Las canciones de mi vida (2)

Segovia, ciudad para mis escasos conocimientos “de segunda división” en la geografía nacional, se convirtió, en el transcurso de una semana de verano, en el sitio donde yo quería jubilarme; escribir libros sobre héroes medievales y montañas embrujadas;  y senderear plácidamente por los silenciosos pinares, buscando inútilmente setas de temporada, alimentando a los gamos del palacio de Riofrío y disfrutando del sol de primavera mientras me llegaba la hora. Qué romántica puede ser la imaginación de un adolescente.

En cualquier caso, durante la semana de vacaciones que pasé junto con mi primo Ramón, autodenominado Mingafría (sí, el visitante que más letras ha escrito en este bitácora, después de su autor), la visión de esa ciudad “de segunda” pasó a ser algo así como “el Olimpo de la Bohemia”. Calles retorcidas y cubiertas de piedra milenaria; el acueducto cruzando la ciudad, reflejo de la apuesta ganada al diablo por una pobra aldeana, que ofreció su alma a cambio de poder llevar el agua hasta la casa de su amo; el magnífico Alcázar dominando el precipicio sobre el río ¿Eresma? (¡cuántos lances y duelos a espada entre caballeros habrán visto los álamos de su ribera!); la Catedral escondiendo la piedra de la suerte, la más pequeña de las que componen su piso… ahora no recuerdo si era “de la suerte” o “de la boda”: quien la pisara se casaría en la catedral…; la Mujer Muerta, perfil montañoso de Guadarrama cuya leyenda me relató Fernando y también he olvidado, aunque apuntaba a cuento de terror becqueriano; los alrededores de la ciudad, con el palacio de Riofrío y los gamos que comían sandía casi de tu mano (aunque estuvieran a 300 metros); los Asientos y la Boca del Asno, subiendo a Navacerrada, escenarios de una película de Conan; los jardines del palacio de La Granja y su encantador laberinto…

Envuelto por este mágico escenario, un año leíamos cómics del Capitán Trueno, o  jugábamos con el barco de los Clics de Playmobil Ramón y yo, mientras cantábamos esta ya olvidada canción:

Gamberros como éramos, el estribillo que cantábamos decía: “Orzowei, cara de buey, cara de buey…”. Creo que gracias a a esta serie mis gustos musicales se ampliaron a la música coral.

Por aquella época, mi prima Patri no paraba de cantar esta canción que, si bien no es de las que suela tararear, también ha quedado asociada a la memoria de la ciudad del acueducto:

Otro año, recuerdo, Ramón me invitó a la fiesta de su instituto. Allí conocí a Rosa, su entonces novia y ahora esposa, y ella me invitó a un gofre. En la discoteca bailamos caribeñas pasando por debajo de un listón, pecho arriba. Pero no fue la música latina sino la tecno la que me marcó en esa etapa de mi vida, gracias a que el primísimo fundía las pletinas de la cadena con OMD:

Siempre me imaginé a ese jinete medieval llegando al Alcázar cual Príncipe Azul entrando en el castilllo de Disneylandia para rescatar a la princesa de las garras de la Bestia. Y el rey Arturo por ahí, Excálibur por allá…

De regreso a las tierras llanas, el gusanillo de la ensoñación producida por la tecno me derivó a Depeche Mode. Asociados a una revista de compra de música por correo, tipo “Círculo de Lectores” pero con discos, mi hermano y yo pedimos a mi madre un vinilo llamado “Violator”. Ella puso cara de incredulidad rayando el susto, pero nos lo compró. Así, escuchando DM,  perdí yo muchas tardes sin hacer los deberes:

Para finalizar, en cierta sintonía con la música anterior (aunque ésta más elevada a mi melódico entender) la canción que más me hizo soñar hasta mi encuentro con Franco Battiato: “It’s a wonderful life”, de Black. Por favor, apaguen luces, cierren los ojos y déjense llevar…

Las canciones de mi vida (1)

