Tadios
30/Junio/2008 en 1:34 pm (Vivir del cuento)
También presenté un relato breve a un concurso de un pueblo de la provincia. Se ha fallado este sábado y no ha habido suerte (ni jamón). Pero seguiremos intentándolo. El título es un homenaje al primer hijo de Roberto y Lucía, unos amigos fenomenales, que han adoptado en Etiopía a un mozalbete requesón que está para comérselo. Y se llama Tadios (del Tadeo cristiano, creo).
* * *
Entraba en el bar de Justino, animado por el jolgorio que se oía en el interior y por la sed nacida durante el paseo por las calles del pueblo en un día tan abiertamente soleado, cuando un repentino e intenso soplo de aire cálido me paralizó de golpe en la escalera, como si alguien me hubiera agarrado del brazo y tirase de mí en sentido opuesto. Mis pies se habían clavado en los dos últimos escalones que alcanzan la puerta de madera y cristal; mi mano agarraba el picaporte de metal plateado, oscurecido por el uso, y mis ojos caían hacia el suelo, relajados, con la mirada evadida, ciega para las baldosas de gres oscuro bajo los zapatos, pero atenta al recuerdo que mi mente había devuelto del algún rincón de la memoria, como si un arcón de madera hubiera subido de pronto a la superficie tras pasar siglos en el fondo del mar. Desconozco cuánto tiempo pasé en esa posición, tal vez un mes, quizá menos. Desperté bruscamente de ese estado de obnubilación al sentir un golpe seco en el cristal de la puerta, que lo hizo temblar, y oí a Gracián soltando un berrido desde el otro lado, “¡Que si me dejas salir, Orduña!”. Sólo entonces reaccioné, abrí la puerta. “¿Se te han caído las lentillas?”, se burló el vocinglero ebanista según cruzaba delante de mí, ciertamente divertido. Ni siquiera reparé en la broma. Intuí que el día ya no sería lo que yo esperaba de él.
Pedí una cerveza y busqué el Marca. Hojeé el periódico con el mismo interés que hojearía un libro de alta cocina o el acta de fundación de los Agustinos Recoletos. Por encima de las noticias se superponía el rostro transparente y oscuro de Tadios, con su cara de aceituna y su boca sin dientes. Durante ese instante en las escaleras, sospecho que el viento cálido me transportó veinte años atrás, a la casa de mis padres, justo un año antes de que llegara mi hermano. Otra explicación no he sido capaz de encontrar.
Tenía yo los cinco años recién cumplidos. También era domingo, dato importante, seguramente, para establecer la conexión con mi recuerdo, y también aparecía el bar de Justino, aunque no entraba en él, sino que pasaba por delante, caminando por la calle en dirección a la iglesia de la mano de mi madre. La misma calle, recta y ancha como para tres tractores, asfaltada con ese cemento que en seguida se agrieta pero no se rompe, y con las fachadas encaladas hasta un metro del suelo, de las que podíamos desprender el yeso a pedradas. Se me hacía eterna esta calle: al recorrerla, mi atención se centraba en observar cómo me iba acercando a la sombra del altivo campanario que se erguía al final como un faro entre acantilados. Mi madre, cuyos poros emanaban tanta alegría como carnes sus costados, no sospechaba en aquel entonces que ambos se irían perdiendo en defensa de Tadios. Recuerdo que me apretaba con energía, transmitiéndome una seguridad dolorosa. Para olvidarme del dolor le pregunté cómo llegué a nacer. Mi curiosidad por las cosas era insaciable, según me contarían más tarde. Noté que se había sorprendido, pues aflojó la presión sobre mis dedos. Dudó durante unos pasos antes de responder.
- Como a todos los niños, a ti te trajeron las cigüeñas - dijo. Ahora me río de mi propia inocencia; entonces no tenía problemas para creer cualquier cosa que ella me dijera.
- ¿De dónde? - pregunté emocionado.
- De París - apostilló rápidamente - Allí hay una torre muy alta, con cuatro pies de hierro para sujetarla. Sobre esa torre se posan las cigüeñas para recoger a los bebés. Los bebés van envueltos en una mantita blanca. Las cigüeñas toman la mantita con el pico y vuelan hacia todos los países del mundo. Una de ellas te trajo a ti.
- ¿Y me llevó a casa… o me dejó encima del campanario y subisteis a por mí?
Mi madre se echó a reír.
- Te dejó en el tejado junto a la chimenea, hijo mío, para que estuvieras calentito. Entonces nos avisó castañeando su enorme pico y, cuando vio que tu padre subía con una escalera, echó a volar de nuevo. Después que tu padre te bajara, pude ver lo guapo que eras y me puse muy contenta. Con tanta emoción había esperado tu llegada que me llené de felicidad, pero tanto, tanto, tanto me llené que, sin saber cómo, caí enferma y pasé un mes en la cama. ¿Y sabes qué? Que no me importó, porque tú estabas a mi lado por fin. Si hoy te portas bien en misa, tal vez las cigüeñas vuelvan a casa algún día para dejarte un hermanito o una hermanita con la que jugar.
Lo que pasó después lo recuerdo con vaguedad. Que mi madre pidió al Señor para que sus papeles fueran rápidos, que por la tarde llegaron las nubes y llovió un poco, apenas para mojar la hierba, y que cené tortilla francesa, con disgusto por mi parte.
