándo lo vas a traer? Mi padre necesita el pan para la taberna cuanto antes.

– Lo más pronto… Pasado mañana.

– A ver si es verdad, molinero.

Y nos fuimos de allí muy despacio, uno debido al peso de los costales, el otro para volverse a mirar cada pocos pasos.

Si bien bajando no callaba, de regreso al molino mi amo nunca tenía conversación. Quizá la falta de cabalgadura, que ya subía cargada con el pesado cereal, quizá el deshacer a pie un camino que hacía sentado. Pero aquella vuelta a casa fue diferente, escuchando la impresión que la hija del mesonero había dejado en mi amo, el cual hilaba frases sobre su belleza, soltura y encanto, cuando la respiración se lo permitía.

Nunca he trotado más camino de Brañosera como dos días más tarde, llevando el pan al mesonero. Un par de veces tuve que detenerme, mientras el zagal recogía los panes que habían rodado por el suelo. Eso me permitió recuperar el resuello hasta que el apremiante varazo me obligaba a seguir lo más rápido posible.

Antonio tampoco se fijó esta vez en el pesado portón de madera, rematado con clavos, que la criada abría a nuestro paso.

– ¡El molinerooo! – gritó la sirvienta. Sentí un tirón de la rienda. Mi amo tenía los ojos muy abiertos y la cara un tanto pálida. Le resaltaba las mejillas rojas por la carrera. Pese a ser un joven recio y de manos como azadones, parecía un crío asustado. Antes de llegar al otro extremo del corral, ya había aparecido la hija del mesonero con el mismo desenfado que la primera vez.

– Hola Antonio –dijo zalamera– Te has dado prisa…

– Traigo tus panes.

– ¿Cuánto se debe?

– Veinte… veinte reales –respondió mi amo con la mirada fija en el suelo y el ceño fruncido.

– ¡Veinte reales! –se sorprendió la muchacha- ¡Esos son más panes de los que me dijiste el otro día! Iban a ser trece reales. Catorce todo lo más…

Se quedó cruzada de brazos, mirándole directamente con un gesto de desilusión.

– Verás… el otro día calculé mal… no sé qué pasó… la balanza estaba bien… –su voz entrecortada se volvió suplicante– Si no llevo el dinero mi padre me va a matar. Calculé mal, te prometo que no volverá a ocurrir, pídeme lo que sea pero dame los veinte reales o…

– Está bien, te daré los veinte reales –la muchacha sonreía complacida- ¡Si tú me enseñas el río! Dicen que allí arriba cae el agua como por una pared, ¡qué tontería! El río siempre ha viajado a la altura de los pies. Tengo ganas de verlo.

– Pero si sólo tienes que ir por el camino y… –protestó mi amo.

– No conozco el camino, ni el monte, ni el río –atajó ella- Mi padre no me permite salir de Brañosera. Dice que soy muy joven y que hay peligros en el monte.

– Tu padre tiene razón. Hay muchas fieras en el monte. A mí me han atacado cuando venía a por costales. El otro día, unos duendes…

Caía el sol sobre el cortijo y la mañana desaparecía persiguiendo las sombras de la paredes blancas, pero mi amo tampoco se percató de esos detalles. A la vuelta, ni los veinte reales que llevaba en el bolsillo, ni los gritos de su madre intercediendo por él, evitaron otro disgusto con el señor Tomás por la tardanza. Pero dudo que esa noche los golpes le dolieran tanto como otras veces.

Por extraño que parezca, conocer a la hija del mesonero no mejoró la sensibilidad de mi amo hacia mis cuartos posteriores. Al contrario. Ya no había águilas, ni lobos, ni bandidos, ni alimañas, ni duendes, esperándonos en el camino. Surgió un peligro más doloroso: la prisa. Aunque severos, aquellos enemigos imaginarios aparecían a días, sólo cuando a Antonio se le acababa la conversación consigo mismo. La prisa, sin embargo, se hizo habitual en los días posteriores a nuestra primera visita a la hacienda del mesonero. La vara de avellano me recordaba lo lento que me estaba volviendo. Un animal viejo al servicio de un amo rebosante de juventud se convierte en un problema para los dos.

