HJ: presentación

Este curso 2007/08 lo planifiqué con cierta seriedad y un objetivo muy claro: aprobar mis dos asignaturas por parciales. El motivo no era otro que disponer del tiempo de verano libre de la obligación del estudio para septiembre. De esta manera, podía unir las largas tardes que concede la jornada intensiva de mi empresa con alguna actividad gratificante.

Hoy he recibido la buena noticia de que mi esfuerzo en invierno y primavera ha dado sus frutos y, en consecuencia, tal y como deseaba, dispongo de muchas horas de estío para centrarme en tareas más interesantes que el estudio. En mente ya tenía cuatro actividades a realizar. En esta cueva digital, habitada por el único zorro volador que camina erguido, arranco una de ellas: reflexionar sobre la figura del personaje histórico más importante de todos los tiempos, a mi entender: Jesús de Nazareth.

Todo comenzó con un regalo de Charo. La historia resumida fue más o menos como sigue. Acabada la reunión de nuestro pequeño pero estable grupo cristiano, alguien comentó que José Antonio Pagola no se encontraba muy bien. ¿Qué es lo que le ocurre?, preguntamos. Debe estar recibiendo muchas críticas de una parte de la Iglesia por el último libro que ha publicado. ¿Y cuál es?. Es “Jesús. Aproximación histórica“. ¿Sí? Pues mañana me lo compro, dijo Charo. Oye, pues ya que vas me compras un ejemplar, dije yo, te lo pagaré en la próxima reunión. Pero Charo, porque hoy es jueves y esto hay que celebrarlo, no quiso cobrármelo. Es un regalo, me recalcó.

Empecé a leerlo y me enganchó. No he llegado siquiera al cuarto capítulo y ya he pedido permiso a la editorial y al autor para reproducir algunas partes del mismo en una serie de entradas en las que iré aportando mis comentarios. Del libro destacaré aquellas frases o párrafos que reflejen mis opiniones acerca de Jesús de Nazareth, de mis intuiciones sobre él. No soy teólogo, ni cristólogo, ni pretendo adoctrinar a nadie. Mi necesidad es la de ir reflejando mi idea, abstracta e intuitiva, sobre la figura y mensaje del “Hermano Mayor”, el Hermano Jesús (de ahí que los títulos de las entradas comiencen por las iniciales ‘HJ’). Aclarar que del libro dispongo, en el momento de empezar esta serie de artículos, la séptima edición. La octava ya debe estar en el mercado y la novena saldrá a la venta después del verano, según palabras de la editorial PPC. Mis referencias a los textos serán sobre la séptima edición. Cuando disponga de la novena, haré por revisar los textos publicados.

El otro motivo fundamental de esta tarea que emprendo en mis tardes libres de verano, y que concluiré Dios sabrá cuándo, es dar a conocer al Hermano Jesús a “jóvenes que rechazan a la Iglesia, pero se sienten atraídos por Jesús“, como acertadamente indica la presentación del libro de Pagola en la web de la editorial. Pero darlo a conocer desde un punto de vista no doctrinal, sin dogmas ni divinizaciones difícilmente comprensibles para las mentes científicas de hoy en día. Quisiera descubrir para mí mismo, y mostrar aquí, la figura de un ser humano que enseñó el camino hacia Dios.

Poder conocer a Jesús, [...], en su vida terrena, en sus orígenes, cómo comenzó a predicar y actuar, cómo se relacionaba con los primeros discípulos, los conflictos que tuvo con las autoridades religiosas, su soledad y fidelidad a su misión, su cercanía a los marginados, su solicitud para con los más débiles, su libertad con respecto a los poderosos, cómo se constituyó en perdón para los publicanos y prostitutas y, especialmente, la autoridad soberana que manifestaba en todo lo que hacía y, a la vez, cómo su amor por la voluntad del Padre guiaba cada latido de su corazón.(¹)

Y junto a su figura, mostrar también la universalidad e intemporalidad de su mensaje, en el que, pese a 2008 años de diferencia, los hombres de hoy nos seguimos reflejando.

Cuando leemos el Evangelio [...] nos damos cuenta de cómo la historia de Jesús en Palestina es la nuestra, la mía. En cada pasaje estoy yo: en el amor torpe de Pedro, en la ceguera de Bartimeo, en la alegría de Zaqueo, en la búsqueda apasionada de la samaritana…(²)

Las entradas de esta aventura, tituladas como “HJ:…” las iré recogiendo en una página llamada “Hermano Jesús”. Espero que sea de interés para alguien.