A veces, las menos, uno puede trabajar cabeza abajo (como estamos los murciélagos) escuchando música a través de los cascos. Hoy es uno de esos días en los que puedo dedicar parte de mi atención al inglés que no entiendo y a la melodía que me alegra el ánimo, mientras la atención restante se centra en salvar este país de la crisis.  En su reproducción aleatoria, el Windows Media ha encontrado una canción que escuché por primera vez en París, hace ya… no quiero calcular los años. Fue tan profunda la experiencia, sin necesidad de ningún hecho espectacular o fuera de lo normal, que la siguiente canción quedó asociada para siempre (o hasta que el alzehimer lo arrase de mis neuronas) a este viaje de fin de curso.

Reconsiderándolo, tiempo después, creo que este viaje resultó inolvidable por los siguientes  motivos:

1. Fue el primero que hacía al extranjero, cuando salir allende las fronteras parecía algo al alcance de los más pudientes o formados en idiomas;

2.  Iba a París, “la ciudad del amor”, y yo con 18 primaveras y sin zagala que me mirase con ojos tiernos;

3. En la residencia donde nos alojamos encontré a un vecino del pueblo al abrir el ascensor. No sabía que era la última vez que volveríamos a encontrarnos en esta vida;

4. Ayudé a la chica más atractiva del instituto a buscar su lentilla; posteriormente, la chica más atractiva del instituto, durante un traslado a pie por La Defense, se me acercó para preguntarme cómo funcionaba la Bolsa del Mercado de Valores. Esto me dejó perplejo. Mi primera reacción fue explicarla lo que yo creía saber del asunto. No tuve coraje para pasar de mi primera reacción. Imbécil de mí.

5. La segunda chica más atractiva del instituto (a mis ojos, por supuesto) se alojaba en la habitación contigüa a la mía. De hecho, las literas de ambas habitaciones estaban separadas por una pared. Esos quince centímetros de ladrillo y aislante evitaron que la segunda chica más atractiva del instituto cayera en mis brazos. Bueno… eso y la timidez que me invadía cada vez que se cruzaba conmigo… y tal vez la suya también, por qué no.

6. Tras muchos años de estudio y academias, logré, por fin, poner en práctica mis habilidades idiomáticas con la lengua de Shakespeare. Fue en el museo Pompidou y creo que los belgas que intentaban ligar con Susana no me entendieron del todo. Me dijo: “Mira a ver qué quieren, que no me cosco de nada” . Acabamos hablando ellos y yo en inglés, mientras ella escurría el bulto. Hábil estrategia femenina. A mí me sirvió para darme cuenta de que mis años de estudio y ejercicios sobre el papel no servían de nada si uno no sale de su terruño.

7. Decidí tirar la casa por la ventana y compré una cinta de Atahualpa Yupanqui por 40 francos. Salió cara, pero los peruanos sonaban tan bien en directo… (ahora que lo he buscado en Wikipedia descubro que el tal grupo peruano debía usar ese nombre en la carátula de la cinta, porque en realidad es el nombre artístico de un famoso cantante folclórico argentino)

8. En el viaje de vuelta en autobús, aparte de tararear mentalmente la canción de Scorpions, recogía en mi retina la belleza verde de Francia. Llegando a la frontera de Irún, a las seis o siete de la mañana, la carretera mojada por la lluvia fina y los compañeros y profesores dormidos con la cabeza de lado, el conductor perdió la conciencia durante dos segundos y el autobús estuvo a punto de salirse de la calzada en dirección a un enorme poste de hormigón; gracias a Dios, su golpe de sueño le hizo reaccionar y dar un volantazo que nos salvó de ser noticia en el telediario. Una profesora y yo fuimos testigos mudos de nuestra buena suerte.

Hay más cosas que ahora no recuerdo del todo, como cuando quise llevar a algunas amigas a la discoteca,  seguro de acordarme del trayecto en metro realizado por la tarde, y acabamos en una hamburguesería, ellas con un cabreo del siete; o como cuando echaron la bronca a las pijas, por eso de correr por los pasillos a las tantas de la mañana y meterse en habitaciones de sorprendidos huéspedes alemanes… ¿Subimos a la Torre Eiffel? Y quién lo recordaría después de haber tenido a las dos chicas más atractivas del instituto más tan cerca que… Subiríamos, digo yo.

