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Archive for 26 octubre 2004

Me gusta la montaña de granito que aparece en la foto clavada en la pared de mi habitación. Y el camino de tierra amarilla que sube por su falda, entre musgo y rocas. Y la figura desconocida que, sentada en una piedra, contempla su pecho y reza. Me gusta cómo se funde el naranja con el amarillo en la puesta de sol sobre aguas tranquilas de la foto inferior. Son imágenes que me transportan a lugares desconocidos con sólo mirarlas. No me gusta la comida que hace mi madre, ¡me encanta!, como le dijo una vez mi primo Felipe ante la sorpresa de ella. Todo lo que cocina me sabe a gloria, quizá porque en el pueblo el aire es otro, más limpio, más respirable, deja los aromas del campo sobre las salsas y los rebozados, despertando un apetito a veces voraz. El pueblo. Ese sosegado ritmo de vida, sin tráfico ni semáforos que indiquen cuándo tienes que parar y cuándo avanzar; saludar al desconocido; sentarse a la puerta de casa para comentar la vida junto a los vecinos en las noches de verano, o bien a solas en el patio, mirando el cielo y el vuelo de los murciélagos. Me encantan los paseos por los caminos, especialmente el que sube a las cuestas; las puestas de sol que se ven desde ellas; el cielo cubierto de nubes con distinto color cuando el sol se esconde tras los pinares; la luna llena que alumbra las eras de la dehesa donde jugaba al fútbol de pequeño; el aroma de la pulpa de remolacha procedente de la azucarera; la calma del paseo nocturno por la carretera que lleva a Hornillos, el sonido del agua cayendo por la boquilla de la fuente, el intenso olor a vaca que me recuerda que estoy vivo…

Como ellas, despiertan mi imaginación las personas que caminan por el parque, frente a mi casa, las que se sientan en el banco bajo mi ventana, las que juegan en los columpios, las que se reúnen en grupos. Se prestan como personajes de historias que a veces invento. Gracias a todas.

Admiro a quien sabe dirigir su vida a un ritmo tranquilo, a quien gusta contemplar las cosas sin querer vivirlas con prisa. Me gusta observar lo que sucede ante mis ojos: espiar tras el cristal el aseo de los gorriones con el agua desbordada del tiesto donde crece la hierbabuena, privilegio que me concede la Naturaleza; fijarme en la mirada de las personas con las que me cruzo por la calle e imaginarme lo que piensan en ese momento, por qué ríen, por qué aprietan los labios, qué les preocupa; admirar los pequeños ríos de montaña puliendo grandes aluviones de piedra blanca, y enseñándonos, de paso, que la constancia es capaz de diluir cualquier rigidez; me quedo clavado cuando veo un rayo de luz que se cuela entre las nubes en un día gris, o entre los árboles en la espesura de un bosque, y parece hecho con tiralíneas, como si un potente foco estuviera inmóvil, iluminando desde arriba. Me recuerda esas escenas de película en las que Dios se dispone a hablar a los hombres.

Me pierde la pastilla de chocolate Valor que mastico; chocolates hay muchos, pero el sabor intenso de esta marca vence mi resistencia. Disfruto del aroma que dejan las velas cuando se apagan, de la melodía de las canciones de U2, del sonido tenso del violín en la canción “Eleanor Rigby” de los Beatles, de la tosquedad del vaso azul de gres donde recojo los cucharones de madera, de la suave piel de Arancha, de la comodidad que me dan los pantalones Wakonda comprados en el mercadillo… Ahora que llega el tiempo frío es un placer fregar la vajilla con agua caliente, el viento templado de otoño, el olor de la tierra tras la lluvia, descubrir algún nícalo en el pinar, la sensación de recogimiento al caminar entre la niebla cerrada, la evocación de experiencias que producen las canciones de Franco Battiato, encontrar a la castañera luchando contra la intemperie para cubrir la calle Mantería con el atractivo olor de castañas asadas, ¡qué delicia de alimento! ¡Y las que habré asado yo sobre la cocina bilbaína de mi casa en el pueblo!

No me gusta la comida que hace mi madre, ¡me encanta!, como le dijo una vez mi primo Felipe ante la sorpresa de ella. Todo lo que cocina me sabe a gloria, quizá porque en el pueblo el aire es otro, más limpio, más respirable, deja los aromas del campo sobre las salsas y los rebozados, despertando un apetito a veces voraz. El pueblo. Ese sosegado ritmo de vida, sin tráfico ni semáforos que indiquen cuándo tienes que parar y cuándo avanzar; saludar al desconocido; sentarse a la puerta de casa para comentar la vida junto a los vecinos en las noches de verano, o bien a solas en el patio, mirando el cielo y el vuelo de los murciélagos. Me encantan los paseos por los caminos, especialmente el que sube a las cuestas; las puestas de sol que se ven desde ellas; el cielo cubierto de nubes con distinto color cuando el sol se esconde tras los pinares; la luna llena que alumbra las eras de la dehesa donde jugaba al fútbol de pequeño; el aroma de la pulpa de remolacha procedente de la azucarera; la calma del paseo nocturno por la carretera que lleva a Hornillos, el sonido del agua cayendo por la boquilla de la fuente, el intenso olor a vaca que me recuerda que estoy vivo…

Si algún día vuelvo a vivir en un pueblo construiré una casa molinera de piedra y adobe, la cubriré con una tejado de pizarra y la llenaré de muebles de madera sin manteles que los oculten, cazuelas de barro, una chimenea que haya que alimentar, un colgadizo para cobijar la leña, un buen patio donde plantar castaños e higueras, cubierto de césped, y así poder disfrutar del perfume que deja la hierba recién cortada. Entonces, colgaré ese cuadro naif que sigue guardado y telas africanas llenas de color y vida.

