Cuando el alcalde…

Comenzó la II edición del concurso “Relatos en cadena”. Lleva ya dos semanas y la primera me la he perdido por horas, pero en esta segunda he llegado a tiempo. A tiempo de no pasar el corte, pero eso “está en el contrato”, ya que será la tónica habitual, lo importante es participar, etc, etc, etc.

Me ha dado tiempo a presentar dos relatos para la segunda semana. Aquí va el primero:

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones.

Si llegábamos a sobrevivir. Lo elegimos por su mano dura, casi salomónica, con las disputas por las lindes entre los agricultores, pero desconocíamos su faceta de héroe y doliente patriota. En un instante, las delicadas negociaciones de paz entre los dos bandos se iban a convertir en humo. Humo que se elevaría desde la mesa imperial donde el gobernador firmaba una gloriosa capitulación tras dos meses de resistencia tenaz al asedio, y que disiparían los iracundos gritos de la caballería cosaca cuando, esta vez imparable, cayera de nuevo sobre nosotros. Se oyó un ¡pum! y perdimos la esperanza.

Drake pasa de mí

Es una forma de decir que no hubo suerte encontrando el libro. Realmente no sólo no pasa sino que, además, le hubiera gustado hacer un viaje por el centro del pecho de Castilla, como luego contaré. Sin embargo, ambos, él y yo, tendremos que esperar a mejor ocasión, tal vez en septiembre.

El punto donde el libro se encontraba enterrado era una linde de terreno en Villanueva de Mena. Comprendí que me había equivocado en la escala de los mapas que llevaba, impresiones de la zona obtenidas desde Google Earth y SigPac, cuando pasamos el pueblo sin enterarnos y llegamos a Villasana de Mena, quinientos metros más allá. Despistado, necesitaba orientar los mapas, así que entramos en la oficina de información. La chica que allí atiende acababa de abrir (eran las 17 horas) y no había encendido aún el ordenador cuando le explicamos el problema: Paso Drake… Traigo estos mapas… Me puedes orientar… Si he entrado por esta carretera que no es la general, entonces llegaría por…. Y la muchacha, muy amable, me señaló los posibles accesos desde los que entraría en Villanueva al deshacer el camino.

Fue perfecto. En el primer cruce, descendimos por una cuestecilla, dejando el frontón y un par de chicas sentadas en un banco a nuestra derecha. Curiosamente, era la misma calle que marcaba el mapa de Google Earth, así que detuvimos el coche y empezamos a mirar la foto-baliza que apunta la localización exacta del libro. Habíamos aparcado a menos de tres metros del punto G (de Google…). Se acabó la búsqueda, empezaba la emoción. Removimos piedras durante cinco minutos pero no encontramos nada. Miramos alrededor de la tabla con la flecha pintada: no había señal de enterramiento. ¿No estaría ahí? Sí, sí, tenía que estarlo porque la web así lo decía. Me empecé a preocupar. Eran las cinco de la tarde de un día caluroso y no había gente en esa parte del pueblo… salvo las dos chicas, quienes se habían levantado del banco y nos miraban con un punto de curiosidad y otro de extrañeza. Decidí preguntarlas.

Hola… Un libro enterrado aquí… Sabéis algo…, conté el contexto de nuestra acción una vez más. Es que…, balbució la morena de unos catorce años, … una chica lo encontró y se lo ha llevado. ¿Y la conoces? ¿Es de aquí?. Nos acabó confesando, no sin dificultad, que su prima había encontrado el libro por casualidad y había descubierto que debía escribir un capítulo y enterrarlo. El capítulo ya lo tenía escrito, pero a ordenador, y le faltaba pasarlo al libro. ¿Y la puedes llamar?. Es que está en la playa. Ok, te dejo mi teléfono y se lo das; si mañana lo tiene escrito, me puede llamar, pasamos por aquí y le recogemos el libro. Vale, voy a casa a avisarla por teléfono. Y montaron en sus bicicletas y subieron la cuesta de la iglesia con vivo pedaleo.

