Mi primo y yo

Roberto entró a trabajar en mi empresa debido a un pico de trabajo hace cosa de un año. Estuvo durante dos meses, en lo que terminamos la entrega para el cliente, y luego decidió emprender una nueva aventura por otras latitudes. Es así, o al menos, era, cuando le conocí: autónomo, inquieto, libre y decidido a ser feliz sin sueldo antes que esclavo de una nómina fácil. En una palabra, un aventurero laboral.

En cuanto nos presentaron, a los dos nos asaltó la misma pregunta: ¿De qué me suena tu cara? No llegamos a obtener respuesta inmediata, pero ya nos caimos bien por cuestión de afinidad. “le conozco de algo…¿pero de qué?” era nuestra inquietud subyacente cuando hablábamos. Hicimos buenas migas, hasta el punto que aceptó ser denominado como “mi primo” por la coincidencia de nuestros apellidos.

Tomamos cafés, echamos horas arreglando errores en el tajo, nos reímos bastante… También nos preguntábamos por los amigos, a ver si alguno era común y de eso nos sonaba los caretos, sin suerte. Me contó que en un tiempo fue autónomo de verdad, con su propia empresa, y eso me hizo valorarlo más. Admiro a los que se arriesgan y toman responsabilidades sobre su presente y futuro. Pero tampoco le conocía de eso.

En su traqueteo laboral, acabó sacando una plaza de funcionario hace tres meses. La semana pasada nos invitó en un bar, y nos juntamos personajes de todas las especies conocidas: ligones de la capital, becarios de la administración, exjugadores de rugby, compañeros gastronómicos… Felicitándole por el fin del aventurismo en el trabajo, le comenté que yo también había intentado lograr una plaza de funcionario, sin éxito, como profesor.

- Yo también quise ser profe - me dijo.

- Yo me examiné en Burgos - le comenté.

- ¡Como yo! Pusieron unas ferias al lado del colegio donde nos examinamos y no había forma de concentrarse para hacer el examen - se sorprendió.

- ¡Anda, pues hicimos la misma oposición!.

- Sí, y estaríamos en el mismo aula, por nuestros apellidos. ¿Te acuerdas que el tema se elegía al azar? Pues a mí me tocó bajar a sacar la bolita…¡y saqué la bola del único tema que me había estudiado! Luego no aprobé por hacer mal los ejercicios, pero la teoría me salió redonda.

- ¡Es verdad! Ahora te recuerdo. Subiste riéndote y nadie entendía de qué. De eso nos conocemos entonces. Me acuerdo de ti tan claramente como me acordé de tu familia ese día: yo no me había estudiado el tema que sacaste…

Suspendí, efectivamente, pero también conocí a “mi primo” sin saberlo.

5 verdades

El webcino más Sencillo del barrio anda un poco susceptible conmigo. Aún no sé la razón. Quizá porque le comenté que contar tus verdades en público, cuando las verdades son del calibre “a los 8 años lloré cuando se me cayó un diente” me parecía un fraude (si es que la pérdida del diente no te ha dejado ninguna secuela) o tal vez porque le he dicho esta mañana lo reluciente que estaba su camisa rosa a cuadros. Vaya uno a saber. Para compensar mi arañazo a su sensibilidad voy a contar 5 verdades sobre mis alas. De esta forma, respondo a la invitación que me hizo para continuar la “meme”(z) que él. a su vez, siguió y desbarro un poco sobre mi propia vida. Pero, eso sí, si se admiten verdades anacrónicas que ahora son anécdotas, aplicaré mi derecho a utilizarlas. Faltaría más.

 