Mientras llega ese momento, gozaré de la piedra caliza de los edificios de Valladolid, del tiempo detenido en la iglesia medieval de La Antigua, de la ración de sepia en el bar del mismo nombre y de ese último bocado de pan con mahonesa, de los cafés con sus sillas oscuras y sus mesas de mármol, de la zarzaparrilla en el Penicilino, del escondite del Campo Grande o de la animación del Ribera de Castilla los domingos por la tarde.

Hay muchas más cosas de las que me gusta disfrutar. El recogimiento interior en las grandes iglesias; el Bolero de Ravel; la neutralidad del color blanco, que admite al resto de colores tal y como son; la Navidad y el encuentro familiar y la emoción del Nuevo Año y los regalos de Reyes… Los niños como Rubén, que me da un puñetazo por la espalda y a continuación me pregunta interesado qué estoy haciendo, ¡tanta confianza que aprender de ellos!; Abraham o Jacqueline, pasándolo tan mal en Nicaragua y, sin embargo, siempre sonrientes y dispuestos a jugar; disfruto con ancianos como Lucio, que me abre las puertas de su casa, y me cocina un pollo, y recuerda coplas y tientos que recogen la experiencia de su vida, y me enseña a vivir dando lo que tiene, esperando a cambio un ratillo de compañía; almorzar con el buen humor de Santi y Alfonso, y Perico y Carolina y quienes me acompañaban en esos tiempos que ya no volverán…

Sin embargo, pasar las mañanas ¡y las tardes! frente al ordenador me deja con la sensación de estar encarcelado, perdiendo un valioso tiempo de mi vida y algún encuentro fortuito por las calles de la ciudad. Detesto haberme equivocado de estudios, ¿por qué no hice caso a mis profesores en su momento?… Cocinar no es algo de lo que disfrute; como tampoco me gusta encontrarme sudado y sin poder ducharme: las manos lamigosas que dejan los langostinos; descubrir las uñas sucias sin haber hecho nada para ensuciarlas; los cortes de pelo que me dejaba Pedro y ahora Bernardo; golpear involuntariamente con el pie una piedra cuando voy caminando, que ruede por la acera de manera incontrolada, sin poder evitar su destino: ¿se parará sin hacer daño? ¿o rebotará contra otro viandante? ¿o golpeará cualquier escaparate por mala fortuna?

Tengo envidia de los que comen queso y beben leche blanca, aunque no lo echo de menos: el olor de estos alimentos me produce arcadas, al igual que encontrarme un ajo entre el guiso cuando ya he cerrado la boca. Me molesta el frío que se cuela por los tobillos y las muñecas; teclear con las manos ateridas, casi inertes, provoca un dolor seco en las yemas de los dedos que parecen a punto de romperse; ¿¡y qué es eso de esconderse detrás de unas gafas de sol!? El mismo sol que se me hacía insoportable el 19 de Julio en Managua; no me gustan los paisajes sin sombra donde cobijarse, y Castilla tiene campos vacíos para aburrir; ¿quién dio a los cipreses su apretada cintura?

Siento un abuso la cantidad de noticias dedicadas a los políticos, sus respuestas ambiguas e inconcretas, esperando a que se decidan en algún consejo de administración de un banco o gran empresa; me opongo a las personas que ponen un precio a su dignidad; me preocupan las fuertes discusiones entre mi vecino y su hija, los “tacos” que larga su mujer y la vecina de al lado hablando mal de ellos; esa falta de respeto se repite en ciertos jóvenes, gustosos de llamar la atención con la potencia de los altavoces de sus coches y los cristales bajados; por extensión, no entiendo por qué hay bares donde suben la música cuando se llenan de gente, ¿es más importante la música que la conversación?; ni comprendo la hipocresía que supone fabricar coches con velocidad máxima superior a la reglamentaria; ni me gusta conducir ni esperar en un semáforo en rojo cuando no cruza nadie; ni el rojo que chorrea del lomo en la tortura de la fiesta nacional; la insoportable aceleración de las motocicletas; el tabaco que consume el aire que yo necesito respirar…

Me duelen las mafias que explotan a los inmigrantes en mi barrio, ¿es que sólo importa el dinero en esta vida?; ¿y la venganza visceral de algunos jóvenes gitanos que saldan sus asuntos a balazo limpio?; me fastidia que la gente no vea que el odio engendra odio y nada más, que Sharon levante otro muro de Berlín y unos estúpidos se inmolen por la causa, que haya Bush-es y lancen obuses “para pacificar”, que la cultura sea una barrera tras la que esconderse, no recordar el nombre de la persona con la que estoy hablando y, por lo que acabo de descubrir, escribir sobre las cosas que no me gustan: me deja mal sabor de boca y estropea mi buen ánimo.

 

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