Tras matar al dragón en dura pugna y casi perder la vida, el Príncipe Azul se dirigió a la Torre donde la Princesa estaba secuestrada. La Torre era tan alta como el vuelo de los patos en otoño y no tenía puerta alguna.
– ¡Princesa! -gritó el Príncipe- ¡Tira las trenzas por la ventana y yo escalaré hasta ti!
La Princesa se asomó a la única ventana de la Torre y el sol se reflejó en sus cabellos dorados. Recogió sus larguísimas trenzas en sus manos y dijo al Príncipe:
– ¡Eh! ¿Acaso no has manejado con destreza esa espada de acero para matar al dragón y te has refugiado del fuego de sus fauces tras ese pesado escudo? ¿No puedes buscar una escalera de mano o es que te has quedado manco? Además, ¿qué infiernos íbamos a hacer los dos aquí arriba?… Ya. No me digas más. Si es que todos sois iguales: por un revolcón hacéis lo que sea. Mira, te vas al Carrefour y compras una escala de 30 metros. De las de nylon no, que son muy flojas. Échale un vistazo a la publicidad, no sea que tengan alguna oferta. ¡Ah! Y de paso me traes embutido de Salamanca y una lechuga iceberg… mejor, romana, que me gustan más para ensalada. Y unos tomates terciados. ¿Me estás escuchando? Bajo la segunda piedra tienes un monedero con unos maravedíes. Si te llega, me traes champú de palma, que quiero lavarme la cabeza cuando me corte estas horribles trenzas. Ni-se-te-o-cu-rra traerme un espejo, no me quiero ni ver. Y trae jabón de lagarto, a ver si te puedo lavar esa armadura ¡Hay que ver lo que te ensucias cuando te vas al bosque a matar dragones con tus amigos! No te olvides de preguntar si les quedan alfombras, que necesito una para el tocador. Se me quedan los pies fríos cuando me peino. ¿Sabes? Después de un año encerrada aquí arriba me he empezado a encariñar de la Torre. Las vistas son estupendas y no nos alcanzan los piojos de la plebe. Vale, ya está decidido. Mañana veremos cómo traer los muebles de palacio. Ahora marcha, que te van a cerrar. Ay, qué Príncipe más cenutrio me ha tocado…