El Zorro Volador

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(¹ y ²) La relación con Jesús hoy. Pág 45. Javier Garrido.

Formas de morir

Hablábamos sobre la donación de órganos e Ivette defendía su postura con firmeza: Ni de coña, vamos. Quién sabe si voy a necesitar mi hígado al otro lado, a pesar de nuestros argumentos, ¡Pero si estás muerta! ¡Si se lo van a comer los gusanos! Otra persona puede salvar la vida gracias a tu hígado, Que no, que no me convencéis. A mí que me entierren con todo el cuerpo en su sitio. A ver si vas a ser como los faraones, que se llevaban a la tumba todo lo que pensaban que iban a necesitar al otro lado, comida, mascotas y guardia personal incluida, le decía yo. Pues a mí que me incineren, afirmó la compañera. Yo también lo había pensado, tiempo atrás, añadí, pero contamina el aire y no debe ser menos caro que el entierro tradicional. Y continué: En el corral de la casa de mis padres hay un árbol. En beneficio del planeta, salvo de las funerarias, y de mi bolsillo, siempre he querido ser enterrado a pie de ese árbol; de esta manera, mis deshechos inútiles se transformarán en abono para la planta y todo queda reciclado, aunque Sanidad no piense lo mismo.

Moraleja: dona tus órganos. El agujero de la muerte es tan diminuto que por ahí no cabe nada, salvo la fe.

El Evangelio según Saramago

El libro que todo escritor en ciernes desea escribir en algún momento: tomar el Evangelio, cualquiera de los cuatro, y enlazar sus hechos, llenar sus lagunas, explicar sus milagros y, en el fondo, humanizar la figura más grande e influyente de nuestra historia. Como confidencia diré que yo también me he sentido tentado a intentar semejante obra, a humanizar lo divino, a acercar lo lejano, desde una perspectiva menos sobrenatural que la del autor portugués. Ya llegará.

 

¿Qué ha hecho Saramago? Creo que ha narrado la historia de Jesús desde un punto de vista literario, no de fe. Nos cuenta, de entrada, el momento en que María queda embarazada de Jesús, y lo hace con la naturalidad con la que yo imagino que ocurrieron los hechos, es decir, mediante la unión sexual con José y no por el aviso del arcángel Gabriel, acabando en el primer capítulo con la virginidad de la madre de Dios para que careciese de pecado.

 

El papel de la madre es bastante más secundario de lo que indica la Biblia, sobre todo durante la primera parte de la novela, antes de la emancipación del protagonista. Es la vida de José, inédita en la versión original de la fuente, la que lleva el peso de la novela. También es natural, pues es el hombre de la casa y, en su época y en su cultura, era quien tomaba las decisiones que afectaban a todos, quedando la mujer, María, en un segundo plano. Así, decide ir a registrarse en el censo a su lugar de nacimiento, llevando a María consigo, pese a su avanzado estado de gestación. Quedan alojados en una cueva de Belén en la que, oh, no me digas, faltaba el buey, María da a luz y, oh sorpresa, los Reyes Magos son los pastores que cuidaban rebaños por allí cerca, llevando como mirra, incienso y oro, pieles de oveja para abrigar a la criatura, leche y carne de cordero. José trabaja de carpintero en Jerusalén durante unos días, allí escucha a unos soldados que Herodes va a llevar a cabo un infanticidio y parte corriendo a buscar a su recién nacido retoño, con tanta ansiedad por escapar de la matanza con la familia, que no se para a avisar a los demás padres de Jerusalén y Belén. Sí, salva a Jesús, pero tiene que vivir con la culpa de haber dejado morir a veinticinco criaturas en el pueblo del portal. Y a José le llega la hora de pagar, porque está en el plan de Dios, un dios saramaguino más parecido a Moisés y su Ley del Talión que al edulcorado dios cristiano lleno de bondad y amor. Y María, que sabe esto, no se lo cuenta a Jesús, hijo primero de los siete o nueve (?) que aparecen en la novela. Jesús entierra a su padre y pasa a ser el cabeza de familia, relegando a María al mismo segundo plano en el que ya estaba. Pero quiere saber qué secreto guarda su madre respecto a su historia, su nacimiento, la culpa de su padre. Cuando por fin logra conocer parte de su verdad, sale de su casa para conocer su origen y se hará pastor, luego pescador y finalmente profeta. Pero eso lo cuenta Saramago mejor que yo. Bueno, con muchísimas más comas y muchísimos menos puntos y rayas de diálogo, lo cuál agiliza mucho la lectura pero es necesario acostumbrarse.