Lo peor era llegar a Brañosera. Una vez allí, recorríamos las casas tomando el cereal o dejando las hogazas como si el diablo nos pisara los talones. Antonio se detenía un poco más a la hora de pesar los sacos y calcular los panes. Y nos apresurábamos hacia otra vivienda. “¡Al molinero le han puesto guindillas en el culo!”, se reían los vecinos.

Resulta curioso pensar que, a pesar de la criada, de los clientes del mesón, y de encontrarse éste junto al camino, nadie pareciera percatarse de que nuestras aceleradas visitas terminaban siempre ante el pesado portón de madera de la hacienda del mesonero.

Era allí donde mi cuerpo volvia a respirar, el sudor empezaba a secarse y acallaba el estómago con la hierba que crecía al pie de las paredes blancas, mientras mi amo y la joven compartían historias de lobos y bandoleros, noticias que los viajeros traían a la taberna, quejas sobre sus labores, protestas hacia sus padres, recuerdos de la fuga para conocer la cascada, sonrisas cómplices, los primeros besos, miradas emocionadas y despedidas que, poco a poco, se iban alargando como miel con la cuchara.

Fueron tiempos duros para este pobre animal. El otoño embarró el camino al pueblo, volvió las piedras resbaladizas y peligrosas para la carrera. La vara hablaba más que mi amo y mis patas no sujetaban ya con la misma firmeza. Los jóvenes se entendían en secreto, aunque algunos de los escasos clientes que aún tenían grano guardado empezaron a sospechar.

Sin embargo, llegó el invierno y los comentarios se fueron diluyendo. Ya no se veía gente por las calles, gobernadas por el viento gélido y la niebla que bajaban del monte. Empezó a nevar. Los encuentros de la pareja buscaron refugio al calor del establo, dentro del corralón. Mi hocico no encontraba hierba entre la nieve y el pelo que cubría mis ancas había dejado paso a una piel de color avellana. Varias veces mi amo se olvidó de echarme la manta encima antes de salir del molino. Pasé todo el frío que pude soportar…

Recuerdo aquel tiempo con amarga alegría. Entonces, no encontraba pasto con el que calentar la panza. Ahora, tenemos calor y paja suficiente para los dos en el establo. La vaca es muy agradable. Cuenta historias que le oyó a la criada mientras la ordeñaba y que ésta, a su vez, escuchó a los viajeros hospedados en la hacienda. Yo le cuento las visiones de Antonio cuando descendíamos a Brañosera. Ella se ríe a escondidas. Sabe que el amo todavía guarda la vara de avellano. Hemos oído cómo se lo comentaba a la dueña, pero ella no entiende de varas; es una buena mujer. Le gustan los animales y nos trata con cariño. Y está enamorada de Antonio desde el día que se le cayó la balanza en mitad del corralón, según

¡Qué noche aquella de invierno! ¡Y qué revuelo se armó en la hacienda! ¡Parecía una revolución! Los perros ladrando incansables, las gallinas asustadas, los nerviosos relinchos de los caballos, los gritos de la criada despertando a los viajeros, ruido de espadas desenvainadas, ”¡Quién vive! ¡Quién vive!” aullaba del mesonero muros adentro… No sé qué estarían haciendo mis dueños dentro del establo, ni la vaca se enteró, tan discretos eran los pobrecillos, pero cierto es que esos rebuznos desesperados de un asno muerto de frío en mitad de la noche, al otro lado de la pared blanca, ayudaron a mi amo a tomar esposa rápidamente, convencido sin duda por el amor y el honor herido de unos suegros muy disgustados.

 

 

Read Full Post »

No he conocido otro hogar que el molino de los Olivé. Allí he trabajado desde pequeño. Decía mi amo que cuando llegó el señor Tomás, no había ningún molino en el pueblo. El más cercano, el Camuñer, estaba a media jornada de distancia a caballo. Sólo unos pocos, los más ricos, podían enviar el trigo tan lejos. Los demás tenían que machacarlo en casa, en morteros de piedra. Mi amo decía muchas cosas. No paraba de hablar cuando bajábamos a recoger la carga a Brañosera.

