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…como ejercicio de “mantenimiento” literario en un año sabático. Lo de “literario” también  debería escribirlo entre paréntesis.

En este caso, he pretendido olvidar la fidelidad a los datos históricos que pretendía en “Rojo” (y que ha estropeado lo que pudiera tener el relato de cuento como tal) y centrarme en mostrar otra realidad etíope: la convivencia religiosa. Desgraciadamente, la coletilla de los falashas está de más, en mi opinión.

En fin, este no era el año de trabajar los textos.

Amarillo

Pues sí, hacía siglos que no actualizaba esta cueva digital en la que cuelgo boca abajo cuando duermo por las noches, por eso de ver el mundo con otra perspectiva (del revés).

También hacía siglos que no volvía a escribir un relato medianamente trabajado. Gracias a Peri Lope y la presentación del libro “La República Independiente de San Nadie”, de José Carlos Iglesias, a la que fui invitado como copresentador o algo parecido, mis ganas de seguir escribiendo remontaron el esquivo zigzag de la motivación literaria cuando tu tiempo libre no existe, fundamentalmente porque se lo llevan los morceguillos que ahora revolotean inquietos por la otra cueva, la física.

En esta ocasión, la ONG Abay emprendió este año una interesante aventura como es un concurso de cuentos para dar a conocer Etiopía, cuna de los hijos adoptados por los socios de la ong. Decidí participar para no perder el tren de la escritura aficionada y para dar facilitar el acercamiento de quienes me conocen o leen (aquí y en otras redes virtuales) a la historia y costumbres de un país, Etiopía, cuna de uno de los morceguillos que revolotean inquietos por mi otra cueva. Por él, por mí y por vosotros. Ahí es ná.

El relato se titula “Rojo” y es parte de una trilogía que me he comprometido (conmigo mismo) a presentar al concurso.

Dejo aquí el enlace, no quiero publicarlo en mi cueva, pues ahora es de Abay. Leedlo y, si os gusta, dejad al final del relato un comentario con vuestra opinión. Y, si no os gusta, dejad al final de esta entrada un comentario con vuestras sugerencias y críticas.

Mientras, voy a quitar telarañas…

http://www.abayetiopia.org/rojo

De todo lo escrito hasta ahora, lo que realmente merece la pena para mí es esta serie de entradas llamada “Las canciones de mi vida”. ¿Por qué? Porque son pedacitos de mi historia,en ellas  no hay metáforas que opaquen la verdad y porque volviendo a leerlas revivo brevemente las sensaciones de tiempos lejanos y más inocentes, vividos con más esperanza en el futuro.

Merece la pena seguir plasmando la historia recorrida a través de los sonidos que han quedado prendidos a ella, cual caramelos chupados por un niño. Hoy tocan las canciones vinculadas inexplicablemente a mis ámbitos laborales.

Era la segunda vez que trabajaba para una multinacional informática. Las ventajas consistían en una oficina diáfana y amplia, con muchas personas de edades parecidas, todas sentadas en bloques de seis y separadas por una mampara de un palmo de altura, más testimonial que efectiva. La mesa tenía forma de ola, con una parte recta desocupada y una curva hacia afuera donde se encontraba el ordenador con su pantalla. Uno se sentaba “en mitad de la ola” para poder ver el monitor en línea recta y salvar una más que probable tortícolis al segundo día; sin embargo, siempre estaba incómodo con los codos  , que no calculaban los límites de la mesa. ¡Cómo he odiado esas mesas!

Enfrente de mí se sentaba uno de las personas más brillantes que he conocido, tanto en lo laboral como en lo humano: Carlos Toquero. Entramos con 24 horas de diferencia y salimos, cinco años más tarde, con uno o dos meses de diferencia, ambas diferencias a su favor. Tokers, como le llamábamos, sabía hacer su trabajo, ayudaba en lo que podía, se llevaba bien con todo el mundo y casi siempre mantenía un ánimo y un humor envidiables, además de ser un activista en lo que a futbito de empresas se refería. Un líder al que merecía la pena seguir (había otros a los que no).  Trabajaba, como todos, enchufado a sus cascos. A veces compartíamos música por la red. No era necesario preguntar: uno accedía a la carpeta compartida del otro y se llevaba lo que le interesara. Yo probé a escuchar unas canciones de un tipo calvo y… quedé enganchado a la mayoría de ellas. Y Moby quedó enganchado a esta etapa de mi vida transcurrida en una empresa francesa con nombre de matemático griego.

Decir que, además de encontrar gente maja y divertida, mi paso junto a ellos fructificó en crónicas sociales nacidas a raíz de las cenas navideñas de empresa.  Crónicas escritas con cachondeo y reforzadas con las fotos de las peores caras que se atrevían a poner con la llegada de las copas. “El Korte de Pastilla” se llamaba mi publicación anual y es, seguro, lo primero que recordarán de mí quienes fueron mis compañeros, Tokers incluido.