Otro aspecto que no me ha agradado ha sido el de crear figuras divinas, Dios y el Diablo, que mantienen diálogos con Jesús. O el acelerar repentinamente la parte pública del ministerio de Jesús, dando mayor desarrollo a su formación familiar. Esto, naturalmente, desde el punto de vista de un creyente.

Sin embargo, el libro deja un regustillo a sonrisa, un sabor dulce, de un Jesús humanizado, valiente, casado sin boda con una ex-adúltera, desconcertado con su llamada por Dios, en búsqueda de lo que debe hacer sin tenerlo claro…

Se podría escribir otro libro con los hechos de la Biblia que Saramago no ha utilizado, el que escribiré yo algún día (gracias, José), pero ésa es la riqueza del misterio de la vida de Jesús, que ofrece muchas alternativas. Yo lo recomiendo, especialmente a los no creyentes, para que desmitifquen la imagen de Jesús, la laven de lecturas literales, y también para los creyentes, para que tengan una relectura más humana y cercana a lo que pudo haber sido el Evangelio.

“Aunque no puedas entrar, no te alejes de mí, tiendeme siempre tu mano, aunque no puedas verme, si no lo hace me olvidaré de la vida, o ella me olvidará” (Jesús a María de Magdala, p. 476-477)

En fin, esto de no ver la televisión da para leer un libro al mes. Ahora empezaré con “Una mirada etíope”. A ver qué me parece…

 

Procesión General de Semana Santa

(Voz de Matías Prats padre)

Bienvenidos, señoras y señores espectadores, a la retransmisión de la procesión general de Semana Santa, la procesión por excelencia, aquella en la que la feligresía puede contemplar todos los pasos penitenciales fruto de la magna imaginería castellana del siglo dieciséis…

