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Archive for 30 agosto 2004

Qué bueno.

Aprovechando el, posiblemente, último fin de semana de calor que tenemos libre Arancha y yo, nos hemos ido a patear la sierra de Gredos.

El destino ha sido un camping de Navaluenga, Ávila. Fue llegar el sábado a las 13:00, plantar la tienda, pagar por esa noche y salir andando a la montaña. Dejamos en el camping a unos gitanos probando los altavoces de su 4×4, a tres nórdicos que montaban sendas Harley-Davidson, a una familia numerosa de sudamericanos, a unos jóvenes que llegaron en coche blanco, con los cristales tintados y los tapacubos en color rosa, y a una ardilla. Subimos a realizar la ruta PR AV-7 Trampalones.

Lo malo de la ruta es que no parte directamente del pueblo. Lo hace desde una finca, Venero Claro, situada a un buen rato de paseo. Como ese primer tramo ya lo hicimos sobre las 13:30, en un día de calor intenso y cielo despejado, y la sombra de los árboles caía en vertical sobre sus propias raíces, cuando llegamos al punto de partida de la auténtica ruta ya habíamos sudado la gota gorda y los ánimos andaban un tanto disgustados por lo feo del camino (una pista polvorienta).

A partir de que encontramos el origen, la cosa empezó mejor. Recomendamos seguir las indicaciones de los folletos turísticos: la senda es circular y se aconseja empezar en un sentido (Las Cepedillas). A pesar de que por esa vía la ruta comienza cuesta arriba y transcurre por “una colada de ganado” (no son vacas puestas a tender, son los típicos caminos de cabras pedregosos), con paciencia se llega a un arroyito de agua fresca donde aliviar los pies y la cara. Eso es suficiente para seguir subiendo hasta avistar una garganta “que en 1997 sufrió un fenómeno conocido como avalancha de derrubios”, llena de pedruscos de montaña, vamos. Por ella transcurre un arroyo mayor y forma pozas en algunos puntos, pero su acceso es más apto para cabras que para humanos. Es el punto más alto de la ruta.

Vista del valle

A partir de ahí, el sendero entra en un pinar. La ruta deja de estar indicada con las características señales blanca y amarilla. Pasa a estarlo mediante montoncitos de piedras. Es importante este dato porque en todo el pinar, y hasta que sales al camino, no se ve el sendero. Sólo estos montículos informan del sentido de la marcha. Al menos, son frecuentes y el sendero queda bien señalizado.

Nada más entrar en el pinar, paramos en el tercer arroyo. Está a la sombra y forma un par de pozas donde meter los pies. Allí comimos y descansamos. Continuamos nuestro viaje justo en el momento en que un rebaño de cabras llegaba al mismo punto. Pedro no venía con ellas.

El regreso al punto de partida se hace por un camino y la sombra es constante. Hay zarzamoras a lo largo de la subida inicial, así como por los caminos. Ni qué decir tiene que nos pusimos “morados”.

Ah, ¡y conocimos a unos lugareños!

Lugareños

En Navaluenga, al día siguiente, estuvimos tomando fotos a los coches espectaculares participantes en el Primer concurso de Tunning. Colores chillones, maleteros ocupados exclusivamente por bafles enormes (alguno con la típica bola de cristales “Fiebre del sábado noche”), tapacubos con molinillo, volantes cuadrados, luces de neón, muñequitos que se movían, peluches gigantes y un conductor controlando la música del coche mediante ordenador portátil. Todo esto ocurría a un lado del puente románico de Navaluenga.

Tunning ATunning B

Del otro, aprovechando que el Alberche pasa por allí, la ribera se ha convertido en la piscina municipal, con césped, árboles y bajada al río mediante escaleras. La gente lleva sus toallas, mesas, sillas y sombrillas. El río no cubre mucho, el agua está naturalmente fría y el cauce está lleno de piedras grandes, de las que no se pueden clavar en los pies. Además, han heho pequeñas represas para darle altura al río.

Recodo del Alberche

El domingo lo pasamos en el agua, relajándonos de la marcha del día anterior. Santi nos acompañó en ese agradable día y nos trajo buenas noticias de Madrid. Qué mejor para terminar el fin de semana.