1ª. A los 8 años ni se me cayó un diente ni lloré. Ni lloré a los nueve, ni a los diez… Recordar las veces que he llorado me exige un esfuerzo de memoria cercano a la meditación. Es una de las cosas que más me extraña de mí: lo poco que he llorado a lo largo de mi vida. Una vez me enviaron a comprar media docena de pasteles. Fue un día de verano sobre las once de la mañana. De vuelta, traía la bandeja como un paquetito que goteara, sujeta con los dedos por los lazos que la pastelera había puesto. Un chico delgaducho, mayor y más alto me paró en mitad de una calle secundaria y vacía, y me empujó contra una pared. Se echó la mano derecha al bolsillo trasero de sus vaqueros y me dijo: “Si no me das un pastel saco una navaja“. Me asusté de algo que no había visto. Recuerdo que pensé en echarme a correr, pero el miedo me tenía paralizado. Me quitó la bandeja, rompió el papel en un extremo y sacó un pastel. Esto no lo vi porque yo estaba llorando y pidiéndole los pasteles, totalmente a-co-jo-na-do de una navaja cuya existencia no estaba demostrada. Pero recuerdo nítidamente que lloraba. Y desde entonces, las veces que he visto lágrimas por mi cara se pueden contar con los dedos de la oreja de una lombriz. ¿No he tenido razones para llorar porque la vida ha sido suficientemente benévola? ¿He sabido racionalizar mis problemas? ¿Los cables de sensibilidad no están conectados dentro del cerebro? Se me humedecen los ojos cuando tengo sueño, pero no admito pulpo como animal de compañía.

 

2ª.  El peor regalo que se me puede hacer es ropa. La ropa es cosa mía, sí o sí. No porque tenga un gusto exquisito vistiendo ni capacidad para distinguir el poliéster del algodón, sino porque es un pequeño territorio que he conquistado y no voy a ceder tan fácilmente. Cualquiera que se arriesgue a adentrarse en él, regalándome un jersey, o una camisa, por ejemplo, corre el peligro de no ver nunca su regalo colgado en esta percha que Dios me ha dado. Habrá tirado el dinero, sencillamente. Hay excepciones a la regla, como el llamativo anorak amarillo que me ha regalado mi hermano por mi cumpleaños-día de reyes, aun sabiendo que no es mi color favorito. Me siento un murciélago-anuncio con él, pero me está viniendo de perlas este invierno. Mi madre ha intentado algo parecido con un pijama y lo ha tenido que devolver. Un libro es más seguro, mamá.

 

3ª. Me gusta contemplar. Esto implica observar y disfrutar de lo que se ve, sin juzgarlo. Durante la contemplación, sobra el ruido, sobra la conversación, sobra la música. Contemplar es un ejercicio de silencio y de empatía con aquello que se observa, ya sea una piedra o un niño. Por ende, me gusta el silencio. Paso más del 80% del día en silencio.
 
4ª.  Tengo buen recuerdo de mis amigos de la infancia, aquellos con los que fui pasando curso tras curso, hasta que la universidad nos separó por distintos caminos. Y, sin embargo, también tengo la sensación de no haber disfrutado de ellos ni haber logrado que ellos conocieran a la persona que realmente era. Tal vez, mediatizado por la presión de los estudios, me convertí en un “serio, casi enfadado” zorro volador, aunque uno fuera capaz de llevar una fiesta dentro de su corazón. Mi timidez fue una gran losa. Me gustaría empezar de nuevo con todos y con lo que ahora soy, volver al aula, si así lo permitiera la ley de la existencia. Es un deseo imposible pero que me hace sonreír. Y sonreír es maravilloso.
 
5ª. Lucía me ha dicho que en Nicaragua se puede adoptar de nuevo. Quiero volver allí por tercera vez, pero ésta para traerme un churumbel, nada de campos de trabajo. Y, de paso, darles un abrazo a Angélica y un besazo a Alondra, su hija.
 
Y no paso el testigo a nadie. Que cada bloguero haga lo que en conciencia crea conveniente. De hecho, tener un blog y contar cosas ya es hablar de uno, de lo que los demás desconocen de uno. Así que, por favor, ¡no más meme-ces!

Javier Capa

De paso por el pueblo para felicitar a mi madre, paseando por el centro ya desierto, me encuentro con Javier Capa, un tío admirable.

Al menos, así lo recuerdo yo de nuestros tiempos de quintos. Tal vez, después de 15 años, el chico haya cambiado y sea una persona normal y corriente, pero me extraña. Tenía madera de gran persona y eso no suele cambiar con el paso del tiempo. Mucho le habría tenido que putear la vida para haber estropeado su natural tranquilidad, sano juicio y capacidad de superación de adversidades gratuitas. No. Creció de buena cepa, aunque silenciosa, y a la hora de dar uvas seguro que serán abundantes y sustancia de buen vino. Quede clara mi admiración por Javi.