Al día siguiente no recibí llamada alguna, como imaginaba. Así que nos centramos en disfrutar de los buensabores del Valle de Mena, lo que contaré en otra entrada. Regresamos el domingo, yo con un regusto agridulce por no traer conmigo el esperado tesoro.

Dos días más tarde, por la mañana, recibo la llamada de MJ., técnico de deportes del ayuntamiento de Villasana. Hola. ¿Eres el Zorro Volador y has estado por Mena buscando el libro de Drake?. Pues sí, ¿y cómo tienes mi teléfono?. Se lo dejaste a una chica de Villanueva… La persona que lo había recogido no informó a los organizadores y no actualizaron la web, pero ¿no te había llegado mi correo? En él te decía que estaban escribiendo el libro y que sería mejor que dejárais el viaje a Mena para más adelante. Pues no, no me llegó. ¿Y qué hacemos? A mí me hubiera gustado que lo encontraras y te lo llevaras a Valladolid, porque allí tengo amigos que están interesados también en seguir con su escritura. Ya, yo en Septiembre tengo vacaciones y tal vez pueda subir de nuevo, si es que sigue allí, para seguir visitando el Valle también; si quieres, que lo entierren por allá y en septiembre nos ponemos en contacto para ver qué se puede hacer. Me parece buena idea…

Y así, mi relación con el Paso de Drake ha quedado en pausa hasta que “pause” el verano y saque un par de días para volver a buscarlo. Agradezco enormemente a MJ su llamada e interés después del viaje que hicimos (3 horitas) con la excusa del libro enterrado. Creo que, si los buscadores de libros enterrados se van de vacaciones, al final lograré añadir un capítulo a la aventura de Pedro Villaleme, su amada Inés (no recuerdo el nombre) y el escocés que lo salvó de morir ahogado. Y enterrarlo en un pinar, por supuesto.

Por cierto, la posición geográfica de Google Earth fue completamente precisa. La de SigPac se iba en muchos metros del objetivo.

No paso de Drake

No, no paso de Drake, de hecho voy a buscarlo. Vale, Sir Francis Drake está más que disuelto entre las moléculas de este planeta, así que no me molestaré en buscarle a él: buscaré cierto libro enterrado, no disuelto, en el norte de Burgos. Concretamente en estas coordenadas geográficas:

  • N 43º 05´59´´
  • O 03º 18´08´´

¿Qué relación hay entre Drake y un libro enterrado y a medio escribir? Lo mejor es preguntárselo a los que tuvieron la iniciativa. Se trata de un juego en el que he decidido participar, parecido al BookCrossing. En el Valle de Mena, Burgos, han empezado a escribir un libro, a razón de página-capítulo cada autor, con la ligera dificultad de que, para participar en la escritura del mismo, el autor debe primero encontrar el libro. ¿Cómo lo puede encontrar? Visitando la página del juego “Paso Drake“, obteniendo ahí las coordenadas geográficas y la foto que indica la señal bajo la que se encuentra enterrado, y yendo a desenterrarlo. Si hay suerte y no lo ha encontrado otra persona antes, se desentierra, se lleva a casa, se añade un capítulo siguiendo la historia narrada, se esconde, se señaliza el escondite, se toma la foto de la señal y sus coordenadas mediante GPS, y se envían a la dirección de correo que indica la página del juego, donde actualizarán los datos.

Hay que señalar que, para evitar perder lo conseguido por humedad, robo o extravío, también se envía por email el capítulo añadido, para que pueda agregarlo a la versión digital del libro. Esta versión se puede descargar en la misma página web (al final), para poder leer la historia escrita hasta el momento actual por el colectivo de participantes.

Mi hermana levantó la liebre sobre este juego, tal vez me quiso animar a seguir escribiendo empujada por la inercia de haber quedado finalista semanal del concurso de microrrelatos de la Cadena Ser. Entonces no era el momento adecuado (los exámenes se acercaban) y decidí esperar hasta el verano. Pues bien, este fin de semana, en pocas horas a partir de ‘ya’, partiré hacia el Valle de Mena, a buscar el libro de Drake y, de paso, patear los riscos y meandros que la zona me ofrezca.