En blanco y negro (III)

Notas del viaje desde Addis Ababa, con teclado ingles (no tildes, no enhe) y una conexion de Infernet a traves del telefono, que lo esta acaparando el recepcionista para hablar con su querida y no aburrirse.

Aeropuerto Madrid – Barajas.

. Dimos 2 vueltas buscando el parking de la T1-Salidas, porque estaba indicado como T1-Entradas.

. Temiamos pasarnos del peso en la facturacion del equipaje y nos recomendaron elegir a un chico antes que a una chica en el mostrador. Por lo visto, ellos no eran tan estrictos en el control del peso (no es ninguna metafora). Nos correspondio el unico chico, nuestro equipaje excedio en 3 kg el maximo permitido y no nos hizo pagar el exceso.

. En el control policial, a una mujer extranjera, vestida como una gotica y de generosas lorzas, la pidieron que abriera la maleta y mostrara un bote considerado sospechoso. Ella, aunque rumana, se hizo la sueca y se mostro reticente a abrir nada. El policia no la dejo pasar por lo que ella decidio abriri la maleta. El funcionario no tuvo mas remedio que confiscarla el bote de Nutella.

El vuelo.

. Camino de Frankfurt, rebusque en la mochila un boligrafo para tomar estas notas. Descubri una estampita de Santa Gema con la frase “Santa Gema protegenos!”. Me sorprendi, pues yo no gasto fe bajo demanda (o eso creo). No supe quien fue el o la responsable de que la santa acabara en mi mochila, pero creo que llevandola, Santa Gema protegera a la persona que me la colo de las preocupaciones derivadas de mi viaje.

. Camio de Jartum (Sudan), A. considero que la cabecera de mi respaldo estaba “desajustada” y le dio golpecitos desde abajo con intencion de subirla unos cuantos centimetros. La cabecera salio despedida hacia atras; iba a caer sobre la panza de un tipo grueso qe dormitaba pero A. logro detenerla en plena caida, tras unos aparatosos movimientos de malabares con las manos.

. A la izquierda del pasillo viajaron dos rubias de muy buen ver. De hecho, no pararon de recibir visitas de tipos con pintas de ser del Este de Europa, sonrientes, bebedores, bonachones y con pinta de porteros de discoteca. Uno de ellos se cambio de sitio para estar en la misma fila que una de las chicas, otro se sento directmente a su lado, la dio vino para llenar las bodegas de Arzuaga y la llego a rodear con el brazo derecho. Otro, un armario de casi rozaba el techo del avion, pronuncio dos palabras inteligibles entre sus vocablos eslavos: “Felipe Tomelloso”. Desconocemos quien es, pero investigaremos en infernet, a ver si es algun famosete de saraos y mafias rusas.

. Tras Jartum conocimos a Andrea, una ninha griega con 24 primaveras. Viajaba mitad en la cuna, mitad en brazos de su madre. Esta parece derrengada de cansancio. Parece estar maquillada para una pelicula de zombies pero no: son sus ojeras ocres y su cara blanca de verdad. “La que nos espera…”, pesamos al unisono aunque los pensamientos no suenen.

. Ya en Addis, W. nos saludo, se presento y nos pidio un favor: “Podeis volver a entrar al aeropuerto y comprar dos botellas de Gordon y otras dos de White Horse? Es para una fiesta con los amigos y a mi no me dejan entrar”. Ha comenzado la Navidad en Etiopia.

. Addis de noche huele a gasolina y muestra su escasa iluminacion callejera, aun asi, la gente pasea a oscuras. Las tiendas estan abiertas y venden de todo. Hay manzanas de casas de chapa de uralita seguidas de manzanas bordeadas por tapias de hormigon (tras ellas, los cuatro edificios de pocas plantas). El hotel parece perdido en mitad de la nada. La habitacion es espaciosa. Manhana la cambiamos. Hay mas espanholes con sus bebes etiopes. Casi como en casa.