Éramos casi vecinos pero él jugaba al fútbol con el equipo del “Arrabal” y yo con el de “San Juan”. Nos fundieron a derrotas cierto verano entre él, Diego y René. Eran un trío temible. Josemaría y yo no podíamos con su velocidad y a ‘Chapu’ se las colaban por donde querían. Sólo les ganamos una vez, con ayuda de los primos franceses de Miguel, quienes jugaban mejor que todos nosotros y, además, eran mayores. Pero Capa, que así le llamábamos a Javi, era una garantia física y técnica para el “Arrabal” en esa competición no oficial de barrios del pueblo.

Tuve la suerte de coincidir con él en el equipo de balonmano del colegio. No he conocido mejor central que el metro ochenta (por entonces) de Capa. De esas pocas personas capaces de jugar en equipo, mirando antes la posición del compañero que buscar anotarse un tanto. Recuerdo nuestro último partido contra un equipo de Medina del Campo. Habíamos dejado de jugar al balonmano un año atrás y nos dedicábamos a otos deportes como el baloncesto y el fútbol, pero a nuestro entrenador se le ocurrió la feliz idea de reunir al equipo para jugar un único partido. Ibamos sin entrenar, sin recordar sistemas tácticos, sin nada. En la primera parte,quisimos repetir un doble cruce que nos salía muy bien cuando competíamos en las ligas escolares, pero lo hicimos fatal. Nuestro ataque era embarullado. Yo, tirando para adelante, decía que siguiéramos la jugada como fuera y él, más consciente de la tontería que estámos haciendo, nos hizo recular unos metros y volver a realizar el doble cruce como Dios mandaba. No marcamos gol, pero empezamos a sentirnos un equipo de balonmano.

Mucho deporte. Capa era el único portento físico capaz de frenar a nuestro gran deportista de la generación, que entonces era Chuchi. Ambos se adaptaban estupendamente a todo tipo de reglas y de fundamentos deportivos, y gozaban de suficiente habilidad para ser las estrellas del pueblo, si es que el pueblo hubiera dado estrellas al deporte español. Eso le hacía atractivo a Capa a ojos de las chicas. Aunque yo creo que su nobleza atraía más a las chicas que sus ojos azules y su metro ochenta. Un tipo silencioso, serio, de olvidar la jarana y centrarse en lo que debía, sin buscar ser el centro de atención. Luego me corrergirán sus amigos más cercanos, y me explicarán que se iban de borracheras todos los fines de semana o que Javi decía alguna que otra bestialidad para partirse el eje. Tal vez fuera así, pero no lo vieron mis ojos. Sí escuché que, mientras casi todos los demás disfrutábamos de nuestros tres meses de vacaciones de verano, Capa se ponía a trabajar para sacar dinero. Eso ya le otorgaba un grado de madurez por encima de la media.

Lo que nunca se me olvidará fue de la vez que le acompañé a su casita esquinera del Arrabal. Su madre vestía un delantal oscuro y manchado por alguna verdura que estaba partiendo. Su padre no estaba. “Ahora la dirá que venimos a buscar el balón…”, pensé. Y mi extrañeza me hizo abrir los ojos cuando Capa empezó a gesticular con las manos ante su madre. Ella, por toda respuesta, también hizo una serie de ademanes, acompañados de gemidos tibios, como avergonzados de salir por la garganta. “A ver si no va a tener lengua”, me sorprendí. Toda la conversación fue en silencio, las palabras se expresaron con gestos en el aire mientras yo no daba crédito a lo que veía. No comprendía lo que era una persona muda. Lo entendí más tarde, en casa, cuando pedí explicaciones a mi madre sobre la madre de Capa. “Su padre también es mudo”, concluyó. Desde entonces, mi admiración por él fue la que hoy intento expresar recordando lo poco que he compartido, desgraciadamente, con esta gran persona, curtida por adversidades gratuitas desde pequeño.

Hoy nos cruzamos por la calle. Él tiraba de un cochecito y su hija, rubita de ojos azules, miraba curiosa desde su interior. Una conversación simple, desinformada, del “estás bien, trabajando, todo bien”. Me ha dado la sensación de haber sido demasiado superficial, demasiado rápido siguiendo mi camino, sin preguntarle por estos quince años de desconocimiento mutuo. Escribo para mantener mis recuerdos de Javier Capa. De esta forma, vaciado ya de nuestra pobre historia común, cuando nos volvamos a ver, me obligaré a indagar más en la persona que llegué a admirar. Para que vuelva a haber más recuerdos que escribir.