… Aquí llegan ya las dos líneas de cofrades morados de la Cofradía del Santo Entierro, precedidos por el pendón de doble cola, de tres metros de terciopelo negro, donde se aprecia el escudo bordado en hilo de oro y rematado con volantes en filigranas de plata; los capirotes son de raso azul purísimo salpicados con bellonías granadas, la capa con el escudo engastado en miel de hojuelas sobre el hombro izquierdo, esclavina oculta de remates flotantes, zapatos negros con guirnaldas a juego, hábito en blanco satén con puños bordados en verde fino y guantes de lino con ambrosías bermellonas… A continuación, con paso lento y preciso, como corresponde a la formación educada, la Cofradía de Nuestro Señor Jesús Coronado de Espinas, donde ya apreciamos los altísimos ciriales decorados, trabajados con gran detalle y mimo durante los últimos meses, para ofrecernos el espectáculo de sus coloridos destellos en púrpura y turquesa. A la cabeza desfilan los niños muy entretenidos en clavetear sus pequeñas cruces rojas en el asfalto de la calle; unos bostezan como leones, otros charlotean entre ellos intentando precisar la distancia que debe separarlos para mantener la formación, los más miran curiosos al gentío que les abre paso, saludando a veces a los asombrados turistas… Vemos cómo llega con paso enérgico y apresurado el cofrade mayor sujetándose el cucurucho y empieza a poner orden entre los intranquilos chiquillos que se empiezan a desbocar cuando aún resta la mitad o más del paseillo… Por ahí alcanzamos a ver la Venerable Cofradía de la Prédica en el Monte de los Olivos, acarreando la majestuosa imagen de la Prédica en el Monte de los Olivos, de Gregorio Fernández, y cómo los cofrades palafreneres intentan sujetar el carro que soporta la imagen, que acaba de salirse en una curva con gran disgusto de la señora de gafas, a quien ha atropellado para su desgracia… Aquí tenemos a la Hermandad del Santo Cristo del Despojo, que porta el paso del Santo Cristo del Despojo, atribuido a Juan de Juni… Y pasa por delante la Cofradía de los Clavos Sagrados, portando la escena de los Clavos Sagrados… La Cofradía de la Exaltación de la Cruz… Cofradía del Último Vinagre… Hermandad de la Santa Lanza… La de la Preciosísima Sangre… Cofradía del Chulísimo Embalsamamiento… La Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad viene acompañada por los impertérritos números de la Guardia Civil, que acompañan la imagen cromática y resplandeciente imagen de Nuestra Señora de la Piedad, protectora de esta insigne institución que tanto sacrificio y esfuerzo pone en la seguridad de todos los españoles… Enseguida se divisan los resplandecientes cascos de los bomberos municipales, que flanquean con respeto la imagen de la Virgen de los Dolores, propiedad de la Cofradía del Eterno Calvario, a quien pertenece este destacado cuerpo de protección ciudadana, de quien debemos sentirnos orgullosos… Más allá se escuchan las trompetas desgarradas de la Cofradía del Rápido Descendimiento, cuya imagen barroca está jalonada por el gremio de taxistas de la ciudad… Aquí está la Hermandad del Santo Cristo de los Artilleros, cuya composición es prácticamente la totalidad del V destacamento de Artillería del cuartel Teniente Galiana… Más atrás, justo a continuación, la IX Brigada de Infantería, desfila con reluciente destello en sus dorados galones, en orden disciplinado, casi imperial, con encomiable reverencia y mirada orgullosa… ¡Y ahí llegan los bravos y aguerridos soldados de la Legión! A paso enérgico, casi al galope, cosa que sólo los novios de la muerte pueden lograr mientras redoblan los tambores tras el paso de la cabra, fiel mascota engalanada para la ocasión… Y no podían faltar las poderosas escuadras de Italia y de Brasil, con Zico, “O Rey” Pelé, el mágico Garrincha y Zagalo, por parte de los cariocas, y Paolo Rossi, Gaetano Scirea, el incombustible Dino Zoff y Marco Tardelli, entre otros, por los azzurros… Finalmente, como colofón para este emocionante desfile de marcado sabor popular, aparecen las gigantescas moles de los elefantes africanos del Gran Circo Mundial, con la familia de acróbatas “los Trapattoni” sobre ellos, arrojando caramelos a los niños, seguidos por el vagón de tigres y leones que harán palidecer a más de uno cuando Roberto, el valiente domador, introduzca su cabeza en sus bocas hambrientas, Krispín y Requesón, la pareja de divertidos payasos que nunca dejan de hacer travesuras, las jirafas traídas de Kenia, los hipopótamos del Okavango, las avestruces del Serengueti, los ponys del Salvaje Oeste, “Búffalo Bill” y sus caballos indios, la Mujer Barbuda, el mago Merlín, Picachu y Mickey Mouse, y un sinfín de artistas que volveremos a ver el año que viene desfilando por estas calles históricas del centro de la ciudad.

Señoras y señores espectadores, esto ha sido todo por hoy. Buenas noches desde Valladolid.