En blanco y negro (II)

Era el último día en España y esperaba pasarlo relajando los nervios, con pocas tareas pendientes y sesteando en el sofá lo más posible. Estúpido…

Tras finiquitar la limpieza de la casa, sacar la basura, afeitado (que lleva su tiempo con los relieves faciales recibidos en suerte) y ducha, cerrar los penúltimos flecos de la maleta, escuchar cómo la lotería de “El Niño” se decidía erróneamente por los pares ¡con lo simbólicos que son los números acabados en 3!, coger las pilas recargables y comprobar que las viejas botas de Nicaragua habían cumplido su ciclo (adios, amigas, estimadas compañeras de paseos y escaladas), acudimos a casa de la familia política para despedirnos y deleitarnos con el tradicional roscón.

Entonces surgieron las dudas. “¿No habré cogido poca ropa de abrigo? Estos pantalones de El Corte Gitán son muy finos… ¿Cómo hará en el aeropuerto de Frankfurt? ¿Nos habremos pasado de peso? En ese caso, ¿qué dejaría en tierra? Lo de la maleta pequeña es imprescindible: pañales, tecnología, lecturas, muda, juguetes, dinero… ¿Y qué pasa con la huelga encubierta de controladores aéreos? ¿Nos afectará para viajar con Lufthansa? Dicen que es en la Terminal 4, no en la 1 desde donde partimos. Pero si se nos retrasa o cancela el vuelo, ¿a quién vamos a llamar a las seis de la mañana?”.  Mi cabeza, que es más lista que yo, me dijo “Mira, Zorro, a estas alturas de la película, ‘alea jacta est’ y a tirar para adelante”. Por toda respuesta me pregunté  si había metido el pasaporte en la cartera.

Una cartera nueva, de piel de vaca o chota brava, con diecinueve mil compartimentos y uno especialmente dedicado a lucir la foto de Samuel, fue lo que los Reyes Magos me dejaron debajo del árbol de Navidad. Como árbol no gasto, lo dejaron sobre la mesa. Fue todo un detalle pues este año, lo reconozco, con este trajín etíope, no les había escrito. Habría que instaurar la tradición a partir de ahora. Me lo quise tomar como una señal del futuro inmediato: “aaahooorraaa…”

Era el día de Reyes. Había soñado y, bendito fuera el Cielo, recordado el sueño. Pasadas unas horas, los escenarios mágicos, caras, situaciones y emociones del cuento onírico acabaron desdibujándose, pero el sentido esencial quedó en mi mente. Participaba en una competición de coches a través de una ciudad. La competición era por parejas: padre e hijo. Los coches, a veces eran utilitarios y otras veces eran juguetitos teledirigidos. En el transcurso de la carrera, me fijé en que los participantes realizábamos numerosas trampas con tal de avanzar un puesto. No sabía cuál era el premio, pero no importaba. Había que llegar antes que el de delante.  Precisamente con él me “había picado”. Tras hacer extrañas colas de espera y pasar por distintas e incongruentes dependencias, justo antes de finalizar la carrera, en una de las paradas nuestros respectivos hijos decidieron cambiar de coche: el suyo se vino conmigo y el mío se fue con él. Acabé satisfecho de la carrera y extrañado del movimiento de los críos.

Nuestra primera parada técnica, tras el roscón de nata, fue el pueblo de mis padres. Allí encontramos un enorme puff negro, regalo de la familia, para completar el salón del piso. “Será un excelente gimnasio para Samu”, les dije. Quisimos echar la primera duermevela de la larga noche, hasta la hora de partida a la una y media de la madrugada. La visita de mi tío A. , justo cuando acabábamos de cenar, no logró torcer nuestros planes.