El próximo serán las fiestas de Pucela!!!

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Terminaba el año 1999 y la gente estaba preocupada con el paso de año. La prensa había hecho su agosto vendiendo la llegada del 2000 como un cambio de milenio, momento en el que se cumplirían las profecías sobre el fin del mundo. La sociedad había cambiado mucho. En todos los puestos de trabajo se necesitaba una computadora. Nadie sabía hacer nada sin utilizar ese aparato. Gracias a él, había nacido Internet. Personas y empresas querían darse a conocer; para ello alquilaban espacios en Internet, donde dejaban la información que querían dar. Todos los espacios empezaban por ‘www’. Eso dio pie a la reflexión de los estudiosos de profecías. “Las tres uves dobles representan el 666, el número del diablo”, comentaron algunos. Otros no estaban de acuerdo y daban una hipótesis más científica. “Cuando se diseñaron los ordenadores en los años 60, el año de las fechas se almacenó en un campo de dos dígitos. Cuando llegue el año 2000, éste campo guardará ‘00’, entonces los ordenadores no sabrán interpretar las fechas de forma correcta, confundirán el 2000 con el 1900 y todo lo que funcione mediante la informática dará errores. Hospitales, aviones, trenes, bancos… ¡será el caos!”. Se acercaba el paso de año y la gente estaba preocupada.

No así el diablo. Sabio y paciente, Satanás dedicó buena parte de su tiempo aquel año a observar el comportamiento de las personas. Acudió a los encuentros internacionales de presidentes de gobiernos, escuchó las decisiones que se tomaban en los consejos de administración de bancos y multinacionales, se coló en reuniones de empresas grandes y medianas, asistió a comidas y cenas de muchas familias de todos los niveles sociales, oyendo de primera mano sus problemas e inquietudes, acudió al culto semanal de unos y de otros, entró a escondidas en los asilos, se escondió en las aulas de las universidades, acompañó a los jóvenes en sus juergas nocturnas de fin de semana y siguió con interés a los niños, comprobando qué juguetes pedían a los Reyes Magos. Ese año se lo pasó en grande.

Bueno, bueno, bueno. En general, la cosa va bien – reflexionaba sobre lo que había visto, tumbado en la rama de un arce – Están consiguiendo que la tecnología evolucione muy deprisa pero, en vez de ir por delante, van corriendo tras ella. Corren mucho para alcanzar el horizonte y no disfrutan del paisaje. Dicen que buscan solucionar el hambre y las enfermedades en el mundo, pero miran antes por sus mercados. Dicen que quieren que sus empleados estén contentos, pero sólo buscan el beneficio económico. Investigan mucho y bien, pero para mejorar su equipaciones militares. Dicen que quieren la paz, pero envían a sus ejércitos. Dicen que aman a Dios, pero se olvidan de amar a los hombres. Dicen que salen a divertirse, pero se tienen que emborrachar. Dicen que educan a sus hijos, pero les compran armas de juguete… Hum, me podría tomar unas vacaciones, pero quiero celebrar el nuevo año. ¿Quién queda por entrar en esta sociedad tan a mi gusto?

El diablo levantó la vista y echó un vistazo al pueblo que tenía a sus pies. Agudizó su oído y escuchó todo lo que se decía en cada casa, en cada bar. Lo que oyó le pareció de su agrado, sin embargo, no se quedó contento. En un edificio reinaba un silencio sereno. Era un convento de clausura.

Un convento. ¡Claro! ¡Qué mejor para celebrar el nuevo año que conquistar esta plaza a Dios! ¡Cómo no lo había pensado antes! – se dijo, mientras sus ojos amarillos adquirieron un brillo inusual – Pero hay que actuar con cautela. Las monjas de clausura son muy duras de roer. Tendré que implicar a mucha gente. ¡Qué reto tan interesante!

Dicho y hecho. Satanás, como siempre hace, estudió los acontecimientos de aquel tiempo. Hacía siglos que el peludo diablo dejó de usar sus poderes sobrenaturales; para lograr sus objetivos, utilizaba las ambiciones de los hombres para usarlos en su provecho.