Profeta de un dios menor

El profeta sonríe. Sonríe a todo el mundo. Es feliz. Ya desde pequeño deseaba estar del lado de su dios. Le costó años convencer a sus padres para que le ingresaran en la escuela de profetas. Si eso no te asegura el futuro, le argumentaban ellos. Va a ser tirar el dinero. Mirad, padres, respondía él, yo me siento llamado por mi dios para ser suyo, para servir a los hombres y llegar a ocupar el lugar sagrado en su seno, donde disfrute por fin de su paz tras una vida de entrega amorosa por su causa; me lo pide el corazón y no hay vuelta de hoja. Así el profeta ingresó en la escuela y destacó en los estudios durante los años de formación. Todos los compañeros hablaban maravillas de él: lo bien que hablaba, la fuerte vocación que le movía, lo claro que tenía sus objetivos, la humilde aceptación de las enseñanzas de sus maestros, las buenas obras con quien se encontraba, la santidad a la que, en definitiva, estaba llamado… Cuando se licenció hizo lo que hacían los recién licenciados, marchar al desierto para reflexionar cuál era la voluntad de su dios para él. Buscó una cueva y vivió eremita, alimentándose de bayas y saltamontes, y del agua de un pozo situado a un par de horas de distancia de su morada. Allí oraba por la mañana a su dios, dando gracias por las posibilidades que le ofrecía el nuevo día; paseaba por las dunas, buscando las sombras, observando sus huellas en la arena y recordando la vida al lado de sus padres; cuando el sol llegaba su cénit, regresaba a la cueva para almorzar; rezaba antes de alimentarse, dando gracias por el alimento necesario y escaso llegado a sus manos; luego, descansaba durante las horas de calor, hasta que el atardecer asomaba por el horizonte; entonces salía a contemplar el ocaso, y contemplaba cómo se fugaba la luz paulatinamente, degustando en silencio el paisaje que su dios había creado; de noche, antes de acostarse, meditaba largo tiempo sobre cuál era el destino para el que se había preparado y que le había llevado al desierto, el lugar desde el que ser un buen siervo, el lugar desde el que amar a su dios y ser merecedor al final de ese descanso en su cálido regazo. Al cabo de tres meses de silencio y reflexión, alcanzado el autoconocimiento y respondida la pregunta sobre su destino, regresó al pueblo de sus padres. Mi dios me ha hablado, les dijo, y quiere que yo le adore aquí mismo, en el pueblo que me vio nacer. Mañana buscaré un trabajo. Una semana más tarde, el profeta se había convertido en uno de los dependientes de la panadería. Y cada vez que voy a comprar pan, veo que el profeta me sonríe. Como sonríe a todo el mundo. Creo que es feliz.

Él se fija, lo noto, en los gestos de mi cara al entrar en la tienda. Si mis párpados están derrumbados por una noche de descanso mal aprovechada; si aprieto más o menos los labios debido a la tensión acumulada; si entro con alegría y curiosidad por los presentes, tal vez por haber recibido buenas noticias; si, por el contrario, arrastro los pies y mis hombros no soportan el peso del aire, fruto de una depresión pasajera; si entro cantando, o hablando con alguien de mi buena o mala suerte, o estoy impaciente y con el ceño clavado sobre la nariz. El profeta me ve y rápidamente se imagina cómo ha sido mi día hasta ese momento, aun sin saber qué me ha sucedido exactamente. Lo mismo hace con todos. Nos observa en un rápido vistazo y su conocimiento humano le permite dibujar unos trazos gruesos de las angustias atadas a nuestras almas. Al llegar mi turno, me atiende con diligencia y responsabilidad, dibujando una amplia sonrisa en su pálida cara, apretando los párpados hasta casi ocultar su iris de cristal de vencejo. Le interrogo sobre las barras de trigo, tumbadas como esclavas ante su ama, y me explica el origen de la harina, del amor con que las ha cocido durante la noche, qué leña ha elegido, entre las disponibles, para obtener el color magdalena de la corteza tostada, de cómo ha vigilado los tiempos de cocción, pese al sueño… todo por servir a su dios sirviendo a sus vecinos, tal y como descubrió en el desierto durante su destierro elegido. Me aconseja, según a qué vaya destinado el pan que quiero comprar, cuál deberían ser mis preferencias y con qué hogazas haré más grata la cena de mis invitados. Le doy las gracias. Él me sonríe. Me cae bien este profeta. Tal vez nos podamos conocer un poco más. Seguro que guarda experiencias interesantes de su paso por el desierto. Le quiero a preguntar si alguna tarde podría dedicarme algo de tiempo, pero él ya está atendiendo al siguiente cliente. Se fija en que aún no me he ido y se extraña: ¿Te he dado mal la vuelta? No, no, está bien, contesto. Me vuelve a sonreír. Mira el mostrador y me mira a los ojos, como pidiéndome que sea comprensivo con su situación, rogándome, sin decirlo, que me aparte y deje espacio para el siguiente cliente. Sí, debe trabajar. Me voy. Y me llevo conmigo mi noche mal aprovechada, y mi tensión acumulada, y mis buenas noticias, y mi depresión pasajera, y mi buena o mala suerte, y mi impaciencia. Me pregunto, al cruzar la puerta de la panadería, si tanta vocación, tantos éxitos en la escuela, tanta admiración de compañeros y maestros, tanta espiritualidad y profundidad esculpidas con arena del desierto, le han servido al profeta sólo para cocer pan con febril dedicación y mostrar una sonrisa a los clientes de la panadería desde el otro lado del mostrador.

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