No pude escribir más. Esperaría a llegar al hotel en Addis Ababa para volver a conectarme y relatar la travesía: Madrid, Frankfurt, Jartum, Addis… Eso, tras superar la emoción de encontrarme con Samuel.

En blanco y negro (I)

Era el día anterior a Reyes y el último de trabajo para mi. La mañana había pasado de largo, discreta, sin molestar.

Quedaban algunas llamadas pendientes a las instituciones para arreglar papeles a la vuelta del viaje y el seguro médico. Tanto en el INSS como en Insánitas el teléfono era un 90x, en los que la llamada se paga a medias. Decidí buscar los correspondientes números fijos a través de la página web nomasnumeros900, a ver si había suerte. La hubo. La hubo a medias, en realidad. En el INSS respondieron y pasaron la primera llamada a una extensión, pero saltó un contestador. “Si desea dejar un mensaje…”. “No, hombre. Deseo que me descuelgues y me des información”. Las dos veces posteriores desviaron a otra extensión distinta y me mantuvo en espera, recordándome cada diez segundos que “enseguida le atendemos”. Con los del seguro médico pasó algo parecido, cambiando de mensaje:  “nuestras líneas están saturadas”. “Claro, todo el mundo debe estar llamando a la Insánitas un 5 de enero, preguntando por juguetes”, ironicé. Me olvidé de los papeles y de la cobertura médica en el extranjero. “Como no me va a pasar nada malo…”, sonreí ante la incertidumbre.

Obedeciendo a los genes hispanos, esperé hasta quince minutos antes  de salir para cerrar mis líneas de trabajo abiertas. “Ok, pues sube las pantallas a VSS, primero las de cuotas y luego las de facturación, y deja los zip en el directorio del proyecto”, me dijo M. Además, pensé que mejor sería dejar hecho los partes de trabajo de enero y febrero para mi jefe, dado que no regresaría en mes y medio. Me encontraba centrado en rendir el 80% de toda la jornada en sólo 10 minutos cuando T. se acercó a despedirme.

Pareció un gag de serie de televisión: pensé que me iba a dar el típico abrazo de despedida, en plan “se encamina usted a una muerte segura y le estamos muy agradecidos por su sacrificio, camarada Zorrosky, ¡venga ese abrazo!”, y abrí los brazos en el mismo momento que me tendió la mano derecha. Mi mano dibujó una parábola en el aire como el vuelo frustrado de una perdiz que acaban de cazar en pleno despegue. La situación quedó en un medio abrazo y un apretón de manos. Menos mal que lo que contaba era la intención y sabía que la de T. es de las más sinceras. Tras él llegó E., después JL., SS. y M. Cuando nos despedimos, pedí una prórroga a “mi chófer navideño” para poder cerrar definitivamente las tareas.

Mi “chófer navideño” fue R., más conocido por vivir en un convento de monjes  mudos, o eso se deduce de su blog. Aparte de la tranquilidad que transmite su ritmo pausado de conversación, le sobran temas para llenar los diez kilómetros hasta el pueblo. Creo que su próxima entrada en la cueva digital va a tratar sobre la lucha por los productos en hora punta de las rebajas de enero, y que va a estar fielmente documentada porque lo vivirá en directo. Ya nos enteraremos.  Lo de “chófer” es una frivolité personal. Le agradecí en su momento que me acercara a casa en su flameante Renault  Modus (se quemó el asiento del copiloto tras una noche de borrachera) y lo hago público para que tengáis presente lo buen tío que es.

La tarde se presentó aburrida. Con la maleta ya hecha, la única adrenalina logré generarla limpiando la casa. Esto no sólo es incierto sino que seguramente es improbable. Realmente imposible. Limpié la casa y recordé pequeños flecos que no había tenido en cuenta para reventar la maleta (unas zapatillas, el libro-mordedor de Samuel, más papeles…). Decidí dejarlo para la mañana siguiente, a ver si entonces era capaz de generar adrenalina antes de ir a comer ‘goscón de gueyes’ con mis suegros.

Me dieron las once y media escribiendo estas notas. Era hora de cenar.

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