Tardábamos un buen rato en llegar al pueblo. El señor Tomás se instaló a media altura del monte que protege las primeras casas, donde el arroyo ya viene crecido y el agua cae con más fuerza por la pendiente. Un molino es así, no se puede levantar en cualquier sitio; la tierra decide dónde hay que construirlo. Mi primer trabajo fue subir piedras para que el señor Tomás levantara el molino con sus propias manos.

¡Cuántas veces habré hecho el mismo camino! La sombra de unas viejas encinas protegían del calor cerca de la molienda. El resto transcurría por la falda pelada del monte, salpicada de matorrales que se resistían a desaparecer y algún pino despistado. Se hacía largo el recorrido hasta Brañosera. Largo y aburrido.

Muy distinto era para mi amo. Cuesta abajo su lengua caminaba más deprisa que mis pobres patas. “Esas gentes son tontas, animal. ¿Sabes por qué les tienen miedo a los lobos? ¿Eh? ¿Lo sabes? ¡Porque no los conocen! ¡No los han visto en su vida! Aparece una oveja muerta y la culpa es de los lobos, ¡idiotas!. Ni siquiera saben defenderse. Si aparece un lobo sólo hay que echar a correr… ¡Mira uno! ¡Corre, animal, que viene! ¡Arre, arre!”, y el amo Antonio golpeaba excitado mis cuartos traseros con la vara de avellano que su padre le regaló a los doce años. ¡Cómo conozco esa vara! Cada una de sus hebras está marcada en mi piel, impulsándome en estúpidas carreras para escapar monte abajo de lobos imaginarios, o de inexistentes águilas que raptaban molineros o de bandoleros ávidos de sangre. ¿Qué interés iban a encontrar todos ellos en una colina tan asolada? Él se lo encontraba. Llegando a Brañosera mi amo se calmaba y ponía pie a tierra. Le gustaba entrar en el pueblo llevándome de la rienda.

Antonio Olivé era el hijo del molinero. Nunca estudió, pues el cereal daba mucho trabajo y la escuela quedaba lejos, allá en el pueblo. El señor Tomás le enseñó lo que sabía a guantazo limpio. Muchas noches, tras la lección, se refugiaba en la cuadra, acurrucado en el rincón más oscuro del establo, apretando las piernas contra su pecho y llorando hasta que su madre le venía a buscar. Le costó pero aprendió bien, demasiado bien. Lo mismo descargaba los pesados costales que cambiaba las muelas, arreglaba el eje de la noria o recomponía el tejado.

El mismo día que su padre le regaló una vara de avellano me hizo ver con todas sus fuerzas quién era el nuevo amo. A partir de entonces, el señor Tomás confió en Antonio para subir el trigo hasta el molino.

Los pocos modales que tenía mi amo se los enseñó su madre, además de los números y el uso de la balanza. Tenía buen ojo para las medidas, no se le escapaba una onza. Antes de recoger el costal con el grano, lo pesaba con cuidado, calculaba con bastante precisión los panes que saldrían de él, anotaba la cantidad y la casa donde debíamos llevarlos y, finalmente, lo echaba al cesto de mimbre sobre mi lomo. Su madre le instruyó con dulzura. De haberlo hecho el señor Tomás, no tendría yo ahora las ancas peladas. Sólo recuerdo una vez en que mi amo se equivocara pesando el costal: la mañana que recogimos la cosecha del mesonero.

Esa mañana, tras otra vertiginosa carrera hacia el pueblo, perseguidos por invisibles duendes del bosque, llegamos al cortijo del mesonero bastante fatigados. La hacienda tenía una posada por la parte delantera, con un letrero de madera colgado de una gruesa flecha negra y un par de ventanas enrejadas. Del mesón salían tapias blancas que escondían un gran corralón en la parte posterior.

Mi amo no se debió fijar en la cantidad de gallinas que escarbaban el barro entre los toneles, ni percibir el fuerte olor a vino ni el alboroto que llegaba de la taberna. Pronto perdió los sentidos.

– ¿La has visto? ¡Es preciosa! -dijo en voz baja.

– ¿Eres tú el molinero? -exclamó una jovencita parada en mitad de las escaleras que accedían al segundo piso. Mi amo no contestó. Parecía no atreverse a dar un paso, plantado en mitad del corralón con la gorra apretada contra su pecho– Aquí están los sacos.

