Repasando los apuntes antes de entrar a realizar el examen de Historia de la Psicología, tuve el fogonazo interior que originó estas líneas. Releía a Hobbes, filósofo inglés de finales del siglo XVI, autor del contrato social. Por lo visto, vivió una época histórica revuelta y violenta, con guerras internas en la isla de Su Graciosa Majestad de las que extrajo conclusiones sobre la naturaleza humana (cómo las encontraría que las plasmó en un libro titulado Leviatán) y su necesidad de gobierno. Aquí reproduzco lo extraído de la Wiki:
Escribió Leviatán, un manual sobre la naturaleza humana y como se organiza la sociedad. Partiendo de la definición de hombre y de sus características explica la aparición del Derecho y de los distintos tipos de gobierno que son necesarios para la convivencia en la sociedad. Considera al Estado como un acuerdo natural entre los poderosos o gobernantes y los súbditos que beneficia a ambos.
Su visión del estado de naturaleza anterior a la organización social es la “guerra de todos contra todos“, la vida en ese estado es solitaria, pobre, brutal y breve. Habla del derecho de naturaleza, como la libertad de utilizar el poder que cada uno tiene para garantizar la auto conservación. Cuando el hombre se da cuenta de que no puede seguir viviendo en un estado de guerra civil continua surge la ley de naturaleza, que limita al hombre a no realizar ningún acto que atente contra su vida o la de los otros. De esto se deriva la segunda ley de naturaleza, en la cual cada hombre renuncia o transfiere su derecho a un poder absoluto que le garantice el estado de paz.
Mis apuntes lo resumían más o menos así: “Todos los hombres nacen con parecidas capacidades mentales y físicas, y tienden hacia sus propios intereses cuando no tienen control (guerra civil), incluso atacando a sus semejantes. Pueden defender sus intereses e igualdades mediante el control impuesto por un gobierno, lo que les hace perder libertades (“tener tanta libertad como esté dispuesto a dar”). El mejor gobierno es el despotismo absoluto en el que existe un contrato entre individuos y una autoridad (rey o parlamento) que garantice su seguridad. Pero, si no le protege, tendrían derecho a derrocarlo.”
Es decir, el déspota (persona o institución) firma un contrato con el ciudadano para garantizarle seguridad a cambio de parte de su libertad.
Curiosamente, ayer tarde escuchaba por las ondas una parte de una de los múltiples debates-discusiones en torno al quehacer de uno de los partidos políticos que aspiran a despotizarnos durante cuatro años, y su representante en la animada tertulia presentaba el programa electoral de su partido como “un contrato con el votante”.
La relación de ese comentario radiofónico con la lectura de Hobbes se mostró en mi cabeza durante un breve instante, como una imagen de un cuadro costumbrista: la eterna “guerra” político-civil entre dos Españas aparentemente opuestas, soliviantadas durante estos últimos semanas de campaña electoral, luchando por sus propios intereses desde televisiones y actos públicos, con ejércitos de leviatanes gritando como trompetas ruidosas y desafinadas: “Éste es nuestro contrato contigo. Si lo firmas, te garantizamos tu seguridad“, pero callando la coletilla “… a costa de parte de tu libertad“; mientras, al fondo, un Hobbes cruzado de brazos me mira sonriente, y esa sonrisa me recuerda que su influencia sobre la historia, la psicología, las elecciones del 9-M y la madre que nos parió a todos es más actual de lo que yo sospechaba. Así que seguí mi repaso con el siguiente filósofo mientras trataba de apartar de mi mente interferencias hobbesianas innecesarias para el estudio, como lo de ese documento que quieren hacer firmar a los inmigrantes para que aprendan a cortar el jamón ibérico.