Ahí estábamos nosotros, escuchando con las orejas abiertas y los ojos interesados, como personas de bien, el inicio de la homilía del domingo. El entorno era sobrio y elegante: la iglesia de San Bernardo, pero nosotros prestábamos atención a las palabras del sacerdote cuando nos hablaba de “la multiplicación de los panes y los peces”. En esto que, en lugar de “panes y peces”, se escucha claramente una mezcla de las consonantes de la primera palabra con las vocales de la segunda. ¡Ay, Dios! ¡Cuán difícil se me hace amarrar las comisuras de los labios para que no suban a las orejas! Venid acá y estaos quietas, las digo, que “errare humanum est” y el que está ahí es mi amigo. Un lapsus lo tiene cualquiera.