– Los sacos… –repitió Antonio. De pronto recobró la consciencia; se giró y quiso sacar la balanza del cesto con tanta rapidez que ésta se enganchó y cayó al suelo con estrépito. La muchacha se echó a reír.

– Pareces tonto, molinero.

– Sí… bueno, no… A ver esos sacos –exigió Antonio visiblemente avergonzado y nervioso.

La mujercita tendría un par de años menos que él. Su largo cabello caía suelto sobre su pecho, hinchado por el corpiño escondido bajo el vestido de telas verdes. Éste no llegaba a cubrir por entero las pantorrillas, advirtiendo el andar gracioso y ágil de sus pies.

– ¿Cuándo lo vas a traer? Mi padre necesita el pan para la taberna cuanto antes.

– Lo más pronto… Pasado mañana.

– A ver si es verdad, molinero.

Y nos fuimos de allí muy despacio, uno debido al peso de los costales, el otro para volverse a mirar cada pocos pasos.

Si bien bajando no callaba, de regreso al molino mi amo nunca tenía conversación. Quizá la falta de cabalgadura, que ya subía cargada con el pesado cereal, quizá el deshacer a pie un camino que hacía sentado. Pero aquella vuelta a casa fue diferente, escuchando la impresión que la hija del mesonero había dejado en mi amo, el cual hilaba frases sobre su belleza, soltura y encanto, cuando la respiración se lo permitía.

Nunca he trotado más camino de Brañosera como dos días más tarde, llevando el pan al mesonero. Un par de veces tuve que detenerme, mientras el zagal recogía los panes que habían rodado por el suelo. Eso me permitió recuperar el resuello hasta que el apremiante varazo me obligaba a seguir lo más rápido posible.

Antonio tampoco se fijó esta vez en el pesado portón de madera, rematado con clavos, que la criada abría a nuestro paso.

– ¡El molinerooo! – gritó la sirvienta. Sentí un tirón de la rienda. Mi amo tenía los ojos muy abiertos y la cara un tanto pálida. Le resaltaba las mejillas rojas por la carrera. Pese a ser un joven recio y de manos como azadones, parecía un crío asustado. Antes de llegar al otro extremo del corral, ya había aparecido la hija del mesonero con el mismo desenfado que la primera vez.

– Hola Antonio –dijo zalamera– Te has dado prisa…

– Traigo tus panes.

– ¿Cuánto se debe?

– Veinte… veinte reales –respondió mi amo con la mirada fija en el suelo y el ceño fruncido.

– ¡Veinte reales! –se sorprendió la muchacha- ¡Esos son más panes de los que me dijiste el otro día! Iban a ser trece reales. Catorce todo lo más…

Se quedó cruzada de brazos, mirándole directamente con un gesto de desilusión.

– Verás… el otro día calculé mal… no sé qué pasó… la balanza estaba bien… –su voz entrecortada se volvió suplicante– Si no llevo el dinero mi padre me va a matar. Calculé mal, te prometo que no volverá a ocurrir, pídeme lo que sea pero dame los veinte reales o…

– Está bien, te daré los veinte reales –la muchacha sonreía complacida- ¡Si tú me enseñas el río! Dicen que allí arriba cae el agua como por una pared, ¡qué tontería! El río siempre ha viajado a la altura de los pies. Tengo ganas de verlo.

– Pero si sólo tienes que ir por el camino y… –protestó mi amo.

– No conozco el camino, ni el monte, ni el río –atajó ella- Mi padre no me permite salir de Brañosera. Dice que soy muy joven y que hay peligros en el monte.

– Tu padre tiene razón. Hay muchas fieras en el monte. A mí me han atacado cuando venía a por costales. El otro día, unos duendes…

Caía el sol sobre el cortijo y la mañana desaparecía persiguiendo las sombras de la paredes blancas, pero mi amo tampoco se percató de esos detalles. A la vuelta, ni los veinte reales que llevaba en el bolsillo, ni los gritos de su madre intercediendo por él, evitaron otro disgusto con el señor Tomás por la tardanza. Pero dudo que esa noche los golpes le dolieran tanto como otras veces.