En la escalera, con la mirada perdida en las baldosas de gres, había visto todo esto y había visto más cosas. Como en los sueños, la sucesión de imágenes fugaces no guardaba relación cronológica: pasé del verano de los cinco años al otoño de los seis, cuando hacía primero de EGB. Vi a Don Fernando escribiendo en la pizarra con tiza de color azul, a mis compañeros dándose patadas por debajo de la mesa, el cuaderno de hojas blancas con restas de números de dos cifras, el techo del aula con la gotera en la esquina… creo que sigue ahí aún, ¡nadie se molestaba en arreglarla!… los árboles amarillos del patio… Luego vi a mis padres haciendo maletas en la habitación, muy agitados, y a mi tía que llegó mientras yo comía un bocadillo de Nocilla sin saber qué sucedía. “Tú merienda y ahora hablamos de una cosa”, dijo mi padre. Parecía estar alegre y nervioso a la vez.
- Tía, ¿nos vamos a ir? - pregunté.
- No, hijo, no te preocupes - me contestó acariciándome el pelo con su mano huesuda. Sus palabras no me tranquilizaron, presentía que algo no iba bien.
Fue tras acabar mi merienda cuando, sentados en la cocina, mis padres me contaron que por fin iba a tener un hermanito con el que jugar.
- ¿Y lo traerá la cigüeña? - quise saber.
- Bueno, Guille, la cigüeña nos ha llamado para que fuéramos a buscarla, porque se encontraba algo cansada. Así que mañana nos vamos a ir tu madre y yo donde ella nos espera. Tardaremos una semana, así que tú te quedarás con tu tía hasta nuestra vuelta, ¿de acuerdo, cariño?.
No sé cuántas cosas más me dijeron sobre portarme bien, pero yo no quise escuchar más. Aquel día agarré una llorera impresionante que me duró toda la noche. Odié a las cigüeñas que no llevan a los niños a sus casas. No era justo que mis padres tuvieran que hacer su trabajo. Irse al París, que a saber dónde estaba eso, subirse a la torre de hierro que sería como subirse a la espalda de un gigante, buscar una manta para mi hermano…
Durante esa semana, en el colegio no dejaba de mirar por la ventana constantemente: esperaba descubrir a mis padres caminando por la calle con mi hermano de la mano. Por las tardes en casa de mi tía no me apetecía dibujar, ni hacer sumas. Ella, lejos de enfadarse, parecía cada día más animada. Me hacía bailar, y jugábamos al caballito y al escondite y a pilla-pilla… A veces olvidaba que mis padres se iban a subir a esa torre tan peligrosa que sólo las cigüeñas alcanzaban; aún así no dormía tranquilo. Soñaba a mi madre con patas zancudas y a mi padre con un enorme pico naranja, repiqueteando sobre un tejado. No fue extraño que, el sábado después de comer, me sobresaltara cuando mi tía me dijo exultante:
- Vamos, Guille; que ya han llegado. ¡Vamos a conocer a tu hermanito!
¡Qué respingo di! Ni me di cuenta de haber tirado las pinturas al suelo. Corrí por la calle del campanario perseguido por los gritos de mi tía, “Guillermo, Guillermo, párate”, pero no paré hasta la puerta de casa, donde la tuve que esperar porque mi mano no alcanzaba el llamador de bronce. Creo que a mi madre le di más abrazos por volver que patadas por haberme dejado tanto tiempo solo. Mi padre tenía la cara muy colorada, como cuando regresábamos de la playa. Me sonrió y me cogió en brazos. “Ven”, me dijo, “Éste es tu hermano Tadios”. Dentro de la cuna donde yo dormía cuando era más pequeño, se veía una cara del color de la Nocilla, con los ojos hinchados por arriba y por abajo, y muy molletuda. Bostezó y la boca no tenía dientes. Sus mejillas y el centro de su frente brillaban como las aceitunas en la ensalada.
- ¿Por qué es así? - pregunté sorprendido.
- ¿Es cómo, hijo? - respondió mi madre.
- Así… oscuro.
Como hizo aquél día en que íbamos a la iglesia, mi madre tardó en responder.
- La cigüeña que lo traía se paró en Senegal, Guille, que es un país como España pero con mucho más sol, y de allí los niños vienen con la piel negra - explicó al fin mi padre - Nos llamó para decirnos que había volado por muchos países y que se encontraba sin fuerzas para llegar a casa, que por favor fuéramos a buscar a tu hermanito. Y eso hicimos.
- ¿Entonces no habéis ido al París? ¿Y no habéis subido a la torre?
- No, hijo. La cigüeña nos esperaba con Tadios en Senegal.
Me quedé un rato mirando a Tadios, observando cómo brillaba y que dormía como yo, sin enterarse de nada a su alrededor. “Cuando él tenga seis años, el día de los disfraces nos cambiaremos la piel”, pensé. Y sonreí.
- ¿Sabéis qué? Creo que ya sé por qué las cigüeñas tienen las alas negras.
Cerré el Marca y dejé que sobre el tapete verde de la mesa se diluyera la historia de la llegada de mi hermano. Sólo su cara permanecía, transparente y oscura, reflejándose sobre el periódico. Mi madre nunca me dijo que el mismo día que yo nací, ella fue intervenida de urgencia y perdió el vientre para tener más hijos. Ni yo se lo pregunté tampoco: había perdido mi curiosidad por saber cómo nacemos, si de una madre o de una cigüeña, la misma tarde que conocí a Tadios. Desde ese día sólo pensaba en jugar con él.