En el momento de escribir estas líneas, me encuentro trabajando para otra consultora informática, en otra sala diáfana, de gente (snif!) más joven que yo, agrupados en bloques de cuatro personas, bloques formados por odiosas mesas “con forma de ola”. No tengo delante a Tokers, sino a la primera y única Melisa que conozco en mi vida. De esta empresa, de mis compañeras y de la situación con la que me he encontrado al entrar hablaré en el momento oportuno. No llevo 100 días y ya hay una canción, de reciente aparición y pegada, que se ha fundido con esta experiencia laboral. Y sólo por el nombre que, aunque creo que en el original es “delissa” (sospecho que “delicia” en portugués), Samuel no deja de cantarlo con “melisa” a todas horas.

Me sorprende que, de los tres años en SchlumbergerSema no recuerde ninguna canción. Debe ser porque me pasé el tiempo leyendo en el metro de Madrid. Qué daño hacen los libros a las autobiografías musicales…

Doomsday

Este relato iba a ser para el blog Sintramanifinal, pero me ha sido imposible desarrollarlo en menos de 200 caracteres, así que Javi deberá esperar un microrrelato de verdad.

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Bienvenidos, señores. Perdónenme si he interrumpido sus vacaciones. No se preocupen, las verdes playas de Sumatra seguirán en su sitio cuando terminemos; volverán a degustar sus “margaritas” en la piscina y a sus putillas en la habitación (disculpe, señorita Schapel). Les he hecho venir porque quería darles personalmente esta noticia: la fase intermedia del “Proyecto E.T.” ha finalizado, comenzamos la fase final.

Ya saben que la población aumenta de manera catastrófica desde del siglo pasado. Las medidas de control, financiadas por ustedes durante los últimos sesenta años, solo han logrado un éxito parcial: la disminución de la natalidad en los países más organizados no se ha visto reflejada por debajo del ecuador. El cáncer y la esterilidad por envenenamiento mediante fertilizantes y pesticidas es un proceso lento e irregular (mucha gente lava la fruta y la verdura). La intoxicación a través de los conservantes fue abortada (cualquier laboratorio casero del sur de Italia podría detectarlo). Y, aunque ahora desarticulemos los malditos servicios sanitarios, los antigripales y el SIDA no aseguran el descenso significativo en el número de jodidos seres humanos que necesita este planeta para asegurar nuestra supervivencia. Modificar el azúcar iba a ser el siguiente paso pero, por fin, los chicos de la bata blanca de Minsk han obtenido los resultados satisfactorios… Descúbrelo, Spencer.

Les presento a Karol. ¡No se asusten, señores! No es más que un humanoide con forma indefinible… a caballo entre mantis religiosa, insecto palo y piraña . Un poco más alto que ustedes, sí, un poco más feo, ciertamente más fuerte y seguramente más voraz… Controlen su miedo. Lo huele. También han financiado las investigaciones con células madre y genética aplicada que han parido este monstruo. Después de los fracasos acumulados, un ejército de Karols hará el trabajo sucio de manera rápida y eficaz. Pero antes de soltar una plaga de mantis pirañas, crearemos confusión para que la gente no sea capaz de reaccionar.

A través de los medios de información oficiales, daremos crédito a teorías conspiranoicas de la invasión alienígena; la NASA mostrará restos de ciudades en la cara oculta de la luna, ovnis procedentes de la corona solar o emergidos del deshielo ártico, se harán visibles a la aviación comercial y sus avistamientos no se taparán como secreto de Estado. Altos cargos militares aparecerán en tertulias de radio y debates de televisión donde estos avistamientos serán analizados. Su cometido será oficializar la idea-fuerza que debe calar en el subconsciente colectivo: “El ejército desconoce el origen: debe ser considerado un ovni” Con la opinión pública viviendo un shock, bloquearemos las comunicaciones submarinas y los satélites. Nuestros extraterrestres “aparecerán” en medio de las grandes ciudades… y se darán un largo festín. Las primeros humanoides están siendo probados en la frontera estadounidense con México, bajo la apariencia de la guerra entre narcotraficantes. Efectivos, ¿verdad?

El objetivo es reducir la población mundial a un diez por ciento. ¿Cómo los pararemos después, se preguntarán? No pueden procrear y sus vasos sanguíneos se disuelven a partir de un cierto nivel de proteína acumulada. Se autoextinguirán. Mientras tanto, la señorita Schapel y yo nos broncearemos en pelotas en alguna isla del Pacífico Sur. Lo siento, señores, ustedes no están invitados. El “Proyecto E.T.” comienza su fase final y Karol les va demostrar que su dinero ha sido invertido con inteligencia. Perdonen si les dejamos solos, no es nada personal…

El casi reloj suizo

Pertenezco a una comunidad cristiana. Lo llamamos así: “comunidad cristiana”, pero no se acerca a una verdadera “comunidad”, sino a un grupo de creyentes que comparte su vida y su fe. Naturalmente, el roce hace el cariño, así que mi comunidad es algo más que un simple grupo. Y es que son ya unos 12 años de cariño con las mismas personas.

