Quiero ser psicólogo
9/Febrero/2008 en 12:38 am (Psicología)
¿Cómo cambia un psicólogo una bombilla?
Si ella no quiere…
9/Febrero/2008 en 12:38 am (Psicología)
¿Cómo cambia un psicólogo una bombilla?
Si ella no quiere…
9/Febrero/2008 en 12:35 am (Observando, Psicología)
Repasando los apuntes antes de entrar a realizar el examen de Historia de la Psicología, tuve el fogonazo interior que originó estas líneas. Releía a Hobbes, filósofo inglés de finales del siglo XVI, autor del contrato social. Por lo visto, vivió una época histórica revuelta y violenta, con guerras internas en la isla de Su Graciosa Majestad de las que extrajo conclusiones sobre la naturaleza humana (cómo las encontraría que las plasmó en un libro titulado Leviatán) y su necesidad de gobierno. Aquí reproduzco lo extraído de la Wiki:
Escribió Leviatán, un manual sobre la naturaleza humana y como se organiza la sociedad. Partiendo de la definición de hombre y de sus características explica la aparición del Derecho y de los distintos tipos de gobierno que son necesarios para la convivencia en la sociedad. Considera al Estado como un acuerdo natural entre los poderosos o gobernantes y los súbditos que beneficia a ambos.
Mis apuntes lo resumían más o menos así: “Todos los hombres nacen con parecidas capacidades mentales y físicas, y tienden hacia sus propios intereses cuando no tienen control (guerra civil), incluso atacando a sus semejantes. Pueden defender sus intereses e igualdades mediante el control impuesto por un gobierno, lo que les hace perder libertades (”tener tanta libertad como esté dispuesto a dar”). El mejor gobierno es el despotismo absoluto en el que existe un contrato entre individuos y una autoridad (rey o parlamento) que garantice su seguridad. Pero, si no le protege, tendrían derecho a derrocarlo.”
Es decir, el déspota (persona o institución) firma un contrato con el ciudadano para garantizarle seguridad a cambio de parte de su libertad.
Curiosamente, ayer tarde escuchaba por las ondas una parte de una de los múltiples debates-discusiones en torno al quehacer de uno de los partidos políticos que aspiran a despotizarnos durante cuatro años, y su representante en la animada tertulia presentaba el programa electoral de su partido como “un contrato con el votante”.
La relación de ese comentario radiofónico con la lectura de Hobbes se mostró en mi cabeza durante un breve instante, como una imagen de un cuadro costumbrista: la eterna “guerra” político-civil entre dos Españas aparentemente opuestas, soliviantadas durante estos últimos semanas de campaña electoral, luchando por sus propios intereses desde televisiones y actos públicos, con ejércitos de leviatanes gritando como trompetas ruidosas y desafinadas: “Éste es nuestro contrato contigo. Si lo firmas, te garantizamos tu seguridad“, pero callando la coletilla “… a costa de parte de tu libertad“; mientras, al fondo, un Hobbes cruzado de brazos me mira sonriente, y esa sonrisa me recuerda que su influencia sobre la historia, la psicología, las elecciones del 9-M y la madre que nos parió a todos es más actual de lo que yo sospechaba. Así que seguí mi repaso con el siguiente filósofo mientras trataba de apartar de mi mente interferencias hobbesianas innecesarias para el estudio, como lo de ese documento que quieren hacer firmar a los inmigrantes para que aprendan a cortar el jamón ibérico.
21/Enero/2008 en 8:02 pm (Libros, Psicología)
Alice Gould es una brillante y arriesgada detective, capaz de ingresar en un manicomio engañando a médicos y falsificando papeles con tal de realizar una investigación para descubrir a un asesino. Fascinante mujer, segura de sí misma, racional y observadora a más no poder, de nivel intelectual superior, elegante en el vestir y en las formas sociales, además de esposa de un ludópata al que ama y a la vez miente para tenerlo ajeno a su aventura. Sin embargo, ¿tiene motivos Alice Gould para permanecer encerrada en el manicomio después de finalizar su misión?