París, el regreso

A partir del sábado 10 y hasta el martes 19, este morciguillo va a volar de nuevo sobre ese nido de cigüeñas llamado París.

 

Digo “de nuevo” porque ya paseé mi palmito por aquellas tierras, en las que me sentía de lo más perdido dado mi desconocimiento del idioma. Mis recuerdos de la aventura, un viaje de fin de curso con el instituto, son escasos pero valiosos.

 

En la habitación de al lado del albergue donde nos alojamos dormía la chica que más me gustaba de clase, pero esa pared de apenas diez centímetros de grosor era una distancia insalvable. Con el tiempo, paraece que se ha ensanchado.

 

Visitamos la Torre Eiffel, el Louvre, Notre-Dame, donde no me querían dejar pasar porque decían que no me parecía al de la foto de mi dni, el palacio de Versalles… Precisamente en éste último, los más atrevidos de mis compañeros pidieron a una preciosa y altísima modelo de pelo amarillo que posara con ellos para una foto de recuerdo. No lograron el beso ni el teléfono, pero salieron satisfechos.

 

En un museo de no recuerdo qué chorradas pude poner en práctica todos mis conocimientos de inglés hablado, para rescatar a Susana del lascivo acoso de dos belgas, bastante pasados de edad. Creo que yo quedé más contento por el “rescate” que ella.

 

Como tampoco quedó contenta Aranchi. Una de las pocas veces que mi memoria visual ha fallado le fue a tocar a la pobre mujer. Tras el diario regreso de las excursiones, en el albergue hacíamos planes para la noche. Un día, los más animados iban a acudir a una discoteca. La vuelta sería a la mañana siguiente, pues el albergue cerraba sus puertas por la noche. Muchas chicas estaban deseando salir de marcha y se arreglaron con todo detalle, pero unas fueron más rápidas que otras y se formaron dos grupos: las rápidas saldrían antes y acompañadas de quien sabía el camino hacia la discoteca. Las lentas se las tendrían que apañar o buscar otra alternativa de ocio. Aranchi deseaba baile y no dudó en dejar el maquillaje para otro momento con tal de ir con el primer grupo. “No te preocupes, yo recuerdo el camino. Podemos ir más tarde“, la dije. Se quedó para arreglarse con tranquilidad. Cuando me tocó dirigir las operaciones, todas las calles parecían iguales. “Recordaba un café como ése… o era aquél… pero esta calle no me suena…“. No llegamos ni a la boca de metro. Se hacía de noche. Acabamos en un burguer. Aún me acuerdo la desiluión dibujada en la cara de Aranchi cuando la pregunté “¿La quieres con queso?“. Cosas que pasan. Al menos, volví a practicar inglés.

 

Hasta entonces nunca había visto un grupo de música, con sus flautas y sus micrófonos, actuar en plena calle y vender sus cintas. Eran Atahualpa Yupanqui y su música andina me cautivó un largo rato. 40 francos me costó una cinta de penoso sonido.

 

Los viajes, las personas, los inicios, suelen quedar asociados a una canción. Aquel viaje a París me vuelve a la memoria cada vez que escucho la balada “Winds of change” de Scorpions. Hubiera sido impactante haberme enamorado en ese nido de cigüeñas, pero mi intuición carecía de luces largas. Pese a que me gustaba la chica de la habitación de al lado, por entonces me inclinaba más por otra monada, posiblemente la más atractiva del instituto. La única vez que hablamos tuvimos una conversación sincera. Ella se me acercó de buenas a primeras y me pidió que la explicara cómo funcionaba la Bolsa; yo le solté un rollo sin saber a ciencia cierta lo que estaba diciendo, sólo pretendía retenerla a mi lado. Acabamos hablando de idiomas: mientras ella defendía que el francés era una lengua muy romántica yo abogaba por el inglés como lengua más práctica y fácil de aprender. Evidentemente, yo era un imbécil más pendiente de soltarme con el idioma que de flirtear con las chicas que me gustaban.