Ni qué decir tiene que espero encontrarlo, aunque mis GPS’s de Google Earth y del SigPac, me dan dos y tres posibles puntos, distanciados en unos metros. Que se lo que Dios y la brújula quieran. Haya suerte o no, la tienda de camping ya está preparada.

A la vuelta seguiremos informando.

Tadios

También presenté un relato breve a un concurso de un pueblo de la provincia. Se ha fallado este sábado y no ha habido suerte (ni jamón). Pero seguiremos intentándolo. El título es un homenaje al primer hijo de Roberto y Lucía, unos amigos fenomenales, que han adoptado en Etiopía a un mozalbete requesón que está para comérselo. Y se llama Tadios (del Tadeo cristiano, creo).

* * *

Entraba en el bar de Justino, animado por el jolgorio que se oía en el interior y por la sed nacida durante el paseo por las calles del pueblo en un día tan abiertamente soleado, cuando un repentino e intenso soplo de aire cálido me paralizó de golpe en la escalera, como si alguien me hubiera agarrado del brazo y tirase de mí en sentido opuesto. Mis pies se habían clavado en los dos últimos escalones que alcanzan la puerta de madera y cristal; mi mano agarraba el picaporte de metal plateado, oscurecido por el uso, y mis ojos caían hacia el suelo, relajados, con la mirada evadida, ciega para las baldosas de gres oscuro bajo los zapatos, pero atenta al recuerdo que mi mente había devuelto del algún rincón de la memoria, como si un arcón de madera hubiera subido de pronto a la superficie tras pasar siglos en el fondo del mar. Desconozco cuánto tiempo pasé en esa posición, tal vez un mes, quizá menos. Desperté bruscamente de ese estado de obnubilación al sentir un golpe seco en el cristal de la puerta, que lo hizo temblar, y oí a Gracián soltando un berrido desde el otro lado, “¡Que si me dejas salir, Orduña!”. Sólo entonces reaccioné, abrí la puerta. “¿Se te han caído las lentillas?”, se burló el vocinglero ebanista según cruzaba delante de mí, ciertamente divertido. Ni siquiera reparé en la broma. Intuí que el día ya no sería lo que yo esperaba de él.

Pedí una cerveza y busqué el Marca. Hojeé el periódico con el mismo interés que hojearía un libro de alta cocina o el acta de fundación de los Agustinos Recoletos. Por encima de las noticias se superponía el rostro transparente y oscuro de Tadios, con su cara de aceituna y su boca sin dientes. Durante ese instante en las escaleras, sospecho que el viento cálido me transportó veinte años atrás, a la casa de mis padres, justo un año antes de que llegara mi hermano. Otra explicación no he sido capaz de encontrar.

Tenía yo los cinco años recién cumplidos. También era domingo, dato importante, seguramente, para establecer la conexión con mi recuerdo, y también aparecía el bar de Justino, aunque no entraba en él, sino que pasaba por delante, caminando por la calle en dirección a la iglesia de la mano de mi madre. La misma calle, recta y ancha como para tres tractores, asfaltada con ese cemento que en seguida se agrieta pero no se rompe, y con las fachadas encaladas hasta un metro del suelo, de las que podíamos desprender el yeso a pedradas. Se me hacía eterna esta calle: al recorrerla, mi atención se centraba en observar cómo me iba acercando a la sombra del altivo campanario que se erguía al final como un faro entre acantilados. Mi madre, cuyos poros emanaban tanta alegría como carnes sus costados, no sospechaba en aquel entonces que ambos se irían perdiendo en defensa de Tadios. Recuerdo que me apretaba con energía, transmitiéndome una seguridad dolorosa. Para olvidarme del dolor le pregunté cómo llegué a nacer. Mi curiosidad por las cosas era insaciable, según me contarían más tarde. Noté que se había sorprendido, pues aflojó la presión sobre mis dedos. Dudó durante unos pasos antes de responder.

- Como a todos los niños, a ti te trajeron las cigüeñas – dijo. Ahora me río de mi propia inocencia; entonces no tenía problemas para creer cualquier cosa que ella me dijera.