Torcuato Luca de Tena, periodista monárquico, escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, desarrolla en “Los renglones torcidos de Dios” una trama que me ha secuestrado la atención y el interés durante las dos semanas que llevo sin encender la tele. Dosificando los capítulos, he arañado tiempo dedicado a preparar los exámenes de Psicología evolutiva e Historia de la Psicología para poder seguir los desmanes psico-carcelarios de la tal Alice, de cómo se enternece con los pobres críos dementes, cómo enamora a médicos y enfermos, cómo socializa con todos y llega a decidir los destinos del manicomio desde una posición sin poder real, la del atendido… Dios me perdone el haber torcido ligeramente el renglón de los estudios (al fin y al cabo, sólo había escrito la mitad).
Lo más apasionante de esta novela no es la enorme riqueza lingüística del autor, que parece haber tirado del diccionario de sinónimos para escribirla (orate, soflama, concomitancia, zalema, subrepticiamente… y unas cuántas más que no están en mi registro particular); ni la descripción de tan variadas personalidades tan bien perfiladas (”el hombre árbol”, “el albaricoque”, “el hortelano”, “la duquesa de pitiminí”, “el gnomo”, “la mujer percha”, etc); ni el sentido del humor que a veces salpica las páginas (”…alegando que estaba acostumbrada a ser violada por los hombres que ella escogiera, no por los que la escogieran a ella…”; el guiño al Quijote con el capítulo de la salida al campo y el cruce con el rebaño de ovejas); ni siquiera las explicaciones de los tipos de enfermedades psicológicas que Alice Gould se encuentra y trata de entender (fobia, neurosis, psicosis, oligofrenia, etc).
Lo apasionante de verdad está en el prólogo del famoso psiquiatra Vallejo-Nágera, quien introduce la novela explicando cómo Torcuato, tal vez con su ayuda, había seguido los mismos pasos de su protagonista y había logrado internarse en un manicomio durante un par de semanas para poder ambientar la novela con todo el realismo posible ¡Eso es documentarse! Leer el prólogo dos veces, una al principio de la lectura del libro y otra al final de la misma, ayuda a comprender todo su significado.
En fin, un libro altamente recomendable.
11/Enero/2008 en 11:53 pm (Observando, Psicología)
He empezado un tratamiento de choque para superar mi teledependencia. La televisión ha sido, desde que era un morciguillo chillón, la forma de entretenimiento que antes captaba mi atención. Los juegos, los deportes, los bares… Sí, eran otros, pero no con el poder de la caja tonta (no es tan tonta: transmite su tontería a los que tiene delante y, sin que ellos se den cuenta, los va transformando). A tal punto me tuvo fascinado la condenada droga que, una vez vinieron los amigos a buscarme para salir por ahí (yo era quien vivía más lejos),y les dije que no salía porque “quería ver una película”. Entonces me pareció una elección. Al paso de los años, daría de bofetadas al imbécil que cerró la puerta a su pandilla. Igualmente, al paso de los años, con el nacimiento del poco espíritu crítico que he logrado desarrollar, aprecio la televisión de otra manera. Ya no es fascinante, ya no entretiene, ya no genera una motivación tan fuerte que llegue a cerrar la puerta a ningún mortal. Ahora “sólo” me sirve para desenchufar la mente tras un día plano, lleno de sacrificio y sensación de haber tirado más horas de mi vida por el retrete. Un día cualquiera casi, casi. Ceno con ella y no me acuesto con ella por las protestas que pudiera generar, pero casi pido que ensanchen la cama. En definitiva: sigue siendo una droga.
Así que, cuando mi señora me propuso el reto de no encender ese nido de rayos catódicos durante una semana, acepté el reto como si el doctor House me hubiera prescrito un tratamiento de desintoxicación: Si no apaga la televisión, se va a morir.