 

Pero el recuerdo más sorprendente de todos me lleva a Ángel. Ángel fue el padre de unos vecinos míos en el pueblo. De pequeños nos llevábamos muy bien, a pesar de las bromas pesadas que me gastaban, del estilo “¡Javi! Saca el hacha que ya le tengo agarrado“. A Ángel, un hombre correcto a mis ojos, se le murió la mujer de cáncer. Los hijos se hicieron mayores y encontraron sus trabajos. Se quedó sólo o, más bien, acompañado de una cabeza traicionera. Para mí fue una auténtica sorpresa encontrármelo en el mismo albergue donde estábamos alojados, justo al abrirse la puerta del ascensor. “Estoy por aquí, resolviendo unas cuestiones…“, “Dale recuerdos a Nacho“. El diálogo no dio para más. A poco de volver de París me llegó la noticia de que Ángel se había suicidado. ¡Qué extraña y sorprendente es la vida!

 

Las expectativas que llevo para esta nueva visita a la capital francesa son sencillas: que Arancha se lo pase mejor que nunca y conocer a María on Sea , webcina de Blog-City, que se ha trasladado a MySpace, quien me podrá dar una perspectiva nueva de París, de A-Ha, de los diseños de moda y de lo que se la ocurra.

 

Allons enfants de la patrie…

 

Un abrazo, Félix

La semana pasada enterramos al tío Félix. Fue un “hasta luego”, como suelen ser estos adioses realistas y cristianos. Eutiquio, su cuñado, ofició la despedida realizando un esfuerzo por contener las lágrimas. “Me decía alguien en el tanatorio que los curas estamos hechos de otra pasta. Yo creo que no; que estamos hechos de la misma pasta que el resto de los mortales. Así que me váis a perdonar si me emociono en algún momento…”, comenzó diciendo a los presentes. Nos recordó que el tío Félix, cuyo cuerpecillo semejaba el de un adolescente de catorce años aunque cargado de arrugas y apoyado en un bastón, vivió “una vida con sentido”, no una vida cualquiera.

Vida sólo hay una. Son las formas de pasar por ella lo que la configuran. Están la vida centrada y la descentrada. La primera camina hacia un punto concreto del horizonte, sabiendo en dónde centrar las fuerzas y buscando referencias que le permitan mantener el rumbo hacia su destino. Su destino puede cambiar, pero la forma de perseguir nuevas metas sigue siendo la misma. La segunda no ha determinado aún sus objetivos, revolotea de flor en flor como abeja indecisa, camina en círculos muchas veces y deja que el tiempo pase. Está la vida centrada en el deseo, que busca dar satisfacción inmediata a los impulsos naturales -hambre, sed, sexo, agresividad, descanso, seguridad, afectividad…- y tiende al egoísmo. Está la vida que busca construir, mejorando las condiciones propias y de los que la rodean. Está la vida que se niega, encerrada entre miedos e inseguridades; la vida que se disfruta a pesar de las circunstancias; la vida compartida, la que se llena de relaciones…

La de mi tío era una vida en la sombra, escondida, de las que no se notan a simple vista, como apartada en un callejón de contenedores verdes o sentada en el sillón de una sala desbordada por la ropa, los papeles publicitarios y los adornos de resina. Desde su asiento partía el pan sobre un tazón blanco de colacao y se quejaba de cualquier cosa. Un caniche feroz, de pura raza, paulatinamente reducido al ostracismo por los años y un chasis endeble. “¿Has oído el telediario, Jaimen?”, me decía llamándome por el nombre de mi hermano, “El Gobierno quieren que paguemos cada vez más, ¡con la pensión que nos dan!”. Luego te das cuenta, abrazando a su viuda, mi tía, cómo la aparente insignificancia de su presencia menuda ha dejado un hueco inmenso, imposible de llenar por nadie, de años de brega sacando adelante una familia de cuatro retoños, algunos más imposibilitados que él, de años de compañía en las duras y en las maduras, siendo aquéllas las más habituales para un único sueldo y las que perfilan una vida profunda, manteniendo la esperanza y el consuelo ante el filo de las dificultades económicas, junto a las comunidades de Fe y Luz, o de Vida Ascendente, de donde él recibió acogida y mi tía respaldo en estos momentos. Una vida vivida con sentido, desde su sillón partiendo migas de pan, pero llenando el tazón blanco de su mujer y de sus hijos.

Llevaba años sin verle. Cuando me enteré de que se encontraba en el hospital ya llevaba una semana convaleciente. Fui dos veces y las dos llegó a  despertarse y reconocerme. Le di de cenar un viernes. “¿Qué tal está el puré, tío?”. “Bueno. Aquí lo hacen bien”. Le encantaban. El miércoles siguiente, después de comer, decidió que ya eran suficientes.

Un abrazo, tío Félix.

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