La frutera era una chica joven de ojos alargados. Gastaba un aire despistado, no recordaba dónde colocaba el único cuchillo con el que rebanar los tallos de las coliflores, pero el trato era amable, aunque somnoliento. Era media mañana y yo quería comprar cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros. Atendía a una mujer (entre su turno y el mío mediaba el de un hombre extranjero) cuando entró una señora de abrigo fino y ocre, cercana a la ancianidad, toda agitada.
- Oye, perdona pero mira esto, hija… – se coló, con el beneplácito de todos los presentes- Mira qué granadas me has dado. Cuando he llegado a casa, he abierto una y mira, ¡está negra!
La chica joven de ojos alargados le recogió la bolsa, comprobó la granada partida en dos, sacó otra granada de la bolsa, buscó por enésima vez el cuchillo de rebanar coliflores, partió el fruto y se convenció. Salió del mostrador explicando que todas le habrían llegado igual, recogió la caja de granadas que tenía a la venta, volvió a la caja y devolvió a la señora casi anciana el importe de su inútil compra.
Decidí cambiar de frutería la siguiente semana.
La frutera era una mujer joven, de pelo liso recogido atrás y cara de muñeca de porcelana. Dispensaba con eficiencia pero su trato era mecánico, más parecido al de un cajero automático que al de una dependienta con frío en las manos. Era media mañana y yo quería comprar cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros. Atendía a una mujer (entre su turno y el mío mediaba el de un anciano) cuando entró una señora de chaquetón amarillento, cercana a la ancianidad, toda agitada.
- Hola, perdona, hija… – se coló, con el beneplácito de todos los presentes- ¡Me he llevado unas acelgas que no te había pedido!
La mujer joven con cara de muñeca de porcelana le recogió la bolsa, hizo un comentario de extrañeza, pues nadie le había comprado acelgas, la señora del abrigo amarillento le dijo que nunca come acelgas, que ella había pedido puerros, la frutera aceptó el error, extrajo las acelgas, metió un manojo de puerros y le dio como cambio la diferencia de precio. La mujer a la que estaba atendiendo cuando ocurrió este suceso siguió con su pedido e, influida por lo que había presenciado, solicitó unos puerros. ¿No serán acelgas?, preguntó irónica la dependienta con su voz metálica.
De nuevo, decidí cambiar de frutería.
La próxima semana, volveré a la de la joven de ojos alargados. A fin de cuentas, ambas fruterías son franquicias de la misma cadena y en ambas pasan cosas curiosas, pero prefiero el trato agradable de una persona al automático de una muñeca de porcelana. Y venden cinco kilos de naranjas de zumo por un par de euros.