Han pasado cinco días sin un sólo telediario, un sólo anuncio, e incluso, sin el inicio de la 4ª temporada de mi médico favorito (a eso le llamo fuerza de voluntad). He leído bastante de una de las asignaturas a las que me enfrento a principios de febrero, sobre la evolución de la especie humana (¿así que no os ponéis de acuerdo en si vuestros bebés nacen con capacidades biológicas orientadas a la comunicación y desarrollo del lenguaje o si, por el contrario, es un logro de la interacción social y física con su entorno? Pues váis listos); he descubierto a Torcuato Luca de Tena, de quien hablaré en una próxima entrada y he llegado a proponer que, si concluimos la semana sin echar de menos el canal de documentales Odissea o los varios de películas que disfrutamos, el tratamiento continúe una semana más. ¡P’a güevos los míos!
13/Diciembre/2007 en 9:18 pm (Observando, Psicología)
Si dijera algo así como que “las voces me han ordenado hacer esto”, el común de los mortales pensaría que estoy loco. Vale, el común de los mortales ya lo piensa sin que yo haya dicho tal frase, pero aseguro que podría decirla algún día y no por ello haber pasado la frontera de la locura. El caso es que oigo voces, y me encantan.
Son voces sugerentes, tranquilizadoras, hipnotizadoras, relajadas, que transmiten paz y positivismo, si es que se puede transmitir vía cuerda vocal, educadas, jóvenes, con una pronunciación cuidada, líquida, transparente… Son voces que da gusto oír, la verdad. Las oigo todas las mañanas y, aunque no dicen nada personal ni interesante para el asunto que me ocupa, agradezco el placer de escuchar la misma sinfonía de preguntas que llegan del otro lado de la mesa:
- Buenos días. Soy Violeta, del departamento de calidad de la empresa Tal. Pregunto por Serafín Gutiérrez, ¿se puede poner, por favor?… Sí, cómo no… ¿El señor Gutiérrez? Hola, buenos días. Soy Violeta, del departamento de calidad de Tal. Creo que nuestra empresa se encarga de la limpieza de su colegio y no sé si del comedor también. Le llamaba para preguntarle por su nivel de satisfacción con nuestro servicio durante este año, con el fin de saber si ha tenido algún problema con nuestros empleados, con su trabajo o, por el contrario, si ha mejorado su satisfacción respecto a lo que nos comentó el año pasado… Sí… Sí… Me alegro… Entonces todo bien… Si quiere, puedo hacer llegar a Fulanita su felicitación… Estupendo… Muy bien, señor Gutiérrez, no le molesto más. Feliz Navidad. Buenos días. Adiós.
Esto es sólo el contenido y, como dije, lo menos interesante. Lo increíble es lo armonioso que suena cuando pronuncian cada sílaba, comas incluidas. Una sonoridad encantadora y tan peligrosa como la música del flautista de Hamelin. Escuchándolas, yo soy capaz de transformarme en rata y dejarme llevar donde ellas, las voces, quieran. Si me piden que me tire al río, no opondré resistencia. Ese tono me convence con sólo oírlo. Ahora entiendo lo que sentían esos roedores que plagaron el pueblo del cuento, ¡qué desprotegidos se encontraban! Como Ulises al pasar junto a las sirenas. Lo de atarle al mástil era el mejor remedio, aparte de taparle los oídos.
¿Qué tiene la voz, la sugerencia de la voz? No había descubierto tanto poder en ella como hasta estos días, al lado de las teleoperadoras del departamento de calidad. Es calidad vocálica, desde luego, y un arma poderosa para convencer. Imagino que el amigo Luis Muíño sabría explicarme por qué sería capaz de dejarme convencer casi irracionalmente por lo que me dijera una de estas voces. Algún efecto balsámico, tal vez terapéutico, tendrá oír ciertos sonidos, que logre desmontar las defensas del pensamiento racional, o que evoque tiempos donde nos hayamos sentido más protegidos y confiados, o que simplemente atendamos en nuestra cabeza por amor a la belleza sonora… No lo sé. Sólo sé que oigo voces, y me tienen encantado.