- ¿De dónde? – pregunté emocionado.

- De París – apostilló rápidamente – Allí hay una torre muy alta, con cuatro pies de hierro para sujetarla. Sobre esa torre se posan las cigüeñas para recoger a los bebés. Los bebés van envueltos en una mantita blanca. Las cigüeñas toman la mantita con el pico y vuelan hacia todos los países del mundo. Una de ellas te trajo a ti.

- ¿Y me llevó a casa… o me dejó encima del campanario y subisteis a por mí?

Mi madre se echó a reír.

- Te dejó en el tejado junto a la chimenea, hijo mío, para que estuvieras calentito. Entonces nos avisó castañeando su enorme pico y, cuando vio que tu padre subía con una escalera, echó a volar de nuevo. Después que tu padre te bajara, pude ver lo guapo que eras y me puse muy contenta. Con tanta emoción había esperado tu llegada que me llené de felicidad, pero tanto, tanto, tanto me llené que, sin saber cómo, caí enferma y pasé un mes en la cama. ¿Y sabes qué? Que no me importó, porque tú estabas a mi lado por fin. Si hoy te portas bien en misa, tal vez las cigüeñas vuelvan a casa algún día para dejarte un hermanito o una hermanita con la que jugar.

Lo que pasó después lo recuerdo con vaguedad. Que mi madre pidió al Señor para que sus papeles fueran rápidos, que por la tarde llegaron las nubes y llovió un poco, apenas para mojar la hierba, y que cené tortilla francesa, con disgusto por mi parte.

En la escalera, con la mirada perdida en las baldosas de gres, había visto todo esto y había visto más cosas. Como en los sueños, la sucesión de imágenes fugaces no guardaba relación cronológica: pasé del verano de los cinco años al otoño de los seis, cuando hacía primero de EGB. Vi a Don Fernando escribiendo en la pizarra con tiza de color azul, a mis compañeros dándose patadas por debajo de la mesa, el cuaderno de hojas blancas con restas de números de dos cifras, el techo del aula con la gotera en la esquina… creo que sigue ahí aún, ¡nadie se molestaba en arreglarla!… los árboles amarillos del patio… Luego vi a mis padres haciendo maletas en la habitación, muy agitados, y a mi tía que llegó mientras yo comía un bocadillo de Nocilla sin saber qué sucedía. “Tú merienda y ahora hablamos de una cosa”, dijo mi padre. Parecía estar alegre y nervioso a la vez.

- Tía, ¿nos vamos a ir? – pregunté.

- No, hijo, no te preocupes – me contestó acariciándome el pelo con su mano huesuda. Sus palabras no me tranquilizaron, presentía que algo no iba bien.

Fue tras acabar mi merienda cuando, sentados en la cocina, mis padres me contaron que por fin iba a tener un hermanito con el que jugar.

- ¿Y lo traerá la cigüeña? – quise saber.

- Bueno, Guille, la cigüeña nos ha llamado para que fuéramos a buscarla, porque se encontraba algo cansada. Así que mañana nos vamos a ir tu madre y yo donde ella nos espera. Tardaremos una semana, así que tú te quedarás con tu tía hasta nuestra vuelta, ¿de acuerdo, cariño?.

No sé cuántas cosas más me dijeron sobre portarme bien, pero yo no quise escuchar más. Aquel día agarré una llorera impresionante que me duró toda la noche. Odié a las cigüeñas que no llevan a los niños a sus casas. No era justo que mis padres tuvieran que hacer su trabajo. Irse al París, que a saber dónde estaba eso, subirse a la torre de hierro que sería como subirse a la espalda de un gigante, buscar una manta para mi hermano…

Durante esa semana, en el colegio no dejaba de mirar por la ventana constantemente: esperaba descubrir a mis padres caminando por la calle con mi hermano de la mano. Por las tardes en casa de mi tía no me apetecía dibujar, ni hacer sumas. Ella, lejos de enfadarse, parecía cada día más animada. Me hacía bailar, y jugábamos al caballito y al escondite y a pilla-pilla… A veces olvidaba que mis padres se iban a subir a esa torre tan peligrosa que sólo las cigüeñas alcanzaban; aún así no dormía tranquilo. Soñaba a mi madre con patas zancudas y a mi padre con un enorme pico naranja, repiqueteando sobre un tejado. No fue extraño que, el sábado después de comer,  me sobresaltara cuando mi tía me dijo exultante:

- Vamos, Guille; que ya han llegado. ¡Vamos a conocer a tu hermanito!