 

Por extraño que parezca, conocer a la hija del mesonero no mejoró la sensibilidad de mi amo hacia mis cuartos posteriores. Al contrario. Ya no había águilas, ni lobos, ni bandidos, ni alimañas, ni duendes, esperándonos en el camino. Surgió un peligro más doloroso: la prisa. Aunque severos, aquellos enemigos imaginarios aparecían a días, sólo cuando a Antonio se le acababa la conversación consigo mismo. La prisa, sin embargo, se hizo habitual en los días posteriores a nuestra primera visita a la hacienda del mesonero. La vara de avellano me recordaba lo lento que me estaba volviendo. Un animal viejo al servicio de un amo rebosante de juventud se convierte en un problema para los dos.

Lo peor era llegar a Brañosera. Una vez allí, recorríamos las casas tomando el cereal o dejando las hogazas como si el diablo nos pisara los talones. Antonio se detenía un poco más a la hora de pesar los sacos y calcular los panes. Y nos apresurábamos hacia otra vivienda. “¡Al molinero le han puesto guindillas en el culo!”, se reían los vecinos.

Resulta curioso pensar que, a pesar de la criada, de los clientes del mesón, y de encontrarse éste junto al camino, nadie pareciera percatarse de que nuestras aceleradas visitas terminaban siempre ante el pesado portón de madera de la hacienda del mesonero.

Era allí donde mi cuerpo volvia a respirar, el sudor empezaba a secarse y acallaba el estómago con la hierba que crecía al pie de las paredes blancas, mientras mi amo y la joven compartían historias de lobos y bandoleros, noticias que los viajeros traían a la taberna, quejas sobre sus labores, protestas hacia sus padres, recuerdos de la fuga para conocer la cascada, sonrisas cómplices, los primeros besos, miradas emocionadas y despedidas que, poco a poco, se iban alargando como miel con la cuchara.

Fueron tiempos duros para este pobre animal. El otoño embarró el camino al pueblo, volvió las piedras resbaladizas y peligrosas para la carrera. La vara hablaba más que mi amo y mis patas no sujetaban ya con la misma firmeza. Los jóvenes se entendían en secreto, aunque algunos de los escasos clientes que aún tenían grano guardado empezaron a sospechar.

Sin embargo, llegó el invierno y los comentarios se fueron diluyendo. Ya no se veía gente por las calles, gobernadas por el viento gélido y la niebla que bajaban del monte. Empezó a nevar. Los encuentros de la pareja buscaron refugio al calor del establo, dentro del corralón. Mi hocico no encontraba hierba entre la nieve y el pelo que cubría mis ancas había dejado paso a una piel de color avellana. Varias veces mi amo se olvidó de echarme la manta encima antes de salir del molino. Pasé todo el frío que pude soportar…

Recuerdo aquel tiempo con amarga alegría. Entonces, no encontraba pasto con el que calentar la panza. Ahora, tenemos calor y paja suficiente para los dos en el establo. La vaca es muy agradable. Cuenta historias que le oyó a la criada mientras la ordeñaba y que ésta, a su vez, escuchó a los viajeros hospedados en la hacienda. Yo le cuento las visiones de Antonio cuando descendíamos a Brañosera. Ella se ríe a escondidas. Sabe que el amo todavía guarda la vara de avellano. Hemos oído cómo se lo comentaba a la dueña, pero ella no entiende de varas; es una buena mujer. Le gustan los animales y nos trata con cariño. Y está enamorada de Antonio desde el día que se le cayó la balanza en mitad del corralón, según dice la vaca…

¡Qué noche aquella de invierno! ¡Y qué revuelo se armó en la hacienda! ¡Parecía una revolución! Los perros ladrando incansables, las gallinas asustadas, los nerviosos relinchos de los caballos, los gritos de la criada despertando a los viajeros, ruido de espadas desenvainadas, ”¡Quién vive! ¡Quién vive!” aullaba del mesonero muros adentro… No sé qué estarían haciendo mis dueños dentro del establo, ni la vaca se enteró, tan discretos eran los pobrecillos, pero cierto es que esos rebuznos desesperados de un asno muerto de frío en mitad de la noche, al otro lado de la pared blanca, ayudaron a mi amo a tomar esposa rápidamente, convencido sin duda por el amor y el honor herido de unos suegros muy disgustados.

 

Read Full Post »