A ver, ¿qué tenemos?… En principio, un convento donde reina el silencio y la discrección. Lo que pueda ocurrir con él, fácilmente, pasará desapercibido. Nadie notará si se cae una pared o si desaparece por completo. Además, es de clausura y, a estas alturas de la película, eso la gente no lo entiende; no les importará mucho si se enteran… El convento tiene un gran patio… Hum, es mucho terreno. ¡Mejor que mejor! A alguien le interesará adquirir todos esos metros cuadrados. ¡La de pisos que se podrían construir sobre ellos! Por ahí puedo despertar la codicia de muchos promotores… Pero siempre es posible que alguien se dé cuenta y se queje… No, el convento no debería desaparecer, así se callarán los protestones. ¿Cómo mantenerlo en pie?… ¡Por la gran caldera! ¡Ya está! ¡Hago que lo conviertan en parador! Sigue abierto, recibe turistas con dinero y personalidades de la política, el pueblo aumenta su oferta turística y todos contentos. Además, está al lado del nuevo museo de arte, que ha traído muchas visitas a este pueblo y le ha dado un lugar en el mapa. Todo cuadra, cornudo, todo cuadra je je je je je….

Dos días más tarde, se reunió con algunos promotores y constructores inmobiliarios. Con su hábil arte para el disfraz, se presentó como un hombre de negocios, pulcro, decidido, seguro de sí mismo y de fácil verborrea. No le costó esfuerzo convencer a los empresarios para que se interesaran en el proyecto.

Un parador y bloques de pisos es una gran idea, amigo, pero las monjas no van a querer irse de la que ha sido su casa toda la vida – argumentó uno de ellos.

De las monjas me encargo yo – contestó el diablo – Ustedes muevan los hilos que ya conocen.

Sin saber exactamente qué iba a hacer aquel ejecutivo con ideas brillantes, aunque sin importarles demasiado, los empresarios contactaron con el alcalde y el obispo. Les invitaron a una cena en el chalet de uno de ellos. Hablaron banalidades, de futuros cambios para el pueblo, posibles donaciones a la Iglesia… Tras la copiosa comida, la música, las risas, el rico vino de la tierra y los invitados bien satisfechos, mostraron las ofertas por el convento y sus terrenos.

Por su parte, el astuto diablo no perdió el tiempo. Sabía que no bastaba con trabajar desde fuera, era necesario influir desde intramuros. Decidió que la mejor forma de convencer a las monjas era a través de su superiora, y para convencer a ésta había que ganarse al cura, Don Félix. Empezó a aparecer por sus sueños, noche sí, noche no. Unas veces, convertido en un joven barbudo, de pelo largo y vestido blanco, que le hablaba con voz cautivadora, preocupado por la salud de sus ancianas monjas. Otras veces, Don Félix soñaba que paseaba por delante del convento y un mendigo, llorando y señalando al interior, le pedía una limosna “para ellas, que lo necesitan más que yo”. Por las mañanas, el pastor se despertaba sereno y con fuerzas renovadas. Le fueron apareciendo unas ganas de ayudar a sus convecinos que hasta entonces no había sentido. Una mañana, se dirigió al convento.

Sor Angélica, la encuentro cansada – dijo a la abadesa– ¿Cómo se encuentra?

Bien, padre. Hay tantas cosas que hacer aquí dentro y ya vamos mayores…

De eso quería hablarle – atajó el cura – Me preocupan ustedes. ¿No creen que algunas hermanas necesitan más atención? Van a ser más de ochenta años ¡y los cuerpos ya no son los mismos! No se puede cargar el peso de la comunidad sobre sor Guadalupe y sobre usted.

Tiene razón, tiene razón, pero nos apañamos bien y todas aportan algo – respondió sonriente la madre superiora.

No me quedo yo tranquilo, madre – sentenció Don Félix.

Y se volvió a la casa parroquial sin mover aquella piedra.

El diablo ni se inmutó. Conocía el carácter frágil de los seres humanos y había aprendido a esperar. Siguió apareciendo regularmente en los sueños del sacerdote. Siempre se mostraba como un personaje que atraía la atención hacia el convento. El convento. Don Félix acudía habitualmente a visitar a las monjas, charlaba con ellas y, antes de irse, conversaba en privado con la madre superiora, mostrándola la necesidad de buscar otras comunidades más pobladas. Al principio, ella se mostraba recelosa, no veía la necesidad. Con el paso del tiempo, como el diablo había previsto, su posición se fue ablandando.

