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Archive for 12 julio 2004

El huerto

El calabacín medía más de medio metro. Nunca se había visto nada igual.

   Los vecinos del pueblo estaban divididos: unos felicitaban al hortelano por el tamaño de los productos de la huerta, otros recelaban de que aquello fuera completamente natural.

         Es cosa de mi mujer – les decía – Es ella quien cuida la huerta.

         Se le ha ido la olla – comentaba una señora en la tienda de ultramarinos – Yo creo que echa un abono americano.

         No. Es que se quedó con la mejor parte del terreno de su padre. ¿Te acuerdas de aquellos problemas con su hermano por la herencia? ¡Qué disgustos se llevó su difunta esposa, que en paz descanse!…

         Pues yo creo que hay alguna corriente de agua. ¡No es normal hortalizas tan grandes!

         ¡Si fuera por eso mi chico también tendría buenas cosechas! ¡Su tierra está al lado de la del hortelano!

         ¡Bah!, ¿no véis que se pasa todo el día metido en la huerta? Es muy trabajador y cuida mucho de lo suyo, así que le salen estas piezas.

         Demasiado tiempo sólo…

         ¿Y sigue discutido con su hermano?

    Me miráis como a un extraño, pensaba el hortelano, ¿creéis que no me he dado cuenta? Os importo menos que el campanario de la iglesia. Pero aceptáis con una sonrisa estos tomates… ¡mira qué hermosos son, María!… Y los pimientos rojos, y las patatas recientes, y esas lechugas orondas, y las calabazas, que se hacen interminables, y los calabacines, ¿cuántos purés salen de uno de mis calabacines?, y los garbanzos y las judías, ¡ya no compráis las de la tienda!, las zanahorias que dáis a vuestros animales, ¡todo!… Me miráis como a un extraño pero os mostráis como amigos cuando os regalo estos frutos… Nunca habéis venido a preguntarme qué necesitaba, a invitarme al bar, a pedirme nada… Mi hermano os ha engañado, eso es, os habla de mí, cuenta mentiras, os envenena… Si no fuera por ti, María, me volvería loco… Tú sí me quieres, no me has abandonado… Estás mejor a mi lado que con esos muertos, no en ese campo sin vida, en nuestra huerta, cuidando de las plantas, como hacías antes…

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La mancha

En uno de los pocos días de libertad familiar, el abuelo bajó al sótano. Quería ordenar su pequeño taller de zapatero, intacto desde que abandonó el oficio. En realidad no era necesario, pues todo estaba perfectamente colocado. Allí buscaba el descanso que su mujer le negaba.

Descorrió las cortinas de la ventanita. Los rayos de sol dibujaron líneas azules iluminando la habitación. Se fijó en la puerta del armario. Una mancha oscura, circular y asimétrica, marcaba el centro de una de sus puertas.

 

Hace tiempo que no bajo por aquí… – se dijo tras dejar la puerta nuevamente inmaculada con un paño y agua.

 

¿Cuánto tiempo hace que no arreglo un zapato, Maite?

¡Ni me acuerdo la de años! – respondió su mujer – ¿Ahora quieres ponerte a ello? ¡A tu edad con clavos y martillos! Déjate de tonterías y acaba la sopa, que tenemos que ir a ver a Valentín. Le dije que iríamos a tomar café a su casa, aunque ya sabes que nunca pone pastas, qué soso es, ¡pero está sólo! y a nuestra edad debemos estar en contacto. Nunca se sabe…

 

– Sí, querida.

 

A las seis y media estaban de regreso. Como cada lunes, el abuelo había aguantado las recriminaciones de su mujer a su vecino, el no haberse casado, su estado de soledad, su abanadono. Pero él se llevaba la peor parte, pues las quejas, que no terminaban nunca, las traía a casa del brazo. Procedente de la habitación conyugal, la desaprobación de su mujer hacia las personas solitarias le desbordó la paciencia. Decidió bajar a su taller y despejarse un poco antes de la cena.

Hasta allí seguía oyendo los truenos de su esposa. Cuarenta y tres años de matrimonio. La luz de la bombilla mostró una mancha en la puerta del armario. Circular, con los bordes grises y el centro oscuro como el carbón. El abuelo no se acordaba de que ya la había limpiado por la mañana. Cuarenta y tres años de matrimonio. Siempre igual, siempre lo mismo. El taller le había dado el desahogo necesario para mantener su relación. ¡Si no fuera por esto…!

Estoy cansado – decía mientras frotaba, aunque no sentía el paño empapado, ni la puerta, que cedía en silencio, como el agua, ocultando su mano, aspirando su brazo con suavidad. Pero él no se daba cuenta, experimentaba una tranquilidad completa, se notaba ligero, los ojos cerrados, la alegría volvía a su cuerpo, sonreía, recordaba… y se dejaba llevar… su taller, cuántos momentos… veía a sus antiguos clientes, de pie, sonrientes, pidiéndole sus zapatos a él, “déjanoslos y descansa, nosotros los arreglaremos” le decían extendiendo los brazos… y los abrazaba, cubiertas sus arrugas por lágrimas de recuerdos felices, saludando a cada uno, emocionado, volando con ellos, sosegado por fin…

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La noche  tragica

La noche estaba  embrujada, su aspecto daba temor, e l tiempo se deslizaba  silenciosamente como huyendo de la muerte.

En la negra noche, el canto diabólico de los pájaros nocturnos se oía a quejidos. El chasquido de la lluvia tenía un ritmo fúnebre,  la muerte, la muerte rondaba como perrro hambriento, el hombre, el hombre de mirada cálida y cuerpo ágil, él y solo él sintió en su piel el escalofrio que hacía temblar sus rodillas. Ella, la dulce hermana, la que tiende su manto en el último suspiro, ya rondaba tan cerca y sigilosa tratando de atrapar a la avecilla .

Entonces se oyeron cañones, bombas y un macabro alboroto. Allí estaba ella apoderándose de los cuerpos heridos tirados a la intemperie. Y allí estaba él, gimiendo, grandes lágrimas rodaron por las mejillas, su corazón apenas palpitaba. Clavó su mirada en mi rostro y luego vio el horizonte y fijó  sus ojos al infinito eternamente.

Mi tesoro perdido

Su piel era suave como la seda y tierno  su rostro ¡era  de ángel!

La  puerta estaba abierta y se asomó, y vio sombras en forma de figuras humanas. Caminó y no vio nada, pero su cuerpo se estremeció y aullidos de lobos se oyeron por todas partes, como si la manada estuviera en  celo.

El frágil cuerpo se tambaleó en la oscuridad, la tomaron como una flor y pétalo por pétalo fue cayendo uno a uno. Caída por tierra, se embriagó de tristeza .

Su mirado se volvió apagada, sus labios tenían sabor amargo, sus manos estaban inertes, sus senos eran duros como piedras.

El tiempo no se detiene, avanza, no mira atrás,  sólo avanza. Ella se vuelve mujer,  la veo caminar  por las calles  como  buscando el amor perdido, no se sabe su origen. Se oyen comentarios ¡está loca!  Pobre  diablo, el destino te jugó sucio.

Más allá del pensamiento humano hay una niña  que fue desmembrada de su ser mujer. Hoy sólo vive del recuerdo, un recuerdo que no tiene fin, ni tampoco inicio. Cada día se repite la misma historia  en otros cuerpos frágiles y tiernos de otra doncella.

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