Hoy tuvimos reunión. Comenzábamos un nuevo “curso”. Compartimos la semana, actualizamos nuestras vidas con los que no vimos en verano, hablamos del repentino adiós de una monja muy querida por nosotros (q.e.p.d.) y comentamos lo que nos sugería unas lecturas sobre las Bienaventuranzas. En eso somos casi como un reloj suizo: uno se decide a compartir su visión de las Bienaventuranzas (que habrá madurado a lo largo de unas semanas y escrito en papel) y, en orden secuencial, los demás comparten la suya, como si la aguja invisible fuera marcando las horas señalando a cada uno de nosotros. Pero no somos como un reloj suizo. Somos CASI como un reloj suizo.

Ocurre que, cuando esa aguja me señala a mí y comienzo a dar “mis campanadas”, el reloj se atraganta. El orden secuencial, que tan respetuosamente hemos cuidado hasta ese momento, se altera. Los compañeros, tan atentos a escuchar la opinión de los demás sin interrumpirle, algo encuentran en la mía que les obliga a preguntarme, o a sugerirme, o a sacar otro tema a colación de mis palabras. La cosa pasa de “yo doy mi opinión” a “yo me veo sumergido en un diálogo con una o dos personas en el que doy explicaciones o soy juzgado por las actuaciones que haya podido describir al comentar mi opinión”.

A dos razones reduzco esta invasión de mi turno de palabra: 1) mi opinión es menos importante que las de los demás y se puede interrumpir; 2) Dios, en su “infinita sabiduría”, quiere que el orden secuencial de ese absurdo reloj suizo cobre un poco de vida, de naturalidad humana,  y convierte mi intervención en un tiempo para el debate.

La primera razón (“mi opinión es menos importante”) no me la creo. Al menos, yo le doy el mismo valor que a las demás. Incluso hay algunas opiniones que me desmerecen en algunas ocasiones (aún así, las escucho hasta el final y hasta me ahorro los comentarios).

La segunda razón (“mi turno se convierte en espacio de debate por obra de Dios”) es la que, para mí, tiene más sentido. Como puede resultar difícil de entender para los ateos, me explicaré: Dios convierte mi turno en un espacio de diálogo y debate porque yo no me opongo a ello, porque no pido a mis compañeros que no se me interrumpa como no lo hacemos con ellos, y porque, pese a que realmente me escuece que siempre sea el mismo el interrumpido, es positivo para todos el intercambio de ideas, así que lo permito sin recriminárselo. Dios propone y uno dispone, y así, cuando uno dispone lo que Él propone, es obra suya claramente.

Por cierto, otro que (por fin) parece estar dispuesto a lo que Dios viene proponiendo desde hace más de 2.000 años:

 http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/25/internacional/1316968886.html

 

 

 

La sandía estaba pagada, sólo había entrado en Don Tomate a echarla en una bolsa y subirla a casa. La operación no era tan fácil: la bola verde botella pesaba cerca de trece kilos. Entre Blanca, Araceli (las encargdas de la frutería) y yo, logramos que encajara perfectamente en una raída bolsa de malla que traía conmigo. Cuando agarré la malla por sus asas redondas de cuerda negra, imaginé por un instante que era un jugador de bolos salido de “Los Picapiedra”.
- ¿Puedes con ella? – me preguntaron. El tamaño de esa bala de cañón con pepitas era la anécdota de la mañana. Se preguntarían si seríamos capaces de comernos la pieza antes de que se estropease, por no especular sobre cómo partirla para encajarla de alguna forma en el frigorífico.
- Sí. Mañana celebraremos el 11S y nosotros vamos a llevar “la fruta” – les dije a modo de explicación, para que comprendieran que el canicón verdirrojo no iba a durar mucho. Sin embargo, aunque mis palabras despejaron sus dudas sobre la fruta, les crearon otras sobre el evento, a juzgar por la cara de Blanca.
- ¿Váis a “celebrar” el 11S…? ¡Ah, claro! Que es lo de las Torres Gemelas. Pues… muy bien.
Caí en la cuenta de que hablábamos de acontecimientos distintos y de que debía profundizar más si quería que no nos tomasen por yihaidistas fanáticos. ¡Cómo! ¡Nuestros clientes desde hace años resulta que brindan por el macabro atentado!, debió pensar la rubia dependienta en un flash mental.
- El 11 de septiembre es Año Nuevo en Etiopía. Desde el año pasado, algunos padres adoptantes en dicho país nos juntamos para celebrar su lejana Nochevieja: quedamos para comer y pasar la tarde en un parque, donde los niños jueguen. Y llevamos algún detalle cultural, banderas, un relato de historia, unas bengalas, algún traje típico… para ambientarlo. Este año, cada uno llevará un poco de comida. Nosotros, la fruta.
- Ah, bueno – dijo Blanca relajando los párpados – Pues qué bien entonces. Ya nos contaréis cómo lo habéis celebrado.
- Espero que comiendo sandía… – le contesté cargando como pude aquella bola de trece kilos.

Ayer tuve mi primera clase de pilates.

Recojo el boli que se me ha caído al suelo y os cuento la experiencia. Un momento…

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