En blanco y negro (I)

Era el día anterior a Reyes y el último de trabajo para mi. La mañana había pasado de largo, discreta, sin molestar.

Quedaban algunas llamadas pendientes a las instituciones para arreglar papeles a la vuelta del viaje y el seguro médico. Tanto en el INSS como en Insánitas el teléfono era un 90x, en los que la llamada se paga a medias. Decidí buscar los correspondientes números fijos a través de la página web nomasnumeros900, a ver si había suerte. La hubo. La hubo a medias, en realidad. En el INSS respondieron y pasaron la primera llamada a una extensión, pero saltó un contestador. “Si desea dejar un mensaje…”. “No, hombre. Deseo que me descuelgues y me des información”. Las dos veces posteriores desviaron a otra extensión distinta y me mantuvo en espera, recordándome cada diez segundos que “enseguida le atendemos”. Con los del seguro médico pasó algo parecido, cambiando de mensaje:  “nuestras líneas están saturadas”. “Claro, todo el mundo debe estar llamando a la Insánitas un 5 de enero, preguntando por juguetes”, ironicé. Me olvidé de los papeles y de la cobertura médica en el extranjero. “Como no me va a pasar nada malo…”, sonreí ante la incertidumbre.

Obedeciendo a los genes hispanos, esperé hasta quince minutos antes  de salir para cerrar mis líneas de trabajo abiertas. “Ok, pues sube las pantallas a VSS, primero las de cuotas y luego las de facturación, y deja los zip en el directorio del proyecto”, me dijo M. Además, pensé que mejor sería dejar hecho los partes de trabajo de enero y febrero para mi jefe, dado que no regresaría en mes y medio. Me encontraba centrado en rendir el 80% de toda la jornada en sólo 10 minutos cuando T. se acercó a despedirme.

Pareció un gag de serie de televisión: pensé que me iba a dar el típico abrazo de despedida, en plan “se encamina usted a una muerte segura y le estamos muy agradecidos por su sacrificio, camarada Zorrosky, ¡venga ese abrazo!”, y abrí los brazos en el mismo momento que me tendió la mano derecha. Mi mano dibujó una parábola en el aire como el vuelo frustrado de una perdiz que acaban de cazar en pleno despegue. La situación quedó en un medio abrazo y un apretón de manos. Menos mal que lo que contaba era la intención y sabía que la de T. es de las más sinceras. Tras él llegó E., después JL., SS. y M. Cuando nos despedimos, pedí una prórroga a “mi chófer navideño” para poder cerrar definitivamente las tareas.

Mi “chófer navideño” fue R., más conocido por vivir en un convento de monjes  mudos, o eso se deduce de su blog. Aparte de la tranquilidad que transmite su ritmo pausado de conversación, le sobran temas para llenar los diez kilómetros hasta el pueblo. Creo que su próxima entrada en la cueva digital va a tratar sobre la lucha por los productos en hora punta de las rebajas de enero, y que va a estar fielmente documentada porque lo vivirá en directo. Ya nos enteraremos.  Lo de “chófer” es una frivolité personal. Le agradecí en su momento que me acercara a casa en su flameante Renault  Modus (se quemó el asiento del copiloto tras una noche de borrachera) y lo hago público para que tengáis presente lo buen tío que es.

La tarde se presentó aburrida. Con la maleta ya hecha, la única adrenalina logré generarla limpiando la casa. Esto no sólo es incierto sino que seguramente es improbable. Realmente imposible. Limpié la casa y recordé pequeños flecos que no había tenido en cuenta para reventar la maleta (unas zapatillas, el libro-mordedor de Samuel, más papeles…). Decidí dejarlo para la mañana siguiente, a ver si entonces era capaz de generar adrenalina antes de ir a comer ‘goscón de gueyes’ con mis suegros.

Me dieron las once y media escribiendo estas notas. Era hora de cenar.

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