En blanco y negro (II)

Era el último día en España y esperaba pasarlo relajando los nervios, con pocas tareas pendientes y sesteando en el sofá lo más posible. Estúpido…

Tras finiquitar la limpieza de la casa, sacar la basura, afeitado (que lleva su tiempo con los relieves faciales recibidos en suerte) y ducha, cerrar los penúltimos flecos de la maleta, escuchar cómo la lotería de “El Niño” se decidía erróneamente por los pares ¡con lo simbólicos que son los números acabados en 3!, coger las pilas recargables y comprobar que las viejas botas de Nicaragua habían cumplido su ciclo (adios, amigas, estimadas compañeras de paseos y escaladas), acudimos a casa de la familia política para despedirnos y deleitarnos con el tradicional roscón.

Entonces surgieron las dudas. “¿No habré cogido poca ropa de abrigo? Estos pantalones de El Corte Gitán son muy finos… ¿Cómo hará en el aeropuerto de Frankfurt? ¿Nos habremos pasado de peso? En ese caso, ¿qué dejaría en tierra? Lo de la maleta pequeña es imprescindible: pañales, tecnología, lecturas, muda, juguetes, dinero… ¿Y qué pasa con la huelga encubierta de controladores aéreos? ¿Nos afectará para viajar con Lufthansa? Dicen que es en la Terminal 4, no en la 1 desde donde partimos. Pero si se nos retrasa o cancela el vuelo, ¿a quién vamos a llamar a las seis de la mañana?”.  Mi cabeza, que es más lista que yo, me dijo “Mira, Zorro, a estas alturas de la película, ‘alea jacta est’ y a tirar para adelante”. Por toda respuesta me pregunté  si había metido el pasaporte en la cartera.

Una cartera nueva, de piel de vaca o chota brava, con diecinueve mil compartimentos y uno especialmente dedicado a lucir la foto de Samuel, fue lo que los Reyes Magos me dejaron debajo del árbol de Navidad. Como árbol no gasto, lo dejaron sobre la mesa. Fue todo un detalle pues este año, lo reconozco, con este trajín etíope, no les había escrito. Habría que instaurar la tradición a partir de ahora. Me lo quise tomar como una señal del futuro inmediato: “aaahooorraaa…”

Era el día de Reyes. Había soñado y, bendito fuera el Cielo, recordado el sueño. Pasadas unas horas, los escenarios mágicos, caras, situaciones y emociones del cuento onírico acabaron desdibujándose, pero el sentido esencial quedó en mi mente. Participaba en una competición de coches a través de una ciudad. La competición era por parejas: padre e hijo. Los coches, a veces eran utilitarios y otras veces eran juguetitos teledirigidos. En el transcurso de la carrera, me fijé en que los participantes realizábamos numerosas trampas con tal de avanzar un puesto. No sabía cuál era el premio, pero no importaba. Había que llegar antes que el de delante.  Precisamente con él me “había picado”. Tras hacer extrañas colas de espera y pasar por distintas e incongruentes dependencias, justo antes de finalizar la carrera, en una de las paradas nuestros respectivos hijos decidieron cambiar de coche: el suyo se vino conmigo y el mío se fue con él. Acabé satisfecho de la carrera y extrañado del movimiento de los críos.

Nuestra primera parada técnica, tras el roscón de nata, fue el pueblo de mis padres. Allí encontramos un enorme puff negro, regalo de la familia, para completar el salón del piso. “Será un excelente gimnasio para Samu”, les dije. Quisimos echar la primera duermevela de la larga noche, hasta la hora de partida a la una y media de la madrugada. La visita de mi tío A. , justo cuando acabábamos de cenar, no logró torcer nuestros planes.

No pude escribir más. Esperaría a llegar al hotel en Addis Ababa para volver a conectarme y relatar la travesía: Madrid, Frankfurt, Jartum, Addis… Eso, tras superar la emoción de encontrarme con Samuel.

2 comentarios

  1. Nacho dijo:

    6/Enero/2009 a 10:50 pm

    Emocionante :)

  2. Pimo Lary dijo:

    7/Enero/2009 a 12:46 am

    Buen viaje muchachos, feliz encuentro!


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