¡Qué respingo di! Ni me di cuenta de haber tirado las pinturas al suelo. Corrí por la calle del campanario perseguido por los gritos de mi tía, “Guillermo, Guillermo, párate”, pero no paré hasta la puerta de casa, donde la tuve que esperar porque mi mano no alcanzaba el llamador de bronce. Creo que a mi madre le di más abrazos por volver que patadas por haberme dejado tanto tiempo solo. Mi padre tenía la cara muy colorada, como cuando regresábamos de la playa. Me sonrió y me cogió en brazos. “Ven”, me dijo, “Éste es tu hermano Tadios”. Dentro de la cuna donde yo dormía cuando era más pequeño, se veía una cara del color de la Nocilla, con los ojos hinchados por arriba y por abajo, y muy molletuda. Bostezó y la boca no tenía dientes. Sus mejillas y el centro de su frente brillaban como las aceitunas en la ensalada.

- ¿Por qué es así? – pregunté sorprendido.

- ¿Es cómo, hijo? – respondió mi madre.

- Así… oscuro.

Como hizo aquél día en que íbamos a la iglesia, mi madre tardó en responder.

- La cigüeña que lo traía se paró en Senegal, Guille, que es un país como España pero con mucho más sol, y de allí los niños vienen con la piel negra – explicó al fin mi padre – Nos llamó para decirnos que había volado por muchos países y que se encontraba sin fuerzas para llegar a casa, que por favor fuéramos a buscar a tu hermanito. Y eso hicimos.

- ¿Entonces no habéis ido al París? ¿Y no habéis subido a la torre?

- No, hijo. La cigüeña nos esperaba con Tadios en Senegal.

Me quedé un rato mirando a Tadios, observando cómo brillaba y que dormía como yo, sin enterarse de nada a su alrededor. “Cuando él tenga seis años, el día de los disfraces nos cambiaremos la piel”, pensé. Y sonreí.

- ¿Sabéis qué? Creo que ya sé por qué las cigüeñas tienen las alas negras.

Cerré el Marca y dejé que sobre el tapete verde de la mesa se diluyera la historia de la llegada de mi hermano. Sólo su cara permanecía, transparente y oscura, reflejándose sobre el periódico. Mi madre nunca me dijo que el mismo día que yo nací, ella fue intervenida de urgencia y perdió el vientre para tener más hijos. Ni yo se lo pregunté tampoco: había perdido mi curiosidad por saber cómo nacemos, si de una madre o de una cigüeña, la misma tarde que conocí a Tadios. Desde ese día sólo pensaba en jugar con él.

No sabía que…

El concurso de microrrelatos de la Cadena Ser ha terminado y yo no  he podido publicar aquí mi última aportación debido a motivos laborales: he pasado el mes de junio en las oficinas del cliente y el relato se quedó en el ordenador de mi empresa. Pero ya he vuelto y puedo rescatar el párrafo enviado al concurso, así que aprovecho para llenar un poco más el apartado “Vivir del cuento”.

***

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor. Se lo dijeron sus padres: “Lo ha hecho para ti, tontorrón. Dale un beso a María“. Pero él no entendía, lo suyo era corretear por el patio en el recreo, perseguir a las palomas que bebían del charco de la fuente, disparar a enemigos invisibles… Me costó muchos corazones de papel mantener la ilusión por tu abuelo; algunos fueron de auténtica lija, al descubrir que seguía persiguiendo palomas; sólo después de nacer tu madre, lentamente, se volvieron de seda. Una seda que ha durado hasta hoy.

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