Hermanas, tenemos que hablar – la voz firme acalló los comentarios en la mesa – Llevamos ya mucho tiempo juntas. Los años no pasan en balde. Antes podíamos ocuparnos del convento, del huerto, de la lavandería… Ahora nos tenemos que ocupar unas de otras. Nos hacemos cada vez más viejitas, oyeron, sobre todo ustedes. Sor Guadalupe y yo somos las más jóvenes y, lejos de dedicarnos a nuestroas oraciones, nos dedicamos a cuidar de casi todas ustedes. Comprendan que necesitamos ayuda.

– Sí, sí, tiene razón, necesitan ayuda… – confirmó una vocecilla casi inaudible frente a la madre superiora – Pero hace mucho tiempo que no entran monjas en esta clausura, sor Angélica, ¿qué idea ha tenido?

– Como usted bien dice, hermana Milagros, no entra nueva sangre en el convento… – sor Angélica respiró profundamente antes de continuar – Y como no entra, la solución que he encontrado es la contraria: tiene que salir de él. Creo que ha llegado el momento de plantearnos la disolución de la comunidad.

El silencio se volvió absoluto.

A partir de aquel momento, la armónica convivencia cambió entre los muros del convento. Sor Angélica y sor Guadalupe encontraron el apoyo de algunas hermanas y la resistencia de las más veteranas. “Se aferran a unas piedras, hermanas”, “Es nuestro hogar. Ustedes llegaron más tarde, no lo pueden comprender”, “Son muy mayores, necesitan cuidados”, “Siempre nos hemos cuidado unas a otras”. La comunidad quedó dividida. La relación se hacía cada vez más tensa entre los bandos y la vida se tornó difícil. Las ancianas se sentían vigiladas. Sus visitas, llamadas y comentarios al exterior eran causa de mucha atención. La tranquilidad de la vejez se volvió angustia.

Pasaron cinco largos años. El diablo se divirtió durante un tiempo. Sin embargo, al ver que no le ganaba el convento a Dios a pesar de todo, terminó molestándose. Su paciencia también tenía un límite. Finalmente, un día decidió acabar la batalla.

Cinco años viviendo esta pesadilla, Carmina, ¡cinco años!. A mi edad… – las lágrimas de sor Milagros resbalaban por su cara sin que ella hiciera el menor gesto por limpiarlas.

Tranquilícese, madre. – dijo la mujer del peluquero ofreciendo un pañuelo a través de las rejas.

Entré a los dieciocho años y sin estudios. Ya ves, una niña. Me puse con las vacas, las gallinas, los tomates… – la religiosa hablaba en un hilo dulce de voz – No faltaba leche en la mesa, ensaladas… No discutía por el dinero, ni por las obras, ni por las tareas… Hemos crecido aquí dentro, casi todas. Éramos como hermanas, ¡más que hermanas! Ayudándonos, queriéndonos. Sor Carmela, Carmelita, me peinaba y yo ayudaba a sor María a vestirse, que en su paz la tenga Dios… Pero llegaron con ese cuento de que somos viejas ¡y mira! ¡Que nos vayamos a otro sitio! Pero, pero… ¡por qué nos quieren echar, Dios mío! ¡Si podemos hacer cosas!… Nos echan de nuestra casa, Carmina. Ya no nos ayudan con los hábitos, se quejan constantemente de nosotras, ¡pero qué mal hemos hecho, digo yo!, no nos pierden ojo, con quién hablamos, quién viene a vernos… Esto no me lo esperaba dentro del convento. Así no se puede vivir, hija mía, no se puede vivir…

Sonó un tintineo. Sor Milagros se secó por fin las lágrimas.

Parece que la abadesa ha pedido la presencia de nuestra provincial y nos la quiere presentar – explicó la monja.

¿Qué cargo es ése?

Ah, ¿no sabías?. Nuestro convento se integró en una federación de conventos. La provincial es como la presidenta de la federación – se inclinó hacia la reja y, arqueando las cejas todo lo que pudo, remarcó con el dedo índice – ¡La federación se creó para que los conventos no desaparecieran! ¡Arréglate!

