Ahora, los días son más largos. Aunque parece que hay tiempo para hacer más cosas, casi todo se va en preparar tomas, cambiar pañales, jugar con Samuel, sacarlo de paseo mientras los padres arreglan papeles, recoger su ropa y complementos necesarios para comer (hay un babero en cada habitación de la casa), entre medias ir realizando alguna tarea de la casa (plancha, lavadora, cuentas) y, naturalmente, descansar la espalda durante la cena. De reuniones y estudios me he olvidado en estos primeros días.
Esta semana ha dado su primer paseo (embozado hasta las cejas y tapado por plástico y capota porque el clima está frío y lluvioso en la ciudad), ha conocido a su primer pediatra (lo vamos a cambiar: demasiado… vallisoletano), ha empezado con el puré de patatas y con la fruta, y ha recibido sus primeras vacunas (¡qué dolor!).
Todo esto nos ha hecho aterrizar a todos en la realidad: él debe salir del regusto por la leche para ampliar su abanico de nutrientes, así como cargarse de defensas, y nosotros armarnos de paciencia porque también llora, y no sólo para pedir comida.
Al final, todos vamos saliendo adelante con buena cara. La familia está muy volcada y los amigos deseando conocerle. Ya pronto, ya pronto.