Pertenezco a una comunidad cristiana. Lo llamamos así: “comunidad cristiana”, pero no se acerca a una verdadera “comunidad”, sino a un grupo de creyentes que comparte su vida y su fe. Naturalmente, el roce hace el cariño, así que mi comunidad es algo más que un simple grupo. Y es que son ya unos 12 años de cariño con las mismas personas.
Hoy tuvimos reunión. Comenzábamos un nuevo “curso”. Compartimos la semana, actualizamos nuestras vidas con los que no vimos en verano, hablamos del repentino adiós de una monja muy querida por nosotros (q.e.p.d.) y comentamos lo que nos sugería unas lecturas sobre las Bienaventuranzas. En eso somos casi como un reloj suizo: uno se decide a compartir su visión de las Bienaventuranzas (que habrá madurado a lo largo de unas semanas y escrito en papel) y, en orden secuencial, los demás comparten la suya, como si la aguja invisible fuera marcando las horas señalando a cada uno de nosotros. Pero no somos como un reloj suizo. Somos CASI como un reloj suizo.
Ocurre que, cuando esa aguja me señala a mí y comienzo a dar “mis campanadas”, el reloj se atraganta. El orden secuencial, que tan respetuosamente hemos cuidado hasta ese momento, se altera. Los compañeros, tan atentos a escuchar la opinión de los demás sin interrumpirle, algo encuentran en la mía que les obliga a preguntarme, o a sugerirme, o a sacar otro tema a colación de mis palabras. La cosa pasa de “yo doy mi opinión” a “yo me veo sumergido en un diálogo con una o dos personas en el que doy explicaciones o soy juzgado por las actuaciones que haya podido describir al comentar mi opinión”.
A dos razones reduzco esta invasión de mi turno de palabra: 1) mi opinión es menos importante que las de los demás y se puede interrumpir; 2) Dios, en su “infinita sabiduría”, quiere que el orden secuencial de ese absurdo reloj suizo cobre un poco de vida, de naturalidad humana, y convierte mi intervención en un tiempo para el debate.
La primera razón (“mi opinión es menos importante”) no me la creo. Al menos, yo le doy el mismo valor que a las demás. Incluso hay algunas opiniones que me desmerecen en algunas ocasiones (aún así, las escucho hasta el final y hasta me ahorro los comentarios).
La segunda razón (“mi turno se convierte en espacio de debate por obra de Dios”) es la que, para mí, tiene más sentido. Como puede resultar difícil de entender para los ateos, me explicaré: Dios convierte mi turno en un espacio de diálogo y debate porque yo no me opongo a ello, porque no pido a mis compañeros que no se me interrumpa como no lo hacemos con ellos, y porque, pese a que realmente me escuece que siempre sea el mismo el interrumpido, es positivo para todos el intercambio de ideas, así que lo permito sin recriminárselo. Dios propone y uno dispone, y así, cuando uno dispone lo que Él propone, es obra suya claramente.
Por cierto, otro que (por fin) parece estar dispuesto a lo que Dios viene proponiendo desde hace más de 2.000 años:
http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/25/internacional/1316968886.html