En el amplio comedor, Sor Angélica, la abadesa, presentó a sor Dolores, monja que respiraba autoridad a pesar de su aspecto joven.

Puesto que nunca se nos ha presentado esta situación…

¡En quinientos años de historia! – interrumpió sor Alegría con visible malestar.

Puesto que nunca se nos ha presentado esta situación, repito, he solicitado la presencia de la provincial. Sor Dolores nos va a acompañar y a aclarar las dudas que podamos tener en la disolución de la comunidad.

La presentación no duró más de cinco minutos. Las monjas se fueron cabizbajas y empezaron a murmurar fuera ya del comedor.

La madre superiora apartó a la recién llegada a su despacho.

Ya la he explicado la situación de esta casa. Algunas no transigen. No quieren ver que lo hacemos por ellas. Esto no se sostiene más y el obispo está de acuerdo en cerrar. Necesitamos su colaboración para convencerlas. ¿Qué hemos de saber?

En principio deben tranquilizarse. Desgraciadamente, el cierre de conventos es cada día más frecuente, qué le voy a contar que no vea usted. Como no es el primer caso al que asisto, ya tengo tablas en esto – la provincial desprendía seguridad -. Saben que la disolución se vota en asamblea. Según las normas, en principio sólo ustedes deben estar presentes en dicha reunión; sin embargo yo asistiré con usted. En segundo lugar, todas deberían acudir. Si faltara tan sólo una, la asamblea no sería válida. Esto tampoco lo vamos a tener en cuenta. Lo que sí es importante, lo que Roma va a mirar con lupa, es que todas las monjas de la comunidad estén de acuerdo en la disolución y, por lo tanto, firmen el acta donde se decida. ¡Ahí es donde veo yo su problema! Porque ya me ha dicho que hay algunas que no piensan firmar tal cosa. Es imprescindible que aparezcan todas las firmas para que Roma acepte la disolución. Lo demás es fácil.

No sabía sor Dolores que sus palabras no eran suyas, sino del Diablo, pues ¡listo era el cornudo para usar la boca humana sin que el sujeto se enterara! Deslizaba en la cabeza ideas de rápida pronunciación, que luego eran mantenidas por el orgullo y el miedo a desdecirse.

Tres días más tarde llegó la asamblea decisiva. Acudieron las hermanas de la comunidad, excepto sor Milagros, que se ganó el apelativo de “monja rebelde”. Sí estuvo, por el contrario, la provincial. A nadie le pareció extraño ni la ausencia de una ni la presencia de la otra, pues no conocían el reglamento para estos casos.

En la media hora que cambió el destino de las ancianas, los argumentos y explicaciones de la madre superiora y de la provincial, así como el apoyo de una parte de la comunidad, alentaron el cambio en las más reacias. Tiempo después de todo esto, en la calle se comentaría que las monjas, aprovechando su ignorancia de las reglas, fueron puestas ante un callejón cuya única salida era la disolución. No está claro cómo fueron los hechos, pero sí el unánime resultado.

Si es como dicen, esto es lo mejor para todas – se consolaban. Las monjas estuvieron de acuerdo en firmar su propia separación.

Pero faltaba una firma.

Sor Milagros, quería hablar con usted. – comenzó la provincial en un tono suave- ¿Por qué ha faltado a la reunión? ¿Le ocurre algo?

Me duele el hábito, hija.

¿Qué dice usted? – interpeló la joven.

Perdone, pensaba en voz alta. – respondió la mayor – Hoy no me encontraba bien y he preferido quedarme en la enfermería antes que ir a votar para irme de mi casa.

Sor Milagros, ya hemos votado. – la voz de la provincial se tornó fría – Mire, todas han decidido que quieren buscar otros conventos donde terminar su labor. Eso es inapelable. Sus hermanas lo prefieren y usted no debe convertirse en un obstáculo para ellas.

Dios sabe que no quiero serlo. Y sabe que quiero morir en la clausura donde nací para Él.

Sor Dolores recogió toda la paciencia y calidez que encontró en su interior para continuar con una sonrisa.

Eso es muy bonito. La comprendo muy bien, hermana – dijo con dulzura – ¡Cuántas novicias deberían aprender de su entrega! Pero, sor Milagros, esto ya no está en nuestras manos. Las actas ya se firmaron y serán enviadas a Roma para su aprobación. No es necesario que firme nada si no quiere. En este caso, la mayoría decide. Sin embargo, no le cuesta nada añadir su nombre también y demostrar a sus hermanas que no pretende ser una barrera para su bienestar. Ya que esto ha terminado, al menos que termine bien. Además, si Roma viera que falta su firma, ¿qué pensarían allí de usted? ¿Dónde quedaría su vida de continua labor por la Iglesia dentro de estos muros? ¿No le parece?

La conversación duró un buen rato. La terquedad de la anciana cedió ante el tono amable y sugerente de la experta gestora. Sor Milagros puso su firma en las actas de disolución que, casualmente, sor Dolores traía consigo.

Durante las dos semanas que Roma tardó en contestar la resolución de la comunidad, las veteranas religiosas tuvieron tiempo de reflexionar sobre lo que había sucedido. La intranquilidad de no haber seguido lo que su corazón les indicaba las movió a expresar su malestar a amigas de otras congregaciones, visitas de la gente del pueblo… Las llamadas telefónicas fueron continuas. Compartir su desesperación las dio un poco de descanso y esperanzas por recuperar su hogar.

Descubrieron que había otras monjas que también sufrieron por las mismas causas. Incluso, encontraron la disposición de otra orden religiosa para establecerse en el convento con ellas y compartir sus labores, a cambio de atender a las monjas de la antigua comunidad que quedaran en él. Alegrada por el hallazgo, sor Milagros escribió una carta al obispo, para comunicarle esa posibilidad.

Una tarde sin viento, sor Alegría encontró a la monja rebelde sentada en el banco de piedra del huerto. Su mano descanaba sobre el hábito sujetando un papel. La mirada se perdía en el suelo; ni siquiera prestaba atención a las hormigas que empezaban a recorrer el dobladillo del faldón oscuro.

¿Qué te ocurre, Milagros? ¿Por qué no entras al fresco?

La monja levantó la hoja y se la dio a su hermana, que empezó a leer.

¿Qué es esto? A ver… “Querida hermana,… desconozco la existencia de la orden que me indica… y aunque la conociera, no estoy dispuesto… Roma ha aceptado su disolución… nada puedo hacer… deje de crear problemas… podrá ser exclaustrada… han de prepararse ante la inminencia de su marcha… obispo de… ”.

Sor Alegría levantó la vista hacia su compañera muy despacio y la vio asentir mirando a la nada. La ayudó a levantarse y en silencio entraron en el convento.

El pueblo apenas se enteró de lo que había ocurrido dentro de los muros. Se escucharon algunas voces, pero el alcalde actuó con destreza para evitar el escándalo. La construcción de un nuevo bloque de pisos en lo que fue el huerto del claustro, un año más tarde, no despertó el interés por la comunidad de religiosas que lo había cultivó durante tanto tiempo. Al contrario, la gente se alegró de ver que su pueblo crecía y de que cada vez eran más importantes. La rehabilitación del convento como Parador terminó por aclarar algunos sentimientos nostálgicos que aún perduraban. “Veis, el convento se ha salvado. Quinientos años de historia siguen ahí. Además, da trabajo, ¿qué más queremos?”, decían. Un obispo se sentía satisfecho de cuadrar las cuentas dinerarias de su diócesis, aunque su gran preocupación se centraba en la escasez de vocaciones. Don Félix fue trasladado a una parroquia más tranquila, pues estaba a punto de jubilarse y había solicitado el poder ejercer su labor pastoral en un lugar cercano a su pueblo. Sor Dolores empezó a viajar de clausura en clausura, cada vez más solicitada para aconsejar desde su experiencia y conocimientos a los conventos de su federación. Y sor Milagros, la pobre mujer, siguió pensando que aquello no era la Iglesia de Dios, sino la de los hombres. Pasó el resto de su tiempo sumida en la tristeza y visitada esporádicamente por el diablo, que no se fiaba y vigilaba para que no se desmadrara de nuevo el último bastión del convento